cuadro se conservaba todavía en la habitación que estaba encima de
nuestras cabezas; pero Mr. Tíffany me informó de que había sido
retirado de allí hacía largo tiempo, y se suponía que estaba disimulado
en cualquier rincón extraviado del Museo de la Nueva Inglaterra. Quizá
si algún curioso anticuario pueda dar alguna luz sobre el asunto y,
ayudado Mr. Hóworth, el reparador de cuadros, llegue a producir una
prueba no del todo innecesaria con respecto a la autenticidad de los
hechos arriba relatados. Durante el curso de esta historia, se había
preparado una tempestad, que estalló con tanto estrépito y violencia
tal, en la parte alta de la casa provincial, que parecía que todos los
antiguos gobernadores y grandes hombres estuvieran alborotando arriba,
mientras el señor Bela Tíffany murmuraba de ellos abajo. En el
transcurso de las generaciones, cuando mucha gente ha vivido y muerto en
una vieja casa, el silbido del viento colándose a través de sus grietas
y el crujido de sus vigas y cabrios, semejan extraordinariamente el tono
de la voz humana, o carcajadas, o pasos pesados hollando las desiertas
habitaciones. Es como si revivieran los ecos de media centuria. Estos
mismos fantásticos sonidos repercutían y murmuraban en nuestros oídos,
cuando me despedí del círculo formado en torno del fuego de la casa
provincial, y bajando los peldaños del pórtico, me dirigí a mi morada
luchando contra una violenta tempestad de nieve.
FEATHERTOP
LEYENDA MORAL
¡DICKON!--gritó Mamá Rigby,--¡fuego para mi pipa!--
La vieja señora tenía la pipa en la boca cuando decía estas palabras.
Las había lanzado después de llenarla de tabaco, sin tratar de
encenderla en el hogar donde, en realidad, no había huellas de que se
hubiera encendido fuego aquella mañana. Sin embargo, tan pronto como
hubo dado la orden, brotó un rojo intenso en el hueco de la pipa y una
bocanada de humo de los labios de Mamá Rigby. Nunca pude descubrir de
dónde vino el fuego, ni qué mano invisible lo hizo encenderse allí.
--¡Bien!--dijo Mamá Rigby, con una inclinación de cabeza.--¡Gracias,
Dickon! Ahora hagamos el espantajo. Quedad al alcance de la voz, Dickon,
por si os necesito otra vez.--
Apenas amanecía; pero la buena mujer había madrugado aquella mañana con
el objeto de hacer un espantajo que quería colocar en su sementera de
maíz. Era la última semana de mayo, y ni los cuervos ni los mirlos
habían descubierto aún las pequeñas hojas verdes y enrolladas del maíz
que comenzaba justamente a brotar de la tierra. Así, había resuelto
fabricar un espantajo que pareciera vivo por todos sus lados y
terminarlo inmediatamente de pies a cabeza, de manera que comenzara
aquella misma mañana sus deberes de centinela. Ahora bien; Mamá Rigby
era, como todos sabemos, una de las brujas más hábiles y poderosas de la
Nueva Inglaterra y podía hacer, en consecuencia, con muy pequeño
esfuerzo, un espantajo suficientemente horrible para aterrorizar al
mismísimo ministro de la iglesia protestante. Pero, habiendo despertado
aquella mañana con disposición de espíritu extraordinariamente
placentera, suavizada todavía más por su pipa de tabaco, resolvió
producir algo fino, hermoso y espléndido, de preferencia a lo horrible y
espantoso.
"No quiero colocar un duende grosero en mi propio campo de maíz y casi a
mis puertas," díjose a sí misma, lanzando una bocanada de humo; "podría
hacerlo si quisiera, pero estoy cansada de cosas maravillosas y esta vez
me quedaré dentro de los límites de la vida ordinaria, en obsequio a la
variación. Además, no hay necesidad de espantar a los chiquillos a una
milla a la redonda, aunque yo sea, como ellos dicen, _bruja de verdad_."
Quedó sentado, de consiguiente, en la mente de Mamá Rigby, que el
espantajo representaría un caballero elegante de la época, hasta donde
lo permitieran los materiales de que podía disponer. Quizá será oportuno
enumerar los principales artículos que entraron en la composición de la
figura.
El más importante de todos indudablemente, aunque llegaba a apreciarse
muy poco, era cierto palo de escoba en que Mamá Rigby había dado muchos
nocturnos paseos aéreos a la media noche, y el cual servía ahora de
columna vertebral al espantajo, o de espinazo, hablando en términos
vulgares. Uno de los brazos estaba constituído por un mayal, inútil
ahora, que acostumbraba manejar el buen Rigby antes de que su esposa le
enviara fuera de este pícaro mundo; el otro, si no me equivoco, estaba
compuesto del cabo de una escoba el travesaño roto de una silla, atados
fuertemente a la altura del codo. En cuanto a las piernas, la derecha
era el mango de un azadón y la izquierda un palo cogido en la miscelánea
confusa del montón de maderas. Los pulmones, estómago y demás cosas por
el estilo eran nada menos que un saco de harina relleno de paja. Tenemos
así el esqueleto y la individualidad entera del espantajo, con excepción
de la cabeza; la cual se suplió admirablemente con una calabaza seca y
arrugada, donde abrió Mamá Rigby dos huecos para los ojos y una abertura
para la boca, dejando que cierta azulada prominencia hiciera en el
centro las veces de nariz. El conjunto constituía realmente un semblante
del todo respetable.
"He visto muchos rostros peores sobre hombros humanos, seguramente,"
pensó Mamá Rigby. "Y más de un fino caballero tiene cabeza de calabaza,
lo mismo que mi espantajo."
Pero en este caso los vestidos debían hacer al hombre. Así, la buena
anciana cogió de una percha una casaca antigua color ciruela, hecha en
Londres, y con restos de bordado en las costuras, puños, solapas de las
faltriqueras y ojales; pero lamentablemente usada y descolorida,
remendada en los codos, rasgada en los faldones y completamente raída.
En la solapa izquierda veíase un agujero redondo, producido quizá por
alguna placa nobiliaria arrancada violentamente, o por el corazón
ardiente de alguno de los posesores de la prenda que la hubiera
chamuscado. Los vecinos aseguraban que esta rica vestimenta pertenecía
al guardarropa del Hombre Negro, quien la conservaba en la casa de Mamá
Rigby por la comodidad de vestirse allí siempre que quería presentarse
de gran parada a la mesa del gobernador. Para completar el atavío había
un amplio chaleco de terciopelo, bordado primitivamente con follaje de
dorado tan brillante como las hojas de arce en octubre, pero que se
había apagado ya casi del todo sobre el terciopelo. Venía en seguida un
par de calzas color escarlata, llevadas alguna vez por el gobernador
francés de Loúisbourg, y cuyas rodillas habían tocado los escalones
inferiores del trono de Louis el Grande. El francés regaló estas calzas
a un indio curandero quien las dió a la vieja bruja a cambio de un vaso
de aguardiente en una de sus danzas en la selva. Además, sacó Mamá Rigby
un par de medias de seda y las calzó en las piernas del espantajo donde
aparecían como una fantasía, mostrando la realidad de los palos al dejar
percibir dolorosamente la madera a través de los agujeros. Colocó, por
último, la peluca de su amado esposo en el pelado cráneo de la
calabaza, y completó el conjunto con un empolvado sombrero de tres
picos adornado con las más largas plumas de cola de gallo que se pudiera
imaginar.
Tan luego que la vieja hubo terminado, colocó esta figura en un rincón
de su cabaña, riendo al observar el amarillo rostro del espantajo con la
pequeña naricilla picaresca levantada al aire. Tenía un cómico aspecto
de satisfacción de sí mismo y parecía decir: "¡Pero, venid a admirarme!"
"¡Y es un hecho que sois digno de que se os admire!" murmuró Mamá Rigby,
llena de maravilla ante su obra. "He fabricado muchos muñecos desde que
soy bruja, pero se me figura que éste es el mejor de todos. Casi es
demasiado magnífico para espantajo. Y ahora, llenaré primero mi pipa con
tabaco fresco y lo llevaré en seguida a la sementera de maíz."
Mientras llenaba su pipa, seguía mirando la anciana con cariño casi
maternal al espantajo en su rincón. A decir verdad, sea casualidad o
destreza, o quizá sólo hechicería, había algo maravillosamente humano en
la ridícula figura acicalada con su harapiento esplendor, y que parecía
arrugar su amarillo semblante en una mueca de curiosa expresión entre
desdén y regocijo, como si comprendiera que representaba en sí misma una
burla a la humanidad. Mientras más la contemplaba Mamá Rigby, más
satisfecha se hallaba de su labor.
--¡Dickon!--gritó imperiosamente--¡fuego otra vez para mi pipa!--
Apenas había terminado, cuando apareció como antes una brasa enrojecida
sobre el tabaco. Mamá Rigby aspiró una larga bocanada y la exhaló
después hacia el rayo de luz matinal que luchaba por atravesar las
empolvadas vidrieras de la ventana de su cabaña. Gustábale saborear su
pipa con una brasa del fuego de la chimenea de donde había sido
arrancado. Pero no puedo decir dónde estaba tal chimenea, ni quien
aportaba el fuego, salvo aquel invisible mensajero que parecía responder
al nombre de Dickon.
"Este muñeco," pensaba Mamá Rigby, con los ojos fijos en el espantajo,
"es trabajo demasiado artístico para dejarlo todo el verano en un campo
de maíz espantando a los cuervos y a los mirlos. Es capaz de algo mejor.
¡Vaya que he danzado muchas veces con figuras más ridículas, cuando
escaseaban las parejas en nuestras reuniones de hechicería en los
bosques! ¿Qué sucederá si le dejo buscarse la vida entre los demás
hombres de paja y gente vacía que andan alborotando por el mundo?"
La vieja bruja aspiró tres o cuatro bocanadas de humo de su pipa y
sonrió.
"¡Encontrará una multitud de semejantes en cada esquina!" continuó.
"Bien; no intento meterme hoy en brujerías, más allá de lo que dure mi
pipa; pero soy maga y lo seré y de nada sirve querer disimularlo. ¡Haré
un hombre de mi espantajo, siquiera sea por el placer de pegar un
petardo!"
Mientras murmuraba estas palabras, Mamá Rigby retiró la pipa de su boca
y la arrojó en la abertura que hacía de tal en el rostro de calabaza
del espantajo.
--¡Fuma, querido mío, fuma!--dijo.--¡Fuma, elegante mozo! ¡tu vida
depende de ello!--
Era indudablemente una exhortación original, dirigiéndose a un paquete
de palos, paja y vestidos viejos, sin nada mejor que una arrugada
calabaza por cabeza, como sabemos bien que estaba formado el espantajo.
Sin embargo, debemos recordarlo muy especialmente, Mamá Rigby era una
bruja de singular habilidad y poder; y teniendo presente este hecho, no
habrá nada increíble en los notables incidentes de nuestra historia. A
la verdad, la dificultad mayor quedará vencida al punto, si logramos
llegar a la creencia de que tan pronto como la vieja le ordenó fumar,
brotó una bocanada de humo de la boca del espantajo. Fué seguramente una
bocanada muy ligera; pero a ésta siguió otra y otras más, cada una más
decidida que las anteriores.
--¡Fuma, ángel mío! ¡fuma, lindo!--siguió diciendo Mamá Rigby con su
sonrisa más graciosa.--Es hálito de vida para ti; te doy mi palabra.--
Queda fuera de duda que la pipa estaba encantada. Debía existir algún
conjuro sea en el tabaco, o en el ardiente fuego que ardía
misteriosamente en su hueco, o en el humo aromático que se exhalaba de
las encendidas hojas. Después de varias tentativas vacilantes, la figura
arrojó al fin una nube de humo que se extendió desde el obscuro rincón
hasta la faja luminosa de la ventana. Allí se difundió y se desvaneció
entre los átomos de polvo. Parecía haber sido un esfuerzo convulsivo,
pues que las dos o tres bocanadas siguientes fueron más débiles, aunque
el fuego ardía todavía y arrojaba sus reflejos sobre el rostro del
espantajo. La vieja bruja aplaudió golpeando sus flacas manos una contra
otra y sonrió a su muñeco de manera alentadora. Veía que el encanto
obraba. La faz arrugada y amarilla, que hasta entonces no había ofrecido
aspecto vital, comenzaba a mostrar una especie de fantástica y tenue
atmósfera humana que parecía fluctuar a su alrededor, desvaneciéndose a
veces completamente, y haciéndose otras más perceptible siguiendo las
exhalaciones de la pipa. De igual manera asumía toda la figura una
semblanza de vida, como la que prestamos a formas mal definidas de las
nubes, engañándonos a medias con las divagaciones de nuestra propia
fantasía.
Si hubiéremos de ahondar profundamente en la materia, podría dudarse si,
después de todo, hubo algún cambio en la sórdida, raída, insignificante
y mal pergeñada figura del espantajo; o si únicamente alguna ilusión
fantasmagórica y cierto curioso efecto de luz y sombra la coloreaba y
delineaba en forma de engañar los ojos de muchas personas. Los milagros
de la brujería adolecen siempre de artificio muy superficial; y por
último, si esta explicación no llega al fondo del proceso, no puedo
ofrecer otra mejor.
--¡Muy bien, lindo mancebo!--exclamó de nuevo Mamá Rigby.--Vamos, otra
buena y vigorosa inhalación, y lánzala con fuerza y violentamente.
¡Fuma, por tu vida, te lo digo! ¡Aspira desde el fondo de tu corazón, si
corazón tienes, y si éste tiene fondo! ¡Bien, ahora! Aspira esta
bocanada como si gozaras en hacerlo.--
Y la bruja hizo un ademán con la cabeza al espantajo, poniendo tal
potencia magnética en su gesto que inevitablemente debía éste obedecer,
como obedece el hierro a la misteriosa atracción del imán.
--¿Por qué te quedas holgazaneando en tu rincón, perezoso?--dijo Mamá
Rigby.--¡Avanza! ¡Tienes el mundo delante de ti!--
Palabra, que si no hubiera oído yo mismo esta relación en el regazo de
mi abuela y no hubiera quedado completamente establecida entre las cosas
verosímiles cuando mi infantil credulidad no podía aún analizar su
posibilidad, jamás habría tenido el atrevimiento de referirla ahora.
Obedeciendo a la voz de Mamá Rigby y alargando el brazo como para coger
su mano extendida, la figura avanzó un paso, una especie de sacudimiento
o salto más bien que paso; vaciló luego y casi perdió el equilibrio.
¿Qué más podía esperar la hechicera? No era nada, después de todo;
solamente un espantajo de madera armado sobre dos estacas. Pero la
enérgica bruja se enfadó, y sacudió la cabeza, y lanzó la fuerza de su
voluntad tan poderosamente sobre aquella miserable combinación de madera
podrida, paja mohosa y raída vestimenta, que se vió obligado el
espantajo a mostrarse hombre, a despecho de la realidad de las cosas.
Así avanzó hasta la faja luminosa. Detúvose allí ¡pobre diablo de
invención! revestido solamente de una capa ligerísima de apariencia
humana, a través de la cual era visible la rígida, desvencijada,
incongruente, vieja, harapienta, múltiple e inútil combinación de su
esencia, pronta a desplomarse en tierra en un montón de residuos, por la
conciencia de su propia indignidad para erguirse. ¿Confesaré la verdad?
En este punto de vivificación, el espantajo me hace recordar ciertos
caracteres indefinidos y anormales, compuestos de elementos heterogéneos
y empleados mil veces, a despecho de su insignificancia, por los
escritores de novelas (yo también como los demás) que han poblado con
ellos superabundantemente el mundo de la fantasía.
Mas la feroz bruja comenzaba ya a encolerizarse y a mostrar los rasgos
de su naturaleza diabólica, que asomaba sibilante como una cabeza de
serpiente desde el fondo de su pecho, ante el comportamiento pusilánime
de la cosa que ella se había tomado la molestia de componer.
--¡Fuma, miserable!--gritó con ira.--¡Fuma, fuma, fuma, tú, criatura de
paja y vacuidad! ¡tú, andrajo! ¡tú, saco de harina! ¡tú, cabeza de
calabaza! ¡tú, nada! ¿Dónde encontraré una palabra suficientemente vil
para calificarte? ¡Fuma, te digo, y aspira tu vida fantástica junto con
el humo; o si no, arrancaré la pipa de tu boca y te arrojaré al lugar de
donde ha venido aquella brasa ardiente!--
Amenazado así, el infeliz espantajo no tenía más remedio que inhalar
aquella peligrosa vida. Haciendo de necesidad virtud, aplicóse
vigorosamente a la pipa, arrancando nubes de humo tan espeso que la
pequeña cocina de la choza estaba envuelta por completo en los vapores
del tabaco. Un rayo de sol luchaba por atravesar esta niebla y podía
apenas reflejar vagamente la imagen de la hendida y empolvada vidriera
de la ventana sobre el muro opuesto. Entretanto Mamá Rigby, con un brazo
en jarras y el otro extendido hacia la figura, se destacaba ferozmente
en medio de la obscuridad, con el mismo porte y expresión que cuando
provocaba alguna terrible pesadilla en sus víctimas y permanecía al lado
del lecho para saborear su agonía. El pobre espantajo fumaba y fumaba,
trémulo y lleno de terror. Mas es preciso reconocer que sus esfuerzos
servían perfectamente para el objeto; pues a cada sucesiva exhalación,
perdía la figura visiblemente su aspecto informe y confuso y parecía
condensar su esencia. Aun la misma vestimenta participaba de este mágico
cambio, brillando con reflejos de novedad y resplandeciendo con el bello
bordado de oro que por tan largo tiempo había estado opacado sobre el
terciopelo. Y, revelándose apenas entre el humo, un rostro amarillo
dirigía hacia Mamá Rigby sus ojos sin expresión.
Al fin la vieja bruja cerró el puño crispado, sacudiéndolo en dirección
a la figura. No estaba iracunda verdaderamente; mas procedía bajo el
principio, falso quizá pero profundo, como todos los que profesara
persona de las cualidades de Mamá Rigby, de que las naturalezas débiles
y entorpecidas, incapaces de sentir mejor inspiración, deben
aguijonearse por medio del terror. En caso de que fracasara lo que ella
intentaba, tenía el inhumano propósito de desparpajar al miserable
simulacro en sus primitivos elementos.
--Tienes el aspecto de un hombre,--dijo la bruja severamente.--¿Tienes
también, por acaso, algún eco o remedo de voz? ¡Te ordeno hablar!--
El espantajo abrió la boca, hizo algunos esfuerzos y emitió al fin un
murmullo tan entremezclado con el humoso aliento, que apenas podría
decirse si era voz en realidad o solamente una bocanada del humo del
tabaco. Algunos narradores opinan que los conjuros de Mamá Rigby y la
fuerza de su voluntad habían evocado un espíritu familiar dentro de la
figura y que ésta era la voz que respondía.
--¡Madre,--murmuró la pobre voz ahogada,--no seáis tan cruel conmigo! Yo
bien desearía hablar; pero ¿qué puedo decir, careciendo de sesos?
--¿Que no puedes hablar, querido mío? ¿que no puedes hablar, tú?-exclamó
Mamá Rigby, suavizando con una sonrisa la dureza de su continente.--Y
¿qué podrías decir, preguntas? ¡Vaya, en verdad! Perteneces a la
confraternidad de los cráneos vacíos, y ¿preguntas lo que habrías de
decir? ¡Dirás mil cosas, y repitiéndolas mil y mil veces más, no habrás
dicho nada todavía! ¡No tengas miedo, te digo! Cuando entres en el mundo
donde me propongo lanzarte, no te faltará lo necesario para poder
hablar. ¡Habla! ¡Vamos! Hablarás tanto como un murmurador arroyo de
molino, si tú quieres. ¡Tienes suficiente talento para eso, estoy
segura!
--A vuestras órdenes, madre,--respondió la figura.
--Eso ha estado muy bien dicho, tesoro mío, respondió Mamá
Rigby.--Entonces, habla como se te ocurra y no te preocupes. Encontrarás
un centenar de frases hechas y quinientas personas que las aprovechan. Y
ahora, querido mío, me he tomado tanto trabajo por ti, y eres tan
hermoso que, a fe mía, te amo más que a cualquier otro muñeco de
brujería en todo el mundo; y los he hecho de todas clases: de yeso, de
cera, de paja, de palos, de niebla nocturna, rocío de la mañana, espuma
del mar y humo de las chimeneas. Pero tú eres el mejor de todos. Así,
atiende a lo que voy a decirte.
--¡Sí, bondadosa madre,--dijo la figura;--con todo el corazón!
--¡Con todo el corazón!--exclamó la bruja, dejando caer las manos sobre
los costados y riendo estrepitosamente.--Tienes una linda manera de
expresarte. ¡Con todo el corazón! ¡Y pusiste la mano sobre el lado
izquierdo de tu chaleco, como si realmente tuvieras corazón!--
De excelente humor por su fantástica invención, Mamá Rigby dijo al
espantajo que debía ir a representar su papel en el gran mundo, donde ni
un hombre entre ciento, aseguraba ella, estaba dotado de esencia más
refinada que su propia creación. Y para que pudiera mantener muy alta
la cabeza entre los mejores, dotóle al punto de incalculables riquezas.
Consistían, parte en una mina de oro en Eldorado, y parte en diez mil
acciones en una bancarrota fraudulenta; medio millón de acres de viñedos
en el polo norte; un castillo en el aire y un castillo en España;
agregado a la renta que todo aquello pudiera producir. Hízole donación
asimismo del cargamento de sal de Cádiz que llevaba cierto buque al cual
hizo naufragar la hechicera diez años atrás en mitad del océano por
medio de sus artes nigrománticas. Si la sal no se hubiera disuelto y
pudiera introducirse en el mercado, permitiría levantar una bonita suma
entre los pescadores. Para que no careciera de dinero en efectivo, le
dió un cuarto de penique de cobre, sellado en Bírmingham, que era todo
lo que poseía; y, además, muchísima calderilla[37] que al aplicarse
sobre la frente, la volvía más y más refractaria a colorearse.
--Con esta clase de moneda solamente,--dijo Mamá Rigby,--puedes hacer
carrera en el mundo. ¡Bésame, tesoro mío! He hecho por ti lo más que me
ha sido posible.--
Además, con el objeto de que tuviera el aventurero todas las ventajas
necesarias para un bello ingreso en la vida, la excelente anciana le dió
una contraseña que le haría reconocer por cierto magistrado, miembro del
consejo, mercader, y funcionario eclesiástico: cuatro dignidades que
constituían un solo hombre que se encontraba a la cabeza de la sociedad
en la metrópoli vecina. La contraseña era ni más ni menos que una sola
palabra que Mamá Rigby murmuró al oído del espantajo y que éste debía
murmurar a su vez al oído de mercader.
--Gotoso y todo como es este viejo camarada, hará por ti cualquiera
correría tan pronto como hayas pronunciado esta palabra en sus
oídos,--dijo la vieja bruja.--¡Mamá Rigby conoce muy bien al digno juez
Gookin, y el digno juez conoce bien a Mamá Rigby!--
A estas palabras la bruja acercó su arrugada faz a la del muñeco, riendo
inconteniblemente y estremeciéndose con deleite de pies a cabeza a la
idea de lo que iba a comunicarle.
--El digno magistrado Gookin,--murmuró,--tiene por hija una donosa
doncella. Y ¡escucha bien, mi favorito! Tú tienes bello continente y
bastante ingenio natural. ¡Sí, bastante viveza de entendimiento! Lo
comprenderás mejor cuando hayas podido apreciar el ingenio de los demás.
Ahora bien; con ese exterior e interior tuyos, eres el hombre llamado a
conquistar el corazón de una joven. ¡No lo dudes jamás! Te garantizo que
así será. Pon solamente de tu parte bastante aplomo en el asunto,
suspira, sonríe, agita tu sombrero, adelanta el pie como un maestro de
baile, coloca la mano derecha sobre el lado izquierdo de tu chaleco, y
la linda Polly Gookin será tuya.--
Todo este tiempo la nueva criatura había estado inhalando y exhalando la
vaporosa fragancia de su pipa y parecía ahora continuar en esta
ocupación por propio placer y no como condición indispensable para su
existencia. Era maravilloso observar cuán extraordinariamente se
asemejaba ahora a un ser humano. Sus ojos--que a este tiempo parecía ya
tenerlos--estaban fijos en Mamá Rigby, y movía o inclinaba siempre la
cabeza en el momento oportuno. Tampoco dejaban de acudir a sus labios
las palabras propias para la ocasión: "¿Realmente? ¿En verdad? ¡Dígame,
se lo ruego! ¿Es posible? ¡Palabra de honor! ¡De ninguna manera! ¡Oh!
¡Ah! ¡Jem!" y muchas otras exclamaciones de rigor que implican atención,
interrogación, asentimiento o disentimiento de parte del oyente. Aun
después de haberse encontrado por allí y haber visto fabricar desde el
principio al espantajo, era difícil resistirse a la convicción de que el
sujeto comprendía perfectamente el alcance de los astutos consejos que
la vieja bruja depositaba en su remedo de oído. Mientras aplicaba con
mayor entusiasmo sus labios a la pipa, su expresión se volvía más sagaz,
sus gestos y ademanes adquirían mayor vida y su voz resonaba de manera
más inteligible. Sus vestidos lucían también más y más con ilusoria
magnificencia. La misma pipa en que ardía el conjuro de toda esta obra
maestra, dejó de aparecer como un pesado artefacto de tierra ennegrecida
para convertirse en un artístico objeto de espuma de mar con cabeza
pintada y boquilla de ámbar.
Podría temerse, sin embargo, que dependiendo del vapor de la pipa la
vida de esta ilusión, hubiera de terminar simultáneamente con la
reducción del tabaco a cenizas. Pero la bruja había previsto esta
dificultad.--Sostén la pipa, hermoso mío,--dijo,--mientras la lleno de
nuevo para ti.--
Era penoso ver cómo el elegante caballero comenzaba a retroceder hasta
espantajo mientras Mamá Rigby sacudía las cenizas de la pipa y procedía
a llenarla otra vez con el tabaco de su caja.
--¡Dickon!--exclamó con su voz fuerte e imperiosa,--¡más fuego para esta
pipa!--