--No tal, mi buen doctor Byles,--repuso Sir Wílliam Howe;--si el

regocijo fuera un crimen, nunca habríais alcanzado el grado de doctor en

teología. En cuanto a la nueva bufonada, no estoy más adelantado que vos

mismo; quizá ni siquiera al mismo grado. Vamos, doctor, confesadlo, ¿no

habéis incitado la austera imaginación de algunos de vuestros

compatriotas para producir una escena de nuestra mascarada?

--Quizá,--hizo observar maliciosamente la nieta del coronel Jóliffe,

cuyo elevado espíritu sentíase indignado por tantas burlas contra la

Nueva Inglaterra;--quizá si tendremos una cuadrilla de figuras

alegóricas. La Victoria, con los trofeos de Léxington y Búnker Hill; la

Prosperidad, con su cuerno superabundante, para representar el actual

bienestar de nuestra buena ciudad; y la Gloria, brindando una corona

para las sienes de vuecencia.--

Sir Wílliam Howe sonrió a estas palabras, a las cuales habría respondido

con su ceño más sombrío, a ser pronunciadas por labios bigotudos. Vióse

libre de la necesidad de replicar por una singular interrupción.

Escucháronse ecos de música fuera de la casa, como si procedieran de

alguna banda militar completa, estacionada en la calle y tocando una

lenta marcha fúnebre, en vez de los alegres sones requeridos por las

circunstancias. Parecía que los tambores estuvieran ensordecidos y que

las trompetas exhalaran gemidos, de manera que tales ecos apagaron

inmediatamente el regocijo del auditorio, llenando a todos de sorpresa y

a muchos de aprensión. Ocurrió a varios de los circunstantes la idea de

que el cortejo de las exequias de algún elevado personaje se había

detenido a las puertas de la casa provincial, o también que algún

suntuoso ataúd, cubierto de terciopelo y lujosamente decorado, estaba a

punto de ser sacado por el portal. Después de escuchar por un momento,

llamó Sir Wílliam Howe con áspera entonación al director de orquesta que

antes había animado la fiesta con alegres y risueñas melodías. Era

tambor mayor de un regimiento inglés.

--Dighton,--interrogó el general,--¿qué significa esta farsa? ¡Haced

callar inmediatamente a vuestra banda con su marcha funeraria, o palabra

que tendrán motivo suficiente para su lúgubre vena! ¡Hacedlos callar,

bribón!

--Con el perdón de vuestro honor--respondió el tambor mayor, cuyo

rubicundo rostro había perdido por completo el color,--la culpa no es

mía. Yo y mi banda estamos aquí todos reunidos; y dudo que ninguno de

nosotros pudiera tocar esa marcha de memoria. Sólo la he oído una vez,

en ocasión de los funerales del difunto rey su majestad George II.

--¡Bien, bien!--dijo Sir Wílliam Howe, recobrando su compostura.--Éste

es el preludio de alguna extravagante mascarada. Dejadlo pasar.--

Una nueva figura apareció en aquel momento; mas, entre todas las

máscaras fantásticas dispersas en los salones, ninguno pudo decir con

certeza de dónde venía. Era un hombre con traje de sarga negra de moda

antigua, y que tenía la apariencia de mayordomo o criado principal de la

casa de algún noble o rico propietario rural inglés. Avanzó hacia la

puerta exterior de la mansión y, abriendo por completo ambas hojas, se

hizo a un lado y miró hacia atrás en dirección de la gran escalera, como

si aguardase que alguien descendiera por allí. Al mismo tiempo, la

música de la calle ejecutaba altas y dolientes llamadas. Sir Wílliam

Howe y sus invitados dirigieron sus miradas a la escalera, donde

aparecían, en el descanso más alto que podía distinguirse desde abajo,

varios personajes que descendían hacia la puerta. El primero era un

hombre de rostro austero, que llevaba sombrero de alta copa cubriendo un

casquete; capa obscura, y grandes botas arrugadas que subían hasta el

muslo. Traía bajo el brazo una bandera arrollada, que parecía ser la de

Inglaterra, pero singularmente desgarrada y hecha jirones; y llevaba una

espada en la mano derecha mientras sostenía una Biblia con la izquierda.

La figura siguiente era de aspecto más suave aunque lleno de dignidad, y

lucía cuello alechugado sobre el cual caía la barba, toga de terciopelo

labrado y justillo y bragas de raso negro. Llevaba en la mano un rollo

de manuscritos. Muy de cerca seguía a estos dos un joven de rostro y

continente que atraían la atención, con frente profundamente pensadora y

contemplativa y tal vez cierto rayo de entusiasmo en la mirada. Su

atavío era antiguo, como el de sus predecesores, y tenía una mancha de

sangre en su cuello alechugado. En el mismo grupo con los tres de que

hemos hablado venían otros cuatro personajes, todos de aspecto

majestuoso y habituado al mando, y ademanes de gente acostumbrada a las

miradas de la multitud. Los circunstantes imaginaban que estos

personajes iban a reunirse con el misterioso funeral que se había

detenido frente a la casa provincial; sin embargo, esta suposición

parecía desmentida por el aire de triunfo con que agitaban las manos al

atravesar el dintel y desaparecer por el portal.

--¡Por el nombre del diablo! ¿qué significa esto?--murmuró Sir Wílliam

Howe, dirigiéndose a un caballero que se encontraba a su lado;--¿es

acaso una procesión de los regicidas jueces de Carlos el Mártir?

--Éstos,--dijo el coronel Jóliffe, rompiendo el silencio casi por

primera vez aquella noche,--éstos, si interpreto bien, son los

gobernadores puritanos, los jefes de la antigua y primitiva democracia

de Massachusetts. Éndicott, con la bandera de la cual ha arrancado el

símbolo de sumisión, y Wínthrop y Sir Henry Vane y Dúdley, Haynes,

Béllingham y Léverett.

--¿Por qué tenía aquel joven una mancha de sangre en su

gorguera?--preguntó Miss Jóliffe.

--Porque, años después,--respondió su abuelo,--separaba el tajo de su

tronco la cabeza más hábil de toda Inglaterra, en aras de la causa de la

libertad.

--¿No desea vuecencia ordenar la guardia?--musitó Lord Percy, que se

había reunido con otros oficiales ingleses en torno del general.--Puede

haber alguna conspiración bajo toda esta mojiganga.

--¡Psh! No tenemos nada que temer,--replicó indolentemente Sir Wílliam

Howe.--No puede haber traición en este asunto, sino una simple farsa, y

ésta es de las más insulsas. Y aun cuando fuera hiriente y amarga,

reírnos de ella sería la mejor diplomacia. Mirad, aquí viene un poco más

de esta gentuza.--

Otro grupo de personajes había descendido en parte la escalera. Venía

primero un venerable patriarca de barba blanca, que tentaba

cuidadosamente su camino con una vara. Siguiendo sus huellas con premura

y extendiendo su mano cubierta del guantelete como para coger el hombro

del anciano, adelantábase una figura alta y de aspecto marcial, con

casco de acero empenachado de plumas, brillante escudo y larga espada

cinto, que resonaba contra los peldaños. El que venía en seguida era un

hombre robusto, ataviado con traje rico y de corte, pero dejando notar

al instante, sin embargo, que no era un cortesano; su marcha tenía el

movimiento oscilatorio que distingue a los marinos; y habiendo tropezado

por azar en la escalera, púsose iracundo súbitamente y se le oyó

mascullar un juramento. Inmediatamente detrás aparecía un personaje de

noble continente, con peluca rizada como la que se ve en los retratos

del tiempo de la reina Anne y en otros anteriores a aquella época; y

ostentando una estrella bordada en la pechera de su casaca. Mientras

avanzaba hacia la puerta, saludaba a derecha e izquierda de manera muy

graciosa e insinuante; pero, a diferencia de los primeros gobernadores

puritanos, llegando al dintel, pareció agitar las manos con pesar.

--Mi buen doctor Byles, haced la parte del coro, os ruego,--dijo Sir

Wílliam Howe.--¿Quiénes son estos ilustres varones?

--Con el permiso de vuecencia,--respondió el doctor,--éstos florecieron

un poco antes de mis días; pero, sin duda, nuestro amigo el coronel ha

sido uña y carne con algunos de ellos.

--Nunca vi sus rostros en vida,--dijo gravemente el coronel Jóliffe; sin

embargo de que he hablado frente a frente con muchos jefes de este país,

y espero aun congratular a otro antes de morir con la bendición de un

anciano. Mas ahora se trata de estos personajes. Supongo que el

venerable patriarca represente a Brádstreet, el último de los puritanos,

gobernador allá por el año noventa, más o menos. El otro es Sir Édmund

Andros, un tirano, como os lo dirá cualquier chiquillo de escuela; y de

consiguiente, el pueblo le precipitó de su alto puesto para encerrarle

en una prisión. Luego viene Sir Wílliam Phipps, pastor, tonelero,

capitán de marina y luego gobernador. ¡Ojalá muchos de sus compatriotas

se elevaran a tanta altura desde tan modesto origen! Y el último que

visteis era el benigno Earl de Béllamont, que nos gobernó bajo el

reinado del rey Wílliam.

--Pero ¿qué significa todo esto?--interrogó Lord Percy.

--Si fuera yo un rebelde,--dijo Miss Jóliffe a media voz,--imaginaría

que se ha citado a los espectros de los antiguos gobernadores para

asistir a los funerales de la autoridad real en la Nueva Inglaterra.--

Varios otros personajes aparecían en la escalera. El que venía a la

cabeza del grupo tenía cierta expresión preocupada, ansiosa y casi

taimada; y, a despecho de su altanería, producida indudablemente por la

ambición de su espíritu y por el desempeño continuado de altos puestos,

no parecía incapaz de adular a los que se encontraban superiores a él.

Algunos pasos más atrás veíase un oficial de rojo y bordado uniforme, de

corte tan antiguo que perfectamente podía haberse llevado en tiempo del

duque de Márlborough. Su nariz tenía un tinte rubicundo que, unido al

trémulo parpadeo de uno de sus ojos, bastaba para sindicarle como

adorador del vino y de la alegre compañía; a pesar de lo cual se

mostraba inquieto y arrojaba frecuentes miradas en derredor, como

temeroso de algún peligro oculto. Venía en seguida un rollizo caballero,

con casaca de paño afelpado, forrada en sedoso terciopelo; mostraba

inteligencia, astucia y buen humor en su semblante y llevaba un infolio

bajo el brazo; pero su aspecto era el de un hombre vejado y atormentado

más allá de su paciencia y acosado de fatiga mortal. Bajó las escaleras

precipitadamente, seguido por un majestuoso personaje ataviado con traje

de terciopelo púrpura ricamente bordado; su porte habría sido imponente,

si un penoso ataque de gota no le hubiera obligado a cojear de peldaño

en peldaño con contorsiones del cuerpo y del semblante. Cuando el doctor

Byles pudo contemplar esta figura en la escalera, se estremeció

febrilmente; pero siguió observándole con persistencia hasta que el

gotoso caballero llegó al umbral, hizo un ademán de angustia y

desesperación y se desvaneció entre la obscuridad exterior, desde donde

le llamaba la música funeraria.

--¡Mirad! ¡El gobernador Bélcher! ¡mi antiguo jefe, en su misma figura

y vestido!--profirió jadeante el doctor Byles.--¡Esto es una burla

horrible!

--Una broma enfadosa, nada más,--dijo Sir Wílliam Howe, con aire de

indiferencia. Mas ¿quiénes eran los tres que le precedían?

--El gobernador Dúdley, un astuto diplomático, pero a quien sus

artificios llevaron a prisión,--replicó el coronel Jóliffe.--El

gobernador Shute, antiguo coronel bajo Márlborough, y a quien obligó el

pueblo a salir de la provincia; y el sabio gobernador Búrnet, a quien

produjo su legislatura una fiebre mortal.

--Imagino que eran unos desgraciados estos gobernadores reales de

Massachusetts,--observó Miss Jóliffe.--¡Cielos! ¡Cómo se obscurece la

luz!

Era un hecho ciertamente que la luz de la gran lámpara que iluminaba la

escalera tornábase ahora opaca y sombría; a tal punto que varias

figuras, que bajaron rápidamente y atravesaron el pórtico, más parecían

sombras que personas de carne y hueso. Sir Wílliam Howe y sus invitados

se mantenían en la puerta de los salones contiguos observando el

progreso de este espectáculo singular, con diversas emociones de ira,

desdén y terror disimulado; pero, sin embargo, con ansiosa curiosidad.

Las sombras, que parecían apresurarse ahora para unirse a la misteriosa

procesión, demostraban su identidad por las notables peculiaridades de

su atavío o por rasgos marcados de su manera de ser, más que por la

semejanza de facciones con sus prototipos. Casi invariablemente, en

verdad, conservaban sus rostros ocultos en profunda sombra. Pero oíase

murmurar al doctor Byles y a algunos otros caballeros, que habían

conocido por largo tiempo a los gobernadores sucesivos de la provincia,

los nombres de Shírley, Pównall, de Sir Francés Bérnard, y el recordado

Hútchinson; confesando de aquella manera que los actores, quienesquiera

que fuesen, habían conseguido representar los rasgos característicos de

los verdaderos personajes en su procesión de fantasmas de gobernadores.

Al desaparecer por el portal, extendían sus brazos aquellas sombras

hacia la obscuridad de la noche con formidable expresión de dolor. Tras

de la forma que personificaba a Hútchinson aparecía una figura marcial

sosteniendo delante de su rostro un sombrero de tres picos que había

retirado de su empolvada cabeza; pero las charreteras y demás insignias

de su clase eran las de un oficial general; y algo en su porte recordaba

a los presentes la figura de un personaje que había sido recientemente

el amo de la casa provincial y de toda la comarca.

--¡La figura de Gage, tan exacta como en un espejo!--exclamó Lord Percy,

palideciendo.

--¡No, por cierto!--profirió Miss Jóliffe, riendo nerviosamente;--no

puede ser Gage, puesto que Sir Wílliam habría saludado en este caso a su

antiguo compañero de armas. ¡Quizá no dejará pasar al próximo sin

desafiarle!

--Podéis estar segura de ello, señorita mía,--respondió Sir Wílliam

Howe, fijando la mirada con marcada expresión en el semblante impasible

de su abuelo.--He tardado demasiado en hacer los honores a los invitados

que nos abandonan. El próximo que se retire recibirá la cortesía

debida.--

Un salvaje e imponente estallido de la música dejóse escuchar en este

momento a través de la puerta abierta. Parecía que la procesión, que

había llenado sus filas gradualmente, estuviera a punto de proseguir, y

que aquel vibrante alarido de las sollozantes trompetas y el resonar de

los ensordecidos a tambores fuera la señal de apresurarse para algún

rezagado. Las miradas se volvieron por irresistible impulso hacia Sir

Wílliam, como si fuera él a quien convocaba la imponente música para

asistir a los funerales de su poder desvanecido.

--¡Mirad! ¡aquí viene el último!--murmuró Miss Jóliffe, señalando con

trémulo dedo la escalera.

Presentóse una figura a las miradas, conforme iba descendiendo la

escalera; aunque tan sombrío estaba el lugar de donde emergió, que

algunos de los espectadores imaginaron que la misma obscuridad se había

moldeado súbitamente en forma humana. Descendió la figura con paso

marcial e imponente; y al llegar a los peldaños inferiores, pudo verse

que era la de un hombre alto, con botas, y embozado en una capa militar

que cubría su rostro hasta reunirse con el ondulante borde de un

sombrero galoneado. Las facciones, de consiguiente, quedaban ocultas por

completo. Pero los oficiales ingleses imaginaban haber visto antes esta

capa militar y hasta reconocían el desgastado bordado del cuello, así

como la dorada vaina de una espada que asomaba entre los pliegues de la

capa, reflejando vívidos destellos luminosos. Además de estos pequeños

detalles, había ciertos rasgos del porte y de las maneras, que incitaron

a los maravillados contertulios a separar sus miradas de la embozada

figura para buscar a Sir Wílliam Howe, con el propósito de verificar si

no había desaparecido de improviso de en medio de ellos. Vieron entonces

al general tirar de su espada, con el rostro lleno de ira sombría, y

avanzar hacia la figura encapada, antes de que ésta hubiera podido

avanzar un solo paso.

--¡Descubríos, villano!--gritó.--¡No pasaréis más allá!--

La figura, sin retroceder un pelo ante la espada que amenazaba su pecho,

hizo una pausa solemne y bajó en seguida la capa de su rostro, pero no

lo bastante para que los espectadores alcanzaran a discernirlo. Mas

indudablemente Sir Wílliam Howe había visto lo suficiente. La dureza de

su continente se trocó en un aire de horror, mientras retrocedía varios

pasos ante la aparición, dejando caer al suelo su espada. La figura de

aspecto marcial cubrió de nuevo sus facciones con la capa y prosiguió su

camino; pero al llegar al umbral, y de espaldas a los espectadores, se

notó que golpeaba el suelo con el pie y sacudía sus crispadas manos en

el aire. Asegurábase después que Sir Wílliam Howe había repetido el

mismo desesperado ademán de rabia y de pesar cuando por última vez, y

como el último de los gobernadores reales, atravesó el dintel del

pórtico de la casa provincial.

--¡Mirad! El cortejo avanza,--dijo Miss Jóliffe.

La música moría en la calle, y sus tristes sones vinieron mezclados con

el resonar de media noche en el campanario de la antigua Iglesia del

Sur, y con el estruendo de la artillería que anunciaba que el ejército

sitiador de Wáshington se había atrincherado en una colina más cercana.

Cuando el sonido retumbante del cañón hirió sus oídos, irguióse el

anciano coronel Jóliffe en toda su altura y sonrió austeramente al

general inglés.

--¿Querría vuecencia investigar algo más acerca de este misterioso

espectáculo?--preguntó.

--¡Cuidado con vuestra cabeza blanca! ¡Ha estado demasiado tiempo sobre

los hombros de un traidor!--exclamó ferozmente Sir Wílliam Howe, aunque

sus labios temblaban.

--¡Debéis entonces apresuraros a cortarla,--replicó tranquilamente el

coronel;--porque dentro de pocas horas todo el poder de Sir Wílliam Howe

y todo el poder de su amo serán impotentes para hacer caer uno solo de

estos cabellos grises! ¡El imperio inglés en esta provincia, está dando

esta noche sus últimas boqueadas; casi es ya cadáver mientras hablo; y

pienso que las sombras de los antiguos gobernadores son cortejo adecuado

para el funeral!--

A estas palabras el coronel Jóliffe se arrebozó en la capa y cogiendo el

brazo de su nieta, abandonó los salones donde se había celebrado el

último festival que gobernadores británicos ofrecieran en la antigua

provincia de la bahía de Massachusetts. Se cree que el coronel y la

joven dama poseían alguna secreta inteligencia respecto del misterioso

espectáculo de aquella noche. Sea como quiera, este conocimiento jamás

se hizo general. Los actores de esta escena se desvanecieron en sombras

más profundas aún que aquella banda de indios salvajes que arrojó a las

olas la carga de los buques de te, mereciendo así ocupar un puesto en la

historia, aunque sus nombres quedaran ignorados. Mas refiere la

superstición, entre otras leyendas respecto de esta morada, el

maravilloso concepto de que en la noche del aniversario de la derrota

inglesa, los espectros de los antiguos gobernadores de Massachusetts se

deslizan aun a través del pórtico de la casa provincial, y que la última

de las sombras, embozada en una capa militar, pasa levantando al aire

sus manos crispadas e hiriendo con sus ferradas botas los anchos

peldaños de piedra con ademán febril de desesperación, y sin que se deje

percibir en lo menor el ruido de sus pasos.

* * * * *

Cuando dejaron de oírse los verídicos acentos de la narración del

anciano caballero, respiré largamente y miré en torno de la habitación,

tratando de arrojar con mente enérgica un tinte de romance y de grandeza

histórica sobre las realidades de la escena. Pero mi olfato percibía la

fragancia del humo del cigarro que el narrador había emitido en grandes

nubes, visible emblema, me figuro, de la nebulosa obscuridad de su

relato. Además, mi exuberante fantasía se distrajo con el repiqueteo de

la cuchara en un vaso de ponche de _whisky_ que Mr. Thomas Waite

preparaba para un consumidor. Tampoco contribuía en mucho a la

apariencia pintoresca de los muros ensamblados, la pizarra de la

diligencia de Bróokline que pendía allí en vez del escudo armorial de

algún gobernador de antiguo linaje. Un mayoral, sentado cerca de una de

las ventanas y leyendo un diario de a centavo, el _Times_ de Boston,

ofrecía también un aspecto muy poco adecuado para reproducirse entre

fotografías de "tiempos de Boston," de setenta o cien años ha. En el

hueco de la ventana había un paquete muy bien envuelto en papel obscuro,

cuya dirección tuve la trivial curiosidad de leer: "Miss Susan Huggins,

_Province House_." Alguna linda camarera, indudablemente. En verdad, es

labor terriblemente ardua querer arrojar el encanto de la pátina de

antigüedad sobre localidades con las cuales tenga algo que ver el mundo

viviente y los días que se deslizan apresuradamente sobre nuestras

cabezas. Sin embargo, al contemplar la magnificente escalera, por la

cual descendió la procesión de viejos gobernadores, y atravesar el

venerable portal en el que su fantasma me había precedido, me llenó de

gozo la conciencia de sentir un estremecimiento de pavor. Entonces,

lanzándome por el estrecho pasillo abovedado, unos cuantos pasos me

transportaron de nuevo en medio de la densa multitud de la calle de

Wáshington.

II

EL RETRATO DE ÉDWARD RÁNDOLPH

EL ANTIGUO y tradicional contertulio de la Casa Provincial estuvo

presente en mis recuerdos desde la mitad del verano hasta el mes de

enero. Una tarde desocupada de invierno resolví hacerle otra visita,

confiando en que le encontraría como de costumbre en el rincón más

cómodo de la cantina, y creyendo, de otro lado, hacer obra meritoria

para mi país al sacar del olvido cualquier otro hecho desconocido de la

historia. La noche era cruda y fría, y volvíase casi borrascosa por

efecto de una ráfaga de viento que soplaba a lo largo de la calle de

Wáshington, haciendo que las luces de gas flotaran y vacilaran dentro de

los faroles. Apresurábame en mi camino, mientras mi fantasía se ocupaba

de comparar el aspecto presente de la calle con el que asumía

probablemente cuando los gobernadores ingleses habitaban la mansión

hacia la cual me dirigía. Los edificios de ladrillo eran escasos en

aquellos tiempos, hasta que estalló una sucesión de incendios

destructores, barriendo una y otra vez las casas y depósitos de madera

de uno de los barrios más populosos de la ciudad. Las construcciones se

hacían entonces aisladas e independientes, sin encerrar como ahora su

existencia particular en hileras seguidas, con fachada de similitud

fatigante; sino ostentando cada una, por el contrario, ciertos rasgos

originales, como si el gusto individual de su propietario las hubiera

delineado, y ofreciendo un conjunto de pintoresca irregularidad: pérdida

que no puede compensarse con ninguno de los atractivos de nuestra

arquitectura moderna. Este espectáculo, revelándose confusamente acá y

allá a las miradas, a los rayos de alguna vela de sebo, que se filtraban

bajo las pequeñas hojas de las diseminadas ventanas, formaba sombrío

contraste con la calle tal como aparecía en aquel momento, con las luces

de gas brillando de esquina a esquina, y con sus tiendas

resplandecientes que arrojaban claridad diurna a través de las grandes

vidrieras de cristal.

Mas volviendo hacia arriba las miradas, encontraba el mismo cielo

obscuro y nebuloso que mostraba en otros tiempos su faz ceñuda a los

habitantes de la época colonial. Las ráfagas invernales tenían el mismo

silbido familiar a sus oídos. La antigua Iglesia del Sur lanzaba

igualmente al espacio su viejo chapitel, que se perdía en la obscuridad

entre el cielo y la tierra; y en tanto que yo pasaba, el mismo reloj que

había advertido a tantas generaciones lo transitorio de esta existencia,

me habló también pausada y sonoramente de esta misma filosofía tan

olvidada. "Las siete solamente," pensé. "Las leyendas de mi viejo amigo

matarán apenas el tiempo entre esta hora y la de acostarse."

Cuentos Clásicos del Norte, Segunda Serie · 第 9 / 18 段