A principio del año 10 me hicieron á mí teniente. Ganisch pidió ser mi
ordenanza.
Ya suponía yo que no ganaba nada con esto pero tuve que aceptar por
amistad. Decían que Ganisch no entendía bien el castellano, y que por
eso tenía que estar á mi servicio.
Ganisch no comprendía lo que no le daba la gana. A mí me estaba ya
cargando. Era un egoísta terrible. Si le mandaban algo que no le
gustaba, ponía cara de tonto y decía:
--No entender.
Ganisch me dió los grandes disgustos y estuvo á punto de comprometerme.
Aceptaba el mando en el momento del combate; pero luego era la
indisciplina más completa.
--Mira, tú--le decía--, á ver si limpias esto.
--Ya lo limpiarás tú--contestaba con una frescura inaudita.
Determiné no encargarle nada; pero al último no era esto sólo, sino que
de pronto me decía:
--Mira, tú, cuida de mi caballo, que voy á ver si encuentro algo de
comer.
--Pero ¿tú qué te has creído?--le preguntaba yo.
--Bueno, bueno; ya sabemos lo que es esto.
Al oirle, cualquiera hubiera dicho que representábamos todos una farsa
y que él estaba en el secreto.
Afortunadamente, Ganisch se las arregló para que le nombraran cabo
furriel, y me dejó en paz.