Si el Mastaco era por su rareza física un fenómeno, nadie podía
competir por su extrañeza moral con un señor don Perfecto Sánchez, que
había venido desde Burgos, donde estaba empleado, y entrado á formar
parte del escuadrón.
Don Perfecto, al principio, no nos chocó; era un hombre vulgar, torpe
en todo, muy poco comprensivo y muy entusiasta.
Don Perfecto no parecía castellano, á juzgar por su acento. Tenía un
tipo de moro: pelo muy negro, ojos amarillentos y dientes del mismo
color. Llevaba patillas á la rusa, unidas al bigote, lo que le daba un
aspecto de facineroso terrible. Montaba un caballo muy viejo, escuálido
y grande. Sin duda, era del consejo irónico del pueblo que dice: «Ande
ó no ande, caballo grande».
Don Perfecto se parecía tanto á su caballo, que cualquiera hubiese
dicho era de la familia. Podían los dos haber cambiado de dentadura sin
que nadie lo notase.
Don Perfecto hablaba tartamudeando, y era pesado y falto de gracia.
Al principio nos parecía un hombre fastidioso, de esos de quienes se
huye; pero luego, poco á poco, nos asombró. ¡Qué idea tenía aquel
hombre de sí mismo! ¡Se creía el ser de más inteligencia, el más
atrevido, el más ágil del mundo! Siempre llegaba el primero, siempre
sabía el secreto de lo que pasaba, siempre tenía que salvar á los demás
y reirse de ellos. Como jinete era una maravilla, como tirador de armas
y valiente no había otro.
Don Perfecto pensaba que todos los días le estaban pasando cosas
extraordinarias; constantemente el enemigo le tendía lazos que él, con
su gran malicia, sabía esquivar.
Cuando contaba aquellas supuestas celadas y explicaba los medios
empleados para burlarlas con su lengua gorda, se reía con un entusiasmo
loco, mostrando su fila de dientes grandes y amarillos como los de su
caballo viejo.
Varias veces nos dijo que Napoleón ya sabía quién era él y que le
temía. Al oirlo el Brigante, que era burlón, nos dijo á Lara y á mí
que debíamos escribir á don Perfecto una carta, firmada por Napoleón
Bonaparte, diciéndole que estaba enterado de que era su gran enemigo,
pero que, á pesar de esto, le apreciaba y le admiraba como se merecía.
Cuando recibió la carta don Perfecto estuvo serio más de una semana;
nosotros creíamos que habría notado la broma; pero no era esto, sino
que estaba preocupado buscando los términos de la carta que tenía que
contestar á Napoleón.
Llegó á tomar unos aires de orgullo tan necios, que el Brigante le dijo
que no fuera tonto, que se estaba poniendo en ridículo, que la carta de
Napoleón la habíamos escrito entre Lara y yo.
Don Perfecto se puso compungido fingiendo tristeza, y cuando dejó de
hablar con el Brigante vino á nosotros á decirnos que él se reía de
estas cosas porque sabía mejor que nadie lo que pasaba y la envidia que
tenían algunas personas de sus méritos.
Respecto á la carta de Napoleón, estaba tan seguro de que era de él,
que todas las bromas que le dieran con este motivo no le hacían la
menor mella.