Merino para contrarrestar los triunfos de la partida de Juan Bustos, el
Brigante, fomentó el que otro guerrillero, el Jabalí de Arauzo, formara
también un grupo con los antiguos incondicionales del cura.
El Jabalí era un tipo feroz, supersticioso y lujurioso. Se le creía
medio saludador, medio iluminado. Había forzado algunas muchachas, y se
contaba que á una de ellas después la descuartizó. Así lo aseguraba un
convecino suyo.
El Jabalí era merinista rabioso. Tenía esa fuerza de los hombres
fanáticos y ardientes que saben arrastrar á la gente de imaginación
débil; pero, como muchos de los que se echan de iluminados, estudiaba
sus gestos y sus actitudes y concluía siendo un farsante.
Al Jabalí siempre se le veía con el rosario en la mano.
Su tipo era tan extraño como su manera de ser moral; su aire, de hombre
abstraído. Gastaba pantalón corto, chaqueta de sayal y camisa de cáñamo.
Iba casi siempre mal afeitado; llevaba largas melenas, grasientas
y negras, sombrero redondo con escarapela patriótica, y en el pecho
una especie de escapulario grande, de bayeta, sobre el cual había
fijado una porción de estampitas y medallas de la Virgen y de todos
los santos. Por lo que decían dormía con este parche místico, al que
consideraba como un amuleto.
Los que le seguían tenían trazas parecidas: eran igualmente melenudos y
sucios, y se distinguían, como él, por su fanatismo religioso, por su
ferocidad y por su crueldad.
Este escuadrón contaba con muchos curas y frailes que habían decidido
abandonar los hábitos mientras durara la guerra.
El hermano Bartolo y mosén Ramón eran los principales de la clerigalla.
Tipos de energúmenos, exaltaban con sus palabras y sus pinturas de las
llamas del infierno á los demás.
Los del Brigante, por oposición á los guerrilleros del Jabalí, se
manifestaban algo incrédulos; todo lo incrédulos que se podía ser en la
partida de Merino, en donde no había más remedio que ir á la iglesia y
darse golpes de pecho, y confesarse y comulgar con alguno de aquellos
ganapanes de sotana.
Los guerrilleros del Brigante, que al principio me recibieron con
burlas, luego me acogieron muy bien. Se sentían ofendidos, pues se les
había apartado sistemáticamente del elemento nuevo, casi aristocrático,
y agradecieron que un señorito se mezclara con ellos.
Poco después entró también en el escuadrón, por amistad conmigo,
Miguel Lara. Lara y yo fuimos los ayudantes de Juan Bustos el Brigante.
Juan Bustos era un hombre bajo, ancho, forzudo, musculoso, con las
espaldas y las manos cuadradas. Tenía el color tostado, la cabeza
grande, huesuda; la cara algo picada de viruelas, las facciones nobles,
las cejas cerdosas y salientes, y los ojos hundidos, grises, con un
brillo de acero.
La mirada y la sonrisa le caracterizaban. Sus ojos tenían una
penetración extraña: cuando sonreía mostraba dos filas de dientes
grandes, blancos, fuertes, cosa poco común entre montañeses, que suelen
tener, casi siempre, mala dentadura.
Cuando Juan se exaltaba relampagueaban sus ojos, y tenía un gesto
extraño que al hacerlo mostraba sus dientes.
Entonces se me figuraba un tigre.
Era Juan valiente hasta la temeridad; amigo de exponerse y de andar á
cuchilladas.
A pesar de su acometimiento, era también muy zorro, muy sabio á su
modo, y de muchos refranes.