Atormentaba ahora el corazón de Rubén Bourne un sentimiento

incomunicable; algo que debía ocultar cuidadosamente a la persona que

más amaba y en quien más confiaba en el mundo. Deploraba amarga y

profundamente la cobardía moral que había retenido sus palabras cuando

estuvo a punto de confesar la verdad a Dorcas; pero el orgullo, el temor

de perder su cariño, la obsesión del desprecio general, impidiéronle

rectificar la falsedad. Comprendía que no era acreedor a censura alguna

por haberse separado de Róger Malvin. Su presencia, el sacrificio

gratuito de su vida, habría agregado solamente una nueva angustia a los

últimos momentos del moribundo; pero al disimular este hecho

justificable, le había prestado la apariencia misteriosa de una falta;

de manera que Rubén, a quien su razón decía haber procedido

honradamente, experimentaba, sin embargo, en alto grado los terrores

mentales que constituyen la expiación de todo aquel que ha perpetrado un

crimen oculto. Por efecto de cierta asociación de ideas llegaba hasta

considerarse a veces casi un asesino. Durante muchos años, también, le

asaltaba de repente una idea que no podía arrojar por completo de su

mente aun cuando comprendía toda su insensatez y extravagancia. Tenía la

obsesión torturadora de que su suegro permanecía aún sentado al pie de

la roca, sobre las marchitas hojas, vivo y aguardando el socorro que

había implorado. Estas alucinaciones mentales, aparecían y desaparecían

sin que, a pesar de todo, jamás las hubiera tomado Rubén por realidades;

pero cuando su ánimo estaba tranquilo y despejado, sentíase consciente

de haber faltado a una promesa solemne, y de que un cuerpo insepulto

clamaba por él desde el desierto. Mas, a consecuencia de su

prevaricación, veíase en la imposibilidad de obedecer a la llamada. Era

demasiado tarde para invocar la asistencia de los amigos de Róger Malvin

para llevar a cabo el entierro diferido por tanto tiempo; y el

supersticioso temor a que eran dados más que nadie los colonos

extranjeros, retraía a Rubén de aventurarse solo en esta empresa. No

sabía siquiera hacia qué lado de la inmensa selva debía buscar la

bruñida roca con sus fantásticos caracteres, a cuya base yacía el

insepulto cadáver: sus recuerdos de todo el viaje eran muy indistintos,

y la última parte no había dejado impresión alguna en su memoria.

Sentía, sin embargo, un impulso constante, una voz perceptible sólo a

sus oídos, que le ordenaba volver y redimir su promesa; y tenía la

convicción extraordinaria de que, al tratar de efectuarlo, llegaría

directamente hasta los restos de Malvin. Mas año tras año seguía

desobedeciendo esta intimación desoída aunque sentida. Este único y

secreto pensamiento llegó a convertirse en una cadena que liaba su

espíritu y roía su corazón como una serpiente, transformándole poco a

poco en un hombre irritable, melancólico y abatido.

En el transcurso de algunos años de matrimonio, se presentaron notables

cambios en la prosperidad de Rubén y Dorcas. Toda la riqueza del primero

había consistido en su corazón sano y sus brazos robustos, mientras

Dorcas, única heredera de su padre, hizo dueño a su esposo de una granja

cultivada de antiguo, más extensa y mejor provista que la mayor parte de

los establecimientos de la frontera. Rubén Bourne era, sin embargo, un

propietario descuidado: en tanto que las tierras de los otros

fructificaban anualmente cada vez más, las suyas se arruinaban en igual

proporción. El desaliento por la agricultura había disminuído con la

terminación de la guerra india, durante la cual viéronse los hombres

obligados a manejar con una mano el arado y el mosquete con la otra,

juzgándose afortunados si los salvajes no destruían el producto de su

arriesgada labor, ya en las sementeras o en los graneros. Pero Rubén no

aprovechó de las nuevas condiciones del país; ni tuvieron éxito sus

escasos intervalos de aplicación industriosa a sus negocios. La

irritabilidad por la cual había llegado a distinguirse era otra de las

causas de su decreciente prosperidad, ocasionándole continuos disgustos

en sus inevitables relaciones con los colonos vecinos. El resultado de

todo esto fueron juicios innumerables; porque el pueblo de la Nueva

Inglaterra, en los primeros tiempos y en medio de las salvajes

condiciones del país, adoptaba siempre que le era posible el método

legal para zanjar sus diferencias. En una palabra, la gente no

simpatizaba con Rubén Bourne; y, completamente arruinado algunos años

después de su matrimonio, restábale un sólo recurso para luchar contra

la mala suerte que venía persiguiéndole: abrirse paso entre los rincones

más escondidos de la selva y procurarse la subsistencia en algún paraje

virgen del desierto.

Rubén y Dorcas tenían un hijo de su matrimonio, llegado ya a la edad de

quince años, hermoso adolescente que prometía gloriosa virilidad.

Estaba especialmente dotado para las salvajes proezas de la vida de la

frontera, en las cuales empezaba ya a sobresalir. Tenía el pie ligero,

la puntería exacta, rápida comprensión y corazón animoso y jovial; de

manera que todos los que preveían la repetición de la guerra india,

hablaban de Cyrus Bourne como de un jefe futuro para la colonia. Rubén

amaba al mancebo con profundo y reconcentrado ardor, como si todo lo que

había de bueno y feliz en su naturaleza se hubiera transmitido a su hijo

con la fuerza de su afección. Aun Dorcas, amante y amada, le era mucho

menos cara que el joven; porque los secretos pensamientos y emociones

solitarias de Rubén habíanle vuelto egoísta poco a poco, y sólo era

capaz de amar profundamente aquello que representaba, o que él

imaginaba, un reflejo o renovamiento de su propia naturaleza. Se

reconocía en Cyrus, como había sido en sus lejanos días; y parecía a

veces compartir el espíritu del mancebo y revivir a una vida nueva y

feliz. Rubén partió acompañado de su hijo a la expedición emprendida con

el objeto de elegir el trozo de terreno que deberían cultivar, y

derribar y quemar los árboles; labor necesariamente preliminar al

transporte de sus enseres domésticos. Transcurrieron así dos meses del

otoño; pasados los cuales Rubén Bourne y el joven cazador regresaron a

pasar el último invierno en las colonias.

* * * * *

A principios del mes de mayo la pequeña familia, cortando los vínculos

de afecto que la encadenaban a los objetos inanimados, se despidió de

los pocos que aún se apellidaban sus amigos a despecho de la ruina de su

fortuna. La tristeza de la partida mitigábase en diversas formas en cada

uno de los peregrinos. Rubén, hombre caprichoso y misántropo a causa de

su desdicha, partió con su severa fisonomía habitual y con los ojos

bajos, sintiendo poca pesadumbre y desdeñando reconocerla. Dorcas,

sollozando fuertemente por el desgarramiento de los lazos con que su

naturaleza sencilla y afectuosa se había unido al lugar, sentíase de

otro lado confortada a la idea de que los seres queridos de su corazón

marchaban con ella y que estarían reunidos dondequiera que se

dirigiesen. Y el mancebo, a la vez que enjugaba una lágrima en sus ojos,

pensaba en el placer de las aventuras que le brindaba la selva jamás

hollada.

¡Oh! ¿quién no ha deseado, en el entusiasmo de un ensueño a ojos

abiertos, vagar en la inmensidad de un desierto estival, sintiendo en el

brazo el peso ligero de una criatura dulce y bella? Los jóvenes no

encontrarían más barrera a su paso libre y triunfante que el bullente

océano o las montañas coronadas de nieve; el hombre tranquilo elegiría

su hogar allá donde la naturaleza ha provisto doble riqueza, en el valle

de algún transparente arroyuelo; y cuando la edad provecta le alcanzara

allí, tras largos años de esta pura existencia, encontraríale convertido

en el padre de una raza, en el patriarca de un pueblo, en el fundador de

lo que estaba llamado a ser una nación. Y cuando la muerte llegara hasta

él, como el dulce sueño que invocamos tras un día de felicidad, sus

numerosos descendientes llorarían sobre sus venerados restos. Envuelto

por la tradición en misteriosos atributos, sería semejante a un dios

para las generaciones venideras; y su posteridad más remota le miraría

en un pedestal, dominando el valle milenario en el esplendor de su

gloria.

La intrincada y sombría selva a través de la cual vagaban los personajes

de mi cuento era completamente diferente de la tierra fantástica del

soñador. Posesionábase de su existencia la naturaleza, a pesar de todo;

y las aflictivas preocupaciones traídas del mundo exterior eran lo único

que se oponía ahora a su felicidad. Una robusta y peluda caballería, que

conducía todas sus riquezas, no protestaba por el pequeño peso de Dorcas

que se le agregaba a veces; ya que generalmente el vigor de su raza la

sostenía al lado de su marido durante la última parte de la jornada

diaria. Rubén y su hijo, con el mosquete al hombro y el hacha colgada a

la espalda, conservaban su paso infatigable, espiando con ojos de

cazador las piezas que servían para su sustento. Cuando el hambre se

dejaba sentir, deteníanse y preparaban su alimento en el bosque, en el

margen de algún inmaculado arroyo que protestaba con dulce murmullo,

como una doncella al primer beso de amor, cuando se arrodillaban para

beber rozándolo con sus labios sedientos. Dormían en una choza fabricada

de ramas y despertaban al brotar la aurora, frescos para emprender las

tareas del nuevo día. Dorcas y el mancebo viajaban alegremente, y aun

el espíritu de Rubén brillaba a intervalos con muestras exteriores de

placer; pero interiormente le agobiaba un pesar frío, tan frío que lo

comparaba a las masas de nieve acumuladas en las profundidades de los

valles y en las hondonadas de los riachuelos, mientras arriba se

ostentan las hojas de verde brillante.

Cyrus Bourne tenía suficiente conocimiento de la selva para advertir que

su padre no seguía el mismo rumbo que tomaron en su expedición del

pasado otoño. Dirigíanse ahora más hacia el norte, abandonando la

dirección de las colonias y penetrando en una región de que bestias y

hombres salvajes eran los únicos posesores. El joven hizo alusión

algunas veces a esta materia, y Rubén le escuchaba atentamente, llegando

a cambiar una o dos veces la dirección de su marcha siguiendo los

consejos de su hijo; mas apenas lo había hecho, parecía encontrarse

intranquilo. Lanzaba hacia adelante miradas rápidas y escudriñadoras,

buscando aparentemente enemigos ocultos detrás de los troncos de los

árboles; y no encontrando nada peligroso por aquel lado, tornábalas

atrás como si temiera ser perseguido. Observando Cyrus que su padre

volvía gradualmente a su primera dirección, no trató ya de intervenir:

no permitiéndole su naturaleza aventurera lamentar la mayor extensión y

misterio de su ruta, aunque sentía involuntariamente oprimírsele el

corazón.

En la tarde del quinto día, hicieron alto y armaron su sencillo

campamento una hora antes del ocaso. El aspecto del país en las últimas

millas aparecía diverso a causa de las ondulaciones del terreno que

semejaban las olas enormes de algún mar petrificado; en una de cuyas

depresiones, paraje romántico y agreste, levantó la familia su tienda y

encendió su hogar. Había algo que estremecía y emocionaba a la par en el

espectáculo de aquellos tres seres, unidos por los fuertes lazos del

amor y aislados de toda otra criatura humana. Los obscuros y tétricos

pinos se inclinaban sobre ellos y cuando el viento barría sus altas

ramas, un rumor misericordioso escuchábase en el bosque; ¿o quizá se

lamentaban aquellos viejos árboles, temiendo que los hombres intentaran

al fin destrozar sus raíces con el hacha? Rubén y su hijo se propusieron

marchar en busca de caza, de la cual no tenían provisión aquel día,

mientras Dorcas preparaba la cena. El mancebo, después de prometer que

no se alejaría mucho del campamento, partió con paso tan ligero y

elástico como el ciervo que se proponía derribar; mientras su padre,

sintiendo pasajera felicidad al mirarle, pensaba enderezar sus pasos en

dirección opuesta. Dorcas, entretanto, sentóse cerca del fuego de secas

ramas, sobre un tronco de árbol caído hacía largos años, enmohecido

ahora y cubierto de musgo. Su ocupación, alternada con una mirada

incidental al puchero que comenzaba a hervir sobre el fuego, era la

lectura del almanaque de Massachusetts del año en curso que, con

excepción de una vieja Biblia en gótico, constituía toda la riqueza

literaria de la familia. Nadie presta mayor atención a la división

arbitraría del tiempo que aquéllos que se encuentran excluídos de toda

sociedad; y así Dorcas hizo notar como dato de importancia que era el

doce de mayo. Su marido se estremeció.

--¡El doce de mayo! ¡Debería recordarlo bien!--murmuró, mientras un

torrente de pensamientos ocasionaba cierta confusión momentánea en su

mente.--¿Dónde estoy? ¿Dónde me encuentro vagando? ¿En dónde le he

dejado?--

Dorcas, demasiado acostumbrada a las maneras inciertas de su marido para

notar especialmente esta nueva peculiaridad, dejó el almanaque a un lado

y se dirigió a él con aquel tono melancólico que los corazones tiernos

dedican a los pesares largo tiempo enfriados y desvanecidos.

--Por estos días, en este mismo mes, hace dieciocho años, mi pobre padre

abandonó este mundo por otro mejor. Tuvo un brazo cariñoso para sostener

su cabeza y una tierna voz para alentarle en sus últimos momentos,

Rubén; y el pensamiento de los afectuosos cuidados que le prodigaste me

ha consolado muchas veces desde aquel tiempo. ¡Oh! ¡La muerte sería

horrible para un hombre solitario en un lugar tan abandonado como éste!

--¡Ruega al Cielo, Dorcas,--dijo Rubén con voz interrumpida,--ruega al

Cielo que ninguno de nosotros muera solitario y quede insepulto en esta

triste soledad!--Y se apresuró a alejarse, dejándola cuidar del fuego

bajo los tétricos pinos.

La rapidez de la marcha de Rubén Bourne disminuyó poco a poco conforme

se hacía menos sensible el dolor que las inocentes palabras de Dorcas le

habían producido. Mil extrañas reflexiones se apoderaron, sin embargo,

de su mente; y, avanzando más bien con paso de somnámbulo que de

cazador, no podía atribuirse a precaución alguna de su parte que su

tortuosa marcha no le arrastrara muy lejos del campamento. Sus pasos se

encaminaban maquinalmente casi en círculo; y no observó siquiera que se

encontraba en el margen de un trozo de terreno cubierto de espesa

arboleda, entre la cual no había ya pinos. En vez de éstos, veíanse aquí

robles y otras clases de árboles de madera dura; y en torno de sus

raíces brotaba densa y apretada maleza dejando, sin embargo, espacios

vacíos y cubiertos de gruesas capas de hojas secas. Cada vez que el roce

de las ramas o el crujido de los troncos producía algún rumor, como si

la selva despertara de un sueño, Rubén levantaba instintivamente el

mosquete que reposaba en su brazo y lanzaba una mirada rápida y

escrutadora por todos lados; mas, convencido por su ligera observación

de que ninguna pieza se aproximaba, entregábase de nuevo a sus

pensamientos. Meditaba sobre la extraña influencia que le había

arrastrado tan lejos en las profundidades del desierto y fuera de su

rumbo premeditado. Incapaz de penetrar hasta los secretos repliegues de

su alma, donde el motivo yacía oculto, creyó que una voz sobrenatural le

había hecho adelantar y que una potencia sobrenatural había impedido su

regreso. Confiaba en que la Providencia le procuraría la ocasión de

expiar su pecado; esperaba encontrar los huesos tan largo tiempo

insepultos; y que, una vez depositados bajo tierra, la paz arrojaría

sus resplandores sobre el sepulcro de su corazón. Distrájole de estas

ideas un rumor en el bosque a corta distancia del sitio a que había

llegado. Observando el movimiento de algún objeto detrás de la espesa

cortina de maleza, hizo fuego con el instinto del cazador y la seguridad

del buen tirador. Un suave quejido, que decía de su certeza, y con el

cual aun los animales pueden expresar su agonía mortal, pasó inadvertido

para Rubén Bourne. ¿Qué recuerdos se atropellaban en su mente?

La espesura en cuya dirección había hecho fuego crecía cerca de la cima

de una ondulación del terreno, apretándose en torno de la base de una

roca que por la forma y pulido de uno de sus lados, no estaba lejos de

asemejarse a una gigantesca piedra tumularia. Como reflejada en un

espejo se reproducía la imagen de esta roca en la memoria de Rubén:

reconocía hasta las venas que parecían formar una inscripción en

olvidados caracteres. Todo continuaba igual, excepto una densa maleza

que envolvía la parte baja de la roca, y habría ocultado a Róger Malvin

en caso que permaneciera todavía sentado en aquel sitio. En este momento

las miradas de Rubén advirtieron otro cambio que el tiempo había

efectuado desde que se encontró por última vez en el mismo lugar que

ahora ocupaba, detrás de las raíces enterradas del árbol caído. El árbol

joven en cuya copa había atado el sangriento símbolo de su juramento,

había crecido y, desarrolládose hasta convertirse en un gran roble,

lejos todavía de su madurez, pero abundantemente provisto de umbrosas

ramas. Pero había en este árbol una particularidad que hizo temblar a

Rubén. El centro y las ramas inferiores mostraban vida exuberante, y el

exceso de vegetación cubría el tronco casi hasta la tierra; pero alguna

circunstancia había esterilizado la parte superior del roble, y su rama

más alta aparecía marchita, sin savia y tristemente muerta. Rubén

recordaba cómo había flotado la pequeña bandera al tope de aquella rama

cuando estaba verde y fresca, dieciocho años atrás. ¿Qué crimen pues la

había marchitado?

* * * * *

Después de la partida de ambos cazadores, Dorcas continuó sus

preparativos para la cena. Su mesa silvestre era el gran tronco de un

árbol caído y cubierto de musgo, en cuya parte más ancha había extendido

un mantel blanco como la nieve y dispuesto toda la vajilla de brillante

metal que les restaba de lo que había sido su orgullo en la colonia. Era

algo extraño encontrar aquel rincón de lujo doméstico en el seno

desolado de la naturaleza. El sol lanzaba todavía sus resplandores sobre

las ramas altas de los árboles que crecían en terreno elevado; pero las

sombras de la tarde obscurecían ya la hondonada donde habían acampado, y

el fuego comenzaba a enrojecerse reflejándose en los negros troncos de

los pinos o revoloteando sobre la densa y obscura masa de follaje que

circundaba aquel paraje. Dorcas no estaba triste; porque sentía que era

preferible viajar en el desierto con los amados de su corazón, que

vivir aislada en medio de una multitud que no se interesara por ella.

Mientras se ocupaba en arreglar asientos de trozos de madera cubiertos

de hojas para Rubén y su hijo, flotaba su voz en la selva sombría

siguiendo el ritmo de una canción aprendida en la juventud. La ruda

melodía, producción de un bardo que no conquistó la gloria, describía

una noche de invierno en una cabaña de la frontera, cuando la familia,

asegurada contra las irrupciones de los salvajes por las avalanchas de

nieve, se regocijaba al fuego de su hogar. Toda la canción poseía el

indecible hechizo peculiar de la idea original; pero cuatro líneas,

insistentemente repetidas, brillaban entre el conjunto como el fuego de

los corazones cuya alegría celebraban. En ellas, con la magia de unas

cuantas palabras, había destilado el poeta la verdadera esencia del amor

de la familia y de la felicidad doméstica, y eran un cuadro y un poema a

la par. Mientras Dorcas cantaba, los muros de su casa abandonada

parecían rodearla; no veía ya los tétricos pinos, ni escuchaba el rumor

del viento que enviaba, sin embargo, su fuerte hálito a través de las

ramas con cada verso, a morir allá lejos en hondo lamento cargado de los

ecos de la canción. Sobrecogióse al ruido de un disparo en las cercanías

del campamento; y, sea a causa del repentino estallido o de su soledad

al lado del fuego, comenzó a temblar violentamente. Mas en seguida rió

con todo el orgullo de su corazón maternal.

--¡Mi bello cazador! ¡Mi hijo ha derribado algún ciervo!--exclamó,

recordando que Cyrus había partido a cazar en la dirección hacia donde

resonó el tiro.

Aguardó un espacio razonable de tiempo creyendo escuchar sobre las

crujientes hojas el paso ligero de su hijo que volvía a referir sus

proezas. Pero el joven no apareció inmediatamente; y entonces ella lanzó

su alegre voz a encontrarle entre los árboles.

--¡Cyrus! ¡Cyrus!--

Aun se retardaba su aparición; y Dorcas decidió ir personalmente a su

encuentro, ya que el disparo había sido muy cerca al parecer. Quizá si

su ayuda era también necesaria para traer al campamento el venado que se

lisonjeaba haber derribado su hijo. Se adelantó, de consiguiente,

enderezando sus pasos en la dirección del ya lejano disparo, y cantando

mientras avanzaba para que el mancebo pudiera advertir su llegada y

correr a su encuentro. Tras cada tronco de árbol y cada sitio que podía

servir de escondite creía descubrir el semblante de su hijo riendo con

la malicia jovial que nace de la afección. El sol estaba ya muy bajo en

el horizonte y la luz que atravesaba los árboles era suficientemente

indecisa para crear muchas ilusiones en su bien preparada fantasía.

Varias veces creyó vagamente ver su rostro mirándola entre las hojas; y

una vez imaginó que la hacía señas desde la base de una escarpada roca.

Mirando este objeto con más atención, encontró que no era más que el

tronco de un roble cubierto hasta el suelo de pequeñas ramas, una de las

cuales, más saliente que las otras, movíase a impulsos de la brisa.

Rodeando la base de la roca, se encontró súbitamente junto a su marido

que había llegado por otra dirección. Inclinando el cañón de su fusil

cuya culata descansaba en las hojas marchitas, Rubén parecía absorto en

la contemplación de cierto objeto que yacía a sus pies.

--¿Qué es eso, Rubén? ¿Derribaste al ciervo y te quedaste dormido sobre

él?--exclamó Dorcas, riendo alegremente al observar a la ligera la

posición y aspecto de su marido.

Él no se movió, ni volvió los ojos hacia ella; y cierto horror frío y

siniestro, indefinible en su origen y en su objeto, comenzó a apoderarse

de la sangre de Dorcas. Advertía ahora que el rostro de su marido tenía

palidez mortal y que sus facciones estaban rígidas, como si fueran

incapaces de asumir otra expresión que la de la horrible desesperación

que las petrificaba. No dió el más ligero signo de haber notado su

presencia.

--¡Por el amor del cielo, háblame, Rubén!--exclamó Dorcas, y el eco

extraño de su propia voz la aterrorizó más aún que el silencio de

muerte.

Su marido se estremeció, la miró en el rostro, condújola al frente de la

roca y señaló con el dedo.

¡Oh! ¡Allí yacía el mancebo, dormido, pero sin sueños, sobre las hojas

caídas de la selva! Descansaba la mejilla sobre el brazo; sus suaves

rizos caían echados hacia atrás sobre su frente; sus miembros estaban

ligeramente laxos. ¿Algún súbito desfallecimiento había acometido al

joven cazador? ¿Despertaríale la voz de su madre? ¡Dorcas sabía bien que

aquello era la muerte!

--Esta inmensa roca es la piedra tumularia de tu familia más cercana,

Dorcas,--dijo su marido.--Tus lágrimas regarán a la vez la tumba de tu

padre y la de tu hijo.--

Ella no le oyó. Con un alarido salvaje, que pareció brotar de lo más

hondo de su alma dolorida, se desplomó insensible junto al cuerpo de su

amado hijo. En el mismo instante la rama marchita en la copa del roble

se deshizo en el ambiente tranquilo y cayó en ligeros y suaves

fragmentos sobre la roca, sobre las hojas, sobre Rubén, sobre su mujer y

su hijo y sobre los huesos de Róger Malvin. Entonces se conmovió el

corazón de Rubén y brotaron lágrimas de sus ojos como el agua de una

roca. El hombre abatido por la desgracia redimió la solemne promesa del

mancebo herido. Su crimen quedaba expiado; la maldición se apartaba de

su lado; y después de haber vertido sangre más querida a su corazón que

la suya propia, subió a los cielos por primera vez en largos años una

plegaria de labios de Rubén Bourne.

ÉDWARD ÉVERETT HALE

Édward Éverett Hale nació en Boston, Massachusetts, el 3 de abril de

1822; murió en la misma ciudad el 10 de junio de 1909. Procedía de una

familia distinguida de patriotas y hombres importantes en

intelectualidad y en moral. Se educó en la Boston Latín School y en

Harvard University, graduándose en la universidad a la temprana edad de

diecisiete años. Comenzó su carrera enseñando latín por corto tiempo,

dedicándose luego al estudio de la teología, y más tarde fue ministro

unitario, ejerciendo el ministerio de pastor en varias iglesias

principales de Wórcester y Boston, Massachusetts. Desde 1903 hasta 1909,

época de su fallecimiento, fué capellán del senado nacional. Fué

abolicionista ardiente, caudillo en varios movimientos de reforma,

famoso conferenciante, anticuario, naturalista, sociólogo y filántropo.

Colaboraba en muchos diarios y revistas y escribió sobre temas muy

diversos. Entre sus obras pueden mencionarse: _History of Kansas and

Nebraska_ (1854); _Ninety Days' Worth of Europe_ (1861); _A Man without

a Country_ (1861); _Puritan Politics in England and New England_ (1869);

_The Ingham Papers_ (1870); _Ten Times One Is Ten_ (1870); _His Level

Best_ (1872); _Philip Nolan's Friends_ (1876); _A New England Boyhood_

(1892); _How to Live_ (1902); _Memories of a Hundred Years_ (1902); _We,

the People_ (1903); _Foundation of the Republic_ (1907); y muchos

volúmenes de sermones, libros para niños, etc.

[Illustration: ÉDWARD ÉVERETT HALE]

EL HOMBRE SIN PATRIA

SUPONGO que pocos lectores del _New York Herald_ del 13 de agosto de

1863 observarían por casualidad en una humilde esquina, entre las

defunciones, el anuncio siguiente:

NOLAN: Fallecido el 11 de mayo, a bordo de la corbeta _Levant_ de

los Estados Unidos. Lat., 2° 11´ S. Long., 131° O., PHÍLIP NOLAN.

Cuentos Clásicos del Norte, Segunda Serie · 第 14 / 18 段