Después de aquella tremenda caminata, el cura durmió unas dos horas, y
al frente de toda su caballería, acercándose á la carretera, avanzó en
sentido contrario del que debía llevar el convoy francés, y determinó
atacarlo entre Torquemada y Quintana de la Puente, en la calzada de
Valladolid á Burgos.
Colocó á los hombres del Jabalí, en quienes tenía más confianza
como tiradores que como jinetes, á un lado y á otro á lo largo de la
carretera; al comandante Blanco mandó emboscarse en un carrascal,
y nosotros, los del Brigante, quedamos del lado de Valladolid
reconociendo la carretera.
Merino nos avisaría la proximidad del convoy: de noche, con una hoguera
que se encendería en un altozano; de día, con un palo y un trapo blanco
como bandera que mandaría colocar en el mismo punto.
Si era de noche, no cargaríamos mientras no se nos avisara; si era
de día, aparecería en el altozano, al lado de la bandera blanca, un
gallardete rojo.
Durante todo el día, con una lluvia torrencial, estuvimos yendo y
viniendo por la carretera. Por la noche nos dividimos en rondas y
pudimos descansar algo.
Poco después del amanecer, estábamos el Brigante, Lara y yo desayunando
con un pedazo de pan y un poco de aguardiente que nos dió nuestra
cantinera la Galga, cuando apareció la banderita blanca en el altozano
indicado por el cura.
Inmediatamente montamos á caballo y formamos.
Por lo que supe luego, los franceses eran unos trescientos; habían
salido en tan corto número, pensando que ni Merino ni el Empecinado
podían atacarlos. Al Empecinado lo suponían en aquel momento en la
Alcarria, y á Merino, á muchas leguas á sus espaldas.
Desde la revuelta de la carretera en donde nos encontrábamos nosotros
oímos el fuego. Al graneado de los guerrilleros, mezclado con
estampidos de trabuco, se mezclaba la descarga cerrada de los franceses.
Llevarían más de una hora de fuego, cuando flameó en el cerro el
gallardete rojo.
El Brigante levantó su sable; Lara y yo hicimos lo mismo; picamos
espuelas y, primero al trote, luego al galope, nos lanzamos sobre los
franceses. El fuego de los nuestros cesó. Los franceses se habían
atrincherado detrás de los carros, de los furgones y de los caballos.
Al atacar nosotros, la mayoría de los enemigos se dispersó, pero no
pudimos avanzar; tal masa confusa se formó de carros, de caballos y de
hombres.
No cesábamos de acuchillar á derecha y á izquierda; los del escuadrón
de Burgos llegaban por el otro lado de la carretera y se entablaban
luchas cuerpo á cuerpo.
Los franceses quedaron arrollados y muertos en gran número; algunos
quedaron prisioneros; muy pocos debieron lograr huir por los campos.
En esta sorpresa apenas tuvimos bajas. Sólo en nuestro escuadrón hubo
un muerto y tres ó cuatro heridos.
El procedimiento de Merino no era para tenerlos.