lo bastante en el recipiente para volver tan jóvenes como sus nietos a
la mitad de los viejos de la ciudad. Mientras estallaban aún las
burbujas en el borde, los cuatro invitados del doctor se apoderaron de
los vasos y bebieron el contenido de un solo sorbo. ¿Era ilusión acaso?
No bien acababa de pasar el líquido por su garganta cuando pareció
presentarse un cambio en toda su naturaleza. Tornáronse sus ojos claros
y brillantes; una sombra obscura se extendió sobre sus plateados rizos;
y se encontraron reunidos en torno de la mesa del doctor Héidegger tres
caballeros de mediana edad y una dama salida apenas de la primera
juventud.
--¡Mi querida viuda, estáis encantadora!--exclamó el coronel Kílligrew
que había conservado la mirada fija sobre el rostro de la señora,
mientras las sombras de la edad se desvanecían como la obscuridad ante
la aurora de un nuevo día.
La hermosa viuda sabía desde largo tiempo atrás que los elogios del
coronel Kílligrew no siempre se basaban en la estricta verdad; así,
saltando de su asiento se abalanzó al espejo, temiendo aún que sus
miradas tropezaran con el feo rostro de una mujer de edad. Entretanto
los tres caballeros se comportaban de manera tal que daba lugar a creer
que el agua de la fuente de la juventud poseía ciertas cualidades
espirituosas; a menos que la exaltación de sus ideas fuera simplemente
el alegre desvanecimiento producido por la súbita desaparición del peso
de los años. La imaginación del señor Gascoigne parecía encaminarse a
tópicos políticos; mas no era fácil determinar si sus elucubraciones se
referían al pasado, al presente o al futuro, pues que las mismas ideas e
idénticas frases habían estado en boga durante los últimos cincuenta
años. Ya enunciaba a plena voz proposiciones sobre el patriotismo, la
gloria nacional y los derechos del pueblo; ya musitaba algunos planes
atrevidos en receloso y taimado murmullo, tan cautelosamente que ni
siquiera su propia conciencia llegara a apoderarse del secreto; o
expresábase de nuevo con acento mesurado y docta entonación de orador,
como si oídos reales escucharan los bien redondeados períodos de su
arenga. El coronel Kílligrew entonaba al mismo tiempo una alegre
canción báquica, tamborileando en su vaso el compás del coro, mientras
sus ojos vagaban sobre el risueño semblante de la viuda Wycherly. Al
otro lado de la mesa el señor Médbourne sumíase en profundos cálculos de
dólares y centavos, que tenían que ver particularmente con un proyecto
para proveer de hielo a las Indias Orientales o equipar un tiro de
ballenas para los témpanos polares.
En cuanto a la viuda Wycherly, permanecía frente al espejo haciendo
monadas y cortesías a su propia imagen y saludándola como al amigo más
amado que existía en el mundo para ella. Acercó su rostro muy junto al
espejo para observar si la pata de gallo y las importunas arrugas
marcadas largo tiempo atrás habían desaparecido verdaderamente. Examinó
si la nieve de sus cabellos habíase fundido por completo y si podría
echar atrás su capota con entera seguridad. Al fin, volviéndose
alegremente, avanzó hacia la mesa en una especie de paso de baile.
--¡Mi viejo y querido doctor!--exclamó,--¡por favor, brindadme otro
vaso!
--¡Ciertamente, mi querida señora, ciertamente!--replicó el complaciente
doctor.--¡Mirad! Ya tenía los vasos llenos.--
En efecto, los cuatro vasos aparecían llenos hasta el borde de aquella
agua maravillosa, cuyo delicado rocío, efervescente en la superficie,
semejaba el trémulo chispear de diamantes. Estaba ya tan próximo el
ocaso que la habitación se hallaba más sombría que nunca; pero un
resplandor suave, análogo al de la luna, emanaba de la gran ánfora,
reposándose por igual sobre los cuatro invitados y sobre la figura
venerable del médico. Sentóse éste en un sillón de roble, de alto
respaldar y primorosamente tallado, con tal aire de antigua majestad que
habría podido caracterizar al Tiempo, cuyo poder jamás había sido
discutido, salvo por esta afortunada tertulia. A pesar de que bebían
ansiosamente en aquel momento la tercera copa del licor de la fuente de
la juventud, sintiéronse casi atemorizados por la misteriosa expresión
de la fisonomía del doctor Héidegger.
Pero pronto la alegre efusión de la juventud cundió por sus venas.
Hallábanse ahora en la dichosa adolescencia. Recordaban la vejez, con su
séquito miserable de preocupaciones, sufrimientos y enfermedades, tan
sólo como un sueño desagradable del cual acababan de despertar
alegremente. La frescura de alma, perdida tan temprano, y sin la cual
las escenas sucesivas de la vida eran únicamente una colección de
cuadros descoloridos, prestaba otra vez su encanto al porvenir.
Sintiéronse como seres nuevos creados en un universo nuevo.
--¡Somos jóvenes! ¡Somos jóvenes!--exclamaban en su éxtasis.
La juventud, al igual que la vejez, borraba los caracteres fuertemente
marcados de la edad mediana y asimilaba mutuamente a todos aquellos
personajes. Era un grupo de muchachos alegres, casi enloquecidos con el
regocijo exuberante de sus pocos años. El efecto más singular de su
alegría era el impulso de mofarse de las enfermedades y la decrepitud
de que habían sido víctimas hasta hacía pocos instantes. Reían locamente
de su extravagante atavío, de las chaquetas de amplios faldones y los
chalecos flotantes de los jóvenes, y de la antigua capota y vestimenta
exótica de la deslumbrante señora. Uno de ellos púsose a cojear
alrededor del cuarto como un abuelo gotoso; otro colocó en su nariz un
par de gafas, pretendiendo descifrar las góticas páginas del libro de
magia; el tercero tomó asiento en una gran silla de brazos y procuraba
imitar la venerable dignidad del doctor Héidegger. Todos alborotaban
regocijadamente, saltando en torno de la habitación. La viuda Wycherly
(si una damisela tan fresca podía llamarse viuda) se acercó bailando
ágilmente hasta la silla del doctor, con el sonrosado rostro brillando
de maliciosa alegría.
--¡Doctor, viejo y querido corazón mío, levantaos y danzad
conmigo!--exclamó. Y entonces los cuatro jóvenes rieron más
estrepitosamente que nunca al pensar en la extravagante figura que haría
el pobre viejo doctor.
--Os ruego dispensarme,--respondió el doctor tranquilamente.--Estoy
viejo y reumático y mi tiempo de bailar concluyó muchos años ha. Pero
cualquiera de estos jóvenes será muy feliz de tener tan linda pareja.
--¡Bailad conmigo, Clara!--gritó el coronel Kílligrew.
--¡No, no; yo seré su compañero!--profirió el señor Gascoigne.
--¡Fuí su prometido hace cincuenta años!--exclamó el señor Médbourne.
Todos se agruparon en torno de ella. Uno cogió sus dos manos con impulso
apasionado; otro pasó el brazo en derredor de su talle; el tercero
hundió la mano entre los sedosos rizos que asomaban debajo de la capota
de la dama. Sonrosada, palpitante, luchando, riñendo, riendo y lanzando
por turno su aliento ardoroso en la faz de cada uno de los
pretendientes, hacía ella ademán de desprenderse, mas sin llegar a
librarse del triple abrazo. Nunca se había presenciado cuadro más vivo
de rivalidad juvenil con hermosura tan hechicera como galardón. Sin
embargo, por extraña ilusión, debida a la obscuridad de la cámara y a
los antiguos vestidos que aun llevaban los invitados, se dice que el
gran espejo reflejaba la figura de los tres ancianos, canosos y ajados
abuelos, contendiendo por la fealdad angulosa de una vieja encogida y
arrugada.
Pero eran jóvenes: por lo menos sus pasiones lo demostraban. Inflamados
hasta la locura por la coquetería de la damisela viuda que no otorgaba
ni rehusaba por completo sus favores, los tres rivales comenzaron a
cruzar amenazadoras miradas. Sujetando con una mano el anhelado
galardón, echaron la otra mutuamente a sus gargantas, llenos de rencor.
Mientras luchaban aquí y allá, cayó la mesa, destrozándose el vaso en
mil fragmentos. La preciosa agua de la juventud corrió en brillante
arroyo sobre el pavimento, humedeciendo las alas de una mariposa,
envejecida al declinar del verano y que había venido a morir allí. El
insecto voló ligeramente a través de la habitación y fué a colocarse en
la nevada cabeza del doctor Héidegger.
--¡Venid, venid, caballeros! ¡Venid Madame Wycherly,--exclamó el
doctor.--Tengo que protestar seriamente de este tumulto.--
Aquietáronse y se estremecieron; porque parecía que el Tiempo gris les
llamara haciéndoles retroceder de su luminosa juventud, muy lejos, hasta
el helado y obscuro valle de los años. Miraron al doctor Héidegger,
quien tomó asiento en su tallado sillón, sosteniendo la rosa de medio
siglo que había recogido entre los fragmentos del estrellado vaso. A un
movimiento de su mano, los cuatro revoltosos asumieron sus asientos a la
mayor brevedad, pues su violento ejercicio habíales fatigado en extremo,
a pesar de la juventud de que creían disfrutar.
--¡Mi pobre rosa de Silvia!--exclamó el doctor Héidegger, exponiéndola a
la luz de las nubes del poniente;--parece que se marchita otra vez.--
Y así era en verdad. Bajo las miradas de la reunión continuó ajándose la
flor hasta que apareció tan seca y frágil como cuando el doctor la había
arrojado en el vaso. Sacudió el anciano las pocas gotas de rocío que aun
pendían de sus pétalos.
--La amo tanto ahora como en su húmeda frescura,--observó el doctor,
oprimiendo la marchita rosa contra sus labios ajados. Mientras hablaba,
la mariposa voló otra vez de su nevada cabeza y cayó sobre el pavimento.
Los invitados se estremecieron de nuevo. Una frialdad extraña, que no
sabían si atribuir al cuerpo o al espíritu, apoderábase de ellos
gradualmente. Se miraron unos a otros e imaginaron que cada minuto que
se escapaba arrebatábales un encanto, y dejaba en su semblante surcos
más profundos donde nada se notaba en el momento precedente. ¿Era acaso
una ilusión? ¿El cambio de una vida entera limitábase a tan breve
espacio, y eran ya sólo cuatro ancianos sentados con su viejo amigo, el
doctor Héidegger?
--¿Nos volvemos viejos tan pronto, otra vez?--exclamaron dolorosamente.
Así era en realidad. El agua de la juventud poseía solamente virtudes
más pasajeras que las del vino. El delirio que creaba había
desaparecido. ¡Sí! Eran viejos otra vez. Con impulso repentino, que
demostraba que era aún mujer, la viuda oprimió sus flacas manos contra
su semblante, deseando que la tapa del ataúd cayera sobre ella, ya que
no podía volver a ser hermosa.
--Sí, amigos míos; sois viejos otra vez,--dijo el doctor Héidegger:--y
¡ay! el agua de la juventud se ha derramado toda por el suelo. Bien; no
lo lamentaré; pues aun cuando la fuente brotara en los mismos umbrales
de mi puerta, mis labios no la habrían de tocar; no, aunque el delirio
que produjera durase años en vez de algunos instantes. ¡Ésta es la
lección que me habéis enseñado!--
Pero los cuatro amigos del doctor no aprovecharon para sí la lección.
Resolvieron organizar una peregrinación a la Florida y beber mañana,
tarde y noche de la Fuente de la Juventud.
LEYENDAS DE LA CASA PROVINCIAL
I
LA MASCARADA DE HOWE
VAGANDO por la calle de Wáshington una tarde del verano pasado, atrajo
mis miradas una muestra de hotel que asomaba de un estrecho zaguán
abovedado casi en frente de la antigua iglesia del Sur. La muestra
representaba la fachada de un soberbio edificio designado con el nombre
de "Antigua Casa Provincial, al cuidado de Thomas Waite." Me sentí
satisfecho de recordar así el propósito, que abrigaba largo tiempo, de
visitar y recorrer la mansión de los antiguos gobernadores reales de
Massachusetts; y penetrando en el pasillo abovedado que se extendía en
medio de una hilera de tiendas de ladrillo, unos cuantos pasos me
transportaron desde el bullicioso centro del moderno Boston hasta un
patiocillo pequeño y silencioso. Un lado de este espacio estaba ocupado
por la fachada cuadrada de la casa provincial, de tres pisos, y coronada
de una cúpula en cuya cima podía distinguirse un indio dorado, con su
arco tendido y una flecha en la cuerda, apuntando al gallo de la veleta
colocada en el chapitel de la Iglesia del Sur. Esta figura conservaba
la misma actitud hacía setenta años o quizá más, desde el tiempo en que
el buen decano Drowne, un diestro escultor en maderas, la colocó por
primera vez en su larga vigilia de centinela sobre la ciudad.
La casa provincial es una construcción de ladrillo que parece haber
recibido últimamente una capa de pintura de color claro. Una escalinata
de rojos peldaños de piedra blanda y arenosa, y ornada de una
balaustrada de hierro curiosamente cincelada, asciende desde el patio
hasta el hermoso vestíbulo alrededor del cual se extiende una galería
con barandilla de hierro de idéntico modelo y labor a la que se
encuentra abajo. Entre los dibujos de hierro de la galería se ven
forjadas las siguientes letras y cifras: "16 P. S. 79," que indican
probablemente la fecha en que se construyó el edificio y las iniciales
del nombre de su fundador. Una ancha puerta de dos hojas me franqueó la
entrada al vestíbulo o salón, a la derecha del cual se encuentra la
entrada al despacho de licores.
En este salón, presumo, es donde los antiguos gobernadores celebraban
sus recepciones con pompa casi regia, rodeados de los militares,
consejeros, jueces y otros oficiales de la corona, mientras todos los
leales de la provincia se reunían en honor suyo. Pero esta habitación no
puede presumir siquiera de antigua magnificencia en sus condiciones
actuales. Los artesones de la ensambladura están cubiertos de barniz
obscuro, adquiriendo tonos aun más opacos por la sombra profunda que
arrojan sobre la casa provincial las construcciones de ladrillo de la
calle de Wáshington que la circundan. Jamás un rayo de sol ilumina esta
mansión, donde tampoco luce ya el resplandor de las antorchas de los
saraos, extinguidas desde la época de la revolución. El objeto más
antiguo y decorativo que allí se encuentra es una chimenea formada de
placas de porcelana azul holandesa, con figuras representando escenas de
la Escritura; y por cuanto yo me sé, las damas de Pównall o Bérnard
debían ocupar allí su sitio junto al fuego, mientras referían a sus
hijos la historia de cada una de las azules placas de porcelana. Una
cantina de estilo moderno, bien surtida de recipientes, botellas, cajas
de cigarros y bolsas de malla para los limones, y provista de un
receptáculo de cerveza y de una fuente de soda, se extiende en toda la
longitud de uno de los costados de la habitación. Cuando entré, un viejo
personaje chasqueaba los labios en forma tal que me hizo comprender que
los salones de la Casa Provincial contienen todavía buenos licores, aun
cuando indudablemente de distintos viñedos de los que acostumbraban
surtirse los antiguos gobernadores. Después de saborear un vaso de
sangría preparado por las diestras manos de Mr. Thomas Waite, traté de
que el digno sucesor y representante de tantos personajes históricos me
guiara a través de la mansión, tan venerada en otro tiempo.
Satisfizo mis deseos prontamente; mas, a decir verdad, tuve que poner en
juego enérgicamente mi imaginación para encontrar algo de interesante en
una casa que, despojada de sus recuerdos históricos, tiene solamente el
aspecto de una taberna favorecida de ordinario por la clientela de los
habitantes acomodados de la ciudad, y de los gentilhombres rurales de la
antigua escuela. Las habitaciones, vastas probablemente en otro tiempo,
están divididas en secciones que se subdividen en pequeños cuartuchos,
que ofrecen apenas el espacio necesario para el angosto lecho, silla y
mesa tocador de un solo ocupante. A pesar de todo, la gran escalera
puede calificarse sin hipérbole una ostentación de grandeza y
magnificencia. Sube en espiral por el centro de la casa, en series de
anchos peldaños, que terminan en un vestíbulo cuadrado, desde donde
continúa la ascensión hasta la cúpula. Una barandilla cincelada, pintada
de nuevo en los pisos inferiores, pero que va volviéndose más sucia y
desteñida conforme se asciende, bordea la escalinata de arriba abajo con
lindas columnas primorosamente labradas y entrelazadas. Las botas
militares y quizá los anchos zapatones de algunos gobernadores gotosos
hollaron esta escalera cuando los habitantes de la casa subían a la
cúpula, que tan vasto panorama ofrecía sobre su metrópoli y sobre toda
la comarca circunvecina. La cúpula es un recinto octógono con varias
ventanas y una puerta que abre sobre el techo. Desde este mismo sitio,
según me complacía yo en imaginar, pudo Gage contemplar, a menos que
alguna de las tres montañas se lo impidiese, su desastrosa batalla de
Búnker Hill; y Howe apercibió quizá la aproximación del ejército
sitiador de Wáshington, aunque los edificios construídos después en los
alrededores han ocultado casi todo el paisaje, salvo el campanario de
la Iglesia del Sur, que parece estar dentro del alcance de los brazos.
Descendiendo de la cúpula, detúveme en los desvanes para observar la
ponderosa armazón de roble blanco mucho más pesada que la de los
edificios modernos y semejando un antiguo esqueleto. Los muros de
ladrillo, material importado de Holanda, y el maderaje de la casa se
conservan tan enteros como antes; pero, debido a los arruinados
pavimentos y a otras partes destruidas del interior, se piensa
aprovechar el conjunto y construir un nuevo edificio dentro del molde de
la antigua estructura y obra de albañilería. Entre otros inconvenientes
de la actual construcción, mi hostelero hizo mención de que cualquier
choque o sacudimiento podía echar abajo el polvo de las edades desde el
techo de una habitación hasta el pavimento de la que se encontraba
debajo.
Desde la gran ventana de la fachada nos dirigimos a los balcones donde
los representantes del rey acostumbraban sin duda en otro tiempo
presentarse al pueblo leal, requiriendo los aplausos y el ondular de los
sombreros, con majestuosas venias de su magnífica persona. En aquellos
días la fachada de la casa provincial daba sobre la calle; y todo el
sitio ocupado ahora por la hilera de tiendas de ladrillo y por el patio
se encontraba entonces dividido en cuadros de césped, sombreados de
árboles y bordeados de un cerco de hierro cincelado. Ahora, el antiguo
edificio aristocrático oculta su faz roída por el tiempo detrás de una
advenediza construcción moderna; hasta pude observar en una ventana del
fondo algunas lindas obreras cosiendo, charlando y riendo mientras
lanzaban de vez en cuando alguna indolente mirada a los balcones.
Descendiendo de allí, entramos nuevamente en la cantina, donde el viejo
caballero arriba mencionado, cuyo chasquido de labios decía tan
favorablemente de los buenos licores de Mr. Waite, continuaba todavía
regodeándose en su sillón. Aparentaba ser algún huésped o visitante
ordinario de la casa, que tenía cuenta abierta en la cantina, su silla
de verano cerca de la ventana abierta y su conocido rincón de invierno
al lado del fuego. Como era de aspecto sociable, me aventuré a dirigirme
a él con una observación calculada para despertar reminiscencias
históricas, si por acaso existían en su mente; y complacióme mucho
descubrir que, entre recuerdos propios y tradiciones, el viejo caballero
conocía en realidad historias muy divertidas acerca de la casa
provincial. La parte más interesante de su conversación esbozó las
líneas principales de la siguiente leyenda. Aseguraba tenerla por
referencias de un testigo ocular; pero la derivación natural, unida al
lapso de tiempo transcurrido, debe haber dejado gran oportunidad para
diferencias en la narración; de manera que, desesperando de obtener
verdad literal y absoluta, no he tenido escrúpulo alguno en hacer los
cambios más conducentes para delectación y beneficio del lector.
* * * * *
En una de las recepciones dadas en la casa provincial, durante el último
período del sitio de Boston, tuvo lugar un incidente que jamás ha
podido explicarse satisfactoriamente. Los oficiales del ejército inglés
y los leales habitantes de la provincia, elegidos en su mayor parte
entre los bloqueados de la ciudad, habían sido invitados a un baile de
máscaras; pues la diplomacia de Sir Wílliam Howe consistía en ocultar lo
angustioso y expuesto de aquellos momentos y la condición desesperada
del sitio, bajo la pompa desplegada en los saraos. El espectáculo de
aquella noche, si ha de creerse a los miembros más ancianos del círculo
de la corte provincial, era la fiesta más alegre y fastuosa que se
registraba en los anales del gobierno. Los salones, brillantemente
iluminados, estaban llenos de figuras que parecían desprendidas del
obscuro lienzo de los retratos históricos, brotadas de las mágicas
páginas del romance o escapadas, por lo menos, de algún teatro de
Londres, sin tiempo para haber cambiado su atavío. Caballeros de la
conquista, cubiertos de acero; barbados estadistas de la reina Elízabeth
y damas de su corte con vestidos de altos volantes alternaban con
personajes de comedia, como algún pintarrajado Merry Ándrew removiendo
su gorro y cascabeles; algún Fálstaff casi tan cómico como su prototipo;
o algún Don Quijote con una rama de judías en vez de lanza y una
cobertera de olla en lugar de escudo.
Pero el mayor regocijo provenía de un grupo de figuras ridículamente
vestidas de uniformes viejos, que parecían comprados en alguna feria de
andrajos militares o hurtados de algún receptáculo de desechos del
ejército tanto inglés como francés. Ciertas prendas de aquella
vestimenta habríanse llevado con toda probabilidad en el sitio de
Loúisburg, mientras las chaquetas de corte más moderno podían suponerse
desgarradas y hechas jirones por las espadas, balas y bayonetas usadas
en la época de la victoria de Wolfe. Uno de aquellos héroes, de figura
alta y escuálida, blandiendo una mohosa espada de enorme longitud,
pretendía ser nada menos que el general George Wáshington; y los demás
altos oficiales del ejército americano, como Gates, Lee, Pútnam,
Schúyler, Ward y Heath, aparecían representados por espantajos
semejantes. Una entrevista entre los guerreros rebeldes y el general en
jefe inglés, forjada en el mismo estilo burlesco, fué recibida con
inmenso aplauso, más estrepitoso aún de parte de los leales de la
colonia. Uno de los invitados, sin embargo, manteníase aparte mirando
estas bufonerías con austero desdén y frunciendo de vez en cuando el
ceño con amarga sonrisa.
Era un anciano de gran reputación y alta clase en otro tiempo en la
provincia, y que había sido soldado famoso en sus días. Se demostraba
cierta sorpresa de que una persona como el coronel Jóliffe, cuyos
principios conservadores eran bien conocidos, aunque demasiado viejo
entonces para tomar parte activa en la lucha, hubiera permanecido en
Boston durante el sitio, y particularmente hubiera consentido en
presentarse en la morada de Sir Wílliam Howe. Pero había venido, sin
embargo, trayendo del brazo a una hermosa joven nieta suya; y erguía
allí su austera figura entre el regocijo y la bufonería, caracterizando
su tipo mejor que ningún otro en la mascarada, pues que encarnaba
admirablemente el antiguo espíritu de su tierra natal. Los demás
invitados afirmaban que el torvo ceño puritano del coronel Jóliffe
arrojaba sombras a su alrededor; aun cuando, a despecho de esta nefasta
influencia, la alegría rayaba cada vez más alto, semejando (¡siniestra
comparación!) el brillo falaz de una lámpara que arroja sus últimos
destellos. Haría más de media hora que el reloj de la Iglesia del Sur
había dado once campanadas, cuando comenzó a circular entre la sociedad
el rumor de que iba a ofrecerse un nuevo espectáculo o exhibición que
cerraría de manera digna el espléndido festival de aquella noche.
--¿Qué nueva y jocosa invención trae vuecencia entre manos?--interrogó
el reverendo Máther Byles, cuyos escrúpulos de ministro no habían sido
suficientes para mantenerle alejado de la fiesta.--Creedme, señor, he
reído ya más de lo que conviene a mi traje con vuestra homérica plática
con el harapiento general de los rebeldes. Otro acceso de alegría
semejante, y me veré obligado a despojarme de mi peluca y mi banda de
clérigo.