dentro de la cabeza de la pipa; y el espantajo, sin aguardar las órdenes
de la bruja, aplicando el tubo a sus labios, comenzaba a arrancar cortas
y convulsivas bocanadas que pronto, sin embargo, se convirtieron en más
iguales y regulares.
--Ahora, chiquillo de mi corazón,--dijo Mamá Rigby,--suceda lo que
quiera debes adherirte a tu pipa. Tu vida reside allí; y esto lo sabes
bien, aun cuando no sepas mucho más fuera de esto. ¡No te desprendas de
tu pipa, te digo! Fuma, aspira, lanza nubes de humo, y si alguien te
pregunta, di a la gente que es por salud, que tu médico lo ha
recomendado así. Y cuando tu pipa esté concluyéndose, ve, delicia mía, a
cualquier rincón y, penetrándote primero bien de humo, exclama con
imperio: "¡Dickon! ¡una nueva pipa de tabaco! ¡Dickon! ¡fuego para mi
pipa!" y fúmala tan pronto como sea posible. De lo contrario, en lugar
de un galano caballero con casaca bordada de oro, te convertirás en un
haz de palos y vestidos destrozados, un saco de paja y una arrugada
calabaza. ¡Ahora parte, tesoro mío, y la dicha sea contigo!
--¡Nada temáis, madre!--dijo la figura con voz sonora, lanzando una
vigorosa bocanada.--¡Yo arribaré, si esto es dado a un caballero y a un
hombre honrado!
--¡Oh, tú me harás morir!--exclamó la vieja bruja, en una carcajada
convulsiva.--Eso estuvo muy bien dicho. ¡Si es dado a un caballero y a
un hombre honrado! Representas tu papel a la perfección. Continúa siendo
un elegante caballero; y yo apostaré en tu cabeza como hombre de meollo
y de substancia, provisto de talento y de lo que llaman corazón, y de
todo aquello que debe poseer un hombre, contra cualquier otro animal de
dos pies. Por ti me creo yo ahora hechicera más hábil que antes. ¿No te
he formado acaso? ¡Y desafío a hacer cosa parecida a la mejor bruja de
la Nueva Inglaterra! ¡Mira, llévate mi vara!--
La vara, que era un simple palo de roble, tomó inmediatamente la
apariencia de un bastón con puño de oro.
--Esta cabeza de oro tiene tanto talento como la tuya,--dijo Mamá
Rigby,--y te guiará directamente a la casa del digno magistrado Gookin.
Ve allá, mi lindo, querido, precioso, tesoro mío; y cuando pregunten tu
nombre, di que te llamas Feathertop (Cabeza Emplumada). Llevas plumas en
el sombrero, y arrojé todo un manojo en el hueco vacío de tu cabeza; tu
peluca es también del estilo llamado Feathertop. ¡Así, Feathertop será
tu nombre!--
Saliendo de la cabaña, Feathertop marchó virilmente hacia la ciudad.
Mamá Rigby permaneció en el dintel, profundamente complacida de ver los
rayos del sol reflejándose en su obra, como si toda aquella
magnificencia fuera real; y observando cuán empeñosa y amorosamente
fumaba su pipa Feathertop, y con qué elegancia marchaba, a pesar de
cierta ligera rigidez en las piernas. Le miró alejarse hasta que se
perdió de vista y envió su bendición a su favorito cuando una revuelta
del camino le ocultó completamente a sus ojos.
Cerca del mediodía, cuando la calle principal de la vecina ciudad se
encontraba en el colmo del bullicio y animación, seguía la acera un
extranjero de aspecto muy distinguido. Su porte y sus vestidos estaban
llenos de nobleza. Llevaba casaca color ciruela ricamente bordada,
chaleco de suntuoso terciopelo magníficamente adornado de hojas doradas,
un espléndido par de calzas encarnadas y las más bellas y brillantes
medias de seda. Su cabeza estaba cubierta con una peluca tan lindamente
arreglada y empolvada que habría sido un sacrilegio desordenarla con el
sombrero de encaje dorado y adornado de una pluma nevada, que el
caballero llevaba bajo el brazo. En el pecho de la casaca resplandecía
una estrella. Manejaba este personaje su bastón de puño dorado con la
gracia peculiar de los gentilhombres de aquella época; y, para completar
su atavío, llevaba en los puños volantes de encaje de delicadeza
etérea, delatando a las claras cuán ociosas y aristocráticas debían ser
las manos que ocultaban a medias.
Circunstancia digna de notarse en el continente de este brillante
personaje, era que llevaba en la mano izquierda una pipa fantástica, con
cabeza deliciosamente pintada y boquilla de ámbar. Aplicábala a sus
labios cada cinco o seis pasos e inhalaba una profunda bocanada de humo
que, después de retener un momento en sus pulmones, arrojaba en
graciosos remolinos por la boca y la nariz.
Como es fácil imaginar, en toda la calle se trataba activamente de
conocer el nombre del extranjero.
--Es, sin duda, algún gentilhombre de elevada alcurnia,--decía un vecino
de la ciudad.--¿Veis la estrella que lleva sobre el pecho?
--¡No; vaya que es poco brillante para verse!--decía otro.--Sí; debe ser
forzosamente un gentilhombre, como decís. Mas ¿qué ruta imagináis que su
señoría haya tomado para venir acá? No ha llegado barco del viejo mundo
desde el mes pasado; y si hubiera venido del sur por tierra, ¿queréis
decirme dónde están sus criados y su equipaje?
--No necesita equipaje para establecer su alcurnia,--hizo observar un
tercero.--Así se presentara en harapos, brillaría su nobleza a través de
los agujeros de sus codos. Jamás he visto semejante dignidad de aspecto.
Tiene la antigua sangre normanda en sus venas, lo juraría.
--Mas bien le tomaría por un holandés o un alemán de sangre
noble,--dijo otro de los ciudadanos.--Los hombres de aquellas regiones
tienen siempre la pipa en la boca!
--Así son también los turcos,--respondió su compañero.--Pero, a mi
juicio, este extranjero ha nacido en la corte francesa y aprendido allí
la cortesanía y dignidad de maneras que en ninguna parte se despliegan
como entre la nobleza de Francia. ¡Aquel modo de andar también! Un
espectador vulgar lo juzgaría algo rígido, lo calificaría quizá de
sacudimiento o trote; pero a mis ojos tiene indecible majestad, y debe
haberlo adquirido por la observación constante de las maneras del gran
monarca. El carácter y profesión del extranjero están bastante
evidentes. Es algún embajador francés que ha venido a conferenciar con
nuestros gobernadores sobre la cesión del Canadá.
--Verosímilmente es un español,--dijo otro,--y de allí viene su tez
amarillenta; o más bien es de la Habana o de algún otro puerto de los
dominios españoles, y viene a investigar las piraterías con las cuales
se dice que contemporiza nuestro gobernador. Aquellos colonizadores del
Perú y Méjico tienen la piel tan amarilla como el oro que extraen de sus
minas.
--¡Amarillo o no, es un hombre muy hermoso! protestó una señora;--¡tan
alto, tan esbelto! con un semblante tan fino y distinguido, una nariz
tan bien delineada y una boca tan deliciosamente expresiva! Y ¡Dios me
bendiga, qué estrella más brillante! ¡Positivamente arroja llamas!
--Lo mismo que vuestros ojos, hermosa dama,--dijo el extranjero,
haciendo una reverencia y agitando su pipa; pues pasaba justamente en
aquel instante.--¡Por mi honor, casi me han deslumbrado!
--¿Se ha oído alguna vez cumplimiento más exquisito y original?--murmuró
la dama, en éxtasis de delectación.
En medio de la admiración general que excitaba el extranjero, sólo se
escucharon dos voces discordantes. Una de ellas fué la de un
impertinente can que después de olfatear los talones del resplandeciente
personaje, metió la cola entre las piernas y se lanzó al corral de su
amo, vociferando un execrable aullido. El otro ser en desacuerdo con la
opinión pública fué un chico que lanzó un chillido con toda la fuerza de
sus pulmones, balbuceando no sé qué ininteligible tontería acerca de
calabazas.
Entretanto Feathertop seguía su camino por la calle. Con excepción de
las pocas palabras corteses que dirigió a la dama y una que otra ligera
inclinación de cabeza correspondiendo profundas reverencias de los
espectadores, parecía completamente absorbido en su pipa. No era
necesaria mayor prueba de su alcurnia e importancia que la perfecta
ecuanimidad con que se manejaba mientras la admiración de la ciudad
crecía hasta convertirse casi en clamor en torno suyo. Con una multitud
congregada tras de sus huellas, llegó el extranjero finalmente a la casa
del digno juez Gookin, atravesó la reja, subió los peldaños de la
escalera central y llamó a la puerta. Pudo notarse que, en el intervalo
entre su llamada y la respuesta, sacudía el extranjero las cenizas de su
pipa.
--¿Qué dijo con aquella voz tan imperiosa?--preguntó uno de los
espectadores.
--No sé, no podría decirlo,--respondió su amigo.--Pero el sol me
deslumbra de manera extraña. ¡Qué ajado y descolorido se ha puesto
repentinamente su señoría! ¡Dios me bendiga! ¿Qué es lo que me pasa?
--Lo maravilloso es que su pipa, apagada hace un momento, aparece otra
vez encendida y con el fuego más intenso que he visto en mi vida. Hay
algo misterioso en este extranjero. ¡Qué bocanada de humo más espesa!
¿Decíais que estaba ajado y descolorido? ¡Mirad! Cuando se vuelve,
brilla la estrella en su pecho como una llamarada.
--Así es, en verdad,--dijo su compañero;--y deslumbrará probablemente a
la linda Polly Gookin a quien veo asomándose a la ventana de aquella
habitación.--
Tan luego que se abrió la puerta, volvióse Feathertop hacia la multitud,
inclinóse majestuosamente, como un gran hombre que reconociera los
homenajes en la forma más estricta, y desapareció en la casa. Brillaba
en su semblante una especie de sonrisa misteriosa, una mueca, mejor
dicho; pero entre la muchedumbre que le contemplaba, nadie tuvo la
penetración suficiente para descubrir su ilusoria personalidad, salvo un
chiquillo y un miserable can.
Nuestra leyenda pierde aquí algo de continuidad, y saltando sobre las
explicaciones preliminares entre Feathertop y el comerciante, pasa en
busca de la linda Polly Gookin. Era ésta una damisela de suaves y
redondeadas formas, cabello rubio, ojos azules y bello rostro sonrosado,
ni demasiado ingenuo, ni demasiado perspicaz. La joven descubrió por la
ventana al brillante extranjero que se encontraba a la puerta y,
preparándose para la entrevista, se acicaló inmediatamente con una cofia
de encajes, un collar de cuentas, su pañuelo más hermoso y su falda de
damasco de la mejor calidad. Mientras se apresuraba a bajar de su
aposento al salón, mirábase en los grandes espejos ensayando lindos
modales, ya una sonrisa, ya cierta dignidad ceremoniosa, ya una sonrisa
más dulce que la primera, mientras besaba su mano, moviendo la cabeza y
manejando el abanico; en tanto que, dentro del espejo, una
insignificante doncellica repetía todos sus ademanes y gestos ridículos
sin lograr que Polly se avergonzara de ellos. En suma, si la linda Polly
no llegaba a producir ilusión tan completa como el ilustre Feathertop,
era culpa de su poca habilidad y no de su poca voluntad para
conseguirlo; de manera que al demostrar así su simplicidad, no era
aventurado suponer que el fantasma creado por la hechicera pudiera
conquistarla.
Apenas oyó Polly el ruido de los pasos gotosos de su padre,
aproximándose a la puerta del salón acompañados del rígido resonar de
los zapatos de altos tacones de Feathertop, sentóse recta como una
flecha y comenzó inocentemente a entonar una canción.
--¡Polly! ¡Polly, hija mía!--gritó el viejo mercader.--Ven acá,
chiquilla.--
El continente del magistrado aparecía turbado e indeciso cuando abrió la
puerta.
--Este gentilhombre,--continuó, presentando al extranjero,--es el
caballero Feathertop, no, perdonadme, es Lord Feathertop, que me trae un
recuerdo de una antigua amiga. Cumplid vuestros deberes sociales con su
señoría, niña, y honradle como su calidad merece.--
Después de estas pocas palabras de presentación, el magistrado abandonó
el salón. Mas si en este breve instante hubiera mirado Polly a su padre
en vez de dedicarse por entero a la contemplación del brillante
caballero, habría podido comprender que algún peligro se cernía a la
inmediación. El viejo estaba nervioso, inquieto y muy pálido. Tratando
de esbozar una sonrisa cortés deformaba su rostro en una mueca
galvánica, que se convirtió en ceño feroz tan pronto como Feathertop
hubo vuelto las espaldas; al mismo tiempo que amenazaba con el puño
cerrado y golpeaba el suelo con su pie gotoso; falta de cortesía que
trajo consigo su inevitable y doloroso resultado. Parece, en verdad, que
la palabra de introducción de Mamá Rigby, sea cual fuere, actuaba más
por el temor que por la voluntad sobre el rico mercader. Siendo además
hombre de extraordinaria sagacidad y penetración, advirtió que las
figuras pintadas en la pipa de Feathertop estaban dotadas de movimiento.
Mirando con mayor atención, pudo convencerse de que aquellas figuras
eran una partida de diablillos debidamente provistos de cuernos y cola,
y danzando con las manos enlazadas y gestos de regocijo diabólico en
toda la circunferencia de la cabeza de la pipa. Para confirmar sus
sospechas, mientras guiaba Master Gookin a su huésped a través de un
obscuro pasadizo desde su despacho particular hasta el salón, la
estrella que Feathertop llevaba al pecho arrojó verdaderas llamas,
reflejando trémulos rayos sobre los muros, el techo y el pavimento.
Con tales siniestros pronósticos que se manifestaban de maneras tan
diversas, no es sorprendente que el mercader pensara que comprometía a
su hija en relaciones muy dudosas. Maldecía en el fondo de su alma la
elegancia insinuante de los modales de Feathertop cuando este atrayente
personaje se inclinaba, sonreía, posaba la mano sobre el corazón,
inhalaba una profunda bocanada de su pipa y enriquecía la atmósfera con
el aliento vaporoso de un suspiro fragante y visible. Alegremente habría
puesto en la puerta el pobre Master Gookin a su peligroso visitante;
pero había de por medio cierto grave terror que le constreñía.
Este respetable anciano, se había dejado arrastrar algo en mal camino en
su temprana juventud, lo tememos, y quizá se veía ahora obligado a
redimirlo por el sacrificio de su hija.
La puerta del salón era en parte de cristales cubiertos por una cortina
de seda, cuyos pliegues quedaban un poquillo al sesgo. Tan vivo interés
acosaba al comerciante por presenciar lo que iba a acontecer entre la
bella Polly y el galante Feathertop que, después de abandonar el
aposento no pudo impedirse de mirar por la abertura de la cortina.
Mas nada de milagroso le fué dado observar; nada, fuera de las bagatelas
antes enunciadas, que le confirmaron en la idea de que algún peligro
sobrenatural amenazaba a la bonita Polly. El extranjero era
indudablemente hombre de mundo, práctico, metódico y dueño de sí mismo;
y, de consiguiente, el personaje preciso a quien un padre no debe
confiar sin la debida precaución una ingenua y sencilla muchacha. El
digno magistrado que conocía la humanidad en cualquiera esfera o
condición, no podía menos de advertir que todos los gestos y ademanes
del distinguido Feathertop respondían en absoluto a las conveniencias
del momento: nada de rudeza natural había quedado en él; las
convenciones sociales estaban tan adaptadas y asimiladas a su naturaleza
íntima, que le transformaban en una obra de arte. Quizá si esta misma
peculiaridad era lo que le prestaba cierto aire pavoroso y
fantasmagórico. Todo lo que es consumado y perfectamente artificial en
el hombre le hace aparecer sobrenatural ante nuestros ojos, algo así
como si su individualidad bastara apenas para dibujar en el suelo una
sombra. Tratándose de Feathertop, esta impresión se confundía en un
sentimiento extravagante, fantástico y original, como si su vida y
esencia dependieran del humo rizado que se escapaba de su pipa.
Pero la linda Polly Gookin no pensaba de esta manera. La pareja paseaba
entonces a través de la habitación: Feathertop, con su andar
distinguido y su no menos distinguido semblante; la joven con cierta
gracia femenina natural, realzada por un toque ligero de afectación que
no la perjudicaba y que parecía aprendido del arte perfecto de su
compañero. Mientras más se prolongaba la entrevista más encantada estaba
la linda Polly; hasta que, pasado un cuarto de hora, la joven comenzó
positivamente a sentirse enamorada, como pudo notarlo el viejo
magistrado desde su escondite. No era necesaria magia alguna para
provocar este rápido resultado; el corazón de la pobre niña era sin duda
tan apasionado que se fundía a su propio calor, reflejado en la hueca
semblanza de un amante. Nada importaba lo que Feathertop dijera: sus
palabras levantaban profundo eco y repercutían en los oídos de la joven;
nada importaba lo que hiciera: sus acciones revestían siempre caracteres
heroicos ante los ojos de Polly. Y puede suponerse que en aquellos
momentos se encendían las mejillas de la joven y brillaba en sus labios
tierna sonrisa, y húmeda dulzura en sus miradas; mientras la estrella
chispeaba en el pecho de Feathertop y los pequeños demonios corrían con
regocijo más y más frenético alrededor de la cabeza de la pipa. ¡Oh,
linda Polly Gookin! ¿Por qué se regocijan tan locamente aquellos
diablillos de que una necia doncella esté a punto de dar su corazón a
una sombra? ¿Es acaso una desgracia tan inusitada, un triunfo tan raro?
De pronto se detuvo Feathertop y adoptando una actitud majestuosa
pareció imponer a la joven la contemplación de su figura y desafiarla a
que resistiera su atractivo si esto era posible. La estrella, los
bordados, las hebillas, brillaban en aquel momento con esplendor
indecible; los matices pictóricos de su atavío tomaron mayor riqueza de
colorido; desprendíase de toda su persona el lustre y cortesanía que
traduce el encanto de modales refinados. La doncella levantó los ojos y
los fijo en su compañero con expresión tímida y maravillada. Luego, como
deseosa de juzgar por sí misma el valor que su sencilla belleza pudiera
tener al lado de tal esplendor, lanzó una mirada al espejo de grandes
dimensiones enfrente del cual se hallaban incidentalmente. Era una
lámina de las más claras e incapaz de lisonja. Apenas tropezaron los
ojos de Polly con las imágenes allí reflejadas, lanzó un agudo grito,
alejóse del extranjero, le miró un momento con desordenado espanto, y se
desplomó insensible sobre el pavimento. Feathertop, siguiendo la
dirección de su mirada en el espejo, contempló también, no el brillante
remedo que su exterior aparentaba, sino la imagen del sórdido conjunto
de su composición real, despojada de toda hechicería.
¡Miserable simulacro! Casi debiéramos compadecerle. Levantó los brazos
con expresión desesperada, más intensa que todas sus manifestaciones
anteriores para vindicar sus pretensiones de considerarse humano; pues
quizá por primera vez desde que inició la vida mortal, tan a menudo
vacía y decepcionada, se había forjado y aceptado plenamente la ilusión
de su propia personalidad.
Mamá Rigby estaba sentada al fondo de su cocina hacia el crepúsculo de
este día tan lleno de acontecimientos, y sacudía justamente las cenizas
de una pipa nueva, cuando escuchó un paso precipitado a lo largo de la
carretera. No se asemejaba mucho al ruido de pasos humanos, sino que
parecía más bien el golpeteo de leños o el chocar de huesos descarnados.
"¡Ah!" pensó la vieja bruja, "¿qué pasos son éstos? ¿Qué esqueleto ha
salido fuera de su tumba?"
Una figura se precipitó por la puerta de la cabaña. ¡Era Feathertop! Su
pipa estaba todavía encendida; la estrella flameaba aún sobre su pecho;
los bordados brillaban todavía en su atavío; y tampoco había perdido
aún, en forma apreciable, el aspecto que le hacía asemejarse a los
mortales. Sin embargo, por algo indescriptible en su continente, como
sucede en todos los casos en que el desengaño se ha apoderado por
completo de nosotros, la triste realidad, se discernía bajo el hábil
artificio.
--¿Qué cosa salió mal?--preguntó la bruja.--¿Olfateó el hipócrita juez
más de lo preciso y arrojó a mi niño de su casa? ¡Infame! Enviaré veinte
demonios para atormentarle hasta que te ofrezca su hija de rodillas!
--No, madre,--dijo Feathertop desesperadamente;--no es eso.
--¿La chica desdeñó a mi precioso?--preguntó Mamá Rigby lanzando rayos
feroces de sus ojos, semejantes a dos brasas de Tóphet.--¡Cubriré su
rostro de barros! ¡Volveré su nariz tan roja como el fuego de tu pipa!
¡Haré caer sus dientes delanteros! ¡Dentro de una semana no será ya
digna de ti!
--Dejadla tranquila, madre,--respondió el pobre Feathertop;--la doncella
estaba casi vencida; y creo que un beso de sus dulces labios me habría
hecho sentirme completamente humano. Pero,--añadió tras breve pausa y
con un grito de desprecio para sí mismo,--¡me he visto, madre! ¡He visto
la miserable, harapienta y vacía criatura que soy! ¡No quiero vivir
más!--
Arrancando la pipa de su boca, la estrelló con toda su fuerza contra la
chimenea, y se desplomó en el mismo instante convertido en una mezcla de
paja y andrajos con algunos palos sobresaliendo del montón y una
arrugada calabaza en el centro. Los huecos de los ojos carecían ya de
luz; pero la abertura toscamente rasgada, que había hecho las veces de
boca, parecía retorcerse aún en desesperada mueca y tenía aspecto casi
humano.
"¡Pobre chico!--exclamó Mamá Rigby, lamentándose ante los restos de su
desventurada creación.--¡Pobre querido mío, lindo Feathertop! Hay
millares y millares de mequetrefes y charlatanes en el mundo, formados
de la misma mescolanza de desechos, andrajos y cosas inútiles que
entraban en su composición. Gozan, sin embargo, de buena fama y jamás se
aprecian a sí mismos en lo que valen. ¿Por qué mi pobre muñeco había de
ser el único en conocerse y en sufrir y perecer por ello?--
Murmurando estas palabras, había llenado la bruja una nueva pipa de
tabaco, y sostenía el tubo entre sus dedos vacilando entre colocarla en
sus propios labios o en los de Feathertop.
--¡Pobre Feathertop!--continuó.--Podría darle fácilmente ocasión de
ensayar una nueva vida haciéndole salir mañana al mundo. Pero no; es
demasiado tierno, demasiado exquisitamente sensible. Tiene demasiado
corazón para manejarse con provecho en este mundo tan vacío e
indiferente. ¡Vaya! ¡vaya! Le haremos servir de espantajo, después de
todo. Es un oficio inocente y útil, y vendrá bien a mi protegido. Si
todos sus semejantes encontraran ocupación tan adecuada, sería un gran
bien para la humanidad. Y en cuanto a la pipa, yo la necesito más que
él.--
Diciendo así, Mamá Rigby llevó el tubo a sus labios.
--¡Dickon!--gritó con su aguda e imperiosa voz,--fuego para mi pipa!
EL ENTIERRO DE RÓGER MALVIN
LA EXPEDICIÓN proyectada el año 1725 en defensa de las fronteras, y que
terminó en la renombrada "batalla de Lóvell," es uno de los pocos
incidentes de la guerra india susceptibles de la luz fantástica del
romance. Dejando a la sombra judiciaria ciertas circunstancias, la
imaginación encuentra mucho que admirar en el heroísmo de una pequeña
banda que presentó batalla a enemigo dos veces superior, en el corazón
de su propio país. La valentía desplegada por ambas partes estuvo de
acuerdo con las ideas civilizadas sobre el valor; y aun la caballería
andante no se avergonzaría de registrar en sus anales las hazañas
individuales de uno o dos de aquellos combatientes. La batalla a que nos
referimos, aunque fatal para los beligerantes, no tuvo consecuencias
funestas para la nación, porque derrocó el poderío de una tribu y
condujo a la paz que subsistió durante varios años consecutivos. La
historia y la tradición son minuciosas en sus crónicas sobre este
asunto; y el capitán de una partida de exploradores en la frontera
adquiría renombre militar tan positivo como el del jefe que condujera
millares de hombres a la victoria. A pesar de la substitución de nombres
ficticios por los verdaderos, será fácil reconocer algunos de los
incidentes que se refieren en las páginas siguientes, como el mismo
relato escuchado de labios de los ancianos sobre la suerte de los pocos
combatientes que sobrevivieron en la retirada de la "batalla de Lóvell."
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