LA NOCHE DEL CURA

Cuando quedaba alojada la tropa y Merino daba sus instrucciones al

capitán de guardia y á los demás jefes, montaba á caballo y desaparecía

seguido de su asistente.

En sus salidas nocturnas por el campo, siempre llevaba distinta

indumentaria que de día. Su objeto, indudablemente, era que en la

obscuridad nadie le reconociese.

Tarde ó temprano, lloviera, nevara ó granizara, no dejaba nunca de

salir.

--El cura va á celebrar la misa del gallo--decían los guerrilleros al

verle marchar á las altas horas de la noche.

Su salida tenía por objeto dar un último vistazo á todo.

Al trote largo, el cabecilla avanzaba hasta los alrededores de las

guarniciones enemigas, hablaba con los confidentes enviados de antemano

á los pueblos, recogía noticias de los curas, de los alcaldes y de los

aldeanos.

Era incansable; no quería dejar nada á la suerte. Andaba diez ó doce

leguas á media noche para enterarse de un detalle, por insignificante

que pareciera á primera vista.

Sufría las nieves y los fríos más intensos como los más fuertes calores.

En el rigor del invierno gastaba guantes de lana y una especie de

carrick anguarina con capucha, prenda parecida á la que emplean en

Soria los montañeses de Villaciervos y á los _capusays_ de los pastores

vascongados.

Para ir á caballo se calaba una gorra de pelo, se subía el cuello del

carrick, y así marchaba horas y horas.

Los días de lluvia gastaba una capa de paño grueso de Riaza, empapada

en un barniz impermeable, al estilo de esos capotes usados en Cuenca

que llaman barraganes.

Después de recorrer los caminos y encrucijadas en donde podía haber

alguna novedad, si el cura encontraba todo tranquilo volvía hacia el

punto en donde se hallaba el grueso principal de su fuerza y, dando

la vuelta al pueblo, se dirigía á media rienda al bosque ó montaña

inmediata.

Seguido de su asistente, iba haciendo caprichosos zigzags hasta que se

detenía. ¿Hacía todo esto para desorientarle? ¿O quizá pensando que

alguno podría seguirle? No lo sé.

Cuando le parecía bien se paraba y le llamaba al asistente. El que con

más frecuencia le acompañaba era el Feo, y algunas veces el Canene:

--Eh, tú, Feo... quédate aquí.

--Está bien, don Jerónimo. Buenas noches.

--Buenas noches.

El asistente se apeaba del caballo, lo desembridaba, aflojaba la

cincha, le echaba la manta, colocándole el morral con un celemín de

cebada, sacaba de la alforja los víveres para su cena y se tendía,

envuelto en la manta morellana, debajo de un árbol ó al abrigo de una

peña.

El Escuadrón del Brigante · 第 76 / 283 题