visible a merced de una linterna colocada sobre el pórtico de la Casa
Provincial. Entrando en la cantina, encontré como esperaba al viejo
escudriñador de tradiciones, sentado ante un magnífico fuego de
antracita, y lanzando nubes de humo de un enorme cigarro. Me reconoció
con evidente satisfacción, debido a las raras cualidades de oyente
atento que me hacen invariablemente el favorito de las damas y
caballeros de edad, con propensiones narrativas. Acercando una silla al
lado del fuego, pedí al hostelero que nos favoreciera a cada cual con un
vaso de ponche de _whisky_, que fué prontamente servido, y se nos trajo
arrojando su caliente vaho, con una raja de limón al fondo, una capa de
oporto rojo obscuro en la superficie y su correspondiente polvillo de
nuez moscada espolvoreado sobre el conjunto. Cuando levantamos nuestros
vasos al mismo tiempo, mi amigo, el de las leyendas, se presentó como el
señor Bela Tíffany; siendo para mí motivo de regocijo su exótico nombre,
pues que daba a su figura y carácter cierta especie de individualidad, a
mi entender. La bebida actuó como un disolvente en la memoria del viejo
caballero, que fluyó innumerables cuentos y tradiciones, anécdotas de
famosos personajes ya difuntos, y rasgos de costumbres antiguas, tan
infantiles algunas como cantinela de nodrizas, y dignas otras de la
pluma de un grave historiador. Nada me hizo más impresión que la
historia de un cuadro negro y misterioso que pendía en aquellos tiempos
en una de las habitaciones de la Casa Provincial, justamente sobre la
pieza en que nos encontrábamos. La siguiente versión del hecho es tan
correcta como la que verosímilmente podría obtener el lector de
cualquiera otra fuente; aunque posee además, en verdad, cierto tinte
novelesco que se acerca a lo maravilloso.
* * * * *
En uno de los salones de la casa provincial conservábase desde largo
tiempo atrás un antiguo cuadro, de marco tan negro como el ébano, y cuya
tela estaba tan obscura, por efecto de los años, el humo y la humedad,
que no era posible distinguir una sola pincelada del artista. El tiempo
había arrojado su velo impenetrable sobre aquel cuadro, dejando a la
fábula, las conjeturas y la tradición, el trabajo de decir lo que alguna
vez reflejó su lienzo. Durante la administración sucesiva de muchos
gobernadores había colgado, por derecho propio e indiscutible, sobre la
chimenea de la misma habitación; y continuaba todavía allí cuando el
teniente gobernador Hútchinson asumió el mando de la provincia, a la
separación de Sir Francis Bérnard.
El teniente gobernador hallábase una tarde sentado en su majestuoso
sillón, descansando la cabeza en el tallado espaldar y mirando pensativo
la vacua obscuridad del cuadro. No era tiempo oportuno, sin embargo,
para esta inactiva contemplación, ya que asuntos de importancia
trascendental requerían la decisión del gobernador; pues acababan de
recibirse nuevas del arribo de una flota inglesa conduciendo tres
regimientos de Hálifax para dominar la insubordinación del pueblo, y
dicha tropa aguardaba la venia del gobernador para ocupar la fortaleza y
la torre de Castle Wílliam. Mas, en lugar de estampar su firma en la
orden oficial, permanecía sentado el teniente gobernador, examinando tan
intensamente la negra vacuidad de la tela, que su continente atrajo la
atención de dos jóvenes que le acompañaban. Uno de ellos, que vestía
uniforme militar de ante, era su pariente, Francis Lincoln, capitán
provincial de Castle Wílliam; la otra, sentada a su lado en un taburete
bajo, era Alice Vane, su sobrina predilecta.
Vestía completamente de blanco; era una pálida y etérea criatura que,
aun cuando nacida en la Nueva Inglaterra, se había educado fuera del
país, y parecía no sólo una extranjera de lejanas tierras sino un ser de
un mundo diferente. Varios años, hasta que quedó huérfana, había
habitado con su padre la risueña Italia y adquirido allí un gusto
delicado y una afición por la escultura y la pintura, que encontraba muy
pocas satisfacciones en las moradas poco elegantes de la burguesía
colonial. Decíase que las producciones de su lápiz manifestaban un
talento superior, aunque la ruda atmósfera de la Nueva Inglaterra
hubiera tal vez coartado sus impulsos, obscureciendo los brillantes
tonos de su fantasía. Observando la persistente mirada de su tío clavada
en el cuadro y tratando de descubrir a través de la bruma de los años el
argumento desarrollado en el lienzo, su curiosidad se sintió excitada.
--¿Se sabe, querido tío--interrogó la joven,--lo que representaba este
cuadro en otro tiempo? Quizá si pudiera restaurarse, encontraríamos que
es la obra maestra de algún gran artista. ¿Por qué, si no, habría
ocupado tanto tiempo este sitio preferente?
Como no contestó de pronto el tío, contra su costumbre, porque siempre
se mostraba tan complaciente a los caprichos y fantasías de Alice como
si hubiera sido su propia hija bien amada, el joven capitán tomó a su
cargo la respuesta.
--Este negro y viejo cuadrado de lienzo, mi bella prima,--dijo,--ha
venido heredándose en la casa provincial desde tiempo inmemorial. En
cuanto al artista, nada sé decir; pero si ha de creerse la mitad de las
historias que circulan acerca de este cuadro, ninguno de los grandes
maestros italianos ha producido jamás obra de arte tan maravillosa como
la que tenéis delante.--
Y el capitán Lincoln comenzó a relatar algunas de las extrañas fábulas y
fantasías que se contaban respecto del viejo cuadro, las mismas que,
vista la imposibilidad de refutarlas con demostraciones positivas, se
habían convertido en populares artículos de fe. Una de las más
extravagantes y, a la vez, más acreditadas versiones, aseguraba que el
cuadro era el retrato auténtico y original de Satanás en persona, tomado
en una reunión de brujos y brujas, que fueron juzgados en pleno
tribunal. Afirmábase igualmente que un espíritu o demonio familiar
habitaba tras de la negrura del cuadro y había aparecido en momentos de
calamidad pública a más de uno de los gobernadores reales. Shírley, por
ejemplo, había sido testigo de esta ominosa aparición la víspera de la
vergonzosa y sangrienta derrota al pie de los muros de Ticonderoga.
Muchos domésticos de la casa provincial habían percibido una torva faz
que les observaba, en el crepúsculo matutino o vespertino o en la
obscuridad de la noche, mientras avivaban el fuego que chisporroteaba
abajo en el hogar; pero, si alguno era suficientemente intrépido para
acercar una antorcha al lienzo, aparecía éste tan negro e indescifrable
como siempre. El habitante más anciano de Boston recordaba que su
padre--en cuyos días el retrato no se había borrado aún del
todo--consiguió mirarlo una vez; pero nunca permitió que le interrogaran
acerca del rostro que estaba allí representado. En relación con estas
historias era curioso observar que sobre la parte superior del marco
había algunos pedazos destrozados de seda negra, indicando que un velo
había cubierto el retrato hasta que la pátina de los años lo ocultó por
completo a las miradas. Pero, después de todo, la parte más original del
asunto consistía en que tantos pomposos gobernadores de Massachusetts,
hubieran permitido que el ennegrecido cuadro permaneciera en el salón de
estado de la casa provincial.
--Algunas de estas historias son terribles en realidad,--observó Alice
Vane, que se había estremecido a veces y sonreído otras, mientras su
primo las relataba.--Casi sería mejor arrancar el negro lienzo, puesto
que la pintura original nunca será tan formidable como aquellas que
forja la fantasía.
--Pero, ¿sería posible--preguntó su primo,--devolver a esta obscura tela
sus prístinos colores?
--Ese arte se conoce en Italia,--dijo Álice.--
El teniente gobernador había vuelto de su abstracción y escuchaba
sonriendo la conversación de sus jóvenes parientes. Sin embargo, su voz
tenía un timbre peculiar cuando hizo la explicación del misterio.
--Siento mucho, Álice, destruir tu fe en las leyendas a que eres tan
aficionada,--observó;--pero mis investigaciones de anticuario me han
hecho conocer hace largo tiempo el tema de este cuadro, si cuadro hemos
de llamarle; el cual no es ya visible, ni lo será jamás, como jamás ha
de verse de nuevo el rostro del hombre a quien representaba, enterrado
largos años ha. Era el retrato de Édward Rándolph, fundador de esta
casa, y personaje famoso en la historia de la Nueva Inglaterra.
--¿De aquel Édward Rándolph,--exclamó el capitán Lincoln,--que obtuvo la
revocación de la primera carta constitucional de la provincia, bajo la
cual nuestros antecesores habían gozado privilegios casi democráticos?
--Era el mismo Rándolph,--respondió Hútchinson, removiéndose inquieto en
su silla.--¡Fué su destino saborear la amargura del odio popular!
--Nuestros anales refieren,--continuó el capitán de Castle Wílliam,--que
las maldiciones del pueblo siguieron dondequiera a ese Rándolph,
causándole daño en todos los acontecimientos posteriores de su vida, y
mostrándose aún en cierta manera estos mismos efectos en las
circunstancias de su muerte. Dicen también que la oculta pesadumbre de
esta maldición hizo mella igualmente en su exterior, y podía percibirse
en el semblante, horrible de mirar, de este hombre infortunado. Si esto
era verdad, y el cuadro representaba verdaderamente su aspecto, es obra
misericordiosa esta negra nube que se ha aglomerado sobre el retrato.
--Estas tradiciones son absurdas para quien, como yo, ha experimentado
el escaso fondo de verdad que existe en todas ellas,--dijo el teniente
gobernador.--Con respecto a la vida y carácter de Édward Rándolph, se ha
dado implícita fe al doctor Cotton Máther, quien (debo decirlo, aunque
algo de su sangre corra por mis venas) ha llenado nuestra historia
primitiva de cuentos de viejas, tan fantásticos y extravagantes como los
de Grecia o los de Roma.
--Y sin embargo,--murmuró Álice Vane--¿no tienen acaso su moral aquellas
fábulas? Imagino que si era tan espantoso el rostro de este retrato,
habría alguna razón para que permaneciera tan largo tiempo colocado en
una habitación de la casa provincial. Cuando los gobernadores olvidan
sus responsabilidades, sería bien que algo les recordara el horrible
peso de la maldición de todo un pueblo.--
El teniente gobernador se estremeció y miró por un momento a su sobrina,
como si las juveniles fantasías de Álice respondieran a algún
sentimiento oculto en su pecho, que toda su política y sus principios no
habían podido dominar completamente. Sabía, es verdad, que la joven, a
despecho de su educación extranjera, alimentaba las simpatías de raza de
cualquier muchacha de la Nueva Inglaterra.
--¡Silencio, necia chiquilla!--profirió al fin, más ásperamente de lo
que jamás se dirigiera a la gentil Álice.--La censura de un rey es más
terrible que el clamor de una salvaje y descarriada muchedumbre. Capitán
Lincoln, está decidido. Las tropas reales ocuparán la fortaleza de
Castle Wílliam. Los dos regimientos restantes se alojarán en la ciudad o
acamparán en terrenos comunales. Es tiempo ya, después de tantos años
turbulentos y casi de rebelión, que el gobierno de su majestad tenga un
muro de fuerza para resguardarlo.
--¡Confiad, señor, confiad todavía un poco más en la lealtad del
pueblo,--repuso el capitán.--No le enseñéis que puede estar con los
soldados ingleses en otros términos que en los de la fraternidad más
cordial, como cuando peleaban juntos en la guerra francesa. No
convirtáis en campamento las calles de vuestra ciudad natal. ¡Pensadlo
dos veces, antes de entregar a otras manos, que no sean las de los
verdaderos naturales de la Nueva Inglaterra, el viejo Castle Wílliam,
llave de la provincia!
--Joven, está decidido,--repitió Hútchinson, levantándose de su
silla.--Un oficial estará de servicio esta noche para recibir las
instrucciones necesarias para el acuartelamiento de las tropas. Vuestra
presencia será también necesaria. ¡Hasta entonces, adiós!--
A estas palabras el teniente gobernador abandonó precipitadamente la
habitación, mientras Álice y su primo seguían lentamente, conversando
bajito y deteniéndose de vez en cuando para lanzar una ojeada al
misterioso cuadro. El capitán de Castle Wílliam pensaba que el aire y
continente de la joven podía compararse al que se atribuye a uno de
aquellos espíritus fabulosos, hadas o personajes de la mitología
antigua, que intervienen a veces en los asuntos de los mortales, mitad
por capricho, mitad por un sentimiento de simpatía hacia la desgracia o
la felicidad humana. Mientras sostenía el capitán la puerta abierta para
que pasara Álice, hizo ella un signo con la cabeza al cuadro y sonrió.
--¡Preséntate, sombría y diabólica figura!--exclamó.--¡Tu hora ha
llegado!--
Aquella noche se hallaba el teniente gobernador Hútchinson en la misma
habitación donde tuvo lugar la escena que hemos narrado, rodeado de
varias personas a quienes reunían diversos intereses. Encontrábanse allí
los consejeros municipales de Boston, sencillos patriarcas, padres del
pueblo y personificaciones admirables de los antiguos colonos puritanos,
cuya energía austera imprimió tan hondo sello al carácter de la Nueva
Inglaterra. Contrastando con ellos, veíase uno o dos miembros del
consejo, ricamente ataviados con las blancas pelucas, las casacas
bordadas y otras magnificencias de aquella época, y haciendo en cierto
modo ostentación del ceremonial cortesano. Un mayor del ejército inglés,
aparentemente de guardia, esperaba las órdenes del teniente gobernador
para el desembarque de las tropas, que aun permanecían a bordo de los
transportes. El capitán de Castle Wílliam se mantenía junto a la silla
de Hútchinson, con los brazos cruzados y mirando con altanería al
oficial inglés que pronto iba a reemplazarle en su puesto. Sobre una
mesa colocada en el centro de la habitación había un candelabro de
plata, cuyas seis bujías arrojaban su resplandor sobre un papel listo
aparentemente para la firma del teniente gobernador.
Disimulada en parte entre los voluminosos pliegues de las cortinas de
una de las ventanas, podía percibirse la blanca drapería de un vestido
de mujer. Parecerá extraño que Álice Vane se encontrara allí en tales
momentos; pero había algo tan infantil y caprichoso en su carácter
original que siempre se apartaba de las reglas acostumbradas, que su
presencia no sorprendió a los pocos que llegaron a notarla. En aquel
momento, el presidente del municipio dirigía al teniente gobernador una
larga y solemne arenga, protestando contra la introducción de tropas
inglesas en la ciudad.
--Y si vuestro honor,--concluyó este excelente aunque enojoso
anciano,--estima conveniente insistir en que espadachines y mosqueteros
mercenarios sienten sus reales en nuestros barrios tranquilos, ¡que la
responsabilidad de esta decisión no caiga sobre nuestras cabezas!
¡Pensad, señor, mientras es tiempo todavía, que si llega a derramarse
una sola gota de sangre, será una mancha eterna sobre la memoria de
vuestro honor! Habéis escrito, señor, con hábil pluma las hazañas de
nuestros abuelos. De consiguiente, sería muy de desear que merezcáis a
vuestro turno honrosa mención como verdadero patriota y recto
gobernador cuando vuestros hechos sean consignados en la historia.
--No soy insensible, mi buen señor, al deseo natural de ocupar un alto
puesto en los anales de mi país,--replicó Hútchinson, dominando su
impaciencia hasta convertirla en cortesía;--ni conozco método mejor para
alcanzar este fin que contrarrestar el pasajero espíritu de malevolencia
que, con perdón vuestro, parece haber atacado a hombres aun más ancianos
que yo. ¿Me aconsejaríais que aguarde hasta que la multitud asalte la
casa provincial, como lo hicieron con mi casa particular? ¡Creedme,
señor, puede llegar el tiempo en que os sintáis felices de buscar
refugio bajo la bandera real, que tanto disgusto os causa ahora ver
izar!
--Sí;--agregó el mayor inglés que aguardaba con impaciencia las órdenes
del teniente gobernador.--Los demagogos de esta provincia han evocado al
diablo y no pueden ahora deshacerse de él. Nosotros los exorcizaremos en
el nombre de Dios y en el del rey.
--Si mezcláis al diablo en el asunto, ¡cuidado con sus garras!--replicó
el capitán de Castle Wílliam, molesto por la burla que se hacía de sus
compatriotas.
--Con perdón vuestro, mi joven señor,--dijo el venerable consejero,--no
permitáis que un espíritu pernicioso inspire vuestras palabras.
Lucharemos contra el opresor con ayunos y oraciones, como hubieran hecho
nuestros antecesores. Pero también como ellos nos someteremos a la
suerte que a la sabia Providencia plazca enviarnos, después de haber
agotado nuestros mayores esfuerzos para remediarla.
--¡Ya asoman las garras del diablo!--murmuró Hútchinson, que comprendió
perfectamente la naturaleza de esta puritana sumisión.--Este asunto se
resolverá inmediatamente. Cuando haya un centinela en cada esquina y una
guardia de corte delante de la casa consistorial, cualquier gentilhombre
leal podrá aventurarse a salir. ¿Qué puede importarme el vocerío del
populacho de esta remota provincia del reino? ¡El rey es mi señor y la
Inglaterra es mi patria! Sostenido por la fuerza armada, sentaré el pie
sobre la canalla, y la desafiaré!--
Cogió una pluma y estaba a punto de estampar su firma en el papel que
yacía sobre la mesa cuando el capitán de Castle Wílliam colocó una mano
en su hombro. La libertad de aquel acto, tan contrario al ceremonioso
respeto que se consideraba entonces debido a la categoría y a la
dignidad, despertó sorpresa general, mucho mayor en el mismo gobernador
que en cualquier otro de los circunstantes. Al levantar la vista
encolerizado, observó que su joven pariente señalaba con el dedo el muro
opuesto. La mirada de Hútchinson siguió la dirección indicada, y vio
algo que había pasado antes inadvertido a sus ojos: una cortina de seda
negra suspendida sobre el misterioso cuadro, al que ocultaba por
completo. Su pensamiento voló inmediatamente a la escena de la tarde
precedente; y en su sorpresa y en el tumulto de emociones indefinidas
que se apoderaban de su espíritu, entre las cuales adivinaba que su
sobrina tenía alguna parte en tal fenómeno, llamóla en alta voz:
--¡Álice! ¡Ven acá, Álice!--
Apenas había pronunciado estas palabras cuando Álice, deslizándose de su
sitio con rapidez y cubriéndose los ojos con una mano, descorrió con la
otra la obscura cortina que ocultaba el retrato. Una exclamación de
sorpresa brotó de los labios de los espectadores; mientras la voz del
teniente gobernador tenía un timbre de horror.
--¡Por el cielo!--murmuró con voz baja y reconcentrada, hablando más
bien consigo mismo que con los que le rodeaban;--si el espíritu de
Édward Rándolph apareciera entre nosotros desde la región del tormento
no llevaría seguramente más visibles en su rostro los terrores del
infierno!
--Con algún fin especial,--dijo solemnemente el anciano consejero,--ha
hecho desaparecer la Providencia el velo que ocultaba tanto tiempo esta
espantosa efigie. ¡Hasta este momento nadie había podido ver lo que
nosotros contemplamos!--
Dentro del antiguo cuadro, que hacía tan poco tiempo encerraba solamente
una tela negra y vacua, aparecía ahora una figura, todavía obscura es
verdad, en sus sombras y matices, pero destacándose en poderoso relieve.
Era el retrato de un caballero con barba, vistiendo rico traje antiguo
de terciopelo bordado, con ancha gorguera, y llevando un sombrero cuyo
ancho borde sombreaba su frente. Bajo esta sombra los ojos tenían un
brillo peculiar, casi de persona viviente.
Resaltaba la figura tan distintamente sobre el fondo, que hacía el
efecto de una persona mirando desde el muro a los atónitos y
despavoridos espectadores. A ser posible describir con palabras la
expresión del rostro, diríase que era la de algún desgraciado,
sorprendido en algún crimen repugnante y expuesto al odio acerbo, a la
burla y al vergonzoso escarnio de una multitud que le rodease. Veíase la
lucha de la altanería, vencida y subyugada por el peso opresor de la
ignominia. La tortura del alma se revelaba plenamente en el semblante.
Parecía que el retrato, oculto tras la nube de los años, hubiera ido
adquiriendo expresión más lúgubre e intensa hasta dejarse ver de nuevo,
arrojando su fatídico augurio sobre la hora presente. Tal era, si hemos
de dar crédito a la leyenda, el retrato de Édward Rándolph cuando la
maldición popular había impreso su nefasto sello en la personalidad del
gobernador.
--¡Este espantoso rostro me enloquecerá!--dijo Hútchinson que parecía
fascinado por aquella contemplación.
--¡Tened cuidado entonces!--murmuró Álice.--Él atropelló los derechos
del pueblo. ¡Mirad su castigo, y evitaos un crimen semejante!--
El teniente gobernador tembló por un instante; mas apelando a toda su
energía, que no era, sin embargo, uno de sus caracteres predominantes,
consiguió librarse del hechizo que se desprendía del semblante de
Rándolph.
--¡Niña!--exclamó riendo acerbamente y volviéndose hacia Álice,--¿has
hecho uso de tu talento en la pintura, de tu intrigante espíritu
italiano, de tus golpes de efecto escénicos, pretendiendo ejercer alguna
influencia con artificios tan triviales sobre el consejo del gobernador
y tratándose del interés de las naciones? ¡Mira!
--¡Deteneos un instante más,--dijo el consejero, mientras Hútchinson
cogía de nuevo la pluma;--pues si algún mortal recibió jamás una
advertencia de parte de un alma atormentada, vuestro honor es ese
hombre!
--¡Basta!--repuso Hútchinson ferozmente.--Aun cuando aquella misma
figura insensible me gritara, "¡deténte!," no me conmovería.--
Y arrojando una torva mirada de desafío al retrato, que parecía expresar
en aquel momento con mayor intensidad que nunca todo el horror de su
miseria, rasgueó sobre el papel, con caracteres que demostraban hallarse
empujado por la desesperación, el nombre de Thomas Hútchinson. En
seguida se estremeció, dicen, como si esta firma hubiera sido su
condenación eterna.
--¡Está hecho!--dijo; y colocó una mano delante de sus ojos.
--¡Quiera Dios perdonar este acto!--dijo Álice Vane, con voz suave y
triste, como la de un espíritu bueno al huir muy lejos.
Al día siguiente circulaba entre la servidumbre de la casa un rumor
persistente que se extendió por toda la ciudad, asegurando que el negro
y misterioso retrato se había desprendido del muro y hablado frente a
frente con el teniente gobernador Hútchinson. Si tal milagro se
verificó, no quedaron trazas del suceso; pues nada pudo percibirse
dentro del negro marco sino la nube impenetrable que le cubría desde el
tiempo que era posible recordar. Si verdaderamente apareció la figura,
había huído luego como un espíritu, al romper el día, ocultándose tras
un siglo de tinieblas. Lo más probable es que el secreto de Álice para
restaurar los colores del cuadro, había tenido solamente resultados
pasajeros. Pero todos aquellos que pudieron contemplar en ese breve
intervalo el espantoso rostro de Édward Rándolph, no deseaban repetición
del espectáculo, y siempre temblaban más tarde al recordar aquella
escena, como si hubiera sido el mismo espíritu del mal quien apareció
ante sus miradas. En cuanto a Hútchinson, cuando llegó su última hora,
allá lejos, sobre el océano, jadeante y sin respiración, quejábase de
que se ahogaba en la sangre de los asesinatos de Boston; mientras
Francis Lincoln, el antiguo capitán de Castle Wílliam, que se encontraba
junto a su lecho de muerte, podía notar en el extravío de su mirada
cierta expresión semejante a la de Édward Rándolph. ¿Sintió acaso su
destrozado espíritu, en aquella hora suprema, el tremendo peso de la
maldición de un pueblo?