años y algo más, se preocuparon cavilando sobre su extraño olvido
respecto de esta evidente personalidad, a quien probablemente habían
conocido en los días primitivos como asociado de Wínthrop y todos los
viejos consejeros, dictando leyes y elevando plegarias, y
apercibiéndoles contra el salvajismo. Los hombres mayores debían
recordar sin duda haberle visto cuando jóvenes, con mechones tan grises
como los que ellos ostentaban ahora. ¡Y los jóvenes! ¿Cómo se había
borrado tan completamente en su memoria el recuerdo de este blanco
patriarca, reliquia del tiempo desvanecido, cuya venerada bendición
había acariciado seguramente en la infancia sus cabezas descubiertas?
--¿De dónde ha salido? ¿Qué se propone? ¿Quién puede ser este
hombre?--susurraba la admirada multitud.
Entretanto el venerable extranjero, con su bastón en la mano, proseguía
su solitaria marcha por el medio de la calzada. Cuando se encontró más
cerca de los soldados que avanzaban y llegó claramente a sus oídos el
redoble del tambor, irguióse el anciano en toda su altura, envuelto en
sombría e inquebrantable dignidad, pareciendo que toda la decrepitud de
la edad caía de sus hombros. Marchaba ahora con paso marcial, llevando
el compás de la música militar. De esta manera avanzaron, la antigua
aparición de un lado y toda la parada de soldados y magistrados por el
otro, hasta que apenas quedaban veinte yardas de distancia en medio de
ellos; y entonces el anciano, cogiendo su vara por la mitad y
blandiéndola en alto como una insignia de mando, exclamó:
--¡Deteneos!--
La mirada, el continente y la actitud de mandato; el solemne y marcial
timbre de la voz, acostumbrada tanto a dirigir las huestes en el campo
de batalla como a elevarse hasta la divinidad en fervorosa plegaria,
fueron irresistibles. A la voz del anciano y ante su brazo erguido,
calló inmediatamente el redoble del tambor y la línea entera se detuvo.
Un temblor de entusiasmo se apoderó de la multitud. Aquella augusta
aparición, en que se combinaban la santidad y el poder, tan blanca, tan
vagamente entrevista, con sus antiguas vestiduras, podía ser únicamente
algún viejo campeón de la causa de la justicia, levantado de su tumba
por el redoble del tambor de los opresores. Lanzaron una triunfante y
reverente exclamación, y aguardaron la liberación de la Nueva
Inglaterra.
El gobernador y los caballeros de su bando, al darse cuenta de su
inesperada detención, avanzaron rápidamente como si quisieran lanzar sus
atemorizados y palpitantes corceles contra la blanca aparición. El
anciano, sin embargo, no retrocedió un paso; y recorriendo con mirada
austera el grupo que le rodeaba a medias, la fijó al cabo severamente en
Sir Édmund Andros. Podría haberse creído que el sombrío anciano era el
jefe allí, y que el gobernador y el consejo, con todos los soldados que
les acompañaban, representando todo el poder y la autoridad real, no
tenían más recurso que obedecer.
--¿Qué hace aquí este viejo?--gritó Édward Rándolph
ferozmente.--¡Adelante, Sir Édmund! Haced avanzar a los soldados y no
dejéis a este viejo chocho más alternativa que la que dais a toda la
nación: ¡hacerse a un lado o ser pisoteados!
--Vamos, vamos, mostremos algún respeto al buen patriarca,--dijo riendo
Búllivant.--¿No veis que es algún antiguo dignatario que ha estado
durmiendo estos treinta años y no sabe nada de los cambios ocurridos?
¡Sin duda piensa echarnos abajo con alguna proclama en nombre del viejo
Noll![34]
--¿Estáis loco, anciano?--preguntó Sir Édmund Andros en tono rudo e
incisivo.--¿Cómo os atrevéis a detener la marcha del gobernador del rey
Jaime?
--Habría detenido en estos momentos aun la marcha del mismo
rey,--replicó el respetable personaje con severa compostura.--Me
encuentro aquí, señor gobernador, porque el grito del pueblo oprimido ha
llegado hasta mi escondida morada; e implorando ardientemente la
protección del Señor, me ha sido otorgado aparecer una vez más sobre la
tierra en defensa de la causa justa de sus santos. Y ¿qué diré de Jaime?
No existe ya este tirano en el trono de Inglaterra; y mañana al mediodía
su nombre será objeto de escarnio en esta misma calle donde vos lo
hacíais emblema de terror. ¡Atrás, tú que has sido gobernador, atrás!
¡Esta noche tu poder ha terminado; mañana, la prisión! ¡Atrás, a menos
que desees que te pronostique el cadalso!--
El pueblo se había aproximado más y más, bebiendo las palabras de su
campeón, que hablaba con acento singular, como alguien que no estuviera
acostumbrado a hacer uso de la palabra, excepto con los muertos de años
atrás. Pero su voz sacudió el espíritu de la multitud. Afrontaron a los
soldados, sacando a relucir algunas armas y listos a convertir en
instrumentos de muerte las mismas piedras de las calles. Sir Édmund
Andros miró al anciano; recorrió luego la multitud con ojos duros y
crueles, encontrando por todas partes aquella ira sombría tan difícil de
ablandar o quebrantar; y otra vez fijó su mirada en la figura del
anciano, obscuramente delineada en el espacio libre, donde ni amigos ni
enemigos se habían atrevido a penetrar. Cualesquiera que fuesen sus
pensamientos, no pronunció una sola palabra que pudiera descubrirlos.
Mas, sea que estuviese dominado por la mirada del blanco adalid, sea que
adivinara el peligro en la actitud amenazadora del pueblo, lo cierto es
que retrocedió ordenando a sus soldados una retirada lenta y a la
defensiva. Antes de que se pusiera el nuevo sol, el gobernador y todos
los generales que tan orgullosamente montaban a su lado estaban
prisioneros, y tan pronto como se supo que Jaime había abdicado,
Guillermo fué proclamado rey en toda la Nueva Inglaterra.
Mas ¿dónde estaba el anciano Campeón? Algunos dijeron que mientras se
retiraban las tropas de King Street y el pueblo se amotinaba
tumultuosamente en su seguimiento, vióse a Brádstreet, el viejo
gobernador, abrazar a una figura que aparentaba ser aun de mucha más
edad que él. Otros afirmaban muy seriamente que, en tanto que se
maravillaban del aspecto imponente del anciano, habíase éste desvanecido
ante sus ojos, fundiéndose suavemente entre las sombras del crepúsculo
hasta que quedó solamente el espacio vacío. Pero todos convenían en que
la blanca figura había desaparecido. Los hombres de aquella época
aguardaron mucho tiempo su reaparición, tanto a la luz del día como en
las horas del crepúsculo; pero jamás volvieron a verle, ni supieron
cuándo se celebraron sus exequias, ni dónde se encontraba su piedra
tumularia.
¿Quién fué el anciano campeón? Quizá podría descubrirse su nombre en
los anales de aquel tribunal que dictó una sentencia, demasiado excelsa
para el tiempo, pero gloriosa en la eternidad por su lección humillante
para los monarcas, y altamente ejemplarizados para los vasallos. He oído
decir que dondequiera que los puritanos necesitan mostrar el espíritu de
sus ascendientes, aparece de nuevo el anciano. Transcurridos ochenta
años, se presentó otra vez en King Street. Cinco años después, en la
aurora de cierta mañana de abril, apareció en la pradera frente a la
capilla de los cuáqueros en Léxington, donde se levanta ahora el
obelisco de granito con una lápida conmemorativa de la primera caída de
la revolución. Y cuando nuestros padres preparaban el parapeto de Búnker
Hill, el viejo guerrero estuvo rondando toda la noche en los
alrededores. ¡Mucho, mucho tiempo puede transcurrir antes de que se
presente otra vez! Su hora es la hora de obscuridad, de adversidad y de
peligro. Mas, si la tiranía nacional nos oprimiera alguna vez o el paso
de los invasores violara nuestro suelo, volvería de nuevo el anciano
campeón, porque encarna el espíritu genuino de la Nueva Inglaterra; y su
aparición simbólica en la hora del peligro representará siempre la
promesa de que los hijos de la Nueva Inglaterra sabrán corresponder a su
alcurnia.
EL _MAY-POLE_ DE MERRY MOUNT[35]
Tema admirable para una novela filosófica es la historia de los
primeros colonos en Mount Wóllarton o Merry Mount. En el ligero
bosquejo a continuación, los hechos consignados en las severas
páginas de nuestros cronistas de la Nueva Inglaterra hanse cambiado
casi espontáneamente en una especie de alegoría. Las mascaradas,
mojigangas y costumbres festivas descritas en el texto, están de
acuerdo con los usos de aquel tiempo. Puede tomarse como autoridad
en esta materia el _Book of English Sports and Pastimes_ de Strutt.
¡Hermosos días los de Merry Mount, cuando el _May-pole_ era el
estandarte de aquella alegre colonia! Los que lo erigían como triunfante
bandera hacían brotar claridad y alegría sobre las agrestes colinas de
la Nueva Inglaterra, y esparcían semillas de flores en todo el país
circunvecino. El regocijo y la melancolía se disputaban entonces el
imperio. La víspera de San Juan había llegado, aportando a los bosques
verdor más intenso y llevando en su regazo rosas de color más vivido que
los tiernos pimpollos de la primavera. Pero Mayo, o su espíritu gozoso,
habitaba el año entero en Merry Mount, divirtiéndose en los meses de
verano, alborotando en el otoño y calentándose en torno del fuego
durante las brumas del invierno. Revoloteaba con sonrisa soñadora a
través del mundo lleno de pesares y preocupaciones hasta que vino a
establecer sus lares entre los espíritus risueños de Merry Mount.
Jamás se había visto el _May-pole_ tan galanamente ataviado como en
aquella tarde víspera de San Juan. El venerado emblema era un pino que
había conservado la flexible gracia de la juventud aunque igualaba en
altura a los monarcas más potentes de la antigua selva. En su cima
flotaba una bandera de seda que ostentaba los colores del arco iris.
Abajo, cerca del suelo, el tronco estaba revestido de ramas de abedul y
varias otras del verde más lleno de vida, entre las que se mezclaban
algunas de hojas argentadas, sujetas con cintas flotantes en fantásticos
nudos de veinte colores distintos, a cual más encendidos. Flores
cultivadas y flores silvestres reían alegremente entre el verdor, tan
fresco y húmedo, que parecía haber brotado por arte de magia en este
regocijado pino. Hacia donde terminaba este verde y florido esplendor,
veíase pintado el _May-pole_ con los siete brillantes colores de la
bandera que ostentaba al tope. De las ramas verdes más bajas pendía una
frondosa guirnalda de rosas, cogidas algunas en los parajes más soleados
del bosque, y otras, de colorido aun más rico, nacidas de las semillas
inglesas que los colonos habían cultivado. ¡Oh, pueblo de la edad de
oro, cuya principal ocupación era cultivar flores!
Mas ¿qué significaba la extraña multitud que cogida de las manos veíase
el torno del _May-pole_? No podía suponerse seguramente que los faunos y
ninfas de las antiguas fábulas, arrojados de sus clásicas grutas,
hubieran buscado refugio en los frescos bosques del oeste, como lo
habían hecho los demás perseguidos. Éstos parecían monstruos góticos,
aunque quizá de descendencia griega. En los hombros de un hermoso
mancebo erguíanse la cabeza y las astas ramosas de un ciervo; otro,
humano en todo lo demás, tenía un rostro horrible de lobo; un tercero,
con el tronco y las piernas de hombre, mostraba la barba y los cuernos
de un venerable macho cabrío. Por allá se destacaba la figura erguida de
un oso, fiera en todos sus detalles, salvo en sus piernas traseras,
cubiertas de medias de seda color de rosa. Y allí otra vez, casi
portentoso, aparecía un verdadero oso de las profundidades de la selva,
extendiendo sus garras delanteras prontas a estrechar manos humanas, y
tan dispuesto al parecer como los demás de la rueda a desempeñar su
parte en la danza. Su figura inferior levantóse a medias para llegar a
la altura de sus compañeros cuando éstos se detuvieron. Otros rostros
tenían la apariencia de hombres o mujeres, pero disformes y
extravagantes, con rojas narices colgando delante de las bocas que
mostraban horribles profundidades, distendiéndose de oreja a oreja en
una perpetua carcajada. Podía verse allí al hombre primitivo, bien
conocido en la heráldica, peludo como un cinocéfalo y con su cinturón de
hojas verdes. A su lado se discernía una figura más noble quizá, pero
siempre contrahecha, un cazador indio con penacho de plumas y cinturón
de conchas. Muchos personajes de esta bizarra compañía llevaban gorros
de bufones y pequeños cascabeles pendientes de su atavío, que vibraban
con sones argentinos en armonía con la música inaudita de su espíritu
jovial. Algunos mancebos y doncellas ofrecían aspecto más serio, pero
mantenían bien su puesto, sin embargo, en medio de la heterogénea
multitud, por el arrobamiento exaltado que se revelaba en sus facciones.
Todos estos personajes eran los colonos de Merry Mount solazándose en la
vasta sonrisa del sol poniente alrededor de su venerado _May-pole_.
Si algún paseante extraviado en la melancólica selva hubiera oído este
regocijo y lanzado una furtiva y quizá medrosa mirada al espectáculo,
habría juzgado que era el séquito de Como, convertidos ya en brutos
algunos de sus personajes, otros a media transformación entre el hombre
y la bestia, y embriagados otros en el torrente de enloquecedora alegría
que precedía al cambio. Entretanto, una banda de puritanos, que,
invisible, espiaba la escena, asimilaba la mascarada a los espíritus
diabólicos y corrompidos con los cuales poblaba su superstición el negro
caos.
Dentro del círculo de monstruos se destacaban dos figuras tan aéreas que
hacían pensar que jamás hubieran hollado piso más sólido que nubes de
púrpura y doradas. La una era un mancebo de resplandecientes vestiduras,
con una banda semejando el arco iris que le cruzaba sobre el pecho. Su
mano derecha sostenía un cetro dorado, emblema de alta dignidad entre
los alegres adoradores del _May-pole_; mientras oprimía con la izquierda
los gráciles dedos de una hermosa doncella, no menos brillantemente
ataviada que su compañero. Vívidas rosas contrastaban, en su esplendente
colorido, con los obscuros y sedosos rizos de sus cabelleras, y veíanse
esparcidas a sus pies, donde quizá brotaron espontáneamente. Detrás de
la luminosa pareja y tan próximo al _May-pole_ que las ramas más bajas
sombreaban su semblante jovial, había un sacerdote inglés adornado de
sus vestiduras canónicas, pero cubiertas de flores a la moda del
paganismo, y llevando una corona de vid natural. Por el extravío de sus
ojos movibles y la decoración pagana de su continente parecía el
monstruo más selvático y el verdadero. Como de la reunión.
--¡Adoradores del _May-pole_!--exclamó el florido
oficiante,--alegremente han resonado los bosques todo el día con vuestro
regocijo. Pero ésta debe ser vuestra hora más feliz, corazones míos. Sí;
aquí están el rey y la reina de Mayo, a quienes yo, un clérigo de Oxford
y gran sacerdote de Merry Mount, voy a unir en este instante con los
santos lazos de Himeneo. ¡Levantad vuestro espíritu ligero, vosotros,
bailarines moriscos, hombres de las selvas y risueñas doncellas, osos,
lobos y cornudos caballeros! Venid, entonad un coro ahora, vibrante con
el antiguo júbilo de la alegre Inglaterra, y con el entusiasmo más
exaltado de esta fresca selva; y luego, una danza para mostrar a esta
joven pareja para qué se ha hecho la vida y cuán ligeramente habrán de
atravesarla! ¡Vosotros todos que amáis el _May-pole_, prestad vuestras
voces para entonar el canto nupcial del rey y la reina de Mayo!--
Este himeneo era acontecimiento más serio de los que tenían lugar de
ordinario en Merry Mount, donde la broma y la farsa, la travesura y la
fantasía fomentaban un continuo carnaval. El rey y la reina de Mayo, aun
cuando debieran perder su título al ocaso, iban a ser real y
verdaderamente compañeros en la danza de la vida, comenzando el compás
aquella misma hermosa tarde. La guirnalda de rosas que pendía de las
verdes ramas bajas del _May-pole_ había sido trenzada para ellos y se
arrojaría sobre sus cabezas unidas como símbolo de su florida unión.
Así, tan luego que el sacerdote concluyó, una exclamación tumultuosa
brotó del grupo de figuras monstruosas.
--¡Comenzad la estrofa, reverendo padre,--gritaron todos;--y jamás
habrán coreado los bosques ecos tan regocijados como los que lanzaremos
al aire los adoradores del _May-pole!_--
Inmediatamente se dejó oír un preludio de flautas, cítaras y violas,
tocado por hábiles ministriles desde el fondo de una arboleda vecina,
con tan alegre cadencia que hasta las ramas del _May-pole_ se
estremecieron a sus sones. Pero el rey de Mayo, el del cetro dorado,
buscando los ojos de su reina, sorprendióse de la mirada casi
melancólica que tropezó con la suya.
--Édith, mi dulce reina de Mayo,--murmuró en tono de reproche,--¿esta
guirnalda de rosas pende acaso sobre nuestras tumbas que tan triste
apareces? ¡Oh, Édith! ¡Ésta es nuestra época de oro! No la opaques con
sombras de melancolía; porque nada nos traerá el futuro más hermoso que
el recuerdo de lo que en estos momentos está pasando.
--¡Esto es precisamente lo que me entristece! ¿Cómo ha venido también a
tu mente?--dijo Édith en tono aun más bajo que el suyo; pues era delito
de alta traición estar triste en Merry Mount.--Por esto suspiro en medio
del festival y de la música. Y además, querido Édgar, me parece
debatirme en un sueño, y pienso que las figuras de nuestros joviales
amigos son visiones; que su alegría es imaginaria; y que no somos
nosotros en realidad el rey y la reina de Mayo. ¿Qué misterio es éste
que oprime mi corazón?--
Precisamente en aquel instante, como al influjo de algún conjuro, cayó
una ligera lluvia de hojas de rosa ya marchitas del _May-pole_. ¡Ay de
los pobres amantes! Tan pronto como ardieron sus corazones en la
verdadera pasión, sintieron algo vago y perecedero en sus anteriores
placeres y les acometió un medroso presentimiento de cambios
inevitables. Desde el momento en que amaron profundamente, cayeron bajo
la ley terrenal de pesar y preocupaciones, de alegrías turbadas, y se
encontraron ya extraños en Merry Mount. Éste era el misterio del corazón
de Édith. Dejemos ahora que el sacerdote los una, y que las máscaras se
diviertan en torno del _May-pole_, hasta que el último rayo del sol se
refleje en su cima, y las sombras de la selva pongan su melancolía en
medio de las danzas. Veamos, entretanto, quiénes eran estos alegres
personajes.
Hace doscientos años, quizá más, que el mundo antiguo y sus habitantes
se fatigaron mutuamente de sus sempiternas relaciones. Los hombres
emigraron por millares hacia el oeste; unos, para trocar cuentas de
vidrio y baratijas de joyería por las pieles de los cazadores indios;
otros, para conquistar terrenos vírgenes; y otros, más austeros, para
orar. Pero ninguno de estos motivos había sido el aliciente para los
colonizadores de Merry Mount. Sus jefes fueron hombres que habían gozado
tanto de la vida, que cuando se presentaron los enfadosos huéspedes,
Pensamiento y Sabiduría, se encontraron arrollados por la turba de
pompas y vanidades a las cuales debían haber puesto en fuga. Obligaron
al errante Pensamiento y a la Sabiduría pervertida a endosar una máscara
y representar la farsa de la Locura. Los hombres de quienes nos
ocupamos, habiendo perdido la fresca alegría del corazón, imaginaron una
filosofía de placer desenfrenado y vinieron a estos lugares para
realizar sus fantasías. Reunieron adeptos en aquella aturdida raza cuya
vida entera transcurre como los días festivos de los hombres graves.
Había en su séquito ministriles no del todo desconocidos en las calles
de Londres; cómicos ambulantes, cuyo teatro fueran los salones de los
gentileshombres; bufones, juglares y saltimbanquis, cuya ausencia se
dejaría sentir por largo tiempo en las romerías, fiestas conmemorativas
y ferias; en una palabra, forjadores de alegría en todo sentido, que
abundaban en aquella época, pero que comenzaron a desaparecer con el
desarrollo del puritanismo. Ligeros habían sido sus pasos sobre la
tierra y ligeramente cruzaron ellos el océano. Muchos habían sido
arrojados por sus sufrimientos en desesperada locura de placer; otros
eran tan locamente festivos por la fuerza de su juventud, como el rey y
la reina de Mayo; mas, cualquiera que fuese la causa de su regocijo,
jóvenes y viejos estaban alegres en Merry Mount. Los jóvenes se creían
felices. Los de más edad, aun cuando supieran que el regocijo es
solamente una falsa felicidad, seguían, sin embargo, obstinadamente la
engañosa sombra pues que siquiera llevaba brillante atavío. Frívolos
impenitentes durante toda su vida, no se atrevían a aventurarse en las
austeras verdades de la existencia, ni aun con la esperanza de encontrar
los goces verdaderos.
Todos los pasatiempos clásicos de la vieja Inglaterra habíanse
transplantado allí. El rey de _Christmas_ ostentaba su corona y el
monarca de _Misrule_ (Desconcierto) llevaba un cetro poderoso. La
víspera de San Juan cortaban varios acres de bosque para hacer hogueras
y danzaban a su lumbre toda la noche coronados de guirnaldas y arrojando
flores a las llamas. En tiempo de cosecha, aun cuando su campo fuese el
más pequeño, hacían una imagen con las gavillas de maíz, la decoraban
con guirnaldas de otoño y llevábanla en triunfo al hogar. Pero lo que
caracterizaba especialmente a los colonos de Merry Mount era su
veneración por el _May-pole_, que ha convertido su historia en un
cuento lleno de poesía. La primavera cubría de botones y de frescos y
verdes vástagos el venerado emblema; el verano le traía rosas del más
vivo colorido y el follaje perfecto de los bosques; el otoño le
enriquecía con su pompa roja y amarilla que convertía cada hoja
silvestre del bosque en una pintada flor; y el invierno le plateaba con
su escarcha, adornándole de estalactitas hasta que resplandecía a la luz
semejando todo él un rayo helado del sol. Así alternaban las estaciones
su homenaje al _May-pole_ pagándole el tributo de su más rico esplendor.
Sus adeptos bailaban en torno del árbol por lo menos una vez al mes;
denominábanle a veces su religión o su altar; pero en toda ocasión
representaba el estandarte de Merry Mount.
Desgraciadamente, había en el Nuevo Mundo ciertos hombres que alardeaban
de una fe más austera que la de aquellos alegres adoradores del
_May-pole_. No muy lejos de Merry Mount había una colonia de puritanos,
hombres los más infelices, que recitaban sus plegarias antes del
amanecer y trabajaban luego en los bosques o en las sementeras hasta que
la noche les llamaba de nuevo a la oración. Tenían siempre sus armas
apercibidas para atacar a los salvajes extraviados. Cuando se reunían en
cónclave, jamás era para sostener el clásico regocijo inglés, sino para
escuchar sermones que se prolongaban tres horas, o proclamar premios por
cabezas de lobos o cabelleras de indios. Sus fiestas eran días de
vigilia y su distracción principal el canto de los salmos. ¡Desgraciado
del mozo o doncella que siquiera soñara con la danza! Los hombres
eminentes hacían un signo al condestable; y ponían en el cepo a los
réprobos de pies ligeros; o de haber danza, era en derredor del poste de
los azotes, que podía llamarse el _May-pole_ de los puritanos.