Por mi parte lo advertí, debido a la circunstancia de encontrarme

desamparado en la antigua casa de la misión en Máckinac, aguardando un

vaporcito del lago Superior que nunca se decidía a llegar; y devoraba,

por consiguiente, cuanta lectura podía acaparar, hasta las defunciones y

matrimonios anunciados en el _Herald_. Tengo buena memoria para nombres

y personas, y el lector echará de ver conforme avance que tenía razones

suficientes para recordar a Phílip Nolan. Muchas personas, en cambio, se

habrían interesado en este anuncio, si el oficial del _Levant_ que lo

redactó, hubiéralo hecho en esta forma: "Falleció, mayo 11, _El hombre

sin patria_". Pues bajo el nombre de "El hombre sin patria" había sido

generalmente conocido este pobre Phílip Nolan por todos los oficiales de

marina que le tenían bajo custodia hacía cosa de cincuenta años y, a la

verdad, por todos los marineros de la armada. Hasta podría decir que

muchos de los hombres que acostumbraban beber con él un vaso de vino una

vez a la quincena durante viajes de tres años, nunca supieron que su

nombre era Nolan, y ni siquiera si el infeliz tenía nombre alguno.

No hay ningún mal en referir la historia de este ser infortunado. Hasta

hoy ha habido razón para guardar secreto absoluto, aun cuando terminó la

administración de Mádison en 1817; secreto de honor entre los oficiales

de la armada que tenían sucesivamente bajo custodia a Nolan. Y dice muy

alto ciertamente del _esprit de corps_ de la profesión y del honor

personal de sus miembros que la historia de este hombre haya sido

totalmente desconocida a la prensa y, según creo, a toda la nación. Por

ciertas investigaciones hechas en los archivos navales, cuando fuí

agregado al despacho de los astilleros, me inclino a pensar que los

informes oficiales a su respecto se quemaron cuando el incendio de los

edificios públicos en Wáshington. Uno de los Túcker, o quizá uno de los

Watson, estuvo a cargo de Nolan a la terminación de la guerra; y cuando,

al regresar del viaje, presentó su informe en Wáshington a uno de los

Crówninshield, que se encontraba entonces en el departamento de marina,

descubrió que en las oficinas de estado se ignoraba por completo tal

historia. No sabría decir si era desconocida en realidad o si la

política adoptada consistía en un "_Non mi ricordo._" Pero lo que sé es

que, desde 1817 y quizá antes, ningún oficial de marina ha mencionado a

Nolan en sus informes de viaje.

Como dije antes, no existe ahora la necesidad de misterio. Y ya que ha

muerto la desgraciada criatura, paréceme interesante referir un poquillo

de su historia, siquiera sea para enseñar a los jóvenes americanos del

día lo que significa ser _un hombre sin patria_.

Phílip Nolan era un joven oficial de los más distinguidos en la "Legión

del Oeste," como se llamaba entonces la división de nuestro ejército

originaria del oeste. Cuando Aarón Burr realizó su primera y arrojada

expedición a Nueva Órleans en 1805,[38] encontró en el fuerte de Mássac

o en algún otro punto de la ribera, como cosa dispuesta por el diablo, a

aquel alegre, intrépido y brillante joven, en, alguna cena, imagino.

Burr le observó, conversó con él, paseó con él, llevóle uno o dos días a

navegar en su barco y le fascinó, en una palabra. Al año siguiente la

vida de cuartel era demasiado insípida para el pobre Nolan. Hizo uso del

permiso de escribirle que le había concedido el gran hombre. El pobre

mozo escribió una tras otra largas, floridas y pomposas cartas, y volvió

a escribir, y envió las copias, sin que jamás viniera una línea de

respuesta del fastuoso impostor. Los demás jóvenes de la guarnición se

burlaban de él porque, en su afección mal recompensada por un político,

había sacrificado en escribirle el tiempo que ellos dedicaban al

_monongahela_,[39] al _sledge_ y al _high-low-jack_.[40] El

_bourbon_,[39] el _euchre_ y el _poker_,[40] eran aun desconocidos. Pero

un día Nolan tuvo su desquite. Aquella vez descendió Burr el río, no

como abogado en busca de lugar adecuado para establecer sus reales, sino

como conquistador disfrazado. Había derrotado a no sé cuántos

procuradores, había asistido a no sé cuántos banquetes públicos; su

nombre había salido en letras de molde en no sé cuántas revistas

semanales; y se rumoraba que tenía un ejército a sus espaldas y un

imperio delante de él. El día de su llegada fué un gran día para el

pobre Nolan. No haría una hora que se encontraba Burr en el fuerte

cuando ya había enviado a buscarle. Aquella noche pidió a Nolan que le

acompañara en su esquife para mostrarle un cañaveral o un árbol de

algodón, según decía; en realidad, para seducirle; y cuando arriaron la

vela, Nolan estaba ya alistado en cuerpo y alma. Desde entonces, aun

cuando él todavía lo ignoraba, se convirtió en _un hombre sin patria_.

Lo que Burr proyectaba lo sé tanto como vos, querido lector. No nos

interesa, de otro lado. Solamente, cuando estalló la gran catástrofe, y

Jéfferson y los partidarios de la casa de Virginia[41] de aquel entonces

se propusieron enrodar a todos los Clárence posibles de la Casa de

York[42] con motivo del juicio de alta traición en Ríchmond, algunos de

los acalorados de segundo orden en aquel distante valle del Misisipí,

más alejado entonces de nosotros de lo que hoy se encuentra la sonda de

Púget, introdujeron la novedad en su escenario provincial; y para

disipar la monotonía del verano en el fuerte de Adams, se dieron como

espectáculo una serie de juicios militares de los oficiales. Varios

coroneles y mayores fueron enjuiciados, y para completar la lista entró

también Nolan contra quien existían indicios más que suficientes, Dios

lo sabe: que estaba aburrido del servicio, que había querido

abandonarlo, que habría obedecido gustoso la orden de marchar a

cualquier lado con todo el que quisiera seguirle, siempre que la orden

apareciera firmada: "Por mandato de Su Excelencia, A. Burr." La corte

marcial proseguía sus tareas. Pero los pájaros gordos volaban, a lo que

yo me sé. La culpabilidad de Nolan quedó suficientemente establecida,

como decía; sin embargo, ni vos lector ni yo hubiéramos sabido nunca de

él, si no fuera porque al preguntarle el presidente del tribunal,

momentos antes de terminar si deseaba decir algo para probar su lealtad

constante a los Estados Unidos, en un frenesí de rabia gritó:

"¡Al diablo los Estados Unidos! ¡No quisiera oír hablar jamás de los

Estados Unidos!"

Supongo que Nolan no imaginó hasta qué punto iban a herir sus palabras

al viejo coronel Morgan que presidía la corte marcial. La mitad, por lo

menos, de los oficiales presentes había servido bajo la revolución,

arriesgando la vida, por no decir el cuello, en obsequio a los ideales

que él zahería tan desdeñosamente en su locura. Phílip Nolan, por su

parte, había crecido en el oeste[43] de aquellos días, en medio de la

"conspiración española," y la "conspiración de Órleans," y todo lo

demás. Habíase educado en una colonia cuya mejor sociedad estaba formada

por uno que otro oficial español o algún mercader francés de Órleans. Su

educación, tal como era en la actualidad, se había perfeccionado en sus

expediciones industriales a Veracruz, y creo que me dijo alguna vez que

su padre tomó a un inglés como ayo suyo durante un invierno en la

colonia. Había pasado la mitad de su juventud con un hermano mayor

persiguiendo caballos salvajes en Tejas; en una palabra, los "Estados

Unidos" apenas pasaban de una idea vaga para él. Sin embargo, había

vivido a costa de los "Estados Unidos," todo el tiempo que estaba en el

ejército. Había jurado, por su fe de cristiano, ser leal a los "Estados

Unidos." Los "Estados Unidos" le habían dado el uniforme que vestía y

la espada que llevaba al costado. Nada, mi pobre Nolan; solamente porque

los "Estados Unidos" os habían aceptado entre los primeros como uno de

sus leales hombres de honor, aquel "A. Burr" se preocupaba de vos un

pelo más que de los hombres de su chata que izaban la vela de la

embarcación.

No excuso a Nolan; explico simplemente al lector por qué enviaba al

diablo a su patria y deseaba no volver a oír hablar de ella jamás.

Sólo volvió a oír el nombre de su patria una vez después de aquellas

palabras. Desde aquel instante, el 23 de septiembre de 1807, hasta el

día en que murió, 11 de mayo de 1863, jamás oyó nombrar de nuevo a los

Estados Unidos. Durante este largo medio siglo fué un hombre sin patria.

El viejo Morgan, como he dicho, sintióse terriblemente ofendido. Si

Nolan hubiera comparado a George Wáshington con Bénedict Árnold, o

gritado "¡Dios guarde al rey George!" no habría quedado Morgan más

dolorosamente impresionado. Transladó la corte marcial a sus

habitaciones particulares, y volvió al cabo de quince minutos con el

rostro más blanco que un sudario, para decir:

"¡Prisionero, escuchad la sentencia del tribunal! El tribunal decide,

sujeto a la aprobación del presidente, que jamás volváis a oír el nombre

de los Estados Unidos."

Nolan soltó una carcajada. Pero nadie le imitó. El tono del viejo Morgan

había sido demasiado solemne, y todo el cuarto quedó en silencio mortal

durante un minuto. Aun Nolan perdió su fanfarronería pasado un momento.

Entonces Morgan añadió:--"Señor mariscal, llevad al prisionero a Órleans

en un buque de guerra y entregadlo allí al jefe naval."

El preboste dió sus órdenes, y sacaron al prisionero de la sala del

tribunal.

"Señor preboste," continuó el viejo Morgan, "cuidad de que nadie

mencione los Estados Unidos en presencia del prisionero. Señor preboste,

ofreced mis respetos al teniente Mítchel en Órleans, y pedidle que nadie

nombre a los Estados Unidos mientras el prisionero se encuentre a bordo

del buque. Recibiréis órdenes escritas del oficial de servicio esta

noche. La corte se suspende sin día determinado."

Siempre he creído que el coronel Morgan llevó a Wáshington los

procedimientos de la corte marcial, explicando a Jéfferson lo que había

pasado. Lo cierto es que el presidente aprobó la resolución; es decir, a

creerse a las personas que aseguran haber visto su firma. Antes de que

el _Nautilus_ diera la vuelta de Nueva Órleans por la costa

septentrional del Atlántico llevando a su bordo al prisionero, la

sentencia quedaba aprobada y él era un hombre sin patria.

El plan adoptado fué más o menos el mismo que se siguió siempre. Quizá

nació de la necesidad de enviarle por agua desde el fuerte de Adams y de

Órleans. Se solicitó del secretario de marina,--probablemente el primer

Crówninshield, aun cuando no estoy seguro de la persona,--que pusiera a

Nolan a bordo de algún buque del gobierno aparejado para larga

travesía, ordenando que se le confinara de tal suerte que jamás volviese

a oír hablar de su patria ni a volverla a ver. Pocas travesías largas se

realizaban en aquel tiempo, y la marina no gozaba de gran favor; de

manera que, siendo casi todo tradición en esta historia, como ya lo he

explicado, no podría decir con certidumbre cuál fué su primer viaje.

Pero el capitán a quien fué entregado Nolan--probablemente Tíngey o

Shaw, aunque también pudo ser alguno de los jóvenes de aquel tiempo que,

como yo, son viejos en la actualidad--el capitán, decía, reguló la forma

y las precauciones necesarias para el caso, las mismas que, de acuerdo

con aquel programa, se llevaron a cabo hasta la muerte del prisionero.

Treinta años después, cuando era yo oficial segundo del _Intrepid_, vi

el pliego original que contenía las instrucciones. Siempre he lamentado

no haber sacado entonces copia exacta de este papel. Decía, sin embargo,

más o menos lo siguiente:

_Wáshington_ (y la fecha,

que debe haber sido a

fines del 1807).

SEÑOR: El teniente Neale os entregará la persona de Phílip Nolan,

ex teniente en el ejército de los Estados Unidos.

En el transcurso de su juicio por la corte marcial, manifestó dicha

persona, acompañado de un voto, el deseo de _no volver a oír hablar

jamás de los Estados Unidos_.

La sentencia del tribunal fué que este deseo quedara satisfecho.

Por ahora ha confiado el presidente la ejecución de la sentencia a

este departamento.

Tomaréis al prisionero a bordo de vuestro buque, y le guardaréis

con toda clase de precauciones para impedir su fuga.

Le procuraréis alojamiento, mesa y vestidos en relación con el

grado de oficial que había alcanzado en el ejército, como si fuera

a bordo un pasajero por asuntos del gobierno.

Los caballeros pueden hacer a bordo cualquier arreglo que juzguen

conveniente con respecto a su sociedad. No debe exponérsele a

ninguna falta de cortesía, ni es necesario recordarle que se

encuentra prisionero.

Pero bajo ningún concepto oirá hablar de su patria ni leerá la

menor noticia concerniente a los Estados Unidos; y recomendaréis

especialmente a los oficiales a vuestras órdenes que, en las

diversas concesiones que dicha persona pueda obtener, cuiden de que

se mantenga esta regla que envuelve su expiación.

La intención del gobierno es que jamás vuelva a ver el país de que

ha renegado. Antes de la terminación de vuestro viaje, recibiréis

órdenes acerca de la forma en que esto debe verificarse.

Respetuosamente,

_Por el Departamento de Marina_,

W. SÓUTHARD.

Si hubiera conservado yo en la memoria esta orden completa, no habría

solución de continuidad al principio de mi historia. Por lo que respecta

al capitán Shaw, siempre que fuera él, pasó la orden a su sucesor en el

puesto, y éste, a su vez, al que le siguió; y supongo que el capitán del

_Levant_ la conserva hasta hoy como documento para probar su derecho de

conservar a aquel hombre bajo su indulgente custodia.

La regla adoptada a bordo del buque en el cual conocí al "hombre sin

patria" era la misma que se había observado desde el principio, según

creo. En ninguna mesa agradaba tenerle de continuo, porque su presencia

cortaba toda conversación sobre la patria o el regreso futuro, sobre

política y literatura, paz o guerra; suprimiendo, en fin, más de la

mitad de los temas que agrada tratar a los hombres durante una

navegación. Pero se creyó siempre demasiado duro que le estuviera vedado

reunirse siquiera alguna vez con nosotros más allá de un simple saludo;

y adoptamos, por último, cierto sistema definido. No se le permitía

conversar con los tripulantes a menos que hubiese algún oficial de por

medio. Con los oficiales no existía restricción, naturalmente, hasta

donde él y los otros quisieran extenderlo. Pero él se volvía más y más

tímido, aunque tenía sus favoritos: yo era uno de ellos. Entonces el

capitán le invitó a su mesa todos los lunes, y cada mesa le tomó un día

por turno. Según las proporciones del barco, cada uno le tenía a su mesa

con mayor o menor frecuencia. Tomaba el almuerzo en su camarote--siempre

tenía su camarote particular--donde había un centinela o alguien de

guardia para vigilar la puerta. Y todo lo demás que comía o bebía, lo

tomaba solo. En ciertas ocasiones, cuando los marinos o la tripulación

tenían algún día de fiesta, se les permitía invitar a "_Plain Buttons_"

(Botones llanos), como le llamaban. Entonces enviaban a Nolan con algún

oficial, y mientras se encontraba con ellos, tenían los hombres

prohibición de hablar de la patria. Tengo para mí que el espectáculo de

su castigo era moralizador. Llamábanle "Plain Buttons," porque aun

cuando él prefería vestir el uniforme regular del ejército, no se le

permitía usar los botones que llevaban las iniciales o la insignia del

país que había desconocido.

Recuerdo que poco tiempo después de haberme agregado a la marina, me

encontraba una vez en tierra con algunos de los oficiales más antiguos

de nuestro buque, y los del _Brandywine_ con quienes nos reunimos en

Alejandría. Teníamos licencia para hacer una excursión al Cairo y a las

Pirámides. Mientras nos zangoloteábamos a lomo de burro en aquella

dirección, algunos de estos caballeros (los jóvenes les llamábamos

"Dons" entonces, pero la frase cambió hace largo tiempo) comenzaron a

hablar de Nolan, y uno de ellos manifestó el sistema que se seguía con

respecto a sus libros y a sus lecturas. Como casi nunca se le permitía

desembarcar aunque el buque estuviera fondeado en el puerto largos

meses, el tiempo se le hacía pesado con frecuencia, y cualquiera estaba

autorizado para prestarle libros siempre que no fueran publicados en

América, ni hicieran mención de este país. Esta clase de libros era muy

común en aquel tiempo, en que la gente del otro hemisferio se preocupaba

de los Estados Unidos tanto como nosotros del Paraguay. Recibía así,

pronto o tarde, todos los periódicos extranjeros que llegaban al buque;

solamente que alguien los revisaba primero y recortaba cualquier aviso o

capítulo en que se aludiera por incidencia a la América del Norte. Esto

resultaba un poco cruel a veces, cuando lo escrito detrás de lo cortado

era tan inocente como el Hesiodo. En la mitad de alguna relación sobre

las batallas napoleónicas, por ejemplo, o de cierto discurso de Cánning,

encontraba de repente el pobre Nolan un gran vacío porque a la vuelta de

la página venía el aviso de algún paquebote para Nueva York, o cualquier

trozo insignificante del mensaje del presidente. Aquélla fué la primera

vez, digo, que llegaba a mi conocimiento algo de este sistema, con el

cual tanto y tanto tuve que hacer después. Lo recuerdo, porque apenas se

hizo alusión a las lecturas, el pobre Phillips, que era de la partida,

nos refirió algo acontecido a Nolan en su primer viaje al cabo de Buena

Esperanza; siendo esto todo lo que alcancé a saber de tal viaje. Habían

tocado en el cabo, y después de cumplir los deberes de cortesía con el

almirantazgo y la marina ingleses, se preparaban a partir para una larga

travesía en el océano Índico. En previsión del pesado viaje, Phillips

consiguió que un oficial le prestara una colección de libros ingleses,

lo cual entonces como en nuestros tiempos significaba una suerte

inesperada. Entre ellos, como si el diablo lo hubiese preparado,

contábase _The Lay of the Last Minstrel_ (El canto del último trovador),

poema del cual más o menos todos habían oído hablar, pero que ninguno

conocía a fondo. Creo que no haría mucho que se había publicado. Bien;

nadie pensó que hubiera riesgo de encontrar allí nada nacional, aunque

Phillips juraba que el viejo Shaw había arrancado la _Tempestad_ de

Shákespeare antes de dársela a Nolan porque decía, "las islas de Bermuda

deben ser nuestras y, por Júpiter, algún día lo serán." Así, permitióse

a Nolan que se reuniera a la compañía cierta tarde en que un grupo

fumaba y leía en voz alta en el puente. Ahora no se hace esto a menudo,

pero cuando yo era joven matábamos así el tiempo con mucha frecuencia.

Bien; sucedió que llegó el turno a Nolan de leer para los demás; y leía

muy bien, por lo que me sé. Ninguno de los presentes conocía una palabra

del poema; solamente que trataba de magia y caballería, y que pasaba

hacía diez mil años. El pobre Nolan leyó de seguido el canto quinto,

detúvose un minuto, bebió un trago, y comenzó de nuevo, sin la menor

idea de lo que venía a continuación:

Allí vive un hombre tan desgraciado, que nunca a sí mismo pudo decir,

Parece imposible que ninguno de nosotros hubiera oído antes aquel poema;

pero así era, y el pobre Nolan prosiguió, inconsciente o mecánicamente:

¡Ésta es mi patria, mi país natal!

Entonces todos advirtieron que algo doloroso se acercaba; mas Nolan,

esperando pasar pronto, supongo, empalideció un poco, pero siguió

adelante:

"¿Cuyo corazón jamás ardió dentro del pecho,

tras largos años en ajenas tierras,

al enderezar sus pasos al hogar?...

Si allí vive ese hombre, id, miradle bien...."

En este momento todos deseaban en sus adentros que hubiera forma de

saltar dos páginas del poema; pero Nolan no tuvo presencia de ánimo para

esto; tartamudeó un poco, volvióse color de escarlata y balbuceó:

Para él no entona el ministril sus trovas;

a pesar de sus títulos, su nombre famoso,

riquezas sin número, cuanto el deseo puede forjar,

aquel infeliz, dentro de sí concentrado....

Y aquí se ahogó el desgraciado; no pudo continuar; y levantándose

precipitadamente, arrojó el libro al mar, desapareció en su camarote, "y

¡por Júpiter!" decía Phillips, "no le vimos más por espacio de dos

meses. Y yo tuve que inventar una triste historia para explicar al

cirujano inglés por qué me era imposible devolverle su Wálter Scott."

Esta anécdota revela más o menos el tiempo en que la fanfarronería de

Nolan se había venido abajo. Al principio, decían, era altanero,

consideraba una farsa su prisión, afectaba gozar con el viaje, y así en

lo demás; pero, dice Phillips, que cuando volvió a salir de su camarote

no era ya el mismo hombre. Jamás leyó en voz alta otra vez, a menos que

fuera la Biblia o algo de Shákespeare o cualquiera otra cosa de que

estuviese muy seguro. Pero no fué esto solamente. Jamás volvió a mostrar

con los jóvenes el compañerismo de otros tiempos. Siempre era tímido

después cuando yo le conocí, hablaba rara vez y sólo para contestar,

excepto con unos pocos amigos. Entusiasmábase en contadas

ocasiones--recuerdo haberle oído expresarse con bella elocuencia en los

últimos años de su vida, sobre tema inspirado en uno de los sermones de

Fléchier--pero generalmente tenía el aspecto fatigado y nervioso de un

hombre herido en el corazón.

Cuando efectuaba su viaje de regreso el capitán Shaw, siempre que fuera

Shaw, como he supuesto, abordó con sorpresa general a una de las islas

Windward o Antillas menores, permaneciendo allí casi una semana. Los

marineros decían que los oficiales estaban hartos de carne salada y

querían probar sopa de tortuga antes de regresar a la patria. Mas

después de algunos días llegó el _Warren_ al mismo fondeadero; cambiaron

señales; enviaron cartas y documentos a Phillips y a todos aquellos

hombres que estaban de retorno al hogar, y dijeron que el _Warren_

zarpaba para el extranjero, quizás hasta el Mediterráneo, y que tomaba a

bordo al pobre Nolan y sus petates para la segunda travesía. Él

empalideció profundamente cuando recibió la orden de alistarse para el

transbordo. Sabía bastante de astronomía para comprender que hasta aquel

momento seguían rumbo a "la patria." Esto era prueba evidente de algo en

que no había pensado, de que quizá nunca regresaría a su país, ni

siquiera para estar en prisión. Y fué éste el primero de los veinte o

más transbordos, que le llevaron a habitar pronto o tarde, más de la

mitad de nuestros mejores buques; manteniéndole durante su vida entera a

cien millas de distancia más o menos de la patria de la cual manifestó

una vez el deseo de no volver a oír hablar.

Quizá sí fué durante esta segunda travesía--pues que ello aconteció en

el Mediterráneo--cuando tuvo ocasión de bailar con Mrs. Graff, famosa

belleza del sur en aquella época. Habían estado fondeados largo tiempo

en la bahía de Nápoles donde los oficiales intimaron mucho con la marina

inglesa que les ofreció grandes fiestas; por lo cual pensaron nuestros

hombres corresponder las atenciones dando un suntuoso baile a bordo del

buque. Cómo pudo realizarse esto a bordo del _Warren_, no sabría

decirlo. Tal vez no era el _Warren_, o tal vez las damas de aquel tiempo

no necesitaban tanto espacio como las de hoy. Precisaba a los oficiales

disponer con algún fin del camarote de Nolan, y les disgustaba pedírselo

sin invitarle para el baile; de manera que el capitán autorizó la

invitación, siempre que ellos aceptaran la responsabilidad de evitar que

conversara con personas inconvenientes "que pudieran darle noticias."

Así, el baile se verificó, siendo la fiesta más hermosa de la temporada,

me atrevo a decir; pues jamás he sabido que no lo fueran los saraos de

la gente de guerra. Entre las damas contábase la familia del cónsul de

los Estados Unidos, una o dos viajeras que se habían aventurado hasta

allí y un lindo grupo de señoritas y señoras inglesas, quizá si hasta la

misma Lady Hámilton.

Bien; diferentes oficiales se turnaban conversando amistosamente con

Nolan en forma de evitar que otra persona le hablase. La fiesta

transcurría alegremente; y después de las primeras horas los mismos

camaradas que montaban la guardia honoraria con Nolan dejaron de temer

que ocurriera ningún contratiempo. Solamente cuando una dama inglesa,

quizá Lady Hámilton como dije antes, pidió "las danzas americanas de

figuras," sucedió algo muy original. Todos bailaban contradanzas en

aquella época. La banda negra, muy entusiasta, convino en lo que serían

"las danzas americanas de figuras," y se abrió con _Virginia Reel_,

continuando con _Money-Musk_, al cual debía seguir _The Old Thirteen_

según el orden cronológico. Mas, precisamente en el momento en que Dick,

el director de orquesta, golpeaba la batuta para que comenzaran los

violines, y se inclinaba hacia adelante para decir con todo el

ceremonial negro: "_¡The Old Thirteen_, señoras y caballeros!" como

había dicho, "_¡Virginny Reel_, si gustáis!" y "_Money-Musk_, si

gustáis!" el asistente del capitán le tocó en el hombro, y murmuró algo

en su oído que le impidió anunciar el nombre de la danza; se inclinó

simplemente, comenzó el aire, y todos le siguieron; enseñando los

oficiales las figuras a las jóvenes inglesas sin decirlas por qué la

danza no tenía nombre.

Cuentos Clásicos del Norte, Segunda Serie · 第 15 / 18 段