veía avanzar por la carretera. Era descendiente del historiador del
mismo nombre[10] que escribió una de las primeras crónicas de la
provincia. Péter era el más antiguo de los habitantes de la aldea y muy
versado en todos los acontecimientos maravillosos y tradiciones del
vecindario. Reconoció a Rip Van Winkle inmediatamente y corroboró su
relato de la manera más satisfactoria. Aseguró a la asamblea que era un
hecho establecido por su antepasado el historiador que las montañas
Káatskill habían estado pobladas siempre de seres extraños. Afirmábase
igualmente que el gran Héndrick Hudson, descubridor del río y de la
comarca, celebraba allí una especie de velada cada veinte años con toda
la tripulación de la _Half-Moon_; siéndole dado así el recorrer los
lugares donde se realizaron sus hazañas y mantener ojo alerta sobre el
río y la gran ciudad llamados por su nombre. Declaró que su padre les
había visto una vez vistiendo sus antiguos trajes holandeses y jugando a
los bolos en una cueva de la montaña; y que él mismo había oído una
tarde el eco de las bolas resonando como lejanas detonaciones de
truenos.
Para abreviar, la compañía se disolvió volviendo al asunto más
importante de la elección. La hija de Rip llevósele a su casa a vivir
con ella; tenía una linda casita bien amueblada, y por marido a un
fornido y jovial granjero a quien recordaba Rip como uno de los
pilluelos que acostumbraban encaramarse en sus espaldas. En cuanto al
hijo y heredero de Rip--la copia de su padre que apareció reclinado
contra el árbol--estaba empleado como mozo de la granja; pero mostraba
una disposición hereditaria para atender a cualquiera otra cosa de
preferencia a su labor.
Rip reasumió entonces sus antiguos hábitos y correrías; encontró pronto
muchos de sus contemporáneos, aunque bastante averiados por los estragos
del tiempo; prefiriendo entablar amistades entre la nueva generación de
la cual a poco llegó a ser el favorito.
No teniendo ocupación en la casa y habiendo alcanzado la edad feliz en
que el hombre puede ser holgazán impunemente, ocupó de nuevo su lugar en
el banco a la puerta del mesón, donde era reverenciado como uno de los
patriarcas de la aldea y como crónica viviente de la época "anterior a
la guerra." Transcurrió algún tiempo antes de que se pusiera al
corriente de la chismografía del vecindario o llegara a comprender los
extraños acontecimientos que se habían desarrollado durante su sueño: la
guerra de la revolución, cómo arrojó el país el yugo de la vieja
Inglaterra, y cómo era que en vez de ser vasallo de su majestad Jorge
III, se había convertido en ciudadano libre de los Estados Unidos. En
realidad, Rip no era político: las transiciones de estados e imperios
hacíanle muy poca mella; pero existía cierta clase de despotismo bajo el
cual había gemido largo tiempo: el gobierno de las faldas. Felizmente
aquello había terminado; había escapado al yugo matrimonial y podía ir y
venir por todas partes sin temor a la tiranía de la señora Van Winkle.
Cada vez que se mencionaba este nombre, sin embargo, Rip sacudía la
cabeza, encogía los hombros y levantaba los ojos al cielo, lo cual podía
tomarse tanto como expresión de resignación a su suerte como de alegría
por su liberación.
Acostumbraba referir su historia a todos los extranjeros que se
hospedaban en el hotel de Mr. Dóolittle. Pudo notarse al principio que
la relación difería cada vez en varios puntos, lo que se debía
indudablemente a su reciente despertar. Pero al fin se fijó exactamente
en la forma que acabo de relatar, y no había hombre, mujer o niño en
todo el vecindario que no se la supiera de memoria. Algunos afectaban
siempre dudar de su veracidad insistiendo en que Rip no había estado en
sus cabales, y que respecto de este punto siempre desvariaba. Los viejos
holandeses, sin embargo, le daban casi unánimemente pleno crédito. Aun
hoy no pueden oír las tempestades de truenos que estallan ciertas tardes
de verano en los alrededores de las montañas Káatskill, sin decir que
Héndrick Hudson y su tripulación están jugando su partida de bolos; y es
el deseo general de los maridos del pueblo maltratados por su mujer,
cuando la vida les resulta muy pesada, obtener algunos tragos del frasco
bienhechor de Rip Van Winkle.
NOTA
Podría sospecharse que el cuento que antecede hubiera sido inspirado a
Mr. Kníckerbocker por una pequeña superstición alemana acerca del
emperador Federico _der Róthbart_[11] y la montaña Kypphaüser. La nota
adjunta, sin embargo, que escribió como apéndice a este cuento,
demuestra que es un hecho absolutamente verídico, narrado con su
habitual fidelidad:
"La historia de Rip Van Winkle parecerá increíble a muchas personas;
mas, a pesar de todo, le doy entero crédito porque sé que los
alrededores de nuestra viejas colonias holandesas han sido teatro de
muchos sucesos y apariciones maravillosas. Verdaderamente, he oído en
las ciudades de las riberas del Hudson historias más inverosímiles que
la presente, las cuales estaban demasiado bien autorizadas para
permitirse alimentar la menor duda. Yo mismo he hablado varias veces
con Rip Van Winkle, quien era un hombre anciano y venerable la última
vez que le vi, y tan perfectamente racional y lógico, desde todo punto
de vista, que no creo que ninguna persona de conciencia rehusara dar
crédito a su historia; he visto también un certificado al respecto
otorgado ante el tribunal de la comarca y firmado con una cruz de la
propia mano del juez. De consiguiente la historia se encuentra fuera de
toda posibilidad de duda.
"D. K."
POST SCRIPTUM
Las siguientes notas se han tomado de un memorándum de viaje de Mr.
Kníckerbocker:
El Káatsberg, o montañas Káatskill, han sido siempre una región de
leyenda. Los indios las consideraban como la mansión de los espíritus
que dominaban el tiempo lanzando nubes o rayos de sol sobre el horizonte
y procurando buenas o malas estaciones de caza. Estaban dirigidos por el
espíritu de una vieja india que se suponía ser la madre y habitaba en el
pico más elevado de las montañas Káatskill. Corría a cargo de las
puertas día y noche para abrirlas y cerrarlas a la hora conveniente.
Colgaba las lunas nuevas en el firmamento y recortaba las viejas para
hacer estrellas. En tiempos de sequía podía obtenerse, con adecuada
propiciación, que hilara ligeras nubes de verano, formadas de telarañas
y rocío de la mañana, y las enviara a flotar en el aire copo a copo
desde la cresta de la montaña, como vedijas de algodón cardado; hasta
que disueltas por el calor del sol caían en lluvia deliciosa provocando
el brote de la hierba, la madurez de los frutos y el crecimiento de las
mieses a razón de una pulgada por hora. Si, en cambio, se encontraba
disgustada, aglomeraba nubes negras como tinta, colocándose en el centro
como una araña ventruda en medio de su tela; y cuando aquellas nubes
estallaban ¡qué de calamidades sucedíanse en el valle!
Antiguamente, afirmaban las tradiciones indias, existía una especie de
Mánitou o espíritu que habitaba las regiones más salvajes de las
montañas Káatskill y experimentaba un malvado placer en procurar toda
clase de males y vejaciones a los hombres rojos. Algunas veces asumía la
forma de oso, gamo o pantera para arrastrar al extraviado cazador a una
fatigosa jornada a través de bosques intrincados y ásperas rocas, y
desaparecer entonces lanzando un fuerte ¡ho! ¡ho! dejando al despavorido
cazador al borde de un escarpado abismo o de un torrente devastador.
Aun se muestra la residencia favorita de este Mánitou. Es una roca o
risco enorme en la parte más agreste de la montaña y se conoce con el
nombre de _Garden Rock_ (Roca florida) a causa de las frescas vides que
trepan abrazándola, y de las flores silvestres que abundan a su
alrededor. A sus pies yace un pequeño lago, asilo del solitario
alcaraván y poblado de serpientes acuáticas que toman el sol en las
hojas de los nenúfares que duermen en la superficie. El lugar era
tenido en gran veneración por los indios, hasta el punto que ni el más
atrevido cazador habría osado perseguir la pieza dentro de su recinto.
Cierto día, sin embargo, un cazador extraviado penetró en Garden Rock y
pudo observar gran número de calabazas colgando de las ramas
ahorquilladas de los árboles. Cogió una de ellas y trató de hurtarla;
pero en su prisa por huir la dejó caer entre las rocas, de donde brotó
un torrente que le arrebató y arrastró a profundos abismos en cuyo fondo
quedó destrozado por completo. El torrente siguió su curso hasta el
Hudson y continúa corriendo hasta el día; siendo el mismo arroyo
conocido hoy por el nombre de Kaaters-kill.
LA LEYENDA DEL VALLE ENCANTADO
ENCONTRADA ENTRE LOS PAPELES DEL DIFUNTO DÍEDRICH KNÍCKERBOCKER
Es tierra bonancible de extrañas fantasías,
De ensueños que se ciernen sobre ojos entornados,
Y encantados castillos en nubes fugitivas
Que siempre se coloran en cielos estivales.
_--Castle of Indolence._[12]
En el fondo de una de aquellas espaciosas ensenadas, que tanto abundan
en las playas orientales del Hudson, y en un gran ensanchamiento del
río, denominado Tappan Zee[13] por los antiguos navegantes holandeses,
donde acortaban velas prudentemente, invocando la protección de San
Nicolás para atravesarlo, yacía una pequeña aldea o puerto rural que
algunos llaman Gréensburgh, pero que es general y propiamente conocida
por el nombre de Tarry Town (Lugar de parada). Se dice que este nombre
le fué dado antiguamente por las buenas comadres del pueblo vecino, con
motivo de la inveterada costumbre de sus maridos de estacionarse en las
tabernas en los días de mercado. Sea de ello lo que fuere, yo no
garantizo el hecho sino simplemente lo consigno en mi deseo de ser
preciso y auténtico. No muy lejos del pueblo, quizá a dos millas más o
menos, existe un diminuto valle o más bien un repliegue del terreno
entre altas colinas, que es uno de los sitios más tranquilos en todo el
universo. Un pequeño arroyo lo atraviesa, deslizándose con suave
murmullo que invita al reposo; siendo el reclamo eventual de la codorniz
o el golpeteo del pájaro carpintero los únicos ruidos que turban de vez
en cuando la tranquilidad estática de aquel paraje.
Recuerdo que mi primera hazaña en la caza de ardillas, cuando yo era
todavía un mozalbete, tuvo lugar en un bosquecillo de altos nogales que
sombrean un lado del valle. Vagaba por allí al mediodía, hora en que la
naturaleza está particularmente tranquila, y me sobrecogí al estruendo
de mi propia escopeta, prolongado y repercutido por el indignado eco,
rompiendo el sosegado silencio de los alrededores. Si alguna vez
anhelara yo un pacífico retiro donde huir del mundo y de sus
distracciones y soñar en tranquila quietud todo el resto de una agitada
existencia, nada respondería mejor a tal propósito que este escondido
vallecito.[14]
A causa de la indolente tranquilidad del lugar y del carácter peculiar
de sus habitantes, que descienden de los originarios colonos
holandeses, aquella recóndita cañada era conocida hace mucho tiempo por
el nombre de _VALLE ENCANTADO_, y los rústicos mozos del vecindario son
conocidos en todo el país circunvecino como los zagales del valle
encantado.
Una letárgica y soñadora influencia parece pesar sobre toda la comarca y
prevalecer en su ambiente. Algunos afirman que el lugar fué hechizado en
los primeros días de la colonización por un ilustre doctor alemán;
otros, que un viejo jefe indio, el profeta o adivino de la tribu,
celebraba allí sus conjuros antes del descubrimiento de aquella región
por Master Héndrick Hudson.[15] Lo cierto es que el lugar continúa bajo
el dominio de algún encantador que mantiene hechizada la mente de
aquellas buenas gentes, haciéndolas vivir en plena fantasía. Son dadas a
toda clase de creencias maravillosas; están sujetas a éxtasis y
visiones, y continuamente ven extrañas apariciones y oyen músicas y
voces por los aires. El vecindario abunda en cuentos locales, en lugares
frecuentados por espectros y en supersticiones sombrías. Las estrellas
voladoras y los brillantes meteoros cruzan aquel valle más a menudo que
cualquiera otra comarca; y el demonio de la pesadilla, con sus nueve
secuaces,[16] parece haber hecho del país el escenario favorito de sus
cabriolas.
Sin embargo, el espíritu dominante en esta hechizada región, y que
parece ser el jefe supremo de todas las potencias del aire, es el
fantasma de un jinete sin cabeza. Algunos opinan que es el espectro de
un soldado de caballería de Hesse,[17] cuya cabeza fué arrebatada por
una bala de cañón en alguna batalla desconocida de la guerra de la
revolución, y a quien pueden sorprender de vez en cuando los naturales
del pueblo galopando en la obscuridad de la noche como llevado en alas
de los vientos. Sus apariciones no se limitan al valle, sino que se
extienden a veces hasta las carreteras adyacentes y se repiten
particularmente en las cercanías de una iglesia[18] situada a corta
distancia. En efecto, algunos de los historiadores más auténticos de la
comarca, que han recogido y asociado las versiones flotantes con
respecto a este espectro, alegan que por haber sido enterrado el cuerpo
del soldado en el cementerio de la iglesia, ronda el fantasma por las
noches el lugar de la batalla en busca de su cabeza; atribuyéndose la
velocidad con que atraviesa a menudo la hondonada a la prisa que tiene
por llegar al cementerio antes del amanecer, con motivo de haberse
retardado más de lo permitido en sus pesquisas nocturnas.
Tal es la interpretación general de esta legendaria superstición que ha
procurado tema para muchas historias descabelladas en aquella región de
aparecidos; siendo conocido el espectro en todos los hogares por el
nombre de _El jinete sin cabeza_ del valle encantado.
Es digno de notarse que la propensión visionaria de que he hablado no se
limita solamente a los naturales de la comarca, sino que se la asimila
inconscientemente todo aquel que reside allí por algún tiempo. Por más
despierta que haya sido una persona antes de penetrar en la región de
los sueños, es seguro que se apropiará en poco tiempo la influencia
encantada del ambiente, volviéndose fantástica, fingiendo quimeras y
viendo aparecidos.
Menciono con todo elogio este pacífico retiro, pues que en estos
apartados rincones holandeses, escondidos acá y allá en el gran estado
de Nueva York, se conservan las antiguas costumbres, población y
hábitos, mientras los barre inadvertidos en otros lugares el impetuoso
torrente de inmigración y progreso que provoca incesantes cambios en la
agitada vida de la nación. Son como aquellas fajas de agua tranquila que
bordean algún tumultuoso arroyo, donde permanecen quietamente al ancla
burbujas y pajas meciéndose con suavidad en su improvisado puerto sin
ser molestadas por el flujo de la corriente. Aun cuando han transcurrido
muchos años desde que me desprendí de las letárgicas sombras del valle
encantado, me pregunto si encontraría todavía los mismos árboles y las
mismas familias vegetando en su abrigado seno.
En este recóndito paraje de la naturaleza vivía, en época remota de la
historia americana, es decir hará unos treinta años, una digna criatura
llamada Íchabod Crane, que residía o "paraba" allí, como él decía, con
el propósito de instruir a los niños del vecindario. Era natural de
Connécticut, estado que procura a la Unión exploradores tanto de las
selvas como del pensamiento, y reparte todos los años legiones de
hombres de sus bosques fronterizos y legiones de maestros de escuela de
sus comarcas. El nombre de Crane (grulla) no estaba en desacuerdo con su
persona. Era alto y excesivamente flaco, con hombros estrechos, largos
brazos y largas piernas, manos que sobresalían una milla de sus mangas,
pies que podían servir de palas, y toda una figura colgante que parecía
mantenerse unida con dificultad. Su cabeza era pequeña y chata en la
parte superior, con grandes orejas, grandes ojos verdes y vidriosos y
larga nariz agachadiza; de manera que semejaba un gallo de campanario
encaramado en su cuello de huso para indicar de qué lado iba a soplar el
viento. Al verle, en un día ventoso, dando zancadas por el flanco de
alguna colina, con sus vestidos colgantes y flotando en torno suyo, se
le habría creído el genio del hambre descendiendo sobre la tierra, o
algún espantajo hurtado de cualquier campo de trigo.
La escuela era un edificio bajo, de una sola pieza, construído
rústicamente con tablones; las ventanas en partes tenían vidrios y en
otras, parches de hojas de cuadernos viejos. En las horas vacantes se
aseguraba de manera muy ingeniosa por medio de un mimbre retorcido en la
aldaba de la puerta, y estacas colocadas contra las persianas de las
ventanas--idea sugerida indudablemente al arquitecto por el misterio de
las trampas de anguilas[19]--de manera que, si bien los ladrones podían
penetrar con perfecta facilidad, encontrarían posiblemente alguna
dificultad para salir. La escuela encontrábase aislada hasta cierto
punto, pero en agradable situación, al pie de una frondosa colina, con
un arroyo deslizándose en las cercanías y un gran abedul sombreando una
de sus esquinas. Desde allí podía escucharse, en los soñolientos días de
verano, el murmullo de las voces de los alumnos semejante al zumbido de
una colmena, interrumpido de cuando en cuando por la autoritaria voz del
maestro ya en tono de amenaza o de mandato; o por acaso, el rumor
pavoroso del abedul como aguijoneando a algún holgazán negligente en la
florida senda de la ciencia. A decir verdad, Íchabod Crane era un hombre
de conciencia que tenía siempre presente la máxima de oro: "Escatimar
los azotes es malograr al discípulo." Y seguramente con Íchabod Crane no
se malograban los discípulos.
No debe deducirse de aquí, sin embargo, que fuese uno de aquellos
crueles potentados de la escuela que se gozan en la aflicción de sus
vasallos; al contrario, administraba justicia más bien con método que
con severidad, aliviando la carga de los hombros del más débil y
poniéndola sobre las espaldas del más fuerte. Al chiquillo esmirriado
que retrocedía al menor preludio de azotes, se le administraban con
indulgencia; pero los fueros de la justicia quedaban incólumes
infligiendo doble ración al robusto y obstinado rapazuelo holandés, de
amplias posaderas, que se enfurruñaba y ensoberbecía y se volvía más
tozudo y hosco bajo el abedul. A todo esto llamaba el maestro "cumplir
su deber para con los padres;" y jamás se dió el caso de que
administrara un castigo sin que le siguiera la advertencia, muy
consoladora sin duda para el adolorido mozalbete, de que "recordaría
toda su vida y le quedaría siempre grato por lo que ahora hacía en su
obsequio."
Fuera de las horas de clase era el camarada y compañero de juegos de los
muchachos mayores; y en las tardes de los días festivos solía acompañar
a su casa a algunos de los más pequeños, siempre que tuvieran lindas
hermanas o buenas amas de casa por madres, lo que se dejaba notar en
seguida por el regalo de las alacenas. En realidad, le convenía estar en
buenos términos con sus discípulos. La renta que producía la escuela era
pequeña y habría bastado apenas para su diaria subsistencia porque era
un gran glotón y, aunque flaco, tenía el poder de dilatación de una boa;
mas para ayudar a su sostenimiento se alojaba y comía, siguiendo la
costumbre del lugar, en casa de los granjeros a cuyos hijos enseñaba.
Turnábase por semanas en casa de todos ellos, dando así la vuelta al
vecindario y llevando todo lo que poseía en el mundo atado en un pañuelo
de algodón.
Para que este sistema no resultara demasiado oneroso para la bolsa de
sus rústicos patrones, siempre prontos a considerar pesada carga
cualquiera pensión de la escuela y a juzgar a los maestros solamente
como unos zánganos, tenía Íchabod varios modos de hacerse a la vez útil
y agradable. Ayudaba a los granjeros de vez en cuando en las labores
ligeras de la alquería, tomaba parte en la preparación del heno,
componía los cercos, abrevaba los caballos, traía a las vacas del pasto
y cortaba leña para combustible en el invierno. Despojábase asimismo de
toda la dignidad autócrata y despotismo absoluto con que reinaba en su
pequeño imperio, la escuela, y se volvía admirablemente gentil e
insinuante. Atraíase a las madres mimando a los chicos, particularmente
a los más pequeños; y, semejante al león audaz que acariciaba
antiguamente al cordero con tanta magnanimidad,[20] solía sentarse con
un chico en las rodillas mientras mecía con el pie la cuna de otro por
varias horas.
Además de sus diversas habilidades, era el maestro cantor del vecindario
y cosechaba muchos brillantes chelines por enseñar la salmodia a los
mozos del lugar. No era una de sus menores satisfacciones instalarse los
domingos con un grupo de cantores escogidos, en el centro de la tribuna
de la iglesia donde, a su entender, arrebataba completamente la palma al
viejo capellán. Lo cierto es que su voz resonaba sobre todas las de la
congregación; y aun hoy se escuchan en aquella iglesia gorgoritos que se
dicen legítimos descendientes de la nariz de Íchabod Crane, y que pueden
oírse a media milla, hasta el lado opuesto de la alberca, en las
tranquilas mañanas del domingo. Así, por medio de sus pequeños ardides y
de la ingeniosa manera llamada vulgarmente "echar de mangas," el digno
pedagogo hacía su vida tolerable, mientras todos aquellos que no
comprenden una palabra del trabajo mental, juzgaban que se pasaba una
existencia maravillosamente envidiable.
El maestro de escuela es generalmente una figura importante entre el
círculo femenino de una comunidad rural, donde se le considera una
especie de caballero desocupado, de mucho gusto y talento muy superior a
todos los burdos zagales de la comarca, y solamente inferior al párroco
en conocimientos. Por consiguiente, su presencia causa siempre cierta
emoción en las mesas de té de las granjas, provocando a menudo la
adición de algunos dulces y pastas y aun, en ocasiones, la exhibición de
alguna tetera de plata. Nuestro letrado sentíase también especialmente
feliz con las sonrisas de todas las damiselas campesinas. ¡Con cuánto
gozo discurrían entre ellas los domingos en el cementerio de la iglesia,
después del servicio religioso, cogiendo los racimos de las vides
silvestres que cubrían los árboles de las cercanías, descifrando para
distraerlas los epitafios de las tumbas, o vagando con toda la compañía
por la orilla de la represa del molino adyacente, mientras los encogidos
patanes del lugar seguían tímidamente por detrás, envidiando la
superioridad de su talento y elegancia!
A consecuencia de su errante vida era también una gaceta ambulante que
llevaba de casa en casa todos los líos de la chismografía local, por lo
que su presencia se acogía siempre con satisfacción. Era, además,
estimado por las mujeres a causa de su erudición, pues había leído
varios libros casi hasta el final y conocía a fondo la _History of New
England Witchcraft_ (Historia de la brujería en Nueva Inglaterra), por
Cotton Máther,[21] en la que, diremos de paso, creía firme y
ardientemente.