Merino seguía caminando por el monte en zig-zag hasta que encontraba un
sitio que se le antojaba bueno y seguro. Siempre prefería aquel donde
corría un arroyo ó manaba una fuente.
Al llegar allí se apeaba, desbridaba el caballo, le ataba con el ronzal
á un árbol, le quitaba la silla, le echaba una manta y le ponía en el
morral medio celemín de cebada.
Luego se envolvía en una bufanda, colocaba la silla del caballo á
manera de almohada, y debajo de la silla metía un reloj de repetición,
al que daba cuerda. Después se tendía á dormir.
Sonaba la repetición á las tres de la mañana. Merino, que tenía el
sueño ligero, se despertaba y se ponía de pie. Si el tiempo estaba
bueno, sacaba de la alforja una maquinilla con espíritu de vino, y en
un cazo hacía chocolate.
Mientras hervía el chocolate volvía á echar al caballo en el morral un
medio celemín de cebada y le dejaba comer despacio. El, mientras tanto,
tomaba el chocolate con un trozo de pan, bebía un vaso de agua y fumaba
un cigarro de papel.
Si por el mal tiempo no podía hacer el chocolate, comía la pastilla
cruda.
Después recogía sus bártulos, ensillaba el caballo, le quitaba el
morral, le llevaba al arroyo para que bebiese y comiese un poco de
hierba, en la orilla y luego, montando, se acercaba al asistente:
--¡Eh, tú, Feo!--gritaba.
El asistente podía contestar al primer grito, si no quería recibir
algunos latigazos. El Feo se levantaba, arreglaba su caballo, y el amo
y el criado salían del monte.