Nos avistamos el director y yo con un albéitar que se llamaba Arija,
hermano de un sombrerero que en 1821 se levantó con Merino, Cuevillas y
otros realistas contra el Gobierno constitucional. Arija, el albéitar,
era hombre activo, y á él se le encomendó la compra del ganado.
Muchos caballos se adquirieron en las ferias de los pueblos próximos, y
algunos los regalaron los mismos propietarios.
De primera intención se hizo un envío de cincuenta con sus respectivas
monturas á los pinares.
En esta expedición marcharon Ganisch, Fermina y la Riojana.
Después, Arija y yo, fuimos al valle de Burón de Riaño y á las
provincias de Valladolid y Segovia. Allí nos hicimos amigos de un
albéitar gascón, legitimista, llamado Hipólito Montgiscard, que había
ido á aquellos puntos á comprar mulas para el ejército francés.
Montgiscard era un tipo extraño, uno de esos tipos que, teniendo todos
los instintos y la manera de ser de sus paisanos, los odian sin motivo.
Esto sucede rara vez en Europa, y con mucha frecuencia en América, en
donde un español ó un italiano comienza de pronto á sentir un rencor
por su país verdaderamente frenético.
A Montgiscard le había dado por ahí; no quería nada con los franceses,
constantemente hablaba mal de ellos, calificándolos de franchutes,
gabachos, etc.
Napoleón, el gran Napoleón, era su pesadilla. Tenía por el emperador
una inquina personal un tanto cómica.
Montgiscard era tan antibonapartista que accedió á entenderse con
nosotros en cuanto concluyera su comisión.
Entre Arija, Montgiscard y yo compramos más de cien cabezas de ganado
caballar, que se enviaron con sus monturas en pequeñas secciones á la
Sierra.
Volvíamos los tres hacia Burgos, cuando supimos á poca distancia de
la ciudad, en la Venta de la Horca, que una división española, al
mando del general Belveder, había sido atacada y dispersada por los
franceses en la carretera, entre Villafría y el Gamonal. Los franceses
habían entrado en la ciudad, entregándola al saqueo, y Napoleón había
instalado allí su cuartel general y publicado un decreto de amnistía y
una lista de proscripción.
Entramos en Burgos; las violencias de los franceses habían exacerbado
al pueblo. Los pobres se marchaban al campo y las personas pudientes
emigraban hacia el Mediodía.
Nosotros, el Director, Arija y yo, con la complicidad de Montgiscard el
gascón, seguimos en nuestros preparativos.
Se compraron muchos caballos de desecho del ejército francés, vendidos
por defectos de poca monta.
Cuando llegó el tiempo de ir al campo, Arija se negó; en cambio el
albéitar gascón, decidió desertar de las tropas imperiales y unirse con
los guerrilleros que peleaban contra su patria.
Son los contrastes de la vida. El español no quiso ir y el francés
sí. Montgiscard sacrificaba la patria á sus ideas legitimistas y
antibonapartistas; en cambio, yo ponía la patria por encima de mis
ideas revolucionarias, viviendo entre curas y frailes y demás morralla
molesta y desagradable.