Después de asegurada la presa, quedaba una parte difícil: guardar
los ciento diez y ocho furgones del cargamento. Había herramientas,
pólvora, medicinas, cañones, aparatos de cirugía.
Merino llamó á los habitantes de Quintana y de los pueblos inmediatos
para que viniesen con sus borricos, mulas y carros.
Se desengancharon todos los caballos de tiro del convoy francés, que
pasaban de seiscientos y eran de esos frisones de mucha fuerza.
Inmediatamente se comenzó la descarga de los barriles de pólvora, y
colocando en cada caballería una albarda con dos barriles, se los
dirigió con escolta á los conventos inmediatos.
Los cañones, bombas y balas de cañón se enterraron provisionalmente á
orillas del río; se repartieron entre los vecinos de los pueblos los
caballos, y se dijo á los aldeanos se llevasen de los furgones lo que
quisieran, ruedas, llantas, tornos, etc.
Luego, Merino mandó amontonar las tablas, las lanzas de los carros, los
cadáveres de los franceses y los caballos muertos y los quemó.
Había una satisfacción cruel en estas purificaciones hechas por el cura.
Cierto, que lo mejor que se puede hacer con un cadáver es quemarlo;
pero Merino no lo hacía por piedad ni por higiene, sino por odio.
Al mediodía no quedaba de aquel convoy mas que una inmensa hoguera.
Por la tarde se supo que varios escuadrones de caballería francesa
venían de exploración por la carretera.
Merino dió sus órdenes para la retirada. El Jabalí marchó de
vanguardia; luego partieron los del escuadrón de Burgos. Mientras
tanto, el cura se presentó en la casa del Ayuntamiento de Quintana
y dictó el parte que el alcalde debía dar al jefe de la primera
guarnición francesa para cubrir la responsabilidad del pueblo.
Inmediatamente salió; montó á caballo, se reunió con nosotros, y fuimos
retirándonos á toda prisa de la carretera.
Llevábamos más de cincuenta prisioneros, divididos en pequeños grupos.