Entre los tipos curiosos que había en el escuadrón del Brigante,
ninguno tan raro, físicamente, como el Mastaco.
El Mastaco, caballero en su macho, daba la impresión de un gran jinete;
á pie era un ridículo enano.
Tenía el Mastaco la cabeza grande, fuerte, bien hecha, la nariz
aguileña, el afeitado de la cara azul.
Su pecho y el tronco guardaban las proporciones naturales; en cambio,
las piernas eran pequeñísimas y los pies parecían dos tarugos torcidos
hacia dentro.
Al Mastaco se le montaba en su macho, se le ponían los estribos muy
cortos y parecía un centauro. A pie causaba lástima; pero, ya jinete,
se tapaba las piernas con la manta y estaba arrogante.
Montaba el Mastaco un machillo pequeño con su cabezada y correa, unas
alforjas de lana blanca pintada, sable al cinto y carabina á la espalda.