FERMINA LA NAVARRA

Nuestra vida era pintoresca y amena. Estábamos, mientras se organizaban

las tropas, en Hontoria del Pinar, y nos reuníamos formando un rancho

en casa de un herrero, á quien llamaban el Padre Eterno por sus largas

barbas.

El Padre Eterno era el maestro de taller de la herrería de Merino, y

constantemente estaba arreglando las armas que se estropeaban y se

cogían al enemigo.

En casa del Padre Eterno vivíamos Fermina, la Riojana, Ganisch, Lara y

un curita joven que se decía Juanito Briones, mozo terne, bravío, de

estos curas de bota y garrote, juerguistas y amigos de riñas.

Cada uno aportaba la menestra, que se repartía por las mañanas, y

comprábamos á prorrateo, con la peseta del haber, el pan, el vino y el

aceite. La Riojana se encargaba de guisar, y á fe que con sus platos se

chupaba uno los dedos.

Había en nuestro escuadrón varias mujeres que montaban á caballo

admirablemente. Además de Fermina la Navarra, teníamos á Juana la

Albeitaresa, Amparo la Loca, la Morena, la Brita, la Matahombres, la

Montesina y algunas más.

Estas amazonas no gastaban sable, sino tercerola.

Las de nuestro escuadrón eran muy elegantes; llevaban uniforme, botas

altas y morrión.

Fermina hacía de capitana. Montaba admirablemente á caballo y solía

andar á pie muy gallarda, haciendo sonar las espuelas con el látigo en

la mano.

Esta Fermina era una mujer extraña, insoportable á ratos, á ratos todo

simpatía y encanto.

Parecía á la vez dos mujeres: la mujer pálida, verdosa, iracunda, llena

de saña, y la mujer amable, humilde, cariñosa.

Por lo que me dijo doña Celia, la vieja que fué con nosotros de

Briviesca á Burgos, un jovencete había seducido á Fermina en su pueblo

y sacado de casa. El jovencete éste había desconcertado la vida y

hecho desgraciada á una de las mujeres más dignas de ser feliz.

Varias veces, en el tiempo que pasé cerca de ella, pude ver á Fermina

transformarse rápidamente de la hembra fiera á la mujer llena de

encanto. ¡Qué trabajos se tomaba para hacerse desgraciada! Sus pasiones

violentas luchaban con su bondad natural y le hacían sufrir.

Además de estas amazonas, teníamos cantineras que iban vendiendo

rosquillas y aguardiente.

Las de nuestro escuadrón eran María la Galga y la Saltacharcos.

María la Galga era alta, delgada, morena, mujer valiente que tomaba la

carabina cuando llegaba la ocasión.

La Saltacharcos era pequeña y redonda, de ojos negros. Solía ir montada

en una mula á quien llamaba _Paquita_ con sus cacharros.

A la _Paquita_ se la reconocía pronto, porque el esquilador de Hontoria

solía ponerle un letrero de ¡Viva España! en las ancas: ¡Viva! á un

lado del rabo, y ¡España! al otro.

El Escuadrón del Brigante · 第 63 / 283 题