El Brigante tenía cuatro ó cinco especialistas, de los que se guiaba.
Para conocer el tiempo no había otro como el Abuelo; para distinguir
el terreno, el más inteligente era el Apañado; para preparar una
emboscada, ninguno como el Tobalos.
El Tobalos era un hombre pequeño, acartonado, de unos cincuenta años,
rubio, con esa tez del castellano que toma el color de la tierra. Su
cara impasible no temblaba ni se estremecía jamás.
Andaba siempre á caballo, por lo que tenía las piernas como dos
paréntesis.
Valiente era como el mismo diablo. Así como el Brigante parecía un
tigre, el Tobalos tenía algo del azor.
Para una descubierta audaz, para una emboscada atrevida, ninguno como
él.
El Tobalos era muy silencioso; todos sus comentarios debían ser
interiores. Cuando el Brigante le preguntaba algo, contestaba con
monosílabos ó moviendo la cabeza.
El discutir, el hablar, eran cosas que le molestaban. El Brigante le
trataba con mucha consideración.
--Oye--le solía decir en algunas ocasiones--, ¿podrías ahora hacer esto?
El Tobalos contestaba sí ó no sin abrir apenas la boca. Y el Brigante
no replicaba nunca.
El Apañado, en cambio, era la antítesis del Tobalos: charlatán como él
solo.
Tenía una conversación aguda, rápida; una penetración natural
grandísima. Nunca se daba el caso de que el Apañado tomase un tronco
de árbol por un hombre, ni á un pastor por un espía, ni que notara el
último huella de herraduras en un camino.
En medio de esta gente que parecía haber nacido para la guerra de
emboscadas, había algunos con otras aficiones. Uno de ellos era el
herbolario de Santibáñez del Val, á quien no se le podía encomendar
una guardia porque se le iba el santo al cielo, se dedicaba á buscar
los simples y se olvidaba de lo que le habían encargado.
Otro tipo por el estilo era el cura de Tinieblas, con la diferencia de
que éste, en vez de preocuparse de los simples, pensaba en aumentar su
colección de monedas.
El herbolario y el cura estaban siempre juntos, porque sólo ellos
podían aguantar mutuamente sus disertaciones botánicas ó numismáticas.
Lara y yo teníamos en el escuadrón el negociado de la historia y de la
literatura.
Casi todos los guerrilleros del Brigante habían sido leñadores y
aserradores, gente ágil, pero no buenos jinetes. Los mejores soldados
de caballería del escuadrón eran los que habían sido cavadores de viña
en la ribera del Duero.
En este oficio se necesita mucha fuerza y un brazo muy membrudo. El
pastor y el leñador tienen la pierna fuerte, pero el brazo débil; á los
cavadores les ocurre lo contrario.
La partida del Empecinado, formada casi en su totalidad por cavadores,
era la que contaba con los mejores jinetes de todo el centro de España.
Lara y yo, á quienes nos hicieron sargentos y luego alféreces en
comisión, aunque en el haber apenas llegábamos á soldados rasos,
solíamos pasar lista al escuadrón del Brigante.
Era indispensable llamar á los guerrilleros por el nombre y por los
apodos, porque algunos se habían olvidado de sus apellidos y no sabían
si al llamarles Matute, Chapero ó Rebollo era éste el nombre de la
familia, ó el de la casa, ó simplemente un mote.
Como varios de los nuestros tenían el mismo apodo, hubo que desbautizar
á unos y darles á elegir otro nombre.
Del escuadrón del Brigante, además de los que he citado, recuerdo el
Largo, el Zamorano, el Chato, el Arriero, el Rojo, el Canene, el tío
Currusco, el Estudiante, el Lobo de Huerta, el Barbero y el Fraile.
Algunos de ellos, dóciles, comprendían la superioridad del saber, se
rendían á ella y se dejaban guiar por los más instruídos; pero otros
querían considerar que ser cerril y tener la cabeza dura constituía un
gran mérito.
Entre nosotros la disciplina no era la misma que en las tropas
regulares. Allí la ordenanza sobraba. Todo era improvisado á base de
brutalidad, de barbarie y de heroísmo.