A la semana siguiente de llegar á Burgos, doña Celia me contó que una
señora en la iglesia le había dicho que un fraile mercedario andaba
hablando á los jóvenes del pueblo para reclutarlos y formar una partida.
Le recomendé á doña Celia que se enterara en dónde se le podría ver al
mercedario, y no sólo se enteró, sino que vino con él á la posada al
día siguiente.
El padre Pajarero era un frailuco joven, moreno, con los ojos
brillantes. Llevaba hábito pardo, cerquillo y sandalias.
Se presentó en mi cuarto y habló conmigo. Yo me encontraba de la herida
casi bien.
El padre Pajarero me sometió á un interrogatorio. Yo, por la costumbre
que había adquirido en el tiempo que llevaba desde que salí de Irún, le
dije que me apellidaba Echegaray.
Me preguntó si estaba dispuesto á echarme al campo. Le contesté que sí.
--Bueno; pues entonces--repuso él--le voy á dar á usted un papel para
que vaya á ver á cierta persona.
--Venga. Está bien.
Sacó el padre un tinterito de cuerno, escribió unas líneas, dobló el
papel y, antes de dármelo, me dijo:
--¿Sabe usted dónde está la calle de la Calera?
--No.
--¿Y el barrio de Vega?
--Tampoco. ¿No ve usted que no he salido de casa con la herida? Pero
preguntaré.
--Vale más que vaya usted sin preguntar.
--Doña Celia sabrá, quizá, dónde está esa calle.
--Sí, ella sí lo sabe.
--Entonces, doña Celia nos acompañará.
--¿No va usted á ir solo?
--Iré con un amigo paisano y patriota como yo.
--¿Cómo se llama su amigo?
--Garmendia. Juan Garmendia.
--¿Cuándo van ustedes á ir?
--Iremos mañana mismo.
--Bueno. Hay que advertir que el barrio de Vega está fuera de la
muralla, al otro lado del río. Cuando llegue usted á la calle de la
Calera, en esa calle, á mano derecha, verá usted una casa grande con
dos torreones en las dos esquinas. Empezando á contar desde esta casa,
en la misma acera, en el séptimo portal llamará usted. Preguntará usted
por el director, y cuando le digan de parte de quién va, contestará
usted que de parte del fraile.
--¿Nada más?
--Nada más.
--Saldrán ustedes de Burgos al anochecer por el arco de Santa María,
cuando vayan á cerrar la puerta de la muralla. Dan ustedes un paseo y,
cuando ya esté obscuro, se presentan en la calle de la Calera.
--Muy bien.
--Luego, como no es cosa de que llamen ustedes á la guardia francesa
para que les abra, irán ustedes á dormir al convento de la Merced. Doña
Celia les enseñará también dónde está.
Decidimos acudir Ganisch y yo al día siguiente á la casa indicada por
el fraile. Por la mañana le dije á Ganisch acompañara á doña Celia para
que ésta le enseñase la calle de la Calera y el convento de la Merced,
y después de cenar fuimos Ganisch y yo á ver al misterioso director.