árboles a cuyo pie reposaron la noche anterior dos hombres, sus miembros
fatigados y heridos. Habían preparado su lecho de hojas secas de roble
sobre el pequeño plano que se extendía al pie de una roca situada cerca
del punto prominente de una de aquellas ondulaciones del terreno que
prestan tan variado aspecto a la comarca. La masa de granito, elevando
su bruñida y lisa superficie a quince o veinte pies sobre sus cabezas,
semejaba una gigantesca piedra tumularia, en que las venas naturales
parecían formar una inscripción en caracteres olvidados. En una
extensión de varios acres en torno de esta roca, los robles y otros
árboles de madera dura habían reemplazado a los pinos, producto
ordinario del terreno, y un joven y vigoroso renuevo de roble se erguía
inmediatamente detrás de los viajeros.
Las graves heridas del hombre más anciano le habían privado del sueño
evidentemente; pues apenas se posó el primer rayo del sol en la copa del
árbol más elevado, enderezóse penosamente de su posición yacente y se
sentó. Las líneas profundas de su rostro y algunas hebras grises en sus
cabellos acusaban que había pasado de la edad mediana; pero su musculoso
cuerpo habría sido capaz de resistir la fatiga como en la fuerza de la
juventud, a no ser por el efecto de sus heridas. La languidez y el
agotamiento se revelaban en sus macilentas facciones; y la mirada
desolada que arrojó a las profundidades de la selva manifestaba la
íntima convicción de que su peregrinaje había terminado. Volvió en
seguida los ojos al compañero que estaba acostado al lado suyo. Era un
joven que apenas habría alcanzado la edad viril, y yacía, con la cabeza
sobre el brazo, entregado a un sueño intranquilo, que un estremecimiento
causado por el dolor de sus heridas parecía a cada instante a punto de
romper. Su mano derecha asía un fusil; y a juzgar por el juego violento
de sus facciones, su sueño le mostraba de nuevo la visión del conflicto
del cual era uno de los escasos sobrevivientes. Un grito, agudo y fuerte
sin duda en su soñadora fantasía, llegó a sus labios en vago murmullo;
y, estremeciéndose a este ligero eco de su propia voz, despertó
repentinamente. Su primera preocupación al recobrar sus sentidos fué
preguntar ansiosamente por el estado de su compañero herido. Éste
sacudió la cabeza.
--Rubén, hijo mío,--dijo,--esta roca tras de la cual nos encontramos
servirá de piedra tumularia a un viejo cazador. Hay todavía largas
millas de tétrica soledad ante nosotros; y sería lo mismo para mí aun
cuando el humo de la propia chimenea de mi casa estuviera al extremo de
esta ondulación del terreno. Las balas indias son más mortíferas de lo
que yo pensaba.
--Estáis débil por efecto de nuestra caminata de tres días,--replicó el
joven,--y un poco de descanso os devolverá la fuerzas. Quedad aquí
mientras busco en el bosque las hierbas y raíces que deben sustentarnos;
y después de haber comido, apoyándoos en mí, emprenderemos la vuelta al
hogar. No dudo de que con mi ayuda podréis llegar hasta una de las
guarniciones de la frontera.
--No tengo dos días de vida, Rubén,--dijo el otro, serenamente,--y mi
cuerpo inútil no debe ser más tiempo una carga para ti, que con
dificultad puedes sostenerte a ti mismo. Tus heridas son profundas y tus
fuerzas decaen rápidamente; sin embargo, puedes salvarte aún, si te
apresuras a avanzar solo. Para mí no hay esperanza, y aguardaré aquí la
muerte.
--Si es así, permaneceré a vuestro lado y velaré por vos,--dijo Rubén
con resolución.
--No, hijo mío, no,--insistió su compañero.--Deja que se imponga la
voluntad de un moribundo; dame tu mano, que yo la estreche, y parte.
¿Piensas que mis últimos momentos serían más tranquilos con la idea de
que te condenaba a morir de muerte más lenta? Te he amado como un padre,
Rubén; y en momentos como éste debo tener la autoridad de un padre. ¡Te
ordeno marchar, para que yo pueda morir en paz!
--Y porque habéis sido un padre para mí, ¿he de dejaros perecer y quedar
insepulto en esta soledad?--exclamó el joven.--No; si vuestro fin se
aproxima en verdad, velaré a vuestro lado y recibiré vuestra eterna
despedida. Cavaré una tumba aquí, bajo la roca, en la cual
descansaremos juntos, si la debilidad me hace desfallecer; o si el Cielo
me da fuerzas, buscaré el camino de mi hogar.
--En las ciudades y en cualquiera parte donde viven los
hombres,--replicó el otro,--se acostumbra enterrar a los muertos.
Ocúltanlos así a la vista de los vivos; pero aquí, donde ningún ser
humano pasará quizá en cien años, ¿por qué no habría de descansar bajo
el cielo, cubierto únicamente por las hojas de roble cuando las hagan
caer las ráfagas de otoño? Y si de monumento se trata, aquí tenemos esta
roca gris, donde mi mano moribunda esculpirá el nombre de Róger Malvin,
para que los viajeros futuros sepan que reposa aquí un cazador y un
guerrero. No te retardes, por consiguiente, sino apresúrate al
contrario, ya que no por ti mismo, ¡por ella, que quedaría desolada!--
Malvin pronunció con voz trémula las últimas palabras que produjeron
visiblemente hondo efecto en su compañero. Hiciéronle recordar que
existen deberes menos cuestionables que el de compartir la suerte de un
hombre a quien la muerte de su camarada no iba a beneficiar. No podría
afirmarse si algún sentimiento egoísta se abrió paso en el corazón de
Rubén, a quien su conciencia hizo aun resistir obstinadamente las
súplicas de su compañero.
--¡Cuán terrible sería aguardar la muerte en esta soledad!--exclamó el
joven.--Un hombre valiente no tiembla en el campo de batalla; y aun la
mujer puede morir valerosamente cuando los amigos rodean su lecho; pero
aquí...
--Tampoco temblaré aquí, Rubén Bourne,--interrumpió Malvin.--Soy hombre
de corazón; y aunque no lo fuera, hay una fuerza superior a la que
pueden prestar todos los amigos del mundo. Eres joven y amas la vida.
Tus últimos momentos necesitan comodidades que mi naturaleza no reclama;
y cuando me hayas depositado en tierra y te encuentres solo, y la noche
caiga sobre la selva, sentirás toda la amargura de la muerte a que ahora
podías haber escapado. Mas no daré razones egoístas a tu generoso
corazón. Abandóname por mi propia conveniencia, para que, después de
haber murmurado una plegaria por tu salvación, tenga tiempo de arreglar
mis cuentas sin sentirme perturbado por pesares terrenales.
--¿Y vuestra hija! ¿Cómo me atreveré a afrontar sus miradas?--exclamó
Rubén.--¡Me interrogará sobre la suerte de su padre, cuya vida juré
defender con la mía propia! ¿He de decirla que marchasteis tres días
conmigo desde el campo de batalla y que os abandoné luego, dejándoos
perecer, solo, en el desierto? ¿No es preferible que me acueste en la
tierra y perezca al lado vuestro, antes que regresar salvo y verme
obligado a decir esto a Dorcas?
--Dirás a mi hija,--repuso Róger Malvin,--que, a pesar de encontrarte
dolorosamente herido, débil y fatigado, sostuviste por muchas millas mis
pasos vacilantes y te separaste de mí sólo a mis ruegos, porque no quise
yo que tu muerte pesara sobre mi alma. Le dirás que fuiste fiel en medio
del sufrimiento y los peligros, y que si tu sangre hubiera podido
salvarme, la habrías derramado hasta la última gota; y dile también que
serás para ella algo más querido que un padre, y que os bendigo a ambos
y que mis ojos moribundos pueden vislumbrar una vía larga y placentera
que recorreréis juntos.--
Mientras hablaba, habíase erguido Malvin, y la energía de sus últimas
palabras pareció llenar la selva solitaria con una visión de felicidad;
mas, al caer exhausto de nuevo sobre su lecho de hojas de roble, se
apagó la luz que por un momento había brillado en los ojos de Rubén.
Sintióse loco y culpable de pensar en la dicha en momentos semejantes.
Su compañero espiaba su movible fisonomía, tratando de arrastrarle con
arte generoso a procurar su propio interés.
--Quizá me equivoco respecto al tiempo que me resta de
vida,--prosiguió.--Es posible que con pronta asistencia llegara a
recobrarme de mis heridas. Los primeros fugitivos deben haber llevado ya
a la frontera las nuevas de nuestro desastroso encuentro, y
probablemente recorren el campo partidas para recoger a los que se
hallan en condiciones semejantes a las nuestras. Si tropezaras con una
de estas partidas y la guiaras a este sitio, ¿quién puede asegurar que
no me vería otra vez sentado al fuego de mi hogar?--
Una dolorosa sonrisa vagó por las facciones del moribundo al insinuar
esta infundada esperanza que, sin embargo, produjo efecto en Rubén.
Ningún motivo puramente egoísta, ni siquiera la situación desolada de
Dorcas le habría inducido jamás a abandonar a su compañero en momentos
semejantes; pero sus deseos acogieron la idea de que era posible salvar
la vida de Malvin, y su entusiasta naturaleza llegó casi a posesionarse
de la remota posibilidad de encontrar ayuda humana en aquella soledad.
--Seguramente que hay razones, y razones poderosas para esperar que
nuestros amigos no se encuentran muy distantes,--dijo a media voz.--Un
cobarde huyó en salvo al comienzo de la pelea y es probable que haya ido
bien de prisa. Todos los fieles de la frontera han empuñado sin duda el
fusil a tales nuevas; y, a pesar de que ninguna partida se aventuraría
tan adentro de los bosques, puedo encontrarla quizá después de un día de
marcha. Aconsejadme escrupulosamente,--añadió, volviéndose a Malvin,
desconfiado de su propio criterio.--Si estuvierais en mi lugar, ¿me
abandonaríais mientras tuviera vida?
--Hace veinte años,--replicó Róger Malvin, suspirando, sin embargo, al
reconocer íntimamente la disimilitud de ambos casos,--hace veinte años
que escapé con un amigo muy querido del cautiverio de los indios cerca
de Montreal. Vagamos durante muchos días entre los bosques, hasta que al
fin, desfallecidos por el hambre y el cansancio, mi amigo se desplomó y
trató de persuadirme que le abandonase, porque sabía que al permanecer
pereceríamos ambos; y con muy poca esperanza de encontrar socorro,
amontoné una almohada de hojas secas bajo su cabeza y me apresuré a
partir.
--¿Y volvisteis a tiempo para salvarlo?--preguntó Rubén, pendiente de
las palabras de Malvin como si fueran el profético anuncio de su propio
éxito.
--Sí;--respondió el otro.--Llegué al campamento de una partida de
cazadores el mismo día antes del ocaso. Los guié hasta el paraje donde
mi amigo aguardaba la muerte; y ahora es un hombre sano y vigoroso que
trabaja en sus propias tierras muy lejos de la frontera, mientras que yo
estoy herido aquí pereciendo en las profundidades del desierto.--
Este ejemplo, actuando poderosamente sobre la decisión de Rubén, se
fortalecía inconscientemente con muchos otros motivos en el alma del
joven. Róger Malvin comprendió que el triunfo estaba cerca.
--¡Ahora ve, hijo mío, y que el cielo te proteja!--dijo.--Vuelve con
nuestros amigos tan pronto como puedas encontrarlos, a menos que las
heridas y el cansancio te hagan desfallecer; pero en este caso, envía
dos o tres, los que sea posible, en busca mía; y créeme, Rubén, mi
corazón se sentirá más ligero a cada paso que te acerque al hogar.--
Mas podía quizá observarse cierto cambio en su voz y en su fisonomía
mientras hablaba así; porque era, en verdad, suerte horrible verse
abandonado para expirar en la soledad.
Rubén Bourne, convencido sólo a medias de que procedía con rectitud,
alzóse y se preparó para la partida. Pero antes, aunque contrariando los
deseos de Malvin, reunió un montón de las hierbas y raíces que habían
sido su único alimento en los dos últimos días. Colocó la inútil
provisión al alcance del moribundo, para quien dispuso igualmente un
lecho fresco de hojas secas de roble. Subiendo entonces al ápice de la
roca, que era áspera y rugosa por uno de sus lados, inclinó el joven
roble y ató su pañuelo en la rama más alta. La precaución no era
innecesaria para guiar a cualquiera que pudiese venir en busca de
Malvin; porque los costados de la roca, salvo el ancho y bruñido frente,
quedaban ocultos a poca distancia por la densa vegetación de la selva.
El pañuelo era el vendaje de la herida del brazo de Rubén; y al atarlo
en el árbol juró, por la sangre de que estaba manchado, que regresaría,
ya fuera para salvar la vida de su compañero o para depositar su cuerpo
en la tumba. Bajó después y se mantuvo con los ojos bajos, escuchando
las últimas palabras de Malvin.
La experiencia de éste le sugería numerosos y detallados consejos
respecto al viaje del joven a través de la intrincada selva. Habló de
ello con serena gravedad, como si enviara al joven de caza o a la guerra
mientras quedaba él en seguridad; y de ningún modo como si el rostro
humano que contemplaba en aquellos momentos fuera el último que había de
ver en su vida. Pero su firmeza se conmovió antes de concluir.
--Lleva mi bendición a Dorcas y dile que mi última plegaria será por
ella y por ti. Encarécele de mi parte no conservar amargos sentimientos
por tu abandono--aquí palpitó dolorosamente el corazón de Rubén--porque
sé que si tu vida hubiera pesado en favor mío, la habrías sacrificado
sin vacilar. Ella se casará contigo después de haber llorado algún
tiempo a su padre; y ¡quiera el Cielo concederos largos y felices días,
y puedan los hijos de vuestros hijos rodear vuestro lecho de muerte! Y
vuelve, Rubén,--añadió, pues la debilidad de la muerte le vencía al
fin,--cuando tus heridas estén curadas y tu cansancio haya pasado;
vuelve a esta roca solitaria, a depositar mis huesos en la tumba y a
murmurar una plegaria sobre mis restos.--
Los habitantes de la frontera prestaban atención casi supersticiosa a
los ritos de la sepultura; lo cual se originaba quizá en las costumbres
de los indios que hacían la guerra tanto a los muertos como a los vivos;
presentándose muchos casos en que se sacrificaba la vida por el
propósito de enterrar a los que habían perecido "en las fauces del
desierto." Rubén comprendía, por consiguiente, toda la importancia de la
solemne promesa que hizo de volver y de llevar a cabo las exequias de
Malvin. Era digno de notarse que éste, al hablar a corazón abierto en
sus palabras de despedida, no trataba ya de persuadir al joven de que
quizá un rápido socorro podría salvarle. Rubén estaba íntimamente
convencido de que era la última vez que veía vivo el rostro de Malvin.
Su naturaleza generosa le impulsaba a quedarse a cualquier riesgo hasta
que todo hubiera terminado; pero el ansia de vivir y la esperanza de la
felicidad se habían fortalecido en su corazón, y fué incapaz de
resistir.
--Es suficiente,--dijo Róger Malvin, después de escuchar la promesa de
Rubén.--¡Ve, y que Dios te guíe!--
El joven oprimió su mano silenciosamente, volvióse y partió. Sus débiles
y vacilantes pasos le habían conducido muy poco trecho, sin embargo,
cuando la voz de Malvin le llamó de nuevo.
--¡Rubén, Rubén!--dijo débilmente; y Rubén regresó, y arrodillándose
junto al moribundo.
--Levántame y déjame reclinado contra la roca,--fué su última
petición.--Mi semblante se dirigirá así hacia mi hogar, y podré
divisarte un instante más cuando desaparezcas bajo los árboles.--
Habiendo satisfecho Rubén el deseo de cambiar de postura al moribundo,
comenzó otra vez su solitaria peregrinación. Avanzaba al principio más
rápidamente de lo que correspondía sus fuerzas porque una especie de
remordimiento, que atormenta a veces al hombre en sus actos más
justificados, le incitaba a ocultarse cuanto antes a los ojos de Malvin;
mas, después de avanzar bastante lejos sobre las crujientes hojas,
retrocedió agazapándose, empujado por una ardiente y dolorosa
curiosidad, y oculto por las raíces medio enterradas de un árbol caído,
miró ansiosamente al hombre abandonado. El sol matinal estaba claro y
los árboles y arbustos inhalaban el suave ambiente de mayo; pero había,
sin embargo, cierta melancolía en el aspecto de la naturaleza, como si
simpatizara con los dolores y sufrimientos de la muerte. Las manos de
Róger Malvin se elevaban unidas en ferviente plegaria, de la cual pudo
percibir Rubén en medio de la tranquilidad de la selva algunas palabras
que penetraron en su corazón torturándole con sufrimiento intolerable.
Eran acentos interrumpidos que imploraban por la felicidad del joven y
de Dorcas; y al escucharlos, su conciencia o algún sentimiento análogo,
luchó fuertemente para persuadirle a volver y reposar de nuevo junto a
la roca. Sintió todo el horror del destino del noble y generoso ser a
quien había abandonado en tal extremidad. La muerte llegaría lentamente
como un fantasma, avanzando poco a poco hasta él a través de la selva, y
mostrando de árbol en árbol, cada vez más cerca, su faz horrenda e
implacable. Mas el destino de Rubén le impulsaba probablemente a no
retardarse un día más; y ¿quién le reprocharía haberse retraído de
sacrificio tan inútil? Cuando lanzaba en derredor la postrera mirada, la
brisa hizo ondear la pequeña bandera en la copa del roble, recordando a
Rubén su juramento.
* * * * *
Muchas circunstancias contribuyeron a retardar al viajero herido en su
marcha a la frontera. El segundo día las nubes, densamente apretadas
sobre el horizonte, descartaron la posibilidad de regular su camino por
la posición del sol; y el joven ignoraba si los esfuerzos de su
naturaleza casi exhausta le llevaban más cerca o más lejos del fin
apetecido. Proveían escasamente a su subsistencia las bayas y otros
productos naturales del bosque. Rebaños de ciervos pasaban, es verdad,
muy cerca de su lado y las perdices se levantaban ante su paso; pero
había consumido sus municiones en la batalla y no podía siquiera
intentar la caza. Sus heridas, inflamadas por el constante esfuerzo de
que dependía su sola esperanza de vida, disminuían sus fuerzas y muchas
veces perturbaban su razón. Pero, aun en medio de su desvarío, el joven
corazón de Rubén se aferraba fuertemente a la existencia; hasta que,
incapaz absolutamente de movimiento, desfalleció al fin bajo un árbol,
viéndose obligado a esperar allí la muerte.
En tal situación fue descubierto por una partida despachada en socorro
de los sobrevivientes, a las primeras nuevas de la batalla. Lleváronle a
la colonia más cercana, que resultó por azar su propia residencia.
Dorcas, con la sencillez de los tiempos primitivos, velaba al lado del
lecho de su amante herido prodigándole aquellos cuidados que son
privilegio exclusivo del corazón y las manos de la mujer. Durante varios
días los recuerdos de Rubén vagaron pesadamente entre los peligros y
obstáculos que había tenido que vencer, y el joven fué incapaz de dar
respuesta definida a las preguntas con que muchas personas se
apresuraban a fatigarle. No habían circulado aún detalles auténticos del
combate; ni era dado tampoco a las madres, esposas e hijos saber si los
seres amados de su corazón estaban cautivos o yacían entre las cadenas
inquebrantables de la muerte. Dorcas guardaba en silencio sus temores
hasta que una tarde, despertando Rubén de un sueño intranquilo, pareció
reconocerla más claramente que las veces anteriores. Observó que el
joven había reconquistado por completo sus sentidos y no pudo dominar
más largo tiempo su ansiedad filial.
--¿Y mi padre, Rubén?--comenzó; mas el cambio de la fisonomía de su
amante la obligó a detenerse.
El joven se estremeció como a impulsos de agudo dolor y la sangre subió
violentamente a sus descoloridas y flacas mejillas. Su primer impulso
fue ocultar el rostro; pero, con desesperado esfuerzo se enderezó y
habló con vehemencia defendiéndose contra una imaginaria acusación.
--Tu padre quedó mal herido en la batalla, Dorcas; y me prohibió
embarazarme con el peso de su compañía, permitiéndome solamente
acompañarlo hasta la orilla del lago para que pudiera saciar su sed y
morir en paz. Pero yo no quería abandonar al anciano en tal situación;
y, aunque herido yo mismo, le sostuve prestándole la mitad de mis
fuerzas, y le llevé conmigo. Durante tres días vagamos juntos, y tu
padre resistió mucho más de lo que yo esperaba; pero al despertar del
cuarto día, le encontré desfallecido y exhausto; no podía proseguir; la
vida se le escapaba; y...
--¡Murió!--exclamó Dorcas débilmente.
Rubén sintió cuán imposible era confesar que su egoísta amor a la vida
le había obligado a partir antes que la suerte del padre de la joven se
hubiera decidido. No habló; solamente inclinó la cabeza, y se desplomó,
desfallecido y avergonzado, ocultando, el rostro entre las almohadas.
Dorcas sollozó al ver confirmados sus temores; pero como se había
anticipado este golpe largo tiempo, pudo rehacerse mejor contra su
violencia.
--¿Abriste una fosa para mi padre en el desierto?--fué la pregunta que
expresó inmediatamente su piedad filial.
--Mis brazos estaban débiles; pero hice lo que pude,--replicó el joven
en voz baja.--Elévase una magnífica piedra tumularia sobre su cabeza y,
¡pluguiera al cielo que me sea dado reposar tan tranquilamente como
él!--
Observando Dorcas el extravío de sus últimas palabras, no inquirió más
en aquella ocasión; pero su corazón se tranquilizó a la idea de que
Róger Malvin no había carecido de los ritos funerarios que era posible
procurar. La historia del valor y la fidelidad de Rubén no perdió nada
de su fuerza cuando Dorcas la refirió a sus amigos; y el pobre joven, al
dejar con vacilante paso su cuarto de enfermo para respirar la brisa
soleada, hubo de sufrir la miserable y humillante tortura del inmerecido
elogio general. Todos reconocían que era digno de solicitar la mano de
la hermosa doncella a cuyo padre había sido fiel "hasta la muerte;" y
como mi cuento no es de amor, baste decir que pasados algunos meses
Rubén llegó a ser el esposo de Dorcas Malvin. Durante la ceremonia
nupcial el rostro de la desposada brillaba con reflejos sonrosados; pero
el semblante del esposo estaba pálido.