Íchabod Crane poseía en realidad una extraña mezcla de sagacidad

limitada y pueril credulidad. Su afición por lo maravilloso y su

facilidad para digerirlo eran igualmente extraordinarias, habiendo

alcanzado mayores proporciones con su estadía en aquella encantada

región. Ninguna leyenda era demasiado monstruosa o inverosímil para su

capacidad de absorción. Deleitábase a menudo, después de cerrar la

escuela por las tardes, en tenderse en el mullido lecho de trébol que

bordeaba el pequeño arroyo que murmuraba en las cercanías, y leer los

horrendos y antiguos cuentos de Máther hasta que la obscuridad creciente

de la tarde convertía los caracteres impresos en las páginas en sombras

indecisas delante de sus ojos. Entonces, continuando su camino a través

de pantanos y medrosas arboledas hacia la alquería donde se hospedaba en

aquel momento, turbábase su excitada imaginación con todos los ruidos de

la naturaleza en aquella hora misteriosa: el lamento de la chotacabras

desde los flancos de la colina, el grito agorero de la rana arbórea

anunciando la tempestad, el medroso alarido de la lechuza y el repentino

rumor del follaje al roce de los pájaros sorprendidos en su asilo. Las

luciérnagas, que brillaban con mayor intensidad en los sitios más

obscuros, asustábanle también de vez en cuando al cruzar inopinadamente

alguna de las más lucientes su camino; y si por casualidad cualquier

enorme escarabajo aturdido venía bamboleándose en desatinado vuelo en su

dirección, el pobre camastrón estaba a punto de rendir el ánima

imaginando que había sido herido por algún maleficio. Su único recurso

en tales ocasiones para distraer sus pensamientos o alejar los malos

espíritus era entonar salmos; y las buenas gentes del valle encantado,

sentadas al ocaso a las puertas de sus casas, llenábanse a veces de

pavor escuchando su melodía nasal "brotando en largos eslabones de

dulzura,"[22] y extendiéndose desde la distante colina o a lo largo de

la polvorienta carretera.

Otra fuente de medroso placer consistía para él en pasar las largas

noches de invierno en compañía de las mujeres que hilaban en torno del

fuego escuchando, mientras sartas de manzanas se asaban y

chisporroteaban en el hogar, sus maravillosas historias de duendes y

aparecidos, de campos y arroyos encantados, y de casas y puentes

poseídos; y particularmente la leyenda del jinete sin cabeza o soldado

galopante del valle encantado, como le llamaban a veces. Deleitábalas

por su parte con las anécdotas de brujería y de pavorosos augurios y

apariciones portentosas y ruidos en los aires, que acontecían en los

antiguos tiempos de Connécticut; y llenábalas de angustia con diversas

consideraciones sobre los cometas y estrellas errantes, así como sobre

el hecho alarmante de que el mundo giraba absolutamente en redondo y que

estaban precisamente a medio camino de la voltereta.

Pero si existía algún placer en tales conversaciones mientras se

encontraban abrigados y protegidos en el rincón de la chimenea, en una

habitación vivamente alumbrada por el resplandor de los crujientes leños

y donde ningún espectro se hubiera atrevido por cierto a asomar la faz,

este goce se pagaba caramente con los subsiguientes terrores del camino

de regreso a los respectivos hogares. ¡Qué figuras y sombras más

horrendas a lo largo del sendero, entre la bruma y brillo sepulcral de

una noche de nevada! ¡Con qué anhelante mirada examinaba Íchabod cada

rayo tembloroso de luz brillando a través del vasto campo desde alguna

distante ventana! ¡Cuán frecuentemente sintióse atemorizado ante

cualquier arbusto cubierto de nieve que, cual fantasma revestido de una

sábana, parecía espiar su camino! ¡Cuántas veces se estremeció de helado

pavor al sonido de sus propios pasos en la endurecida corteza de la

tierra, sin atreverse siquiera a mirar por encima del hombro por temor

de encontrarse con algún ser extraordinario marchando pesadamente a sus

talones! ¡Y cuán a menudo se sintió desfallecer del todo al rumor de

una ráfaga de viento gimiendo entre los árboles, con la idea de que era

el soldado de caballería galopando en una de sus excursiones nocturnas!

No eran, sin embargo, más que simples terrores de la noche, fantasmas de

la mente del que camina en la obscuridad; y aun cuando Íchabod había

visto muchos espectros en diversas ocasiones y había sido más de una vez

acechado en diferentes formas por Satán[23] en sus solitarios vagares,

la luz del día ponía siempre fin a estas alucinaciones; y habría

disfrutado con todo una dichosa existencia, a despecho del diablo y de

sus obras, si no se hubiera cruzado en su camino el ser que causa a los

mortales perplejidades mayores que todos los espectros, duendes y la

raza entera de los brujos reunidos; esto es: una mujer.

Entre los discípulos de música que se reunían una vez por semana en la

noche para recibir sus lecciones de salmodia, encontrábase Katrina Van

Tássel, hija única de un rico granjero holandés. Era un delicioso

pimpollo de dieciocho años, regordeta como una perdiz, sabrosa, suave y

de mejillas tan rosadas como uno de los melocotones de su padre; y de

fama universal, no sólo por su belleza sino por sus vastas expectativas

en el porvenir. Con esto, era un poquitillo coqueta como podía deducirse

de su manera de vestir, combinación de la moda antigua y moderna en la

forma más apropiada para realzar sus encantos. Usaba los mismos adornos

de oro amarillo puro que su tatarabuela trajera de Saardam; el tentador

peto y una provocativa falda corta que permitía admirar el más lindo pie

y tobillo que se lucían en toda la región circunvecina.

Íchabod Crane tenía un corazón blando y decidido por el bello sexo; por

lo cual no debe maravillar que bocado tan exquisito encontrara gracia

ante sus ojos, sobre todo después de haber estado de visita en la casa

paterna. El viejo Baltus Van Tássel era la encarnación perfecta del

granjero próspero, feliz y de corazón abierto. Es verdad que rara vez

traspasaban sus ideas o sus miradas más allá de los linderos de su

granja; pero dentro de ellos todo era dicha, holgura y comodidad. Vivía

satisfecho pero no orgulloso de su prosperidad; y tenía más a gala la

abundancia sencilla que el estilo rebuscado en su manera de vivir. Sus

dominios estaban situados sobre las riberas del Hudson, en uno de

aquellos verdes, abrigados y fértiles rincones en que tanto gusta anidar

a los agricultores holandeses. Un gran olmo extendía sus anchas ramas

sobre la casa, y a sus pies brotaba una fuente de agua dulce y

cristalina en un pequeño manantial formado por un barril, de donde se

escapaba centelleando entre el césped hasta reunirse al arroyuelo vecino

que murmuraba bajo los alisos y los sauces enanos. Cerca de la casa

había una vasta troje que podía haber servido de iglesia; sus ventanas y

hendeduras parecían a punto de estallar con los tesoros de la granja;

oíase resonar dentro día y noche el atareado mayal; las golondrinas y

vencejos deslizábanse gorjeando bajo los aleros; mientras hileras de

palomas, algunas con un ojo vuelto hacia arriba como para examinar el

tiempo, otras con la cabeza bajo el ala o enterrada entre el pecho,

otras hinchándose, arrullando o haciendo la rueda a sus damas, tomaban

el sol desde el tejado. Cerdos bruñidos y pesados gruñían en el reposo y

abundancia de sus chiqueros, de donde asomaban las narices aquí y allá,

como absorbiendo el aire, manadas de cachorros. Un majestuoso escuadrón

de nevados gansos nadaba en el cercano estanque, escoltando flotillas

enteras de patos; regimientos de pavos cloqueaban por la granja,

mientras las gallinas de Guinea protestaban de tal atrevimiento con su

malhumorado y discordante grito, como gruñonas amas de casa. Delante de

la puerta de la troje pavoneábase el arrogante gallo, modelo de maridos,

de guerreros y gentileshombres, sacudiendo sus brillantes alas y

cantando toda la alegría y el orgullo de su corazón; escarbando a veces

la tierra con las patas y llamando después generosamente a su siempre

hambrienta familia de mujeres y chiquillos para que saborearan el rico

bocado que había descubierto.

Volvíase agua la boca del pedagogo al contemplar las magníficas promesas

de suculenta mesa para el invierno. En su devoradora visión aparecían

los lechoncillos rellenos corriendo a su alrededor con una manzana en el

hocico; los pichones voluptuosamente acostados en apetitoso pastel y

arrebozados en su dorada corteza; los gansos nadando en su propia salsa;

y los patos agradablemente instalados por parejas en las fuentes, como

amorosos cónyuges, con una decente provisión de salsa de cebollas. En

los puercos veía señalarse las rayas del futuro y reluciente tocino, y

el jugoso y delicado jamón; no había un solo pavo al que no adivinara

deliciosamente trufado, con la molleja bajo el ala y algunas veces con

un collar de sabrosas salchichas; y hasta los bizarros monarcas del

corral yacían tendidos sobre el lomo, como plato de entrada, con las

garras levantadas como implorando el cuartel que su caballeresco

espíritu desdeñara demandar en vida.

Al mismo tiempo que el extasiado Íchabod fantaseaba todo esto al rodar

la mirada de sus verdes ojos sobre los pingües prados, los ricos campos

de trigo, de centeno, de trigo sarraceno y maíz, como sobre los árboles

cediendo al peso de los rubios frutos en las huertas que rodeaban la

propiedad de Van Tássel, su corazón suspiraba por la damisela que

heredaría estos dominios, y caldeábase su imaginación a la idea de cuán

fácilmente podrían convertirse en plata contante que a su vez se

invertiría en inmensas posesiones de terreno yermo y palacios de ripia

en el desierto. No se detenía allí su ardiente fantasía sino que,

realizando sus esperanzas, le presentaba a la graciosa Katrina con toda

una larga prole de chiquillos, sentada en lo alto de un carro cargado de

baratijas caseras, con potes y marmitas danzando en la parte inferior; y

él mismo veíase montando a horcajadas una pacífica yegua con un potrillo

a la zaga, camino de Kentucky, Tennessee o Dios sabe qué rumbo.

Cuando entró en la casa, su corazón quedó conquistado por completo. Era

una de aquellas espaciosas granjas de altos caballetes y tejados de bajo

declive, construídas al estilo transmitido por los primeros colonos

holandeses; proyectándose hacia adelante los bajos aleros hasta formar

un corredor fronterizo capaz de cerrarse por completo en el mal tiempo.

Debajo colgaban mayales, arneses, instrumentos de labranza y redes para

pescar en la ribera cercana. En todo el largo de los costados había

bancos para el tiempo de verano; una gran rueda de hilar a uno de los

extremos y una mantequera al otro lado, mostraban los diversos usos a

que este importante pórtico estaba destinado. Del corredor pasó el

embelesado Íchabod a la sala que formaba el centro del edificio y era el

sitio habitual de residencia. Allí, hileras de resplandeciente vajilla,

colocada en un gran aparador, deslumbraron sus miradas. En un rincón

había un enorme saco de lana lista para hilarse; en otro, una cantidad

de lino y lana acabada de llegar del telar; mazorcas de maíz y cuerdas

de manzanas y melocotones secos pendían de los muros en atractiva

decoración, mezclados al festival de los rojos pimientos; mientras una

puerta ligeramente entornada permitía echar una ojeada al salón más

caracterizado, donde las sillas con sus patas de garras y las mesas de

caoba obscura relucían como espejos; los morillos de la chimenea, con

sus correspondientes palas y tenazas, resplandecían bajo su cubierta

semejando cabezas de espárragos; arbustos y conchas decoraban la repisa

de la chimenea, sobre la cual veíanse suspendidas hileras de huevos de

diversos colores; un gran huevo de aveztruz campeaba pendiente en el

centro de la pieza; y un gran anaquel, abierto intencionadamente,

desplegaba inmensos tesoros de plata antigua y porcelana bien conservada

de la China.

Desde el momento en que Íchabod reposó sus miradas en aquellas escenas

deleitosas desapareció la paz de su espíritu, y todo su estudio

concentróse en descubrir la manera de ganar el afecto de la sin par hija

de Van Tássel. Tropezaba, sin embargo, para esta empresa con

dificultades mayores de las que acostumbrara vencer el enjambre de

caballeros errantes de antaño que sólo combatían con gigantes,

encantadores, fieros dragones y otros adversarios de este jaez, fáciles

de dominar; viéndose obligados solamente a abrirse paso a través de

puertas de hierros y bronce, y muros de adamanto, para llegar al

castillo encantado donde se hallaba confinada la dama de sus

pensamientos; hazañas todas que realizaban tan fácilmente como quien

abre una vía hasta el fondo de un pastel de Navidad, encontrando al cabo

que la dama les otorgaba su mano como cosa convenida con anterioridad.

Íchabod, por el contrario, tenía que ganar el corazón de una coqueta de

aldea, perdido en un laberinto de caprichos y extravagancias que

ofrecían cada vez nuevas dificultades y estorbos; y hacer frente,

además, a una legión de adversarios de carne y hueso, los rústicos y

numerosos admiradores de Katrina, que sitiaban todos los accesos a su

corazón espiándose mutuamente con irritadas miradas, pero prontos a

formar causa común para atacar a cualquier nuevo competidor.

El más formidable entre ellos era un jactancioso, turbulento y atronador

valentón llamado Abraham o Brom Van Brunt según la abreviatura

holandesa, que se había hecho el héroe de la comarca por sus hazañas de

fuerza y temeridad. Tenía anchos hombros y macizas articulaciones,

cabello corto, negro y rizado, y aspecto rústico pero no desagradable,

con cierto aire mezcla de jovialidad y arrogancia. Por su figura

hercúlea y sus potentes miembros había merecido el sobrenombre de Brom

Bones (Brom el huesoso), por el cual se le conocía generalmente. Tenía

fama de grandes conocimientos y destreza en la equitación, sintiéndose

tan firme a caballo como un tártaro. Era el primero en todas las

apuestas y peleas de gallos y, con el ascendiente que la fuerza física

ejerce siempre en la vida rural, hacía de árbitro en todas las disputas,

decidiendo por cualquiera de las partes y dictando sus sentencias con

aire y tono que no admitía réplica ni contradicción. Estaba siempre

pronto para un lío o para una juerga; pero había más travesura que mala

intención en su temperamento y, en medio de toda su rudeza exterior,

gastaba en el fondo sus arranques de broma y buen humor. Tenía tres o

cuatro buenos camaradas que le tomaban como modelo y a la cabeza de los

cuales recorría la comarca mezclándose en todas las contiendas y

diversiones en muchas millas a la redonda. En el invierno llevaba

siempre como distintivo un gorro de piel con airosa borla de cola de

zorro; y cuando la gente reunida en alguna fiesta de aldea divisaba a la

distancia el conocido penacho agitándose en medio de un escuadrón de

atrevidos jinetes, sabía ya que se preparaba una borrasca. Algunas veces

se oía pasar la banda a media noche delante de las granjas, en medio de

gritos y exclamaciones como una tropa de cosacos del Don; y las viejas

damas arrancadas a su sueño acostumbraban escuchar por un momento hasta

que el ruido hubiera cesado y exclamaban entonces: "¡Ah! ¡Por allí anda

Brom Bones y su banda!" Los vecinos le miraban con mezcla de pavor,

admiración y simpatía, y siempre que ocurría en el pueblo algún tremendo

alboroto o cualquier extravagante locura, sacudían la cabeza y

garantizaban que Brom Bones se encontraba al fondo del asunto.

Hacía ya algún tiempo que este selvático héroe había hecho de la

deslumbradora Katrina el objeto de sus rudas galanterías, y a pesar de

que sus amorosos manejos eran algo semejantes a las gentiles caricias y

halagos de un oso, se murmuraba que la joven no desalentaba sus

esperanzas. Lo cierto es que sus avances fueron la señal de retirada

para los candidatos rivales que no se sentían inclinados a irritar a un

león en sus amores; de manera que, cuando un domingo por la noche pudo

verse su caballo atado en las caballerizas de Van Tássel, como muestra

infalible de que su amo hallábase dentro cortejando o "pretendiendo,"

como se acostumbraba decir, todos los aspirantes continuaron su camino

desesperados y fueron a iniciar nuevas lides por otros barrios.

Tal era el formidable rival con quien Íchabod Crane había de luchar y,

todo bien considerado, hombres más fornidos que él habrían temido al

competidor, y los más prudentes habrían desesperado. Pero en la

naturaleza del maestro había una mezcla feliz de maleabilidad y

perseverancia; en figura y en espíritu era un mozo bien templado;

flexible, pero tenaz; doblegándose sin romperse; y aun cuando inclinaba

la cabeza a la menor presión, apenas pasado el momento difícil ¡zas!

erguíase de nuevo y llevaba la frente tan alta como de costumbre.

Habría sido ciertamente una locura combatir a campo abierto contra

semejante rival, hombre tan incapaz como el fogoso Aquiles, de sufrir la

menor oposición a sus amores, Íchabod, por consiguiente, hacía sus

avances de manera muy suave e insinuante. So capa de maestro de canto

hacía visitas frecuentes a la alquería; sin que esto signifique, de otro

lado, que tuviese nada que temer de la oficiosa intervención de la

familia que a menudo representa un grave escollo en la senda de los

amantes. Balt Van Tássel era un hombre bueno e indulgente; amaba a su

hija más aún que a su pipa, y a fuer de hombre razonable y excelente

padre, dejábala hacer su voluntad en todo cuanto se la antojase. Su

arreglada mujercita tenía demasiado que hacer con atender a la casa y

cuidar de las aves; y además, como observaba sabiamente, los patos y los

gansos son muy tontos y es preciso mirar por ellos, mientras que las

muchachas pueden cuidarse por sí mismas. Así, mientras la atareada

señora bullía por la casa o daba vueltas a la rueca en un extremo del

corredor, el honrado Balt sentábase a fumar su pipa al otro extremo,

contemplando las proezas de un pequeño guerrero de madera que, armado de

una espada en cada mano, desafiaba al viento valientemente desde el

pináculo del granero. Entretanto Íchabod defendía su causa con la hija

bajo el gran olmo al lado de la fuente o vagando por la granja hacia el

crepúsculo, hora la más propicia para la elocuencia amatoria.

No me precio de saber cómo se vence y es vencido el corazón de la mujer.

Para mí ellas han sido siempre un enigma y un motivo de admiración.

Algunas parecen tener solamente un punto vulnerable o puerta de acceso,

mientras otras tienen millares de avenidas y pueden capturarse de mil

modos diferentes. Es un gran triunfo de la estrategia conquistar a las

primeras, pero demanda aun mayores conocimientos en esta ciencia

conservar la posesión de las segundas, porque entonces el hombre tiene

que librar batalla en todas las puertas y ventanas para defender su

fortaleza. Aquel que vence un corazón de mil entradas tiene ciertamente

derecho a algún renombre; pero el que conserva dominio indisputable en

el corazón de una coqueta es un héroe, en verdad. Mas no era éste el

caso con el temible Brom Bones, pues desde el momento en que Íchabod

Crane inició sus avances, declinaron evidentemente los intereses del

primero; no se veía ya su caballo atado en la caballeriza los domingos

por la noche, y una enemistad mortal desarrollóse gradualmente entre él

y el preceptor del valle encantado.

Brom, con su natural rudeza caballeresca, habría llevado de buena gana

las cosas a campo abierto y definido las pretensiones de ambos sobre la

dama en combate singular, de acuerdo con la moda de los más concisos y

simples razonadores, los caballeros errantes de antaño; pero Íchabod

tenía demasiada conciencia de la superioridad física de su adversario

para arriesgarse a justar con él; había oído jactarse a Bones de que

"doblaría en dos al maestro y le encerraría en uno de los anaqueles de

la escuela;" y era demasiado prudente para darle ocasión de ponerlo en

práctica.

Había algo extremadamente provocativo en su sistema de pacífica

obstinación, que no dejaba a Brom otra alternativa que acudir al fondo

de bellaquería que tenía siempre a su disposición y jugar a su rival

pesadas bromas, Íchabod llegó a convertirse en el objeto de una

fantástica persecución de parte de Bones y sus zafios camaradas.

Pillaban sus en otro tiempo pacíficos dominios, llenaban de humo la sala

de canto obstruyendo la chimenea, invadían la escuela durante la noche a

despecho de las ataduras de mimbres y estacas de las ventanas

volviéndolo todo de través, de manera que el pobre maestro comenzaba a

creer que las brujas de todo el país se congregaban allí para celebrar

sus sábados. Pero todavía lo más insoportable era que Brom aprovechaba

toda ocasión de ponerle en ridículo delante de su dama, y tenía un

canalla de perro a quien había enseñado a aullar de la manera más

irritante y al cual presentaba como rival de Íchabod para enseñar a

Katrina la salmodia.

En esta forma marcharon los asuntos por algún tiempo sin producir

efectos sensibles en la respectiva situación de los poderes

beligerantes. Una hermosa tarde de otoño encontrábase Íchabod muy

pensativo, entronizado en el alto escabel desde donde dominaba

generalmente todos los incidentes de su pequeño reino de las letras.

Balanceaba en su mano una férula, cetro de su despótico poder; la

varilla justiciera, terror constante de los malhechores, reposaba en

tres clavos detrás del trono, mientras sobre el escritorio podían verse

diversos artículos de contrabando y armas prohibidas, como manzanas

mordidas, cerbatanas, perinolas, jaulas de moscas y legiones enteras de

exuberantes gallitos de papel, decomisados sobre la persona de aquellos

holgazanes bribonzuelos. A todas luces, había tenido lugar hacía poco

algún tremebundo acto de justicia, porque los escolares estaban

intensamente atareados con sus libros o cuchicheaban tras ellos a

hurtadillas con ojo avizor sobre el maestro; y una especie de latente

zumbido reinaba en toda la sala de clase. Bruscamente el silencio se

interrumpió con la aparición de un negro, vestido de chaqueta y calzón

de cáñamo, con un fragmento redondo de copa de sombrero semejando el

gorro de Mercurio, y montado en un potro esmirriado, salvaje y

cojitranco, al que manejaba con una soga a guisa de ronzal. Se presentó

alborotando a la puerta de la escuela y trayendo a Íchabod una

invitación para una fiesta campestre o "quilting frolic"[24] que tendría

lugar aquella noche donde los Van Tássels; y después de declamar su

mensaje con el aire de importancia y el esfuerzo por expresarse en

lenguaje fino que los negros son tan dados a desplegar en pequeñas

embajadas de esta clase, saltó sobre su rocinante y desapareció por la

hondonada con toda la prisa ceremoniosa que requería su misión.

Todo era ahora bullicio y aturdimiento en la poco ha tranquila sala de

clase. Los muchachos pasaron sus lecciones al escape sin detenerse en

bagatelas; los más vivos escamotearon la mitad impunemente; los tardíos

recibieron de vez en cuando alguna eficaz aplicación en la parte

posterior para aguijonear su inteligencia y ayudarles a encontrar

cualquier palabra difícil. Arrojáronse los libros a un lado sin

preocuparse de ordenarlos en los anaqueles; volteáronse los tinteros,

cayeron las bancas, y la escuela quedó desierta una hora antes de lo

acostumbrado, dejando escapar una legión de diablillos que chillaban y

alborotaban entre el verdor en la alegría de su temprana emancipación.

El galante Íchabod dedicó por lo menos media hora más de lo ordinario a

su tocador, acepillando y puliendo su mejor y a decir verdad único

vestido negro desteñido, y arreglando sus guedejas con ayuda de un trozo

de espejo colgado en una de las paredes de la escuela. Para presentarse

ante su dama en verdadero estilo caballeresco, pidió prestado un corcel

al granjero en cuya casa se alojaba por entonces, un viejo holandés

gruñón llamado Hans Van Rípper, y así, bizarramente montado, salió como

un caballero errante en busca de aventuras. Mas tratándose de una

historia romántica, necesito consignar aquí siquiera en somera forma el

aspecto y equipo de mi héroe y de su cabalgadura. Montaba un averiado

caballo de arado que había dejado tras sí todo en la vida menos sus

defectos. Era flaco y peludo, con pescuezo de oveja y cabeza que parecía

un martillo; sus amarillentas crines y cola estaban todas enredadas y

llenas de nudos de cadillos; uno de sus ojos había perdido la pupila y

aparecía vidrioso y espectral, mientras el otro tenía reflejos

genuinamente diabólicos. A juzgar por su nombre, Gunpowder (Pólvora),

debía haber tenido mucho fuego y brío en sus días. Había sido, en

efecto, la montura favorita del iracundo Van Rípper, jinete frenético,

que había infundido probablemente al animal algo de su propio espíritu,

pues viejo y maltratado como estaba, conservaba aun más oculta malicia

que cualquier potro joven de la comarca.

Cuentos Clásicos del Norte, Segunda Serie · 第 3 / 18 段