Tipos bien distintos á éste eran el Feo y el Meloso. El Feo era
muy buena persona. Eso sí, merecía el apodo como pocos. Decían los
guerrilleros que era más feo que el cabo Negrón, que, según tradiciones
que quedan en la milicia, reventó de feo.
El Meloso, antiguo pastor, tenía unos cincuenta años.
Era el Meloso hombre, al parecer, de gran sencillez y humildad. Tenía
unos ojos azules claros, cándidos como los de un niño, las cejas rojas
y cerdosas, las mandíbulas sin dientes.
A pesar de su humildad, era cazurro y marrullero como pocos.
Vestía una camisa de cáñamo y un traje de bayeta. Llevaba faja
encarnada, reloj de faltriquera con su gruesa cadena, pañuelo atado á
la cabeza y calañés. Solía montar en un caballejo negro, escuálido,
pero de mucha sangre; llevaba dos alforjas jerezanas á los lados de la
silla, y en el arzón un trabuco.
El Meloso era muy amable y suave; de esto le venía el mote. Solía
echar al enemigo que cogía por su cuenta al otro mundo con verdadera
melosidad.
Otros dos guerrilleros, amigos y compadres, los dos tunos y muy
ladrones, el uno ya viejo y el otro joven, eran el Gato y el Manquico.
El Gato era un viejo socarrón, bajito, muy taimado, siempre sonriente,
pero iracundo. Montaba una yegua parda con sus lomillos y dos cabezadas
con brida; colgando de la silla llevaba una escopeta, y en el arzón,
escondido, un bote de hoja de lata donde metía el dinero.
El Manquico robaba también en combinación con el Gato. Este le había
aleccionado. Sabíamos sus mañas y estábamos esperando la ocasión de
pescarle en el garlito para darle una paliza y echarlo del escuadrón.
Como él llegó á conocer nuestras intenciones, poco después se marchó
con el Jabalí.
Un muchacho simpático á quien solíamos bromear todos por su candidez
era Martinillo el Pastor.
Martinillo contaba poco más ó menos la misma edad que Lara y que yo;
pero como había vivido en el campo conservaba gran inocencia.
Martinillo era uno de los cornetas del escuadrón y le gustaba mucho
marchar á la cabeza tocando.
Martinillo tenía amores con una muchacha pastora de Quintanar de la
Sierra, llamada Teodosia.
Como todos sabíamos sus amores, le bromeábamos con la Teodosia. El
suspiraba por ascender y ganar unos cuartos para casarse con la
pastorcilla.
Entonces Lara, yo y otros oficiales del escuadrón de húsares de Burgos
hicimos una suscripción y reunimos treinta duros, que se entregaron á
Martinillo.
Martinillo, loco de entusiasmo, arregló una casa en Hontoria del Pinar
y se casó con la Teodosia.
La boda fué una verdadera fiesta para el escuadrón del Brigante y para
los amigos. La única que no quiso asistir fué Fermina la Navarra.
Sentía un gran desprecio por la pobre Teodosia, á quien consideraba
estúpida y ñoña.
Para no amargar la fiesta á Martinillo, le dijimos que Fermina tenía
una desgracia de familia y que por eso no iba á la boda.
Durante mucho tiempo se habló de la fiesta como de algo maravilloso y
extraordinario.