Las noches en que no estábamos de guardia nos reuníamos en nuestro
alojamiento de Hontoria, en casa del Padre Eterno, unos cuantos
guerrilleros al amor de la lumbre. El Brigante solía venir casi
siempre.
Se contaban cuentos y hablábamos de todo: de las cosas próximas, como
la guerra y las ambiciones del gran Napoleón, y de las más lejanas,
como la historia antigua y la astronomía.
En cuestiones de política y de historia teníamos que terciar Lara y yo,
que, aunque no muy cultos, pasábamos allí por unos Solones.
Alguna vez hubo un poco de baile con las mozas del pueblo al son de la
guitarra, y dos ó tres noches se jugó á las cartas, á pesar de ser cosa
especialmente prohibida.
Miguel de Lara, cada vez más amigo mío, recitaba en nuestras reuniones
versos antiguos y modernos.
Los romances del Cid, de la Infantina y de los Infantes de Lara
producían gran entusiasmo.
Aquellos campesinos no sentían el tiempo interpuesto entre estas viejas
historias y la época nuestra, y para ellos, el Cid, el conde Lozano,
Mudarra y Diego Láinez eran casi contemporáneos suyos, hombres que
tenían iguales pasiones é idénticas maneras de sentir.
Yo le dije una noche á Lara que encontraba absurdo en un hombre de su
sensibilidad poética no hiciera versos originales.
El se turbó, y al día siguiente leyó una oda á la patria que nos
produjo á todos un entusiasmo inmenso. Le abrazamos, y el pobre
muchacho quedó sofocado del éxito.
Lara era un tipo verdaderamente admirable, generoso, desinteresado; no
quería nada para él; valiente y audaz, le gustaba el peligro; pero,
sobre todo, tenía un sentimiento de justicia extraordinario.
Al pensar en él me venía á la imaginación la frase de Rousseau acerca
de Altuna; se podía haber dicho también de mi amigo que era de esos
tipos que España sólo produce, y que no produce bastantes para su
gloria.
Lara y yo decidimos ser los cronistas de la partida; sobre todo, de las
hazañas del batallón del Brigante; yo escribiría los acontecimientos
en estilo liso y llano y él intercalaría romances cantando nuestras
heroicidades.
Esta idea produjo un gran entusiasmo entre los guerrilleros.
Muchas anécdotas podría contar de las reuniones de Hontoria en casa del
Padre Eterno.
Había entre todos aquellos pobres un deseo de saber, y el Brigante era
de los más interesados en educarse y pulirse.
Una noche de éstas, el Brigante nos contó una cosa cómica.
--Antiguamente--dijo--, alrededor de España había dos mares, y estos
dos mares querían juntarse, pero no podían, porque entre uno y otro se
levantaban unas rocas muy altas. Entonces un hombre muy fuerte, á quien
llamaban el Cule, empezó á trastazos con las rocas, y á martillazos las
rompió y comunicó los dos mares.
--Pero ¿dónde has leído eso?--le pregunté yo.
--Yo te traeré el librico.
Efectivamente, me lo trajo; y cuando vi que el Cule á quien se
refería el Brigante era nada menos que Hércules, me dió una risa
inextinguible; pero él, como era buena persona, no se incomodó.
--¡Pisaverde! Eres una sabandija que hay que aplastar con el tacón--me
decía, mientras yo me moría de risa.