deslizaba la fiesta, Nolan y los camaradas habían recobrado su aplomo,
como digo, a tal punto que pareció enteramente natural que, inclinándose
ante la arrogante Mrs. Graff, dijera el primero:
--Espero que no me habréis olvidado, Miss Rútledge. ¿Puedo aspirar al
honor de teneros por pareja?--
Hizo esto tan impensadamente que Shúbrick, que estaba a su lado, no pudo
impedírselo. Ella rió y dijo:
--Ya no puedo llamarme Miss Rútledge, Mr. Nolan; pero bailaré con vos lo
mismo que si lo fuera;--e hizo una seña con la cabeza a Shúbrick como
diciendo que le confiara a Nolan, a quien condujo al lugar donde se
formaba la cuadrilla.
Nolan pensó que al fin le llegaba su vez. Había conocido a la dama en
Filadelfia y se había encontrado con ella en otras partes, y pensó que
era una enviada de Dios. No es fácil conversar en contradanzas como se
hace en el cotillón y aun en los intervalos del vals; pero allí había
oportunidad para la voz y los sonidos lo mismo que para las miradas y
los sonrojos. Comenzó hablando de sus viajes y de Europa y el Vesubio y
los franceses; y luego, cuando terminaron la figura, y tenían bastante
tiempo de conversar mientras los demás desempeñaban su turno, dijo él
con intrepidez, aunque algo pálido, afirmaba ella cuando me refirió la
anécdota años después:
--Y ¿qué habéis sabido de la patria, Mrs. Graff?--
Entonces la arrogante criatura le miró con ojos penetrantes. ¡Júpiter!
¡Qué mirada más penetrante debió lanzarle!
--¡La patria?? ¡Mr. Nolan!!! ¡Yo creía que erais vos el hombre que no
deseaba volver jamás a oír hablar de su patria--y subió inmediatamente
al puente en busca de su marido, dejando al pobre Nolan solo, como
estaba de ordinario. Nunca volvió él a bailar.
No podría referir una historia ordenada de su vida: nadie sería capaz de
hacerlo ahora; y a la verdad, tampoco trato yo de hacerlo. Ésta es la
tradición que he arreglado, porque es lo que creo entre las fábulas que
han circulado acerca de este hombre durante cuarenta años. Las mentiras
que se cuentan de él son innumerables. La gente acostumbraba decir que
era el "hombre de la máscara de hierro;" y el pobre George Pons fué a la
tumba con el convencimiento de que era el autor de "Junius," castigado
por su famoso libelo contra Thomas Jéfferson. Pons no era muy fuerte en
materia de historia.
Anécdota más feliz que todas las que he referido, es la que se refiere a
la guerra. Esto sucedió poco después. He oído contar la historia en tres
o cuatro formas diferentes, y quizá haya pasado más de una vez. Pero no
sabría decir en cuál de los buques tuvo lugar. Sin embargo, en uno de
los grandes duelos de fragata con los ingleses, en los cuales recibió
realmente el bautismo de fuego nuestra armada, aconteció que un
proyectil redondo del enemigo cogió de lleno una de nuestras baterías,
llevándose al oficial y a casi todos los hombres de artillería. Podéis
decir cuanto queráis acerca del valor; pero seguramente no era
espectáculo muy agradable aquél. Mientras los hombres que estaban
solamente heridos trataban de levantarse, y los sanos ayudaban a los
asistentes del cirujano a retirar los cuerpos, apareció Nolan en mangas
de camisa, con la baqueta de un fusil en la mano; y, como si hubiera
sido el oficial de mando, expresó con autoridad quiénes debían ir al
sollado con los heridos y quiénes debían permanecer con él;
completamente tranquilo y con aquel aire de seguridad que hace sentir a
los demás que todo marcha perfectamente. Cargó en seguida el cañón con
sus propias manos, apuntó y dió la orden de fuego. Permaneció allí,
capitán de aquella batería, levantando el espíritu de sus hombres hasta
la destrucción del enemigo; sentado en la cureña mientras el cañón se
enfriaba, aunque estaba expuesto en todo instante; explicando la manera
más sencilla de preparar las descargas pesadas; haciendo que los
inexpertos rieran de sus propias chambonadas; y cuando el cañón estaba
frío, cargándolo de nuevo y disparando con rapidez dos veces mayor que
cualquiera otra batería del buque. El capitán rondaba para alentar a sus
hombres, y Nolan, tocando su sombrero, dijo:
--Estoy aquí enseñándoles cómo hacemos esto en la artillería, señor.--
Y en esta parte de la historia concuerdan todas las leyendas; que el
comodoro dijo:
--Ya lo veo y os lo agradezco, señor; y nunca olvidaré este día, señor,
ni vos tampoco lo olvidaréis.--
Y después que todo hubo pasado y que recibió la espada del inglés, en
medio del fausto y ceremonia del alcázar, el comodoro exclamó:
--¿Dónde está Mr. Nolan? Decid al señor Nolan que venga acá.--
Y cuando vino Nolan, dijo el capitán:
--Mr. Nolan, todos tenemos mucho que agradeceros hoy; hoy sois uno de
los nuestros; seréis nombrado en el parte oficial de la batalla.--
Y entonces el anciano, desciñéndose su propia espada de ceremonia, la
dió a Nolan e hizo que éste la ciñera. El hombre que me lo contó fué
testigo ocular de la escena. Nolan lloraba como un niño y tenía, en
verdad, razón de hacerlo. No había ceñido espada desde aquel infernal
día en el fuerte de Adams. Pero después, en ocasiones de ceremonial,
llevaba siempre aquella antigua espada francesa, primorosamente
cincelada, del viejo comodoro.
El capitán le mencionó en el parte oficial. Siempre se ha dicho que
pidió entonces la gracia de Nolan. Escribió una carta particular al
secretario de guerra; pero nada resultó. Como he dicho antes, sucedía
esto cuando comenzaba a ignorarse en Wáshington todo el asunto y cuando
la prisión de Nolan continuaba simplemente porque nadie había capaz de
ordenar que se suspendiera sin nuevas órdenes del gobierno. He oído
decir que estuvo con Pórter cuando tomó posesión de las islas de
Nukahiwa. No este Pórter, comprendéis, sino el viejo Pórter, su padre,
Éssex Pórter; quiero decir, el viejo Éssex, no el Éssex de nuestros
días. Como oficial de artillería que había servido en el oeste, Nolan
sabía más que todos ellos de fortificaciones, troneras, revellines,
empalizadas y todo lo demás; y trabajó con la mejor voluntad para fijar
convenientemente la batería. He pensado siempre que fué una lástima que
Pórter no le dejara el mando en unión de Gamble. Esto habría arreglado
el asunto con respecto a su castigo. Habríamos conservado las islas y
tendríamos ahora un puerto en el océano Pacífico. Y cuando nuestros
amigos los franceses pretendieron esta pequeña bahía, habrían encontrado
que se hallaba ya ocupada de antemano. Pero Mádison y sus partidarios
los virginianos descartaron por completo esta posibilidad.
Todo esto sucedía hace cincuenta años. Si Nolan tenía treinta entonces,
debió contar cerca de ochenta a su fallecimiento. Parecía un hombre de
sesenta cuando solamente contaba cuarenta. Pero después de aquella época
me parece que no cambió una línea su fisonomía. Según imagino yo su
vida, por lo que he sabido, debe haber recorrido todos los mares sin
desembarcar casi nunca. Debe haber conocido mejor que nadie a todos los
jefes de nuestro servicio naval. Me dijo una vez, con grave sonrisa, que
ningún hombre llevaba vida tan metódica como la suya.--Sabréis que la
gente me llama el "hombre de la máscara de hierro," y no ignoráis cuán
ocupado vivía este personaje.--Acostumbraba decir que no aconsejaría a
nadie leer continuamente, como no es posible dedicarse de continuo a
ninguna ocupación; pero que él leía precisamente cinco horas
diarias.--"Luego," añadía,--pongo al día mis anotaciones, escribiendo a
determinadas horas los comentarios sobre mis lecturas e incluyendo en
ellas mi colección de recortes.--Esta colección era muy interesante a
la verdad. Tenía seis u ocho libros sobre temas diferentes. Uno de
historia, otro de ciencias naturales y otro que él llamaba
"Misceláneas." Mas no eran simplemente colecciones de recortes de
periódicos. Había además ejemplares de plantas y gramíneas, conchas
cerradas y trozos cincelados de huesos y madera que él mismo había
enseñado a labrar a los marineros y que figuraban hermosamente como
ilustraciones en su colección. Dibujaba admirablemente. Tenía algunos
cuadros sumamente divertidos y otros de lo más patéticos que he visto en
mi vida. Quisiera saber quién conserva las colecciones de Nolan.
Bien; acostumbraba decir que sus lecturas y apuntes constituían
su profesión, y les dedicaba cinco y dos horas diarias,
respectivamente.--Luego,--proseguía,--todo hombre necesita alguna
distracción tanto como una profesión. La historia natural es mi
distracción.--Esto le tomaba dos horas más todos los días. Los marineros
acostumbraban traerle pájaros y peces; pero en las largas travesías
tenía que conformarse con ciempiés, cucarachas y otros menudos
ejemplares de este estilo. Era el único naturalista que he conocido que
hubiera observado algo de las costumbres de la mosca casera y del
mosquito. Todos os dirán si son lepidópteros o estrepsíteros; pero en
cuanto a la manera de librarse de ellos o a la forma en que estos bichos
escapan cuando se les golpea, ¡vamos! Linneus sabía tanto acerca de esto
como el idiota John Foy. Estas nueve horas formaban la "ocupación"
diaria y regular de Nolan. El resto del tiempo conversaba o paseaba.
Hasta que envejeció, subía a cubierta con frecuencia. Hacia siempre
bastante ejercicio, y nunca supe que hubiera estado enfermo. Si alguna
otra persona experimentaba algún malestar en el buque, convertíase en el
enfermero más atento y afectuoso y sabía más que muchos cirujanos. Así,
siempre que alguien estaba enfermo o moría a bordo, o siempre que el
capitán requiriese sus servicios en estos casos, Nolan estaba dispuesto
a recitar las oraciones. He dicho que leía admirablemente.
Mis relaciones con Phílip Nolan comenzaron seis u ocho años después de
la guerra con Inglaterra, en ocasión de mi primer viaje cuando fuí
nombrado guardia marina. Eran los primeros tiempos del tratado sobre el
mercado de esclavos, cuando la casa reinante que era aún la casa de
Virginia,[44] experimentaba cierto sentimentalismo provocado por los
horrores del tráfico de esclavos, e hizo algo entonces en favor de su
supresión. Nos encontrábamos por este motivo al sur del Atlántico.[45]
Por el tiempo en que yo me agregué al buque, creía que Nolan era una
especie de clérigo secular, un clérigo de levita azul. Nunca pregunté
nada acerca de él. Todo en el barco me resultaba extraño. Yo sabía que
era de novatos el preguntar y se me figura que pensé que debía haber un
"Plain Buttons" en todas las naves. Le teníamos a comer en nuestra mesa
una vez por semana, y se nos recomendaba que aquel día no habláramos una
sola palabra acerca de la patria. Pero si nos hubieran dicho que no
debíamos hablar del planeta Marte o del Deuteronomio, tampoco habría
preguntado la causa. Tan desprovistas de razón como ésta había muchas
otras cosas, a mi entender. Llegué a comprender algo por primera vez
acerca del _hombre sin patria_ en cierta ocasión en que dimos caza a una
sórdida goleta que llevaba esclavos a bordo. Enviaron un oficial al
abordaje, y pasados algunos minutos, regresó el bote pidiendo que se
enviara a alguien que hablara portugués. Mirábamos todos desde la
barandilla cuando llegó el mensaje, y cada uno deseaba poder adivinarlo,
cuando preguntó el capitán si alguno de nosotros sabía hablar portugués.
Pero ninguno de los oficiales conocía este idioma; y en momentos en que
el capitán trataba de averiguar si alguien de la tripulación era capaz
de hacerlo, se adelantó Nolan y dijo que, si el capitán lo deseaba,
podía servir de intérprete puesto que conocía el portugués. El capitán
le dió las gracias, hizo preparar otro bote para él, y allí tuve la
suerte de acompañarle. Cuando abordamos la goleta, se presentó a nuestra
vista una escena que rara vez es posible contemplar y que, por otra
parte, nunca se experimentaría tampoco el deseo de hacerlo. La suciedad
y la confusión más espantosas reinaban sobre cubierta. No había muchos
negros; mas con el objeto de que comprendieran que se hallaban libres,
habíales hecho quitar Vaughan los grillos y esposas que llevaban, los
cuales en obsequio a la ocasión se colocaron a los bribones que
componían la tripulación de la goleta. Los negros, libres ahora en su
mayor parte, hormigueaban en el sucio puente, amontonándose en torno de
Vaughan, a quien se dirigían en todos los dialectos imaginables, y en el
_patois_ de cada dialecto, desde las modulaciones zulúes hasta el
dialecto de _Beled-el-jerid_.
Cuando llegamos al puente, Vaughan miraba desde lo alto de un gran
barril donde se había encaramado en su desesperación, y exclamaba:--¡Por
el amor de Dios! ¿Hay alguien que pueda hacer entender algo a estos
infelices? La gente les ha dado ron, pero eso no los ha aquietado. He
aporreado dos veces a ese grandullón, pero tampoco ha servido de nada.
Luego, les hablé en choctaw; pero ¡que me cuelguen si entendieron esto
mejor que el inglés!--
Nolan dijo que podía hablar portugués, y entonces hicieron salir de las
filas a dos hermosos africanos de la tribu de Kroo, que según se había
puesto en limpio anteriormente, trabajaron alguna vez con colonos
portugueses en la costa de Fernando Po.
--Explicadles que están libres,--dijo Vaughan;--y que estos bribones
serán ahorcados tan pronto como tengamos cuerda suficiente para todos
ellos.--
Nolan "dijo esto en español;" es decir, lo explicó en portugués
inteligible para los negros de Kroo, quienes a su vez lo transmitieron a
los demás negros en idioma que todos fueran capaces de comprender. Hubo
entonces un grito salvaje de delectación, un apretar los puños y saltar
y danzar y besar los pies de Nolan; y un precipitarse general hacia el
barril en adoración espontánea a Vaughan, el _deus ex machina_ de la
ocasión.
--Decidles,--continuó Vaughan, muy complacido,--que los llevaré a todos
al Cabo de Palmas.--
Esto no hizo ya tan buen efecto. El Cabo de Palmas estaba realmente tan
alejado de su patria como Nueva Órleans o Río de Janeiro, lo cual
significaba que quedarían allí eternamente separados de su hogar. Y como
comprenderéis, los intérpretes dijeron inmediatamente,--¡Ah, Palmas
no!--y comenzaron a proponer multitud de expedientes diversos con la
mayor volubilidad. Vaughan parecía decepcionado por el resultado de su
magnanimidad, y preguntó seriamente a Nolan lo que decían. Gotas de
sudor perlaban en la pálida frente del pobre Nolan cuando hizo callar a
los hombres y repitió:
--Dicen que a Palmas no. Dicen que se les lleve a su patria, a su propia
tierra, a su propia casa; que se les lleve adonde están sus propios
chiquillos y sus propias mujeres. Dice uno que tiene padre y madre
ancianos que morirán si no le ven. Y este otro dice que dejó a todos
enfermos en su casa, y que remaba con dirección a Fernando para rogar al
médico blanco que les socorriese, cuando estos demonios le cogieron en
la bahía justamente enfrente de su hogar, y que desde entonces no ha
vuelto a ver a nadie de su familia. Y este otro dice,--se atragantó
Nolan,--que no ha sabido una sola palabra de su tierra durante seis
meses que ha pasado encerrado en una barraca infernal.--
Vaughan decía después que se sentía envejecer mientras Nolan bregaba
para dar la traducción. Yo mismo, que no comprendía todo el alcance de
aquello, podía observar que hasta los elementos parecían fundirse a
algún ardiente calor, y que alguien sufría los resultados. Hasta los
negros dejaron de aullar al ver la agonía de Nolan y la agonía de
Vaughan, casi tan intensa por simpatía. Tan pronto como éste pudo
encontrar palabras exclamó:
--¡Decidles que sí, que sí, que sí! Decidles que irán a las montañas de
la luna, si lo desean. ¡Si yo oriento el rumbo a través del gran
desierto blanco, ellos volverán a su hogar!--
Y después de algún esfuerzo, Nolan lo repitió. Entonces se lanzaron
todos a besarle otra vez, y querían que frotara su nariz contra las
suyas.
Pero Nolan no pudo soportar más tiempo; y, logrando que Vaughan le diera
autorización para regresar, me arrastró hacia el bote. Cuando estuvimos
instalados a popa y los hombres comenzaron a remar, me dijo:
--¡Joven, que esto os enseñe lo que es estar sin familia, sin hogar y
sin patria! Y si alguna vez os sentís tentado a decir una palabra o a
hacer algo que pueda levantar una barrera entre vos y vuestra familia,
vuestro hogar y vuestra patria, ¡pedid a Dios la gracia de que en aquel
mismo instante os lleve a su propia casa, el cielo! Uníos estrechamente
a vuestra familia, joven; olvidaos a vos mismo cuando laboréis para
ella. Pensad en vuestro hogar, joven; escribid, enviad mensajes, hablad
de los vuestros. Conservad vuestro hogar más cerca de vuestro corazón
mientras más lejos os encontréis; y apresuraos a volver en cuanto estéis
libre, como lo hacen ahora estos infelices esclavos. Y con respecto a
vuestra patria, joven,--y las palabras se ahogaban en su garganta,--y
por esta bandera,--y señalaba a la del barco,--nunca tengáis otro anhelo
que servirla como ella lo exige, aunque el servicio os procure mil
infiernos. Cualquiera cosa que os suceda, quienquiera que os lisonjee o
que os seduzca, nunca miréis otra bandera, nunca paséis una noche sin
rogar a Dios que bendiga este emblema. ¡Recordad, joven, que detrás de
todos aquellos hombres con quienes tratáis, detrás de los oficiales y
del gobierno, y aun del pueblo, existe la Patria misma, vuestra patria,
y que le pertenecéis como pertenecéis a vuestra madre! ¡Defendedla
siempre, joven, como defenderíais a vuestra madre, si estos demonios se
hubieran hoy apoderado de ella!--
Yo estaba mortalmente aterrorizado por su calma cargada de pasión; mas,
casi sin darme cuenta, protesté por lo más sagrado que así lo haría y
que jamás había pensado en hacer lo contrario. Apenas parecía oírme;
pero así era, sin embargo, porque casi en un murmullo profirió:--¡Oh!
¡si alguien me hubiera hablado así cuando tenía vuestra edad!--
Creo que esta confidencia a medias, de la cual jamás abusé, siendo ésta
la primera vez que hago referencia a ella, fué lo que nos hizo después
tan buenos amigos. Él se manifestaba siempre muy bondadoso para conmigo.
Sentábase a menudo a mi lado, y aun se levantaba muchas veces por la
noche para pasear conmigo en el puente cuando me tocaba la guardia. Me
enseñó muchísimo de matemáticas, y a él debo mi afición por esta
ciencia. Prestábame libros y me ayudaba a comprenderlos. Jamás aludió
otra vez directamente a su historia; pero durante treinta años supe por
diversos oficiales todo lo que voy refiriendo. Cuando terminada nuestra
travesía, nos separamos en el puerto de Santo Tomás, estaba yo más
triste de lo que podría expresar. Tuve el placer de encontrarle otra vez
en 1830; y más tarde, cuando creí tener alguna influencia en Wáshington,
removí cielo y tierra para obtener su gracia. Pero, fuera de su prisión,
se había convertido en una especie de fantasma. Pretendían que no
existía tal individuo, que jamás había existido. ¡Probablemente dirán lo
mismo ahora en el departamento de marina! Quizá si lo ignoran en
realidad. ¡No sería el primer asunto del servicio que parece ignorar el
departamento del ramo!
Se cuenta que Nolan encontró una vez a Burr en uno de nuestros buques,
cuando una partida de norteamericanos vino a bordo en el Mediterráneo.
Pero creo que esto es falso; o más bien una fábula _ben trovata_ acerca
del tremebundo golpe que asestó a Burr preguntándole si le agradaba
mucho encontrarse "sin patria." A juzgar por la vida de Burr, nada de
esto puede haber sucedido, por supuesto; y lo menciono únicamente como
ilustración de las innumerables historias que circulan cuando existe un
pequeño misterio en el fondo.
Así vió cumplido su deseo el infeliz Nolan. Sólo considero suerte más
horrible que la suya, la de aquellos hombres que tienen un día para
abandonar su patria por el destierro en castigo de haber intentado su
ruina, y pueden comprobar al mismo tiempo la prosperidad que alcanza
después de verse depurada de ellos y de sus iniquidades. El deseo del
pobre Nolan, como todos aprendimos a llamarle, no porque su expiación
fuera demasiado grande sino porque su arrepentimiento era tan visible,
fué sin duda el mismo de los Bragg y Beáuregard, que faltaron a su
juramento de soldados hace dos años, y el de los Maury y Barrón, que
faltaron al suyo de marinos. No sé si ellos se habrán arrepentido a
menudo. Sé que hicieron todo lo posible para destruir la patria; para
convertir en átomos y arrojar a los vientos todos los honores, vínculos,
recuerdos y esperanzas que constituyen la patria. Sé también que
mientras vegetan por todo el resto de su vida en sitios miserables, como
Boulogne y Léicester Square, dedicados a vituperarse mutuamente hasta la
muerte, su expiación tendrá la misma punzante agonía que la de Nolan,
agregada al tormento de que todo aquel que les conozca podrá verles
despreciados y execrados. ¡Habrán satisfecho su deseo, lo mismo que
Nolan!
En cuanto a éste, ¡infeliz! se arrepintió de su locura y se sometió
valerosamente a la suerte que había invocado. Nunca agravó
intencionalmente la dificultad o delicadeza de la misión de quienes le
tenían bajo custodia. Sucedieron algunos incidentes; mas nunca fueron
provocados por su culpa. El teniente Truxton me refería que cuando la
anexión de Tejas hubo acalorada discusión entre los oficiales acerca de
la conveniencia de arrancar este estado de la hermosa colección de mapas
que tenía Nolan; del mapa universal y del mapa de Méjico, conforme
arrancaron el de los Estados Unidos cuando compraron un atlas para él.
Pero se decidió, con bastante buen criterio, que hacerlo así sería
revelarle virtualmente lo que había sucedido, o como decía Harry Cole,
hacerle pensar que el viejo Burr había llegado a triunfar al fin. Así,
no fué culpa de Nolan que tuviera lugar un gran contratiempo en mi
propia mesa, cuando me encontré por pocos meses al mando de la corbeta
_George Washington_ en un viaje a la América del Sur. Estábamos anclados
en la bahía de La Plata, y algunos de los oficiales que desembarcaron y
volvían justamente a bordo nos entretenían con la relación de sus
malaventuras montando los caballos bravios de Buenos Aires. Nolan estaba
a la mesa con nosotros, y de humor inusitadamente jovial y comunicativo.
La historia de cierta caída hízole recordar una de sus aventuras cuando
era todavía adolescente y cogía caballos salvajes en Tejas con su
hermano Stephen. Refirió la anécdota con muchísima gracia, tanto que él
mismo rompió el silencio de un instante que sigue generalmente a las
historias interesantes, preguntando sin darse cuenta:
--Decidme ¿qué ha sido de Tejas? Después que Méjico proclamó su
independencia, creía yo que Tejas le seguiría muy pronto. Es
verdaderamente una de las regiones más hermosas de la tierra; es la
Italia de este continente. Pero no he sabido una palabra de Tejas
durante casi veinte años.--
Había en la mesa dos oficiales de Tejas. La razon por la cual ignoraba
Nolan todo lo que se relacionaba con esa zona era que se habían cortado
lastimosamente de sus periódicos todas las noticias desde que Austin
inició la colonización; de manera que aun cuando leía de Honduras y de
Tamaulipas, y hasta últimamente de California, aquella virgen provincia
que tanto había recorrido, y donde había muerto su hermano según creo,
no existía ya para Nolan. Waters y Williams, los dos tejanos, miráronse
ferozmente tratando de no reír; Édward Morris parecía absorto en la
contemplación del tercer eslabón de la cadena de la lámpara del capitán.
Watrous tuvo una convulsión de estornudos. Nolan comprendió que algo
había en el aire, no sabía qué. Y yo, como dueño de la fiesta, me vi
obligado a decir:
--Tejas está fuera del mapa, Mr. Nolan. ¿Habéis visto la curiosa
relación de la bienvenida a Sir Thomas Roe, por el capitán Back?--