En Miranda de Ebro nos topamos con unos arrieros en el mismo puente,
y en su compañía pasamos el desfiladero de Pancorbo y llegamos hasta
Briviesca.
Se detuvieron ellos y nosotros á la salida del pueblo, en el mesón del
Segoviano, que entonces pertenecía á un señor Ramón de Pancorbo. Los
arrieros hicieron la comida aparte, y Ganisch y yo pedimos de cenar y
nos sentamos á la mesa redonda.
Estaban de comensales dos militares franceses, uno de ellos capitán
y el otro subteniente, hombre este de largos bigotes rubios, y dos
mujeres españolas, una muchacha y una vieja.
Los militares intentaban entrar en conversación con la muchacha, pero
ella, seca y desabrida, no contestaba.
Durante la cena las dos mujeres, Ganisch y yo no dijimos nada. Los
oficiales franceses, atrevidos y fanfarrones, se hartaron de reirse y
de insultarnos en su lengua. Ya veríamos los españoles lo que nos iba
á ocurrir cuando llegara el gran Napoleón con Soult. Tendríamos que
arrodillarnos todos á sus pies si no queríamos ser pasados á cuchillo.
Al levantarse los franceses el odio español estalló como una mina,
y hablamos los cuatro que quedábamos en la mesa de que había que
exterminar aquellos estúpidos y petulantes invasores. Al momento
Ganisch y yo nos hicimos amigos de las dos mujeres.
La muchacha se llamaba Fermina, y la vieja, doña Celia.
Hasta mucho tiempo después no supe que las dos no se conocían en el
momento de encontrarlas nosotros en el parador.
Fermina era una mujer bonita, de ojos negros; tenía la nariz recta,
la boca pequeña, la cara ovalada, la estatura algo menos que mediana,
pero erguida y esbelta de talle; la tez morena pálida. Vestía de luto;
parecía una señorita de pueblo.
La vieja doña Celia era de esas viejas que cuentan desdichas y hablan
constantemente de su padre el general, de su tío el oidor del Perú, y
de su juventud deslizada entre condes y marqueses.
Charlamos largo rato Fermina y doña Celia, Ganisch y yo, y expusimos
nuestras aspiraciones patrióticas.
La moza del mesón, que nos oía, se adhirió y fué de las más
entusiastas.
Ganisch entonces confesó que él y yo nos íbamos á echar al monte,
lo que produjo que las tres mujeres nos miraran con admiración y
enternecimiento.
--Nada; si quieren ustedes venir, vengan con nosotros--añadió Ganisch,
que tenía las grandes salidas.
--¿A dónde?
--Al monte. A matar franceses.
Fermina afirmó que ella iba; tal odio sentía por los invasores: la
criada del mesón dijo que también. Estaba cansada de servir en la
posada y ansiaba marcharse á recorrer tierras.
--¿Cómo te llamas?--le pregunté yo.
--María, la Riojana.
La Riojana tenía la nariz remangada, los ojos muy claros, la boca
entreabierta, como expresando una interrogación; el pelo rubio rojizo,
la piel blanca y el pecho abundante.
Hablaba con mucha gracia, una gracia picante, burda; su conversación
era como esos guisos de arriero salpimentados con especias fuertes.
Una sociedad como la nuestra, hecha en un mesón entre cinco personas
desconocidas, no podía verificarse mas que en un momento de inquietud
como aquél.
Realmente había una enorme ansiedad en toda España; en las ciudades,
en las aldeas, en los rincones apartados no se hablaba mas que de la
invasión francesa.
Se citaba en los pueblos la gente preparada para echarse al campo; en
ninguna parte se sabía nada de cierto, y las noticias, contradictorias
y absurdas, aumentaban la confusión.
En las ciudades el elemento culto se dedicaba á escribir y á publicar
hojas sueltas.
Era aquél el sacudimiento de los nervios y de la inteligencia de una
nación aletargada y casi moribunda.
Después de hablar en el mesón largamente, quedamos de acuerdo en que
por la mañanita la vieja doña Celia, con Fermina y la Riojana, salieran
en dos mulos camino de Burgos; horas después marcharíamos Ganisch y yo
á reunimos con ellas.