Una partida de estos feroces puritanos, abriéndose paso penosamente a

través de las dificultades de la selva y revestido cada uno de una

armadura de hierro pesadísima para embarazar su marcha, llegaba a veces

hasta el risueño recinto de Merry Mount. Allí estaban los suaves

colonos, regocijándose en torno del _May-pole_; quizá enseñando la danza

a algún oso, o tratando de comunicar su alegría a los graves indios; o

disfrazándose con las pieles de los ciervos y los lobos que habían

cazado con este objeto. A menudo la colonia entera, y los magistrados

como todos los demás, jugaba un juego semejante a la gallina ciega, en

el cual perseguían los gozosos pecadores, con los ojos vendados, a uno

de ellos sin vendar que hacía de chivo y a quien debían descubrir por el

ruido de los cascabeles que llevaba en sus vestidos. Se dice que una vez

vióseles escoltando hasta su tumba un cadáver cubierto de flores, en

medio de músicas festivas y gran regocijo. ¿Reiría el difunto? En sus

momentos de tranquilidad cantaban baladas y recitaban historias para

edificación de sus piadosos visitantes; o llenábanles de perplejidad con

sus juegos de prestidigitación; o les hacían muecas desde el centro de

collarines de caballo; y cuando se fatigaban de diversión, hacían broma

de su mismo cansancio y comenzaban a apostar a los bostezos.

Presenciando todas estas enormidades, los hombres de hierro sacudían la

cabeza y fruncían las cejas de manera tan sombría que los alegres

alborotadores levantaban los ojos al cielo para observar la momentánea

nube que había opacado el resplandor del sol que, estaba sobrentendido,

debía brillar constantemente en aquellos parajes. De otro lado,

afirmaban los puritanos que cuando elevaban un salmo en sus lugares

consagrados, el eco que devolvían las selvas semejaba muchas veces el

estribillo de un alegre coro que terminaba en una carcajada. ¿Quién sino

el demonio y sus fieles secuaces, los habitantes de Merry Mount, había

de molestarles? Con el tiempo levantóse una enemistad, amarga y sombría

de un lado, y tan seria como podía serlo, por el otro, entre los

puritanos y los espíritus ligeros que habían jurado pleito homenaje al

_May-pole_. El carácter futuro de la Nueva Inglaterra hallábase en juego

en esta insoportable querella. Si los feroces santos llegaban a

establecer su jurisdicción sobre los joviales pecadores, su espíritu

obscurecería el ambiente y convertiría el país en una tierra de rostros

nublados, de ardua labor, de sermones y salmos por toda la eternidad.

Pero si el estandarte de Merry Mount alcanzaba la primacía, brillaría el

sol sobre las colinas, las flores embellecerían la floresta, y toda la

posteridad rendiría homenaje al _May-pole_.

Después de estos detalles auténticos de la historia, volvamos a las

nupcias del rey y la reina de Mayo. ¡Ah! hemos demorado demasiado y nos

vemos obligados a ensombrecer nuestra historia repentinamente. Lanzando

una ojeada al _May-pole_, encontramos que un solitario rayo de sol se

desvanece en su cima dejando solamente un débil matiz dorado fundiéndose

entre los tonos irisados de la bandera. Aun esta dudosa luz comienza a

desaparecer, abandonando el dominio entero de Merry Mount a las brumas

del atardecer, que tan instantáneamente han surgido de los negros

bosques circunvecinos. Mas algunas de estas obscuras sombras asumen

figura humana.

Sí; con el sol poniente, ha pasado para Merry Mount su último día de

regocijo. El círculo de alegres máscaras estaba roto y en desorden; el

ciervo bajaba sus astas tristemente; el lobo se volvía más débil que un

cordero; los cascabeles de los danzantes moriscos repiqueteaban con

trémulos sones de terror. Los puritanos habían tomado una parte

característica en la mascarada del _May-pole_. Sus sombrías figuras

mezclábanse a las bizarras formas de sus enemigos, convirtiendo la

escena en un cuadro de actualidad semejante al despertar de la mente en

medio de las fantasías desparpajadas de un sueño. El jefe del bando

hostil erguíase en el centro del círculo, mientras el séquito de

monstruos se inclinaba en torno suyo semejando espíritus del mal en

presencia de un mago temido. Ninguna farsa fantástica podía continuarse

en su presencia. Tan indomable se revelaba la energía de su continente,

que la figura entera, rostro cuerpo y ánima, parecía forjada en hierro,

toda de una pieza con el casco y la armadura, aunque dotada de vida y

pensamiento. ¡Era el puritano de los puritanos; era Éndicott en persona!

--¡Detente, sacerdote de Baal!--dijo con torvo ceño y colocando su mano

irreverente en la sobrepelliz.--¡Te conozco, Bláckstone![36] Eres el

hombre que jamás pudo soportar disciplina alguna, ni siquiera la de tu

corrompida religión, y has venido aquí a predicar la iniquidad de que

diste el ejemplo con tu propia vida. Mas ahora se verá que el Señor ha

santificado estos lugares por medio de su pueblo escogido. ¡Anatema

sobre los profanadores! ¡Y ante todo, sobre esta abominación cubierta de

flores, el altar de tu religión!--

Y con su cortante espada asaltó Éndicott el venerado _May-pole_. No

resistió el árbol por largo tiempo su poderoso brazo. Gimió con tristes

ecos; llovieron hojas y capullos sobre el cruel exaltado; y cayó por

último el estandarte de Merry Mount arrastrando sus verdes ramas, cintas

y flores, símbolo de placeres desvanecidos. A su caída, cuenta la

tradición, se puso el cielo más obscuro y enviaron los bosques sombras

más tétricas sobre aquellos lugares.

--¡Allí,--gritó Éndicott, mirando su obra con aire triunfador,--allí

yace el único _May-pole_ de la Nueva Inglaterra! Tengo la firme

convicción de que su caída decidirá la suerte de los livianos e

indolentes sectarios de la alegría durante nuestros días y los de toda

nuestra posteridad. ¡Amén, dice John Éndicott!

--¡Amén!--coreó su séquito.

Los adoradores del _May-pole_ lanzaron un gemido por su ídolo. A esta

manifestación, el jefe puritano dirigió una mirada a la cuadrilla de

Como, en que cada figura, representación de la más franca alegría

llevaba en aquel momento la expresión de hondo abatimiento y tristeza.

--Valiente capitán,--inquirió Péter Pálfrey, el más anciano de la

banda,--¿qué disposiciones se tomarán con respecto de los prisioneros?

--No pensaba arrepentirme jamás de haber echado abajo un _May-pole_ y,

no obstante encuentro ahora en mi corazón que le plantaría de nuevo para

procurar a todos estos paganos otra danza en torno de su ídolo. ¡Hubiera

servido perfectamente como poste de azotes!

--Hay bastantes pinos, sin embargo,--sugirió el lugarteniente.

--Es verdad, buen anciano,--replicó el jefe.--De consiguiente, atad a la

condenada banda y procurad a cada uno de ellos una pequeña ración de

cardenales como adelanto de nuestra futura justicia. Colocad luego en el

cepo a algunos de esos villanos para que descansen hasta que la

Providencia los conduzca a una de nuestras bien organizadas colonias

donde podremos encontrar acomodo para todos. Después pensaremos en otros

castigos, como marcas de hierro candente o corte de las orejas.

--¿Cuántos azotes para el sacerdote?--preguntó el anciano Pálfrey.

--Ninguno todavía,--respondió Éndicott, dirigiendo su inflexible ceño

hacia el reo.--El gran tribunal general determinará si los azotes y

larga prisión, acompañados de otras severas penas, serán expiación

suficiente por sus culpas. ¡Dejadle mirar dentro de sí mismo! Por

violaciones de orden civil podríamos sentir piedad, mas ¡ay de aquel que

ataca nuestra religión!

--Y el oso danzante, ¿compartirá también los azotes de sus

compañeros?--preguntó el oficial.

--¡Disparad vuestras armas en su cabeza!--exclamó el enérgico

puritano.--¡Sospecho algún maleficio en esta bestia!

--Aquí hay una resplandeciente pareja,--continuó Péter Pálfrey,

señalando con su arma al rey y la reina de Mayo.--Parecen ser de alto

rango entre estos malhechores. Pienso que su dignidad merece por lo

menos doble ración de azotes.--

Éndicott, apoyándose sobre su espada, miró atentamente el atavío y el

continente de la desventurada pareja. Estaban pálidos, temerosos y

abatidos; pero notábase en ellos cierto aire de mutuo sostén y pura

afección que daba y pedía aliento a la vez, que demostraba que eran

marido y mujer, con la sanción de un sacerdote en su amor. En el momento

del peligro arrojó el joven su dorado cetro, enlazando con su brazo a la

reina de Mayo que se reclinaba en su pecho, muy ligeramente para dejarle

sentir ningún peso, mas lo bastante para expresar que sus destinos

estaban unidos para siempre, en la fortuna o en la adversidad.

Miráronse primero uno a otro y luego enderezaron la vista a la torva faz

del capitán. Así transcurría la primera hora de sus bodas, mientras los

vanos placeres de que sus compañeros eran el emblema se trocaban en las

arduas dificultades de la vida, personificadas en los sombríos

puritanos. Mas nunca se había revelado su juvenil belleza tan elevada y

tan pura como cuando su esplendor se abrillantaba con el infortunio.

--¡Joven,--dijo Éndicott,--te encuentras en momentos difíciles, tanto tú

como la doncella que es tu esposa. Estad preparados; porque imagino que

tendréis motivo para recordar el día de vuestras nupcias!

--¡Hombre inflexible!--exclamó el rey de Mayo,--¿cómo podré conmoverte?

Si tuviera los medios, resistiría hasta la muerte, pero encontrándome

impotente, me rindo a tu voluntad. ¡Haz de mí lo que quieras, pero deja

marchar ilesa a Édith!

--De ningún modo,--replicó el cruel fanático.--No hemos de mostrar,

ciertamente, vana cortesía hacia un sexo que requiere la más estricta

disciplina. ¿Qué dices, doncella? ¿Sufrirá tu dulce esposo tu parte de

penas además de la suya propia?

--¡Así sea la muerte, aplicadlas todas sobre mi cabeza!--exclamó Édith.

En verdad, como decía Éndicott, encontrábanse los pobres amantes en

terrible situación. Sus enemigos triunfaban, sus amigos estaban

prisioneros y abatidos, su hogar desolado, obscura soledad les rodeaba y

un destino riguroso encarnado en el jefe puritano, era todo lo que

tenían que esperar. Sin embargo, ni aun la noche que avanzaba pudo

disimular que el hombre de hierro se había suavizado: sonrió al dulce

espectáculo del primer amor; y casi suspiró por el inevitable fracaso de

sus bellas esperanzas.

--Las penas de la vida han venido muy temprano para esta joven

pareja--observó Endicott.--Veremos cómo se manejan en su desgracia

actual, antes de que les impongamos mayores sufrimientos. Si podéis

encontrar en el botín vestiduras más decentes, hacedlas poner a este rey

de Mayo y a su dama, en lugar de su brillante y vana pompa. Ocupaos de

ello, algunos de vosotros.

--Y ¿no cortaremos el cabello al mozo?--preguntó Péter Pálfrey,

dirigiendo una mirada de odio a la coleta y a los largos y sedosos

bucles del mancebo.

--Cortádselo inmediatamente, dejándole la cabeza en el verdadero estilo

calabaza,--replicó el capitán.--Traedlos luego con nosotros, pero con

más suavidad que a sus compañeros. Hay ciertas cualidades en el mancebo

que pueden hacerle valiente en la lucha, sobrio en el trabajo y piadoso

en la oración; y otras en la doncella que la convertirán en una madre de

nuestro Israel, dando vida a hijos mejor educados de lo que ella ha

sido. ¡No imaginéis, jóvenes, que los más felices, aun en nuestra

perecedera existencia, son aquellos que la malgastan danzando en torno

de un _May-pole!_--

Y Éndicott, el puritano más austero de todos lo que fundaron los pétreos

cimientos de la Nueva Inglaterra, levantó la guirnalda de rosas del

abatido _May-pole_ y la arrojó con su propia mano cubierta del

guantelete sobre las cabezas reunidas del rey y la reina de Mayo. Fué un

acto simbólico. Del mismo modo que la tétrica moral del universo

destruye toda alegría sistemática, así había sucedido con su mansión de

apasionado regocijo, desolada ahora en medio de la triste selva. Jamás

volverían a habitarla. Pero, como su florida guirnalda había sido

entretejida con las rosas más bellas que allí crecían, así el lazo que

les unía representaba ahora más puras y mejores alegrías. Siguieron vía

del cielo, sosteniéndose en el áspero sendero que les tocó en lote

atravesar, y jamás dedicaron un sentimiento de pesar a las pompas

desvanecidas de Merry Mount.

EL EXPERIMENTO DEL DOCTOR HÉIDEGGER

EL ANCIANO doctor Héidegger, hombre muy original, invitó una vez a

cuatro amigos suyos para que se reunieran en su estudio. Eran tres

caballeros de barba blanca: el señor Médbourne, el coronel Kílligrew y

el señor Gascoigne; y una ajada señora, la viuda Wycherly. Todos ellos

eran viejos y melancólicos personajes, que habían sufrido infortunios

durante su vida, y cuya mayor desgracia consistía en que no gozaban

tiempo ha del reposo de la tumba. El señor Médbourne había sido en el

vigor de su edad un próspero comerciante; mas perdió toda su fortuna en

especulaciones arriesgadas y era por entonces poco menos que un mendigo.

El coronel Kílligrew había malgastado sus mejores años, su salud y su

energía en pecaminosos placeres que le produjeron multitud de

incomodidades, como la gota y otros varios tormentos de cuerpo y alma.

El señor Gascoigne era un político arruinado, hombre de mala fama, que

le había perseguido hasta que el tiempo le borró de la memoria de la

presente generación, haciéndole obscuro en vez de infame. En cuanto a la

viuda Wycherly, contaba la tradición que fué una belleza en sus días;

mas había vivido largo tiempo en profundo aislamiento a causa de

ciertas historias escandalosas que levantaron contra ella la opinión de

la sociedad. Es digna de mencionarse la circunstancia de que los tres

viejos caballeros, el señor Médbourne, el coronel Kílligrew y el señor

Gascoigne, habían sido en otro tiempo pretendientes de la viuda

Wycherly, y estuvieron una vez a punto de cortarse el cuello por gozar

del privilegio de su amor. Y antes de proseguir, quiero también dejar

apuntado que se susurraba que tanto el doctor Héidegger como sus cuatro

invitados se encontraban a veces algo fuera de sus cabales; cosa no del

todo sorprendente tratándose de personas ancianas atormentadas por

actuales sufrimientos o por angustiosas remembranzas.

--Mis antiguos y queridos amigos,--dijo el doctor Héidegger, haciéndoles

tomar asiento,--Deseo que me ayudéis en uno de los pequeños experimentos

con que acostumbro divertirme a solas en mi estudio.--

Si hemos de dar fe a la historia, el estudio del doctor Héidegger era un

sitio de los más curiosos: una obscura cámara, amueblada a la antigua,

festoneada de telarañas y cubierta de polvo desde tiempo inmemorial.

Apoyados contra el muro veíanse varios estantes de roble, cuyos

anaqueles inferiores estaban llenos de infolios gigantescos y libros

góticos en cuarto, mientras la parte superior guardaba los pequeños

libros en duodécimo con cubierta de pergamino. Sobre el estante central

había un busto de Hipócrates con el cual, según fuentes autorizadas,

acostumbraba sostener consultas el doctor Héidegger en todos los casos

difíciles de su profesión. En el rincón más obscuro del aposento, había

un armario de roble, alto y estrecho, a través de cuya entreabierta

puerta se divisaba confusamente un esqueleto. En el espacio comprendido

entre dos estantes pendía un espejo mostrando su alta y empolvada

superficie dentro de un deslustrado marco dorado. Entre muchas otras

historias maravillosas que se relataban acerca de este espejo, decíase

que las almas de todos los pacientes difuntos del doctor habitaban

dentro de su vera, y se encaraban con él siempre que miraba en aquella

dirección. El lado opuesto de la cámara estaba decorado con el retrato

de cuerpo entero de una joven dama, vestida de raso, seda y brocado en

descolorida magnificencia, y con semblante tan pálido como su atavío.

Hacía medio siglo que el doctor Héidegger estuvo a punto de casarse con

la joven señora; mas sucedió que, afectada de ligero malestar, tomó una

de las recetas de su prometido y murió en la mañana de las bodas. Queda

aún por mencionar la principal curiosidad del estudio: un enorme

infolio, encuadernado en cuero negro y cerrado con pesados broches de

plata. No llevaba letras en el lomo y nadie podía decir el título de la

obra. Pero sabíase perfectamente que era un libro de magia, y una vez

que lo cogió una camarera, simplemente con la idea de quitarle el polvo,

el esqueleto se removió en su armario, el retrato de la dama colocó un

pie sobre el pavimento y varios rostros de fantasmas asomaron en el

espejo; en tanto que la bronceada cabeza de Hipócrates fruncía el ceño

y decía: "¡Detente!"

Tal era el estudio del doctor Héidegger. En la tarde de estío a que se

refiere nuestra historia, había una pequeña mesa redonda, negra como el

ébano, en el centro de la habitación, sosteniendo un ánfora de cristal

cortado, de bella forma y delicado trabajo. Los rayos del sol penetraban

a través de la ventana, entre los pesados festones de dos cortinas de

damasco descolorido, y caían discretamente sobre el ánfora; de manera

que un suave resplandor se reflejaba en los cenicientos rostros de los

cinco viejos reunidos en torno. También había cuatro copas de champaña

sobre la mesa.

--Mis antiguos y queridos amigos,--repitió el doctor Héidegger,--¿puedo

confiar en vuestra cooperación para realizar un experimento

extremadamente singular?--

Hay que advertir que el doctor Héidegger era un viejo caballero muy

original, cuyas excentricidades habían llegado a ser la base de mil

fantásticas historias. Es posible que algunas de estas invenciones,

dicho sea para vergüenza mía, puedan remontarse hasta mi propia y

verídica persona; de modo que, si algunos pasajes de este cuento chocan

con la credulidad del lector, soportaré gustosamente el estigma de

novelero.

Cuando los cuatro visitantes oyeron hablar al doctor de su famoso

experimento, no imaginaron maravilla mayor que la muerte de un ratón por

medio de alguna bomba neumática, el examen de cualquier basura en el

microscopio, o alguna otra tontería por el estilo, con las que tenía el

hábito de importunar a sus amigos. Mas, sin aguardar respuesta, el

doctor Héidegger atravesó renqueando la habitación y volvió con aquel

enorme infolio encuadernado en cuero negro, que la opinión general

declaraba ser un libro de magia. Desabrochando las plateadas cerraduras,

abrió el volumen y sacó de entre sus góticas páginas una rosa o lo que

fué alguna vez una rosa, pues que entonces las verdes hojas y pétalos de

púrpura habían adquirido un tono parduzco, y la flor entera parecía a

punto de convertirse en polvo entre las manos del doctor.

--Esta rosa,--explicó suspirando el doctor Héidegger,--esta misma rosa

que veis aquí marchita y casi deshecha, floreció hace cincuenta y cinco

años. Me la dio Silvia Ward, cuyo retrato pende allí; y yo pensaba

llevarla sobre el pecho el día de nuestras bodas. Cincuenta y cinco años

la he conservado como un tesoro entre las páginas de este viejo libro.

Ahora bien; ¿creeríais posible que esta rosa de medio siglo pudiera

revivir alguna vez?

--¡Qué ocurrencia!--exclamó la viuda Wycherly con un impertinente

movimiento de cabeza.--¡Podríais preguntar igualmente si un rostro

arrugado de vieja puede rejuvenecerse alguna vez!

--¡Mirad!--respondió el doctor Héidegger.

Descubrió el ánfora y echó la rosa seca en el agua que allí había. Al

principio se mantuvo la flor en la superficie, sin absorber nada de

humedad, al parecer. Pronto, sin embargo, pudo notarse un cambio

singular. Los arrugados y secos pétalos se agitaron, adquiriendo un

tinte carmesí más vivo, como si la flor despertara de algún sueño

mortal; el esbelto tallo y las ramitas de follaje tomaron tonos verdes;

y por último la rosa de medio siglo atrás apareció tan lozana y fresca

como cuando Silvia Ward la obsequió a su prometido. Apenas si lucía

completamente abierta; pues algunas de sus delicadas hojas encarnadas

apretábanse todavía modestamente sobre su húmedo seno, donde brillaban

dos o tres gotas de rocío.

--Es ciertamente una linda ilusión óptica--dijeron descuidadamente los

amigos del doctor, pues habían presenciado mayores milagros en

espectáculos de prestidigitación;--haced el favor de mostrarnos de qué

manera se realiza.

--¿Habéis oído hablar alguna vez de la _Fuente de la

Juventud_?--preguntó el doctor Héidegger,--aquélla que fué a buscar

Ponce de León, el aventurero español, hará dos o tres centurias?

--Pero ¿la encontró al fin Ponce de León?--preguntó la viuda Wycherly.

--No,--respondió el doctor Héidegger,--porque nunca la buscó en su

verdadero sitio. La Fuente de la Juventud, si estoy bien informado, se

encuentra situada en la parte meridional de la península de la Florida,

no lejos del lago Macaco. Su manantial está sombreado por varias

magnolias gigantescas, que aun cuando cuentan innumerables siglos se

conservan tan frescas como violetas por la virtud de esta agua

maravillosa. Un amigo mío, conociendo mi afición a esta clase de

estudios, me ha enviado la que veis en aquel vaso.

--¡Ejem!--murmuró el coronel Kílligrew, que no creía una palabra de la

historia del doctor;--y ¿cuál sería el efecto de este líquido en la

naturaleza humana?

--Podéis juzgarlo por vos mismo, mi querido coronel--replicó el doctor

Héidegger,--y vosotros todos, mis respetados amigos, sois los

bienvenidos para beber de este líquido maravilloso la cantidad necesaria

para devolveros el brillo de la juventud. Por mi parte, he tenido tantos

disgustos antes de envejecer, que no tengo prisa de volverme joven otra

vez. Con vuestro permiso, observaré solamente los progresos del

experimento.--

Mientras hablaba, llenaba el doctor Héidegger las cuatro copas de

champaña con el agua de la fuente de la juventud. Parecía impregnada de

algún gas efervescente, porque continuamente ascendían pequeñas burbujas

desde el fondo de los vasos y estallaban en plateado rocío en la

superficie. Como el líquido difundía agradable perfume, los viejos

personajes no vacilaron en creer que poseyera propiedades cordiales y

reconfortantes y, aun cuando escépticos con respecto a su poder

rejuvenecedor, sentíanse inclinados a beberlo inmediatamente. Pero el

doctor Héidegger les detuvo por un momento.

--Antes de que bebáis, mis respetables y antiguos amigos,--dijo,--sería

conveniente que, con la experiencia que habéis adquirido durante vuestra

vida, adoptarais algunas reglas generales de conducta al afrontar por

segunda vez los peligros de la juventud. ¡Pensad que sería un crimen y

una vergüenza si, con las ventajas especiales de que vais a disfrutar,

no fuerais modelo de virtud y de sabiduría para todos los jóvenes de

vuestra edad!--

Los cuatro venerables amigos del doctor sólo respondieron con una débil

y trémula carcajada; tan ridícula les pareció la idea de que, conociendo

cuán próximo sigue el arrepentimiento las huellas del error, hubieran de

extraviarse nuevamente.

--Bebed entonces,--dijo el doctor inclinándose.--Me regocijo de haber

elegido con tanta discreción los sujetos para mi experimento.--

Con temblorosas manos levantaron las copas hasta sus labios. Si el licor

poseía en realidad las virtudes que le atribuía el doctor Héidegger, no

podía emplearse en cuatro seres humanos que lo necesitaran más

lastimosamente.

Parecía que nunca hubieran tenido juventud ni placeres, que hubieran

sido un producto anormal de la naturaleza, siempre las mismas criaturas

grises, decrépitas y sin savia que se encontraban en derredor de la mesa

del doctor, tan yertas de cuerpo y alma que ni siquiera sentían

entusiasmo ante la idea de rejuvenecer. Bebieron el agua y colocaron de

nuevo los vasos sobre la mesa.

Indudablemente pudo notarse al punto cierta animación en el aspecto de

los invitados; algo así como el efecto producido por un vaso de vino

generoso, con un resplandor de claridad repentina que irradiaba en los

cuatro rostros a la par. Apareció un sonrosado de salud en sus mejillas,

reemplazando la palidez terrosa que les hacía asemejarse a un cadáver.

Miráronse unos a otros, imaginando que algún mágico poder principiaba a

borrar en realidad la honda y triste huella que el Tiempo había grabado

desde muy atrás en su entrecejo. La viuda Wycherly arregló su capota,

casi sintiéndose mujer de nuevo.

--¡Dadnos un poco más de esta agua maravillosa!--exclamaron

ansiosamente.--Hemos comenzado a rejuvenecer, pero estamos todavía

demasiado viejos. ¡Pronto, dadnos un poco más!

--¡Paciencia, paciencia!--dijo el doctor Héidegger que, sentado,

observaba los efectos del experimento con filosófica frialdad.--Habéis

puesto largo tiempo para haceros viejos. No dudo que os contentaréis con

rejuvenecer en una hora. ¡Sin embargo, el agua está a vuestra

disposición!--

Cuentos Clásicos del Norte, Segunda Serie · 第 7 / 18 段