De acuerdo en el plan, nos fuimos á la cama. Noté, ya medio en sueños,
que Ganisch entraba y salía en el cuarto, pero no hice caso. Me figuré
que andaría rondando la alcoba de la Riojana.
Al día siguiente, muy de mañana, pedimos el desayuno y la cuenta. Nos
lo trajo la dueña del mesón. Concluído el refrigerio bajamos á la
cuadra y vimos Ganisch y yo cómo se preparaban para la marcha las tres
mujeres. Iban á montar la vieja y la Riojana en un mulo y Fermina en
otro, cuando acertaron á venir el subteniente francés de los largos
bigotes rubios, nuestro comensal de la noche anterior, con un sargento.
Éste, haciéndose el distraído, pasó por cerca de Fermina y le dió un
pellizco en sitio blando y carnoso. Fermina se volvió como una víbora,
y con el puño cerrado le pegó un golpe en la cara al francés.
Al soldadote bárbaro, que creía, sin duda, que la milicia era una
institución sagrada hasta cuando pellizcaba, no se le ocurrió otra cosa
mas que echar mano al sable y desenvainarlo.
Nos mezclamos Ganisch y yo con idea de apaciguar á tales brutos, y el
subteniente y el sargento la tomaron con nosotros hasta atacarnos á
sablazos.
Yo, con un palo que cogí de un rincón, paré varios mandobles de
aquellos bárbaros; pero el subteniente me tiró una estocada que me
hirió encima de la clavícula.
El mesonero, mientras tanto, echaba á correr al pueblo, y poco después
volvía con un capitán muy desdeñoso y antipático.
Como el subteniente y el sargento querían tergiversar la cuestión
diciendo que les habíamos insultado, y llamándonos á cada momento
_brigands_, tercié yo y, en francés, expliqué al capitán lo ocurrido.
El capitán nos preguntó quiénes éramos y á qué íbamos á Burgos;
mostramos nuestros pasaportes, y con aire displicente y poco amable
exclamó:
--Está bien; váyanse ustedes.
Salimos del pueblo. Yo tenía la camisa empapada en sangre. Empezaba á
sentir por aquellos estúpidos galos un odio que no había tenido nunca.
A los pocos minutos de Briviesca nos encontramos con un carromato
cargado de pellejos de vino. Contamos al carretero lo que nos ocurría
y nos invitó á montar. Puso un saco de paja y unas mantas sobre los
pellejos y yo me eché encima.
Poco después, en el sitio que se llama la Lengua Negra, entre Santa
Olalla de Bureba y Santa María del Invierno, encontramos á Fermina,
la Riojana y la vieja; nos esperaban con ansiedad. Ganisch contó lo
ocurrido y todas las atenciones de las tres mujeres fueron para mí.
Faltaban unas cuatro ó cinco leguas para Burgos, y en ocho ó diez horas
llegamos al puente de Santa María.