cortos que ponían sus rodillas cerca del pomo de la silla; sus codos
agudos proyectábanse hacia fuera como patas de saltamonte; sostenía el
látigo perpendicularmente como un cetro; y al trotar del caballo, el
movimiento de sus brazos figuraba un continuo aleteo. Un pequeño
sombrero de lana descansaba en la cumbre de su nariz, que así podía
llamarse la estrecha faja que hacía las veces de frente; y los negros
faldones de su chaqueta flotaban sobre las ancas casi hasta la cola del
caballo. Tal era el aspecto de Íchabod y de su corcel cuando
transpusieron renqueando la portada de Hans Van Rípper, formando en
conjunto una aparición tan extraordinaria como pocas veces es dado
contemplar a la clara luz del día.
Era, como he dicho, una hermosa tarde de otoño; el cielo estaba claro y
sereno y la naturaleza hacía gala de la rica y dorada librea que
asociamos siempre a la idea de abundancia. Los bosques ostentaban su
soberbio amarillo obscuro, mientras algunos árboles tiernos se habían
teñido con la helada de brillante colorido anaranjado, púrpura y
escarlata. Hileras interminables de patos salvajes aparecían en el
horizonte; podía oírse el latido de la ardilla desde los bosquecillos de
hayas y nogales y a intervalos el meditabundo silbo de la codorniz desde
el vecino campo de rastrojo.
Los pajarillos celebraban su último banquete diurno. En la plenitud de
su regocijo revolvíanse chirriando y triscando de rama en rama y árbol
en árbol a su capricho, entre la profusión y variedad de los
alrededores. Revoloteaba por allí el honrado petirrojo con su nota alta
y quejumbrosa, caza favorita de los mozalbetes; y los mirlos gorjeadores
volando en negras nubes; el carpintero de doradas alas con su cresta
carmesí, su ancha gorguera negra y espléndido plumaje; el pájaro del
cedro con sus alas de puntas rojas, su cola terminada en amarillo y su
pequeña montera de plumas; y el gayo azul, ese estrepitoso currutaco,
con su chaqueta azul claro y su ropaje blanco interior, chillando y
gorjeando, cabeceando, agitándose y haciendo cortesías, y afectando
estar en buenas relaciones con todos los cantores del boscaje.
Mientras Íchabod seguía a trote lento su camino, sus ojos, siempre
abiertos a todo síntoma de abundancia culinaria, recontaban con deleite
los tesoros del opulento otoño. Divisaba por todos lados amplia
provisión de manzanas, colgando unas de los árboles en pesada madurez,
reunidas otras en cestos y barriles para el mercado, y amontonadas las
de más allá en abundantes pilas destinadas a la prensa del lagar. Más
lejos podía observar los hermosos campos de maíz con sus doradas
mazorcas asomando entre la hojosa cubierta, sugiriendo la promesa de
bollos y pasteles; y debajo las amarillas calabazas mostraban sus
redondos vientres, preludio de las pastas más exquisitas; y dondequiera
que atravesaba y observaba los fragantes campos de trigo sarraceno
exhalando un olor a colmena, dulces esperanzas se apoderaban de su mente
haciéndole saborear de antemano las tortas bien cargadas de mantequilla
y endulzadas con miel o jarabe, preparadas por las lindas y regordetas
manecitas de Katrina Van Tássel.
Alimentando así su imaginación con mil dulces pensamientos y
"azucaradas" fantasías, caminaba por el flanco de una hilera de colinas
que dominaban algunos de los paisajes más bellos del majestuoso Hudson.
Gradualmente descendía el sol hundiendo su ancho disco hacia el oeste.
El dilatado seno del Tappan Zee yacía inmóvil y vidrioso, y apenas una
ligera ondulación acá y allá delineaba y engrandecía la sombra azulada
de las montañas lejanas. El horizonte lucía bellos tonos dorados que
paulatinamente se tornaban en nítido verde manzana y luego en el azul
profundo del cenit. Rayos oblicuos, prolongándose sobre las crestas
arboladas de las montañas que dominan algunos puntos de la ribera,
prestaban mayor intensidad al gris obscuro y purpúreo de sus rocosos
flancos. Una barca mecíase indolentemente a la distancia, derivando con
suavidad a impulsos de la corriente mientras su vela flotaba ociosa
contra el mástil; y, como la refracción del cielo se reflejaba sobre el
agua quieta, la embarcación parecía suspendida en el espacio.
Hacia la noche llegó Íchabod al castillo de Herr Van Tássel,
encontrándolo atestado de lo más alto y florido de la comarca adyacente.
Viejos granjeros con el rostro enjuto y curtido de su raza, vistiendo
calzas y chaquetas de tela basta, medias azules, enormes zapatones y
magníficas hebillas de metal. Mujercitas vivarachas y ajadas, con sus
gorros plegados y ceñidos, sus faldas cortas y corpiños de talle largo,
enaguas de tela basta, y las tijeras y acericos y bolsillos de zaraza
colgando al exterior. Alegres doncellas, vestidas de moda casi tan
anticuada como las mamás, salvo uno que otro sombrero de paja, alguna
linda cinta y a veces algún vestido blanco que revelaba síntomas de
ciertas innovaciones de la ciudad. Mozos llevando chaquetas de faldones
cuadrados, hileras de estupendos botones de metal y el pelo largo por lo
común y dispuesto en coleta según la moda de aquel tiempo--especialmente
si habían podido conseguir una piel de anguila, que se consideraba en
todo el país como el tónico más poderoso y eficaz para el cabello.
Brom Bones era, sin embargo, el héroe de la jornada, habiéndose
presentado a la fiesta montando su caballo favorito Daredevil
(Temerario), que poseía a la par que su amo grandes bríos y coraje, y al
cual nadie sino Bones habría podido dominar. Distinguíase, en efecto,
por su afición a esos animales reacios y espantadizos, acostumbrados a
toda clase de mañas y que ponen al jinete en continuo riesgo de romperse
la crisma; pues sostenía que un caballo tratable y bien domeñado era
cabalgadura indigna de un mozo de hígados.
De buena gana me detendría a describir el mundo deleitoso que brotó ante
las miradas de mi héroe al penetrar en la sala de recibo de la morada de
Van Tássel. No se trataba por cierto de los encantos del grupo de
muchachas campesinas con su ostentoso despliegue de blanco y rojo, sino
de los innumerables atractivos de una mesa de te campestre y
genuinamente holandesa en la abundante estación del otoño. ¡Qué
aglomeración de fuentes de pastas de diversas clases, casi
indescriptibles, y cuyo secreto guardaban las hacendosas amas de casa
holandesas! Veíase allí el ilustre _doughnut_,[25] el tierno _oly
koek_,[2] y el frágil y dorado _cruller_;[26] bizcochos y bollos,
pasteles de jengibre y pastas de miel; en fin, todas las familias de
pastas y bollos. Y había además pasteles de manzana, de melocotón y de
calabaza, codeándose con rebanadas de jamón y carne ahumada y con
deliciosas fuentes de conservas de ciruelas, melocotones, peras y
membrillos; sin hacer mención de los pescados a la parrilla y gallinas
asadas, ni de los tazones de leche y crema, todo amontonado tan
confusamente como lo he enumerado, ni de la maternal tetera lanzando
desde el centro nubes de vapor. ¡Dios bendiga la marca! Necesitaría
aliento y tiempo de que disponer para describir como se merece este
banquete, y tengo demasiada prisa para terminar mi historia.
Afortunadamente, Íchabod Crane no estaba tan apurado como su
historiador, y dispensó grandes honores a todas estas golosinas.
Era una bondadosa y agradecida criatura, cuyo corazón se dilataba en
proporción al buen alimento que recibía su estómago y cuyo espíritu se
abrillantaba con la comida como acontece a otros con la bebida. Tampoco
podía evitar que sus grandes ojos rodaran por todas partes mientras
comía, ni regocijarse interiormente ante la posibilidad de llegar algún
día a ser el dueño de este lujo y esplendidez casi incomparables.
Pensaba cuán pronto volvería entonces la espalda a la vieja escuela,
cómo chasquearía sus dedos en las narices de Hans Van Rípper o
cualquier otro de sus tacaños patrones, y enviaría a rodar al ambulante
pedagogo que se atreviera a llamarle camarada.
El viejo Baltus Van Tássel discurría entre sus invitados con rostro
dilatado por la alegría y buen humor, tan redondo y jovial como el
plenilunio de otoño. Sus hospitalarias atenciones eran breves pero
expresivas, limitándose a un apretón de manos, alguna palmada en el
hombro, una risotada y la apremiante invitación para "embestir a las
cosas, y atenderse cada uno por sí mismo."
Pronto el sonido de la música en la sala o aposento general invitaba a
danzar. El ejecutante era un negro viejo de pelo gris, que por más de
medio siglo había sido la orquesta ambulante de todo el vecindario. Su
instrumento aparecía tan viejo y maltratado como el dueño. La mayor
parte del tiempo rascaba el violinista sólo dos o tres cuerdas
acompañando con la cabeza cada movimiento del arco; inclinándose casi
hasta el suelo y dando un golpe con el pie siempre que iba a comenzar
una nueva copla.
Íchabod estaba tan orgulloso de sus cualidades de danzarín como de su
poder vocal. Ni uno solo de sus miembros, ni una sola de sus fibras
quedaba en reposo; y al ver su destartalada figura toda en movimiento y
chacoloteando alrededor del cuarto, habría podido creerse que San Vito
en persona, el bendito patrón de la danza, había descendido entre los
bailarines. Constituía la admiración de los negros de todas edades y
tamaños que, habiéndose reunido de la misma granja y del vecindario,
formaban una pirámide de rostros de negrura brillante en todas las
puertas y ventanas, y miraban la escena con deleite rodando las blancas
bolas de sus ojos y mostrando en una mueca de oreja a oreja dos hileras
de marfil. ¿Cómo era posible que el azotador de pilluelos no se sintiera
animado y satisfecho? La dama de su corazón era su pareja en el baile y
sonreía graciosamente a sus amorosos guiños, en tanto que Brom Bones,
dolorosamente carcomido por el amor y por los celos, se mantenía todo
meditabundo sentado en un rincón.
Cuando terminó la danza, Íchabod se sintió atraído hacia un grupo de
personajes serios que, en compañía del viejo Van Tássel, estaban
sentados en un extremo de la plazoleta fumando y departiendo sobre los
antiguos tiempos y sacando a relucir largas historias de la guerra.
En la época de que me ocupo, aquella comarca era uno de los lugares más
favorecidos por la crónica y por los grandes hombres. Las tropas
inglesas y americanas habían andado muy cerca de allí durante la guerra;
y había sido por consiguiente el escenario de toda clase de merodeos,
viéndose infestada de emigrados, vaqueros y otras formas de caballería
de la frontera. Había transcurrido justamente el tiempo necesario para
permitir a cada uno urdir su historia con ribetes novelescos que la
hicieran más interesante y, en la vaguedad de los recuerdos, erigirse en
héroe de todas las hazañas que se relataban.
Salió a luz la historia de Doffue Mártling, cierto holandés de larga
barba azul que casi llegó a apoderarse de una fragata inglesa con un
viejo cañón de hierro de a nueve, colocado en un parapeto de barro, sólo
que el cañón estalló a la cuarta descarga. Y había también un viejo
caballero a quien no nombraremos por ser un _mynheer_[27] demasiado
poderoso para mencionarle de ligero, y el cual era maestro tan cumplido
de esgrima que en la batalla de White Plains desvió una bala de mosquete
con la punta de su sable, de manera que pudo percibir perfectamente el
silbido de la bala resbalando por la hoja y rebotando en el puño; en
prueba de lo cual estaba dispuesto a mostrar en cualquier momento el
puño un poquito abollado por el choque. Muchos otros se habían
distinguido igualmente en el campo de batalla, persuadidos todos de
haber ejercido considerable influencia para llevar la guerra a feliz
terminación.
Pero esto no era nada en comparación de los cuentos que siguieron sobre
espectros y apariciones. La comarca es rica en tesoros legendarios de
tal naturaleza. Las historias locales y las supersticiones medran bien
en aquellos escondidos y antiguos retiros; pero son menos apreciados por
la flotante multitud que forma la población de la mayor parte de
nuestras ciudades rurales. Además, los espectros no encuentran gran
aliciente en nuestras poblaciones porque apenas han tenido tiempo de
echar la primera siesta y revolverse en sus tumbas, cuando ya los amigos
que les sobrevivieron han abandonado el lugar; de modo que al
levantarse para sus rondas nocturnas no encuentran gente conocida a
quien visitar. Ésta es quizá la razón por la cual tan rara vez oímos
hablar de espectros, a no ser en aquellas antiguas comunidades
holandesas.
Con todo, la causa inmediata del predominio de las historias
maravillosas en aquellos sitios era, sin duda, debida en su mayor parte
a la proximidad del valle encantado. Había una especie de contagio en el
ambiente de esta poseída región; respirábase una atmósfera de quimeras y
fantasías que infestaba todo el lugar. Varios habitantes del valle
encantado se encontraban presentes en la reunión de Van Tássel y, como
de costumbre, repetían sus salvajes y extraordinarias leyendas.
Relatáronse muchos cuentos horrendos acerca de procesiones funerarias,
sollozos y gemidos lamentosos, vistas y oídos respectivamente, cerca del
gran árbol que crece en sus inmediaciones y bajo el cual hicieron
prisionero al infortunado mayor André. Hablóse también de la mujer
vestida de blanco que visitaba la obscura cañada de Raven Rock donde
pereció entre la nieve, y cuyos alaridos se oían a menudo en las noches
de invierno antes de alguna tempestad. La mayor parte de estas historias
tornaba siempre, sin embargo, al espectro favorito del valle encantado,
el jinete sin cabeza, de quien se había oído hablar varias veces
últimamente en sus correrías a través de la comarca y que, según decían,
maniataba su caballo por las noches entre las tumbas del cementerio de
la iglesia.
La situación aislada de esta iglesia parece haber contribuído siempre a
convertirla en el refugio predilecto de los espíritus inquietos. Está
edificada en la cima de un montecillo y rodeada de soberbios olmos y
algarrobos, entre los cuales brilla modestamente con sus discretos muros
blanqueados, como resplandece la pureza cristiana entre las sombras del
claustro. Suave pendiente conduce hasta una plateada sábana de agua
bordeada por altos árboles entre los cuales pueden divisarse las azules
colinas del Hudson. Contemplando el cementerio cubierto de césped, en
que los rayos del sol parecen dormir tranquilamente, se pensaría que
allí al menos los muertos pueden reposar en paz. A un costado de la
iglesia se extiende un ancho barranco montuoso por donde se precipita un
torrente entre rocas destrozadas y troncos de árboles caídos. Sobre la
parte más negra y profunda del torrente, no lejos de la iglesia, habían
arrojado antiguamente un puente de madera; el sendero que allí conducía
y el puente mismo estaban sombreados por árboles colgantes estrechamente
enlazados que producían tétrica sombra durante el día, la cual se
convertía hacia la noche en pavorosa obscuridad. Era ésta una de las
correrías favoritas del jinete sin cabeza, y el lugar donde se le
encontraba con mayor frecuencia.
Se contaba que el viejo Bróuwer, el herético más descreído en materia de
aparecidos, encontró al jinete de regreso de una de sus excursiones al
valle encantado, viéndose obligado a montar a la grupa; que galoparon
por bosques y malezas, por colinas y pantanos, hasta que llegaron al
puente donde el jinete se transformó súbitamente en un esqueleto, arrojó
al viejo Bróuwer en el torrente y desapareció con ruido de trueno entre
las copas de los árboles.
Esta historia encontró inmediatamente una competidora en la tres veces
maravillosa aventura de Brom Bones, quien afirmaba haberse burlado del
galopador soldado en sus pretensiones de jinete insigne. Según él,
volviendo una noche del vecino pueblo de Sing Sing, fué detenido por el
nocturno caballero, quien le propuso apostar carreras por un vaso de
ponche; y que le habría ganado, pues Daredevil llevaba chico al caballo
duende en todo el valle, si no hubiera sido que al llegar al puente de
la iglesia, el fantasma dió un salto repentino y desapareció en una
llamarada.
Todos aquellos cuentos relatados en el misterioso medio tono con que se
habla en la obscuridad, mientras el auditorio recibía tan sólo de cuando
en cuando el rayo imprevisto del reflejo de alguna pipa, produjeron
honda impresión en la mente de Íchabod. Contribuyó a su vez con largos
extractos de su incomparable autor Cotton Máther, añadiendo maravillosos
acontecimientos realizados en su estado natal, Connécticut, y pavorosas
apariciones presenciadas por él mismo en sus paseos nocturnos por el
valle encantado.
La fiesta terminaba gradualmente. Los viejos granjeros reunían a su
familia en sus carros, oyéndose por algún tiempo el tintineo de los
cascabeles que se alejaba por las carreteras de la hondonada y por las
distantes colinas. Algunas damiselas iban sentadas en albardas a la
grupa de su galán favorito, y su risa alegre, mezclada al rumor de las
pisadas y repetida por el eco a través de las selvas silenciosas,
resonaba más y más débil hasta extinguirse gradualmente por completo,
quedando mudo y desierto el lugar poco ha lleno de ruido y de alegría.
Sólo Íchabod había quedado, siguiendo la costumbre de los galanes del
país, para tener un _tête-à-tête_ con la heredera, plenamente convencido
de hallarse en vísperas del triunfo. No pretendo decir lo que pasó en
aquella entrevista, porque lo ignoro en realidad. Temo, sin embargo, que
algo anduvo mal porque Íchabod salió tras corto intervalo con las orejas
caídas y el aire todo desolado. ¡Oh, mujeres! ¡mujeres! ¿Era posible que
esta chica hubiese estado representando con él una de sus acostumbradas
comedias de coquetería? ¿Alentar las esperanzas del pobre pedagogo había
sido una simple farsa para asegurar la conquista de su rival? ¡Sólo Dios
lo sabe, no yo! Baste decir que Íchabod escapó con el aspecto de un
salteador de gallinero más bien que del corazón de una linda dama. Sin
mirar a la derecha ni a la izquierda para observar la opulencia agrícola
que tan a menudo había ambicionado, fué directamente al pesebre y a
puñetazos y patadas levantó con gran descortesía a su corcel del cómodo
alojamiento donde dormía a pierna suelta soñando con montes de maíz y
avena y valles enteros de forraje y trébol.
Era precisamente la hora nocturna de las brujerías[28] aquella en que
Íchabod, alicaído y descorazonado, seguía el camino de su casa por el
flanco de las elevadas colinas que dominan Tarry Town y que con tanta
alegría recorrió esa misma tarde. La hora estaba tan melancólica como
él. Lejos, allá abajo, extendía el Tappan Zee la obscura e incierta
inmensidad de sus aguas, sobre las que se divisaba aquí y allí el alto
mástil de un barco meciéndose tranquilamente al ancla. En el mortal
silencio de la media noche podía Íchabod percibir el ladrido del perro
del guarda, débil y vago, como para dar solamente idea de la distancia a
que se encontraba este fiel compañero del hombre. De vez en cuando
escuchaba también resonar con eco fantástico en sus oídos el largo y
arrastrado canto de algún gallo incidentalmente despierto, lejos, muy
lejos, en alguna granja entre las apartadas colinas. Ninguna señal de
vida mostrábase a su alrededor, fuera del melancólico chirrido del
grillo o el grito gutural de las ranas desde el pantano vecino como si,
sintiéndose incómodas durante el sueño, se revolvieran súbitamente en su
lecho.
Todas las historias de duendes y espectros que había oído al crepúsculo,
acudían ahora en tropel a su memoria. La noche se ponía más y más
obscura; las estrellas parecían hundirse más profundamente en el
firmamento, y nubes errantes las ocultaban por momentos a sus ojos.
Jamás se había sentido tan triste y abandonado. Aproximábase, de otro
lado, al sitio donde se radicaban muchas historias de aparecidos. En
medio de la carretera elevábase un enorme tulipán que dominaba como un
gigante a todos los árboles de la vecindad y servía como una especie de
mojón. Sus ramas, tan grandes como troncos de otros árboles, afectaban
formas nudosas y fantásticas retorciéndose casi hasta llegar al suelo y
elevándose de nuevo por los aires. Se le relacionaba con la trágica
historia del infortunado André, hecho prisionero en las cercanías, y era
universalmente conocido por el nombre de "árbol del mayor André." El
pueblo le miraba con cierta mezcla de respeto y superstición, nacida en
parte de la simpatía por la suerte de su malaventurado tocayo, y en
parte de los cuentos de extrañas apariciones y lamentaciones dolorosas
que circulaban a su respecto.
Conforme se aproximaba Íchabod al temido árbol comenzó a silbar,
creyendo luego que alguien había respondido a su silbo; pero era
solamente una ráfaga sutil cortando las secas ramas. Al acercarse un
poco más, pensó que veía algo blanco colgando del centro del árbol;
detúvose y dejó de silbar; pero mirando con más cuidado advirtió que el
árbol había sido herido por el rayo y en cierto sitio aparecía desnuda
la madera blanca. Repentinamente oyó un gemido; sus dientes se
entrechocaron y sus rodillas golpearon la silla: era solamente el roce
de una gran rama contra otra, movidas por la brisa. Transpuso el árbol
con felicidad, pero nuevos peligros levantábanse contra él.
A doscientas yardas del árbol un pequeño arroyo cruzaba la carretera y
corría hacia un valle cenagoso y montuoso llamado el pantano de Wíley.
Algunos ásperos maderos colocados uno junto a otro servían de puente
para pasar al riachuelo. Al lado opuesto del camino, donde el arroyo se
internaba en el bosque, un grupo de castaños y robles espesamente
entrelazados con vid silvestre arrojaba sombras cavernosas sobre la vía.
Atravesar el puente era la prueba más difícil. En idéntico sitio fué
capturado el desventurado André y bajo aquellos castaños y vides se
ocultaron los inflexibles labriegos que le sorprendieron. Desde aquel
entonces se consideraba encantado el arroyo y se llenaban de terror los
muchachos de la escuela que se veían obligados a atravesar el puente
después de anochecido.
A medida que se acercaba al arroyo, el corazón de Íchabod comenzó a dar
pesados golpes en su pecho; invocó en su ayuda, sin embargo, toda su
energía, dió a su caballo una veintena de talonazos en las costillas y
decidió valerosamente cruzar el puentecillo; pero el viejo y perverso
animal, en vez de lanzarse hacia adelante, dió un bote de costado y se
arrojó de través contra la estacada. El maestro, cuyos temores
aumentaban con la demora, tiró entonces las riendas del lado opuesto y
espoleó vigorosamente al jaco con el pie contrario. Todo fué en vano: el
caballo arrancó, es verdad, pero sólo para arrojarse al otro lado del
camino entre unas matas de zarzas y malezas de toda clase. Íchabod hizo
uso entonces del látigo y los talones contra los flancos hambrientos del
viejo Gunpowder que se lanzó de frente resoplando y bufando, pero para
detenerse justamente delante el puente, tan de súbito, que casi arroja
al jinete por las orejas. En este preciso instante el sensible oído de
Íchabod percibió un pesado chapoteo hacia el lado del puente. Entre la
obscura sombra de la arboleda a orillas del arroyo, vió algo inmenso,
informe y de altura desmesurada. No se movía, sino que parecía recogerse
en las tinieblas como algún monstruo gigantesco pronto a lanzarse sobre
el viajero.
El cabello del despavorido pedagogo se erizaba a impulsos del terror.
¿Qué podía hacer? Era demasiado tarde para volver riendas y además, ¿qué
probabilidades tenía de escapar a un duende o aparecido, si tal era, que
podría cabalgar en alas de los vientos? Reuniendo su valor, preguntó con
voz temblorosa: "¿Quién sois?" No recibió respuesta. Repitió su pregunta
con voz aun más agitada. Tampoco obtuvo contestación. Azotó de nuevo los
ijares del inflexible Gunpowder y cerrando los ojos rompió a entonar un
salmo con involuntario fervor. Precisamente en aquel momento el sombrío
objeto de alarma se puso en movimiento y lanzándose de un bote plantóse
en medio del camino. Aun cuando la noche era lóbrega y siniestra podía
discernirse en cierto grado la figura del desconocido. Aparentaba ser un
jinete de grandes dimensiones montado en un caballo negro de aspecto
vigoroso. No hacía demostración alguna en pro ni en contra sino que se
mantenía a lado de la carretera, zangoloteándose ligeramente por el lado
tuerto de Gunpowder que parecía ahora libre de su terror y malas
disposiciones.