Por esta época me encontré á Lazcano y Eguía. Acababa de llegar á Irún
é iba de paso para Francia.
Hablamos extensamente de los asuntos de actualidad.
Lazcano se mostró entusiasmado.
--Estamos de enhorabuena--me dijo.
--¿Cree usted?
--Sí, sí. España entra en un nuevo período. Esto se va á transformar.
--Me parece difícil.
--A mí no. Marchena ha dicho muchas veces: Francia necesitaba de una
regeneración; España no necesita mas que una renovación.
--¿Y quién ó quiénes van á hacer esa renovación?--pregunté yo.
--Bonaparte. José Bonaparte. Es un hombre de un talento grande. El será
el eje de la transformación de España; hará lo que ha hecho su hermano
en Francia. La verdadera obra revolucionaria ha sido la de Napoleón.
No quise discutir su aserto, con el cual no estaba conforme.
No creía tampoco en la eficacia liberal de la invasión francesa. Si el
pensamiento de Napoleón hubiera sido liberalizar á España, podía haber
dejado en Madrid un rey español, por ejemplo, á Fernando, rodeado de
bayonetas; hacer lo que hicieron los franceses con Angulema quince años
después para asegurar la reacción; pero Napoleón no quería liberalizar,
quería reinar; nacido de la Revolución, aspiraba á ahogarla.
Lazcano me invitó á ir con él á conocer á los _Notables_ que en Bayona
estaban preparando el cambio de dinastía: Azanza, Urquijo, Arribas,
Hermosilla, etc., pero no quise ir.
No creía tampoco que tuviera gran eficacia una Constitución que,
aunque se decía se estaba elaborando en Bayona por españoles ilustres,
realmente se había redactado calcándola sobre la francesa por un señor
llamado Esmenard, que, al parecer, conocía bien los asuntos de España.