Montgiscard y yo salimos de Burgos llevando una carga de herraduras
en un carro cubierto de paja, expuestos los dos, principalmente él, á
ser fusilados sobre la marcha, y fuimos á Hontoria del Pinar, donde se
hallaba por entonces don Jerónimo Merino.
Merino nos recibió muy bien. El director le había dado buenos informes
de mí. Don Jerónimo deseaba que yo quedara adscripto á la parte
burocrática de su partida, de intendente.
--Bueno, sí, señor--dije yo--; pero yo quiero, cuando venga la ocasión,
pelear como todos.
--Bien, hijo, bien; pelearás como todos. ¿Sabes montar á caballo?
--Sí.
--¿Manejas bien las armas?
--Sé algo de esgrima.
--Pues á los húsares. Ahora, que al principio vas á tener que hacer las
dos cosas, hacer cuentas y al mismo tiempo andar en las maniobras.
--Bueno.
--Así me gusta á mí la gente, trabajadora.
Me llevó don Jerónimo á mi oficina, y al día siguiente comencé á
ocuparme de mis dos cargos.
Estaba todo sin organizar aún. Las Juntas seguían enviándonos
voluntarios, y era indispensable tomar su filiación, interrogarlos,
uniformarlos y armarlos.