Después de estas diligencias veía el final de las maniobras, daba la
orden de marcha y se seguía adelante al pueblo ó aldea donde había que
hacer el rancho y dar pienso á los caballos.
No nos dejaba comer en paz. Él solía entrar en la casa donde encargaba
el almuerzo y mandaba que se lo hicieran sin sal. Tenía miedo de que le
envenenaran.
Le traían unas sopas de ajo ó huevos, les echaba sal, que sacaba de
un paquete que guardaba cuidadosamente, compraba un panecillo en otra
parte y comía sin sentarse á la mesa; después extraía de su alforja
un trozo de carne en fiambre y un pedacito de queso y marchaba á la
fuente, llenaba un vaso de agua, que bebía, y salía á fumar un cigarro.
A los cinco minutos ya estaba volviendo y preguntando á los oficiales:
--Qué, ¿estamos?
Los soldados, en general, tenían más tiempo de descanso, y con el
motivo de hacer el rancho y con el pretexto de herrar á los caballos y
darles de beber, nos hacían esperar siempre.
Con estos trotes que nos daba, no hay para qué decir que la mayoría
deseábamos operar independientes.
Merino era incansable. No quería dejar nada á la casualidad.
Muchas noches las pasaba enteras á caballo, aunque cayeran rayos y
centellas.
Con tanto trajín, un caballo y un asistente no le bastaba, y cambiaba
dos y hasta tres al día.
Contaba para la remuda siete ú ocho caballos, los mejores del
escuadrón, con sus arneses y monturas.
Siempre llevaba uno enjaezado cerca del que montaba. No quería guardia.
Ya sabía que todo el país estaba á su lado, y aunque temía las
traiciones, temía más aún las maniobras indiscretas.
En general, cambiaba de caballo por la mañana, al mediodía y al
anochecer. Cada uno llevaba su alforjita con su celemín de cebada.
Al montar, siempre decía al asistente:
--Feo.
-¿Qué?
--¿Está bien calzado?
--Sí, señor.
--¿No le falta ningún clavo en las herraduras?
--Ninguno.
--Bueno; pues vamos allá.