EN BURGOS

Mareado y medio desvanecido me acerqué á una de las columnas de la

plaza y estuve así esperando hasta que llegaron Fermina, doña Celia, la

Riojana y Ganisch.

Ayudado por ellos, entré en una posada de allí cerca y me metí en la

cama.

Me encontraba con la cabeza débil y con fiebre. Doña Celia comenzó

á preparar un bálsamo, que yo creo que era el mismísimo bálsamo de

Fierabrás, y que si me aplica en la herida me produce la gangrena

de todo el cuerpo, cuando llegó un señor preguntando por mí. Era un

médico. Venía á verme de parte de la señora que me había llevado en su

coche por la tarde.

--¿Quién es esa señora?--pregunté yo.

--La marquesa de Monte-hermoso.

El médico lavó y curó mi herida y dijo que tendría para rato.

Con este motivo se renovó en Fermina, doña Celia y la Riojana el odio

contra los franceses.

Fermina sentía por ellos una repugnancia parecida á la que se puede

tener por un escorpión ó por un insecto venenoso.

El día siguiente estuve en la cama. Me dolía mucho la herida. A pesar

del dolor, me sentía completamente feliz pensando en aquella mujer

soberbia: la marquesa de Monte-hermoso.

¿Se llamaría así? El título me daba la impresión de ser falso; me

parecía un título de novela folletinesca por el estilo de las que

después ha escrito mi amigo Aiguals de Izco. Me enteré bien, y supe que

mi protectora, efectivamente, se llamaba así; que su nombre era doña

María del Pilar Acedo y Sarriá, marquesa de Monte-hermoso, y condesa de

Echauz y del Vado.

Su marido había sido diputado por Álava en la Asamblea de Bayona, y

después le hicieron muchos honores, entre ellos el de ser marido de la

querida del rey. También le nombraron á Monte-Hermoso gentilhombre de

cámara y una porción de cosas más.

Mientras yo me pudría de impaciencia en la cama, Ganisch y las tres

mujeres salían de casa, y al volver me traían una porción de noticias

contradictorias.

Ganisch había oído decir que el Gobierno de los patriotas, establecido

en Aranjuez, al acercarse Napoleón á Madrid se había instalado en

Sevilla. Desde Sevilla comenzaría á organizar partidas de guerrilleros.

Doña Celia, Fermina y la Riojana contaron una porción de historias

recogidas en la calle.

Todas sus noticias me tenían á mí sin cuidado. No pensaba mas que en

aquellos ojos negros y en aquella expresión dolorosa y trágica de la

marquesa.

El séptimo día de estancia en Burgos, el médico me dió el alta.

--Ya está usted bien--me dijo--. No salga usted mucho de casa.

--Dele usted de mi parte muchas gracias á la señora marquesa--le dije

yo.

--Ya se ha marchado--contestó el médico.

--¿A Madrid?

--¡Cualquiera lo sabe! ¡Habrá ido á reunirse con José Bonaparte! Dicen

que es la querida de Pepe Botellas.

La noticia me hizo más daño que el sable del francés de Briviesca; pero

aún me molestaba más el que se hubiera ido de Burgos aquella mujer

admirable sin acordarse de mí.

El pensar en esto reanimó mi actividad y mis sentimientos patrióticos.

Decidí olvidar las dos heridas: la del francés y la causada por la

marquesa de Monte-hermoso.

Se me ocurrió escribir al mariscal de campo don Gabriel Mendizábal,

paisano y amigo de mi padre. Mendizábal debía hallarse en esta época en

Alba de Tormes, y no encontré medio de hacerle llegar la carta.

Mi desesperación y mi furor patriótico iban en aumento.

Me figuraba estar viendo á la marquesa de Monte-hermoso, rodeada de

oficiales franceses elegantes, llenos de oro y de bordados. Yo había de

ir entre los desarrapados á acometerlos, á acuchillarlos.

El furor que comenzaba á tener lo experimentaba la gente del pueblo,

sin el acicate de pensar en una bella dama.

La plebe se enardecía con el odio al invasor.

Los franceses se figuraban que iban á luchar con un ejército y con

partidas de guerrilleros; pero, en el fondo, tenían que guerrear con

una turba de mujeres, de chicos, de viejos tenderos, de frailes,

inspirados todos en un fanatismo religioso y patriótico terrible.

El Escuadrón del Brigante · 第 40 / 283 题