El general Roquet se reunió á Kellerman en Peñafiel; permanecieron
juntos los generales en aquella villa más de tres días sin poder
averiguar el paradero de Merino, hasta que recibieron un parte del
comandante militar del cantón de Aranda de Duero comunicándoles que
Merino y su partida se encontraban de nuevo en el corazón de la sierra.
Roquet y Kellerman celebraron consejo, al que asistieron los coroneles
de los regimientos.
No se tenía indicio alguno de nuestro paso. Demasiado comprendían los
franceses que, cuando el país es amigo, todo se encuentra lleno de
facilidades, y que, por el contrario, en tierra enemiga los caminos
están erizados de obstáculos y dificultades.
Se discutieron y se rechazaron en el consejo una serie de
proposiciones, y en vista de la imposibilidad de dar con un hombre tan
astuto como Merino y tan conocedor del país, se determinó aislarlo
en la sierra, recomendando al capitán general de Burgos que enviara
siempre los convoyes con fuertes destacamentos.
Por otra parte, la lucha en las montañas, en pleno invierno, llevando
grandes columnas, era imposible. Los soldados franceses, por muy
aguerridos que fuesen, no podían alcanzar á montañeses ligeros, que
corrían por el monte como cabras y conocían el terreno palmo á palmo.
Los acuerdos del consejo de Peñafiel se pusieron en conocimiento del
conde de Dorsenne, jefe del ejército del Norte. El conde, en vista de
las razones que le exponían, aprobó la determinación de los generales
y se disolvieron las columnas, y enviaron las tropas á sus respectivos
cantones.
Disueltas las brigadas, Roquet y Kellerman volvieron á Valladolid.
Libre Merino de toda persecución, empezó á estar á sus anchas. Tenía ya
más de quinientos caballos de alzada, de excelente calidad, montados
por buenos jinetes. En caso necesario, podía contar con otros tantos
infantes.
V