Íchabod, a quien no agradaba mucho el extraño y nocturno compañero,

rememorando la aventura de Brom Bones con el soldado galopante, apresuró

entonces el paso con la esperanza de aventajarle; pero el extranjero

picó también para mantenerse al mismo nivel. Íchabod acortó riendas

entonces y avanzó al paso tratando de quedarse atrás; el otro procedió

de igual manera. Su corazón comenzó a dar saltos dentro de su pecho;

trató de reanudar el canto de la salmodia; pero su lengua apergaminada

se pegaba al paladar y le era imposible emitir una sola estrofa. Había

algo de misterioso y terrible en el extraño y pertinaz silencio de su

obstinado compañero. Pronto pudo darse cuenta de la causa y quedó

horrorizado. Al ascender una elevación del terreno que delineó en

gigantesco relieve sobre el firmamento la figura de su compañero de

viaje embozado en una capa, Íchabod se sintió despavorido al observar

que ¡carecía de cabeza! ¡Y su horror llegó al colmo cuando se apercibió

de que el espectro llevaba en el pomo de la silla la cabeza que debía

descansar sobre sus hombros! Su terror se convirtió en desesperación;

descargó una lluvia de puñetazos y patadas sobre Gunpowder, esperando

escapar a su compañero a favor de algún salto repentino; pero el

espectro partió con igual velocidad. Lanzáronse entonces ambos en

fantástica carrera; volaban las piedras y saltaban chispas a cada

rebote. Los ligeros vestidos de Íchabod volaban por el aire mientras

tendía su largo y seco cuerpo sobre el cuello del caballo en la rapidez

de la fuga.

Llegaron así al camino que endereza hacia el valle encantado; pero

Gunpowder, que parecía poseído del demonio, en lugar de seguir por esta

vía, cambió de dirección y se lanzó imprudentemente por la pendiente de

la colina hacia la izquierda. Este sendero llevaba a una arenosa

hondonada sombreada de árboles por más de un cuarto de milla, cruzando

luego el puente famoso en las historias de aparecidos, precisamente

detrás del cual se eleva el verde montecillo donde estaba edificada la

pequeña iglesia de muros blanqueados.

Hasta aquí el pánico de su cabalgadura había dado aparente ventaja en la

cacería al jinete menos diestro; pero al llegar a la mitad del camino

del valle, aflojáronse los cordones de la cincha y sintió el maestro que

la montura resbalaba bajo sus piernas. La sujetó por el pomo tratando de

afirmarla, pero en vano; y tuvo apenas tiempo de salvarse de la caída

colgándose del cuello del viejo Gunpowder mientras la silla rodaba por

el suelo, pudiendo oír cómo la atropellaban las pisadas de su

perseguidor. Por un momento le acometió el temor de la ira de Hans Van

Rípper por tratarse de su montura de los días de fiesta, pero no había

tiempo de pensar en menudos terrores; el aparecido se precipitaba sobre

sus talones y, jinete inhábil como era, encontraba gran dificultad para

mantener su posición: unas veces se escurría por un lado, otras por el

otro, cayendo algunas con tal violencia sobre el huesudo lomo del animal

que temía verdaderamente quedar partido en dos mitades.

Un claro entre los árboles reanimó su valor infundiéndole la esperanza

de que el puente de la iglesia se hallara cercano. El reflejo vacilante

de una plateada estrella en el fondo del arroyo le hizo ver que no se

había engañado. Pudo divisar los muros de la iglesia brillando

confusamente en lontananza entre los árboles. Recordando el sitio donde

desapareció el espectro competidor de Brom Bones: "Si logro alcanzar el

puente estoy en salvo,"[29] pensó Íchabod. Justamente en aquel momento

oyó muy cerca tras de sí al negro corcel resoplando y jadeante; hasta se

figuró sentir su aliento ardoroso. Otro talonazo convulsivo en las

costillas y el viejo Gunpowder se lanzó sobre el puente; pasó como un

torbellino sobre las tablas resonantes; llegó al lado opuesto; y

entonces Íchabod se atrevió a mirar hacia atrás para corroborar si, de

acuerdo con la regla, su perseguidor se había desvanecido en una

llamarada de fuego y azufre.

En este preciso instante vió que el aparecido, levantándose sobre los

estribos, se disponía a arrojar su cabeza contra él. Íchabod trató de

evadir el siniestro proyectil, pero demasiado tarde. Tropezó con su

cráneo en tremendo estallido; dió un vuelco el maestro de cabeza contra

el polvo, y Gunpowder, el negro corcel y el jinete duende pasaron como

una exhalación.

A la mañana siguiente encontraron al viejo caballo sin silla y con la

brida a los pies, pastando juiciosamente el césped a las puertas de su

amo. Íchabod no se presentó al desayuno; llegó la hora del almuerzo,

pero Íchabod no llegó. Los muchachos se reunieron en la escuela y

vagaron indolentemente por las márgenes del arroyo sin que nada se

supiera del maestro. Hans Van Rípper comenzaba ya a sentir alguna

inquietud por la suerte del pobre pedagogo y por su silla de montar.

Hiciéronse investigaciones y tras diligente pesquisa halláronse sus

huellas. A un lado del camino que conducía a la iglesia encontraron la

montura hundida en el polvo; las señales de los cascos de dos caballos

en vertiginosa carrera al parecer, y profundamente marcadas en la

carretera, llevaban al puente, pasado el cual, en las orillas de la

parte más ancha del arroyo, donde corre el agua negra y profunda, se

encontró el sombrero del infortunado Íchabod, y muy cerca de allí una

calabaza rota.

Sondearon el arroyo sin llegar a descubrir el cuerpo del maestro. Hans

Van Rípper, a fuer de ejecutor testamentario, examinó el paquete que

contenía todos los tesoros que poseía Íchabod en el mundo. Consistían en

dos camisas y media; dos corbatines; uno o dos pares de medias de

estambre; un viejo par de calzones cortos de pana; una navaja mohosa; un

libro de salmodia con las puntas llenas de dobleces; y un diapasón

roto. Los libros y muebles de la escuela pertenecían a la comunidad,

con excepción de la _History of Witchcraft_, de Cotton Máther, un _New

England Almanac_, y un libro de los sueños y de la buena ventura; en el

último había una hoja de papel ministro llena de tachaduras y borrones a

consecuencia de varias tentativas infructuosas para preparar el borrador

de unos versos en honor de la heredera de Van Tássel. Los libros de

magia y el ensayo poético fueron destinados a las llamas por Hans Van

Rípper, quien desde entonces determinó no enviar en adelante sus chicos

a la escuela, observando que nada bueno se saca de la lectura ni

escritura. Si el maestro tenía algún dinero--y había recibido su paga

justamente uno o dos días antes--lo llevaba todo consigo probablemente

en el momento de su desaparición.

El misterioso acontecimiento causó mucha expectación el domingo

siguiente en la iglesia. Grupos de mirones y comentadores se dieron cita

en el cementerio, en el puente y en el sitio en que se encontraron el

sombrero y la calabaza. Las historias de Brom Bones y toda una sarta por

el mismo estilo fueron el tema de conversación general; y después de

considerarlas con la debida atención y de compararlas con los síntomas

del caso actual, los vecinos sacudieron la cabeza arribando a la

conclusión de que Íchabod había sido arrebatado por el ginete sin

cabeza. Como era soltero y no tenía deudores, nadie se rompió más la

cabeza a este respecto; la escuela se mudó a otro barrio de la hondonada

y otro pedagogo vino a reinar en su trono.

A decir verdad, un viejo granjero que estuvo de paso en Nueva York

algunos años después, y de quien se recogió el relato de la aventura del

aparecido, llevó a su pueblo la inteligencia de que Íchabod estaba vivo

todavía; que dejó el valle, parte por temor del espectro y de Hans Van

Rípper, y parte por la mortificación de haber sido desdeñado

inopinadamente por la heredera; que había transladado sus lares a otra

parte lejana del país; había regentado una escuela y estudiado derecho

al mismo tiempo; había sido admitido en el foro; había hecho política;

fué elector, y se le mencionó en los periódicos; y por último, fué

nombrado juez del tribunal de diez libras.[30] Brom Bones, que poco

después de la desaparición de su rival llevó triunfalmente al altar a la

encantadora Katrina, parecía también estar demasiado al corriente de la

historia de Íchabod y rompía en una alegre carcajada cada vez que se

hacía mención de la calabaza; lo cual llevó a algunos a sospechar que

sabía más de lo que le agradaba decir sobre este asunto.

Sin embargo, las viejas del pueblo, que son los mejores jueces en la

materia, aseguran hasta hoy que Íchabod fué arrebatado por medios

sobrenaturales; y ésta es una de las historias favoritas del vecindario

que se relata a menudo al lado del fuego en el invierno. El puente llegó

a ser más que nunca el objeto de supersticioso terror; y puede muy bien

haber sido ésta la razón por qué se desvió el camino en los últimos

años, llegando a la iglesia por la orilla de la represa del molino. La

escuela, abandonada, pronto comenzó a arruinarse, y se decía que estaba

habitada por el espectro del infortunado pedagogo; y los mozos de

labranza, al volver perezosamente al hogar en alguna tarde serena de

verano, imaginan a menudo escuchar su voz a la distancia entonando un

melancólico salmo en las apacibles soledades del VALLE ENCANTADO.

POST SCRIPTUM DE LA PROPIA MANO DE MR. KNÍCKERBOCKER

EL CUENTO que antecede está escrito casi con las mismas palabras que lo

oí relatar en una reunión del Ayuntamiento de la antigua ciudad de

Manháttoes[31] en que estuvieron presentes muchos de los vecinos más

notables e ilustres del lugar. El narrador era un viejecito agradable y

cortés, de mísero aspecto con sus vestidos raídos y su rostro

tristemente festivo: sujeto que daba a sospechar fuertemente su

indigencia por los mismos esfuerzos que hacía para ser entretenido.

Cuando terminó su historia, hubo muchas risas y grandes muestras de

aprobación, especialmente de parte de dos o tres diputados regidores que

habían dormido casi todo el tiempo. Había, sin embargo, entre los

oyentes un viejo caballero alto y seco, de cejas prominentes, que

paseaba por todas partes su faz grave y casi severa; de vez en cuando

cruzaba los brazos inclinando la cabeza y miraba al suelo como abrumado

por el peso de alguna duda. Era uno de aquellos hombres circunspectos

que sólo se arriesgan a reír en terreno firme, cuando tienen de su lado

la razón y la ley.

Cuando se apaciguó el regocijo de la compañía y se restableció el

silencio, apoyó un brazo en el descanso de la silla y colocando el otro

en jarras, preguntó con cierto movimiento ligero pero extremadamente

hábil de la cabeza y contracción de las cejas, cuál era la moral del

cuento y qué era lo que se intentaba probar.

El narrador que llevaba justamente un vaso de vino a sus labios como

refresco después de la labor, detúvose por un momento, miró al preguntón

con aire de infinita deferencia, y bajando suavemente el vaso hasta la

mesa observó que la historia trataba de probar con toda lógica:

"Que no hay situación en la vida que no tenga sus ventajas y placeres a

condición de que sepamos coger la ocasión al pelo;

"Que, en consecuencia, el que apuesta carreras con jinetes duendes

tendrá verosímilmente una carrera accidentada;

"_Ergo_, que en cierto modo sirve de escalón para altos merecimientos

del estado el que a un maestro de escuela le sea denegada la mano de una

heredera holandesa."

El cauto y viejo caballero frunció las cejas en diez dobleces al

escuchar estas premisas, dolorosamente impresionado por la fuerza del

silogismo; mientras el de los vestidos raídos le miraba triunfalmente

de reojo, a mi parecer. Al fin hizo observar que todo aquello estaba muy

bien, pero que, sin embargo, él juzgaba la historia un poquillo

extravagante; uno o dos puntos quedaban todavía por dilucidar.

--Palabra, señor,--replicó el narrador,--en cuanto a eso, yo no creo ni

siquiera la mitad.

D. K.

NATHÁNIEL HÁWTHORNE

Nathániel Háwthorne era oriundo de Sálem, Massachusetts. Nació el 6 de

julio de 1804, y murió en Plýmouth, New Hámpshire, el 19 de mayo de

1864. Obtuvo sus grados en el Bowdoin College, Maine, en 1825. Fué

empleado de aduana en Boston desde 1838 hasta 1841. En aquella época se

hizo miembro de la Brook Farm Association, sociedad formada con el

objeto de llevar a cabo ciertos experimentos en agricultura y educación;

y fijó su residencia en Cóncord, Massachusetts, en 1843. Fué nombrado

inspector del puerto de Sálem en 1846 y permaneció allí un período de

tres años. Prestó servicios como cónsul de los Estados Unidos en

Líverpool desde 1853 hasta 1857. Regresó a la patria en 1861. Fanshawe,

su primer cuento, ahora muy difícil de conseguir, fué publicado a su

propia costa en 1826. Sus obras se publicaron en el orden siguiente:

_Twice Told Tales_ (1837; segunda serie, 1842); _Mosses from an Old

Manse_ (1846); _The Scarlet Letter_ (1850); _The House of the Seven

Gables_ (1851); _The Wonder-Book_ (1851); _The Blithedale Romance_

(1852); _Snow Image and Other Twice Told Tales_ (1852); _Life of

Franklin Pierce_ (1852); _Tanglewood Tales_ (1853); _The Marble Faun_

(1860, publicado el mismo año en Inglaterra bajo el título de

_Transformation, or the Romance of Monte Beni_); _Our Old Home_ (1863);

_Pansie_ (1864, llamada también _The Dolliver Romance_); _Note Books_

(1868-1872); _Septimius Felton_ (1872); _Tales of the White Hills_

(1877); _Dr. Grimshawe's Secret_ (fragmento, 1888).

[Illustration: NATHÁNIEL HÁWTHORNE]

EL ANCIANO CAMPEÓN

Hubo una vez un tiempo en que la Nueva Inglaterra gemía bajo el peso de

injusticias más graves que todas las que amenazara traer la revolución.

Jaime II, el hipócrita sucesor de Carlos el Voluptuoso, había abolido

los privilegios de todas las colonias y enviado un soldado grosero y sin

principios para arrebatarnos nuestros derechos y poner en peligro

nuestra religión. La administración de Sir Édmund Andros tenía todos los

rasgos característicos de la tiranía: un gobernador y un consejo que

recibían su poder del rey con absoluta independencia de la nación; leyes

que se fabricaban y tributos que se imponían sin intervención inmediata

del pueblo o de sus representantes; los derechos de los ciudadanos

violados, y los títulos de propiedad anulados; las quejas amordazadas

por la censura de la prensa; y finalmente, el descontento sojuzgado por

una banda de tropas mercenarias que por primera vez hollaba nuestro

suelo. Durante dos años continuaron nuestros antecesores en taciturna

sumisión, debido al amor filial que garantizó siempre su lealtad a la

madre patria, representada ya por el parlamento, ya por un protector o

por algún monarca papista. Hasta aquellos aciagos tiempos, sin embargo,

nuestro pleito homenaje había sido nominal, pues las colonias se

gobernaban por sí mismas, gozando mucho mayor libertad de la que

disfrutan ordinariamente los vasallos naturales de la Gran Bretaña.

Al fin llegó a nuestras playas el rumor de que el primer príncipe de

Orange se había lanzado en una empresa cuyo éxito sería el triunfo de

los derechos religiosos y civiles y la salvación de la Nueva Inglaterra.

Era solamente un murmullo incierto; podía ser falso o podía también

fracasar la aventura; pero en ambos casos costaría la cabeza al hombre

que se decía en armas contra el rey Jaime. A pesar de todo, la noticia

produjo visible efecto. La gente sonreía misteriosamente en las calles y

lanzaba atrevidas miradas a sus opresores; en tanto que se dejaba sentir

a lo lejos una sorda y contenida agitación, como si a la más ligera

señal estuviera pronto a levantarse todo el pueblo de su indolente

abatimiento. Advirtiendo el peligro, los gobernantes trataron de

evitarlo por medio de un imponente despliegue de fuerza, confirmando su

despotismo con medidas aun más agresivas. Una tarde de abril de 1689,

Sir Édmund Andros y sus consejeros favoritos, exaltados por el licor,

reunieron a todas las casacas rojas de la guardia del gobernador y se

presentaron en las calles de Boston. El sol estaba cerca de su ocaso

cuando comenzó el desfile.

El sonido del tambor, resonando por las calles en aquellos momentos de

crisis y agitación, parecía, más bien que la música marcial de los

soldados, un toque de rebato para los ciudadanos. Una multitud que

afluía por diversas avenidas se reunió en King Street, lugar destinado,

casi una centuria más tarde, a ser el escenario de otro encuentro entre

las tropas de Inglaterra y el pueblo en lucha contra su tiranía. Aun

cuando habían transcurrido más de sesenta años desde el arribo de los

primeros peregrinos, esta multitud formada por sus descendientes

mostraba todavía los rasgos enérgicos y sombríos de su carácter, más

notables quizá en esta ruda emergencia que en ocasiones más felices.

Notábase el rostro grave, el porte generalmente severo, la expresión

firme aunque melancólica, la bíblica forma de elocución y la confianza

en las bendiciones del cielo por la justicia de su causa, que distinguía

a cualquier grupo de los primitivos puritanos cuando se veían amenazados

de algún peligro en su aislamiento. En realidad, no era tiempo aún de

que se extinguiera el antiguo espíritu, pues que se encontraban aquel

día en la calle muchos hombres de aquellos que adoraban en los bosques

al Dios por quien sufrían el destierro, mientras no pudieron erigir un

edificio apropiado para rendirle culto. Había también viejos soldados

del parlamento que sonreían espantosamente al pensamiento de que sus

antiguas armas fueran aun hábiles para descargar otro golpe a la casa de

los Estuardos. Figuraban asimismo veteranos de la guerra del rey Felipe,

de aquellos que quemaban ciudades y asesinaban jóvenes y viejos con

ferocidad religiosa mientras las piadosas almas del lugar les ayudaban

con sus plegarias. Varios ministros veíanse esparcidos entre la

muchedumbre, que les miraba, a diferencia de otras agrupaciones, con

tanta reverencia que parecía que sus vestiduras debieran encarnar la

santidad. Estos santos varones ejercían su influencia para tranquilizar

al pueblo, pero sin tratar de dispersarlo. Al mismo tiempo era motivo de

comentarios diversos y curiosidad general el objeto del gobernador al

turbar la paz de la ciudad en tales momentos, en que la más ligera

conmoción podía provocar un estallido en todo el país.

--Satanás dará ahora su golpe maestro,--exclamaban algunos,--porque él

sabe que el tiempo es corto. ¡Todos nuestros piadosos pastores serán

llevados a prisión! ¡Habremos de verles en las hogueras de

Smíthfield[32] de King Street!--

A esto, los feligreses de cada parroquia se reunían apretadamente en

torno de su ministro, que miraba tranquilamente a lo alto y asumía mayor

dignidad apostólica, como candidato dispuesto a recibir el honor más

alto de su carrera, la corona del martirio. Esperábase verdaderamente en

aquel momento que la Nueva Inglaterra tuviera su propio John Rogers[33]

para reemplazar a este varón ilustre en el martirologio.

--¡El Papa ha ordenado una nueva San Bartolomé!--gritaban otros.--¡Nos

asesinarán a todos, a los hombres y a los niños!--

Aun este rumor tenía sus adherentes, aunque la clase más prudente

juzgaba el objeto del gobernador algo menos atroz. Sabíase que

Brádstreet, su predecesor bajo la antigua constitución y compañero

venerable de los primeros colonos, se hallaba en la ciudad. Había allí

terreno para conjeturar que Sir Édmund Andros intentaba producir el

terror por un despliegue de fuerza militar, y dominar a la facción

enemiga apoderándose de su jefe.

--¡Firme con los antiguos privilegios, gobernador!--rugía la multitud,

apoderándose de la idea.--¡Buen gobernador, anciano Brádstreet!--

Cuando más fuerte se alzaba este grito, sorprendióse el pueblo a la

aparición de la figura bien conocida del propio gobernador Brádstreet,

un patriarca de cerca de noventa años, que se destacó en lo alto de las

gradas de una puerta, y con su suavidad característica exhortó a la

multitud para que se sometiera a la autoridad constituída.

--Hijos míos,--concluyó el venerable personaje,--no hagáis nada

inconsideradamente. No gritéis tan alto, sino rogad por el bienestar de

la Nueva Inglaterra y aguardad con paciencia que el Señor sea servido de

hacer algo por nosotros.--

Los acontecimientos debían decidirse pronto, de otro lado. Durante todo

este tiempo el redoble del tambor se aproximaba por Cornhill más fuerte

y más profundo, hasta que, repercutiendo de casa en casa, estalló en la

misma calle acompañado del eco regular de la marcha de los militares.

Apareció una doble fila de soldados ocupando todo el ancho de la vía,

con el mosquete al hombro y mechas encendidas, formando una línea de

fuego en la obscuridad. Su marcha firme semejaba el progreso de una

máquina arrollando con irresistible empuje todo lo que se encontrara en

su camino. En seguida, avanzando lentamente, con un ruido confuso de

cascos en el pavimento, venía una partida de jinetes entre los que se

destacaba la figura central de Sir Édmund Andros, el más anciano de

ellos, pero erguido y de aspecto marcial. Rodeábanle sus consejeros

favoritos, los enemigos más acérrimos de la Nueva Inglaterra. A su

derecha montaba Édward Rándolph, nuestro principal adversario, aquel

"mezquino demoledor," como le llama Cotton Máther, que llevó a cabo la

ruina de nuestra antigua administración, mereciendo el anatema que le

persiguió obstinadamente durante su vida y más allá de la tumba. Al otro

lado iba Búllivant, lanzando burlas y escarnio a su paso. Venía atrás

Dúdley, con los ojos bajos y continente temeroso, como si no se

atreviera a afrontar las miradas indignadas del pueblo que le

contemplaba a él, su único compatriota, entre los opresores de su país

natal. El capitán de una fragata fondeada en el puerto y dos o tres

oficiales civiles se veían también en el grupo. Pero la figura que

atraía más las miradas del público y despertaba más vibrantes

sentimientos, era el clérigo episcopal de King's Chapel, con sus

vestiduras sacerdotales, figurando con altanería entre los magistrados,

y encarnando admirablemente la prelacía y la persecución, la unión de la

iglesia y el estado y todas aquellas abominaciones que habían llevado al

destierro a los puritanos. Una doble hilera de soldados cerraba la

marcha.

Toda la escena pintaba la condición de la Nueva Inglaterra:

desprendiéndose como moral los efectos fatales de un gobierno que no

nace de la naturaleza de las cosas ni de la índole del pueblo. De un

lado, la multitud religiosa, con su semblante triste y su obscura

vestimenta; y del otro, el grupo de gobernantes despóticos, ostentando

acá y allá algún crucifijo sobre el pecho, con el alto personaje

eclesiástico al centro, magníficamente ataviados, encendidos por el

licor, orgullosos de su autoridad injusta y burlándose del murmullo

universal. Y los soldados mercenarios, aguardando solamente una palabra

para inundar las calles de sangre, representaban el único medio por el

cual podía asegurarse la sumisión.

--¡Oh, Dios de los ejércitos!--clamó una voz entre la multitud,--¡envía

un salvador a tu pueblo!--

Esta exclamación, lanzada en voz muy alta, pareció ser el grito del

heraldo para introducir un notable personaje. La multitud había

retrocedido y se hallaba en aquel momento en plena confusión a la

extremidad de la calle, mientras los soldados avanzaban en una tercera

parte de su longitud. El espacio intermedio estaba vacío, mostrando la

calzada libre entre altos edificios que arrojaban sombras confusas sobre

toda la escena. De pronto, vióse aparecer la figura de un anciano, que

parecía haber brotado de en medio del pueblo y avanzaba solo hacia el

centro de la calle, hasta ponerse enfrente del bando armado. Llevaba el

antiguo vestido de los puritanos: capa obscura y sombrero de alta copa

a la moda de cincuenta años atrás, por lo menos, y gran espada al

costado; pero llevaba además un bastón en la mano para sostener el

trémulo temblor de los años.

Cuando estuvo a cierta distancia de la multitud volvióse el anciano

lentamente, mostrando un semblante impregnado de antigua majestad, y

doblemente venerable por la blanca barba que descendía hasta su pecho.

Hizo un ademán de aliento y expectativa a la vez y, dando media vuelta,

prosiguió su camino en línea recta hacia adelante.

--¿Quién es este anciano patriarca?--preguntaron los jóvenes a sus

padres.--

--¿Quién es este hermano venerable?--se preguntaron los viejos unos a

otros.--

Cuentos Clásicos del Norte, Segunda Serie · 第 5 / 18 段