En seguida Merino emprendía la ronda de la mañana, encaminándose á toda
prisa á las proximidades de la guarnición enemiga; conferenciaba con
sus espías, y antes del amanecer estaba en el cuartel general de la
partida; veía por sí mismo si las avanzadas y las rondas se hallaban en
sus puestos, y entraba en la población.
Mandaba tocar llamada, y si alguno no estaba al momento dispuesto para
marchar, salía á enterarse de lo que hacía.
El Feo llevaba á Merino un vaso de leche, que bebía á caballo, y en
seguida se ponían las tropas en movimiento.
Se salía del pueblo, y al llegar á un sitio adecuado, la tropa se
colocaba en orden de batalla y se pasaba revista.
Nos conocía á todos. Tenía ese aire inquisitorial de un director de
seminario que quiere averiguar los pensamientos más íntimos de sus
alumnos.
--¡Mala cara tienes tú hoy!--me dijo varias veces por lo bajo.
Una de las reglas de Merino era observar á sus guerrilleros. Quería,
sin duda, conocerlos, ver transparentarse sus almas.
Así, sabía siempre lo que sus hombres deseaban cuándo estaban cansados,
cuándo no; cuándo fingían ardimiento y cuándo lo experimentaban de
veras.
Este deseo de contentar á su gente, y al mismo tiempo de recibir sus
inspiraciones, producía en ellos una gran confianza, y cuando veían que
el cura contrariaba abiertamente sus deseos cada uno de ellos pensaba:
«Ocurre algo. El cura no puede dar descanso».
Es indudable que el pueblo tiene siempre rasgos de genialidad, y más
aún en tiempo de guerra.
Esa alma colectiva que se forma en las masas condensa las virtudes, los
vicios, las crueldades de cada uno de los individuos que la forman.
Así, estas colectividades, cuando se sienten heroicas, son más heroicas
que un hombre solo, y lo mismo cuando se sienten cobardes ó crueles.
Marino comprendía instintivamente que de sus guerrilleros toscos podía
sacar lecciones, y las aprovechaba.
Después de pasar revista nos hacía acampar, y mientras parte de la
fuerza quedaba de guardia en los caminos, otra se ejercitaba en
maniobras de guerrillas, haciendo simulacros de ataques y defensas,
de reconocimientos, de combates, de tiros al blanco y dando cargas de
caballería.
Mientras tanto, Merino se sentaba en una silla de tijera, leía los
partes que le enviaban, y de su sombrero de copa, su gran archivo,
sacaba un cuadernillo de papel y contestaba, y daba sus órdenes á los
comandantes destacados en diferentes puntos.
Nunca empleaba más de tres ó cuatro líneas en sus instrucciones; así
que no necesitaba secretario.
A mí me llamó algunas veces para fingir comunicaciones falsas
redactadas en francés, como si estuvieran enviadas de un comandante de
un cantón á otro.
No le gustaba á Merino guardar papeles, y todos los que recibía los
quemaba al instante.
Los partes suyos los doblaba, los metía en sobres gruesos, echaba
cera amarilla y ponía encima su sello. El sello era uno que le había
regalado el cura de Coruña del Conde, y que provenía de las ruinas de
la gran Clunia, ciudad romana levantada en otro tiempo en un cerro
próximo al río Arandilla.
Con todos los sobres preparados, hacía venir á su presencia á los
ordenanzas de á caballo, y á cada uno le confiaba el parte, le prevenía
los caminos ó sendas que debía tomar y le fijaba hora exacta para
entregarlo.