Las cosas iban de mal en peor para Rip Van Winkle a medida q

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CUENTOS CLÁSICOS DEL NORTE

SEGUNDA SERIE

BIBLIOTECA

INTERAMERICANA

_Obras publicadas_

Benjamín Hárrison: _Vida Constitucional de

los Estados Unidos._

Édgar Allan Poe: _Cuentos clásicos del norte:

Primera serie._

Nathániel Háwthorne, Wáshington Írving,

Édward Éverett Hale: _Cuentos clásicos del

norte: Segunda serie._

_En prensa_

Nícholas Múrray Bútler: _El significado de la

educación._

_En preparación_

Wílliam P. Trent: _La literatura de los Estados

Unidos._

J. Rússell Smith: _El comercio y las industrias._

Alexánder Johnston: _La historia de la política

de los Estados Unidos._

Con el título de INTERAMERICAN LIBRARY, se

editará en inglés un número correspondiente de obras importantes

americanas, traducidas del español o del portugués,

para distribuirse en los Estados Unidos.

BIBLIOTECA INTERAMERICANA

III

Cuentos Clásicos del Norte

_Segunda Serie_

Por

Wáshington Írving

Nathániel Háwthorne

Édward Éverett Hale

[Illustration: PRO

PATRIA

PER

ORBIS

CONCORDIAM, Colophon]

Traducción de

Carmen Torres Calderón de Pinillos

Nueva York

Doubleday, Page & Company

1920

BIBLIOTECA INTERAMERICANA

Fundada por la Dotación de Carnegie para la Paz Internacional

para la difusión de ideas entre los pueblos del Nuevo

Mundo, mediante la traducción y publicación de obras importantes

que expresen los ideales y los sentimientos nacionales.

Copyright, 1920, por la

División Interamericana

de la

Asociación Americana para la Conciliación

Internacional

PÉTER H. GÓLDSMITH, Director

407 WEST 117TH STREET, NUEVA YORK

SUMARIO

WÁSHINGTON ÍRVING

PÁGINA

ESBOZO BIOGRÁFICO 3

INTRODUCCIÓN A RIP VAN WINKLE 6

RIP VAN WINKLE 11

LA LEYENDA DEL VALLE ENCANTADO 45

NATHÁNIEL HÁWTHORNE

EL ANCIANO CAMPEÓN 97

EL MAY-POLE DE MERRY MOUNT 115

EL EXPERIMENTO DEL DOCTOR HÉIDEGGER 137

LEYENDAS DE LA CASA PROVINCIAL

I. LA MÁSCARADA DE HOWE 155

II. EL RETRATO DE ÉDWARD RÁNDOLPH 178

FEATHERTOP 199

EL ENTIERRO DE RÓGER MALVIN 233

ÉDWARD ÉVERETT HALE

EL HOMBRE SIN PATRIA 267

WÁSHINGTON ÍRVING

Wáshington Írving nació en Nueva York el 3 de abril de 1783; murió en

Súnnyside, su casa de campo cerca de Tárrytown, Nueva York, el 28 de

noviembre de 1859. Era hijo de Wílliam Írving, un inglés oriundo de las

islas de Órkney. Desde muy joven comenzó a trabajar y estudiar en un

despacho de abogado, pero interesábale más escribir para el _Morning

Chronicle_, bajo el seudónimo de "Jonathan Oldstyle," que dedicarse a

los estudios serios. Habiendo decaído su salud, resolvió viajar,

dirigiéndose a Europa en 1804, donde pasó dos años. A su regreso a los

Estados Unidos fundó el _Salmagundi_ en sociedad con J. G. Páulding.

Conquistó su fama literaria con la publicación de su _History of New

York, by Diedrich Knickerbocker_ (1809). En 1810 estableció en compañía

de sus dos hermanos una casa de comercio. Desde 1815 hasta 1832 residió

en Europa, siendo nombrado agregado a la legación de los Estados Unidos

en Madrid en 1826, y secretario de la legación en Londres en 1829.

Permaneció casi constantemente en Súnnyside desde 1832 hasta 1842, época

en que fué nombrado ministro en España, volviendo a Súnnyside en 1846 y

continuando allí hasta su muerte. Además del trabajo arriba mencionado

dió a luz las obras siguientes: _The Sketch Book_ (publicado por partes

en 1819 y coleccionado en 1820); _Bracebridge Hall, or the Humourists_

(1822); _Tales of a Traveler_ (1824); _Life and Voyages of Christopher

Columbus_ (1828); _Chronicle of the Conquest of Granada_ (1829);

_Voyages of the Companions of Columbus_ (1831); _The Alhambra_ (1832);

_Crayon Miscellany_ (including _Tour on the Prairies_, 1835); _Astoria_,

etc. (en colaboración con Pierre M. Írving, 1836); _Adventures of

Captain Bonneville_, etc. (1837); _Oliver Goldsmith_ (1849); _Mahomet

and His Successors_ (1850); _Wolfert's Roost_ (1855); _Life of George

Wáshington_ (1855-1859).

[Illustration: WÁSHINGTON ÍRVING]

ESBOZO BIOGRÁFICO

Wáshington Írving, uno de los primeros y más populares autores

americanos, a quien Tháckeray, en inspirada frase, llama "el primer

embajador que el mundo nuevo de las letras envió al antiguo," nació en

1783, en la ciudad de Nueva York. Recibió su educación en las escuelas

públicas, abandonando las aulas a los dieciséis años, aun cuando

continuara después por largo tiempo la lectura sistemática de los

mejores autores, especialmente Cháucer, Spénser y Bunyan. Desde su

juventud, demostró poseer un talento natural para escribir ensayos e

historietas. Como siempre detestó las matemáticas, escribía a menudo las

composiciones de sus compañeros quienes, en cambio, solucionaban sus

problemas. Estudió derecho por algún tiempo; pero no sintiéndose

inclinado a la esclavitud de una profesión, prefirió entregarse a

vagabundas correrías alrededor de la isla de Manhattan, que le

familiarizaron con el magnífico paisaje que hizo después famoso con su

pluma. Adquirió de esta manera el conocimiento exacto de varios puntos

históricos, curiosas tradiciones y leyendas de que tan bello uso ha

hecho en su _Sketch-Book_ y en la _History of New York_. En 1804,

amenazado de pulmonía, se embarcó para Europa y permaneció en el

extranjero cerca de dos años. A su regreso intentó reasumir la práctica

legal, pero sin ningún resultado. En compañía de algunos compañeros

inició entonces la publicación de una obra por entregas llamada

_Salmagundi_ la cual, bien dirigida, obtuvo éxito. En 1809 publicó su

_Knickerbocker's History of New York_, obra única en nuestra literatura,

perfectamente redondeada, y de sátira fina y sostenida. Dirigió durante

dos años una revista en Filadelfia a la cual contribuía con artículos

incluidos después en el _Sketch-Book_. En 1814 sirvió como ayudante del

gobernador Tompkins, y cuando terminó la guerra, regresó de nuevo a

Europa donde permaneció esta vez diecisiete años. Con motivo de la

quiebra de su hermano perdió toda su fortuna y, entregado a sus propios

recursos, dedicóse a la literatura para atender a su subsistencia.

Publicó su _Sketch-Book_ en 1819, el cual, debido a la influencia

personal de Sir Wálter Scott, se reimprimió en Londres, quedando

inmediatamente establecida la reputación de Írving como gran autor.

A continuación publicó _Bracebridge Hall_, en 1822, y _Tales of a

Traveler_ en 1824. Encargado de algunas traducciones del español, fué a

establecerse en Madrid. A su permanencia en España debemos algunas de

sus obras más encantadoras, como la _Life of Columbus_, _Conquest of

Granada_, _The Alhambra_, _Mahomet and His Successors_ y _Spanish

Papers_. Regresó a América en 1832; y durante los años subsiguientes se

publicaron _Astoria_, _Adventures of Captain Bonneville_ y _Wolfert's

Roost_. En 1842 Írving fué nombrado Ministro en España. Su _Life of

Goldsmith_ vió la luz pública cuatro años más tarde, después de su

vuelta a la patria. Su postrera obra, escrita con especial esmero, fué

la _Life of Washington_, en cinco volúmenes.

Los últimos años de Írving transcurrieron en "Sunnyside," su encantadora

residencia en Tárrytown, a las orillas del Hudson, en el centro del

hermoso paisaje que había inmortalizado. Írving falleció el 28 de

noviembre de 1859, el mismo año que Préscott, el historiador, y que

Macáulay. Un amigo que trató mucho a nuestro autor en sus últimos días,

le describe así: "Tenía ojos color gris obscuro, hermosa nariz recta que

casi podría decirse grande; frente ancha, alta y abierta, y boca

pequeña. Era de tamaño mediano, cinco pies y nueve pulgadas más o menos,

y tendía un poquillo a la obesidad. Su sonrisa era extremadamente

genial, iluminándole todo el rostro y haciéndole muy atrayente; y cuando

se preparaba a decir algo jocoso, brillaba en sus ojos mucho antes de

que hubiera pronunciado una palabra."

George Wílliam Curtis, en uno de sus deliciosos ensayos, _Easy Chair_,

dice: "Írving era personaje tan exótico como su Díedrich Kníckerbocker

en los anuncios preliminares de la _History of New York_. Hace treinta

años podía vérsele en ciertas tardes de otoño, marchando a lo largo de

Broadway con paso ágil y elástico, calzando zapatos bajos esmeradamente

atados, y ataviado con capa Talma, prenda corta semejante a la esclavina

de un abrigo. Tenía cierto aire ligero, jovial y de antigua escuela, que

revelaba incontestablemente al holandés y armonizaba admirablemente con

sus obras. Parecía, en realidad, escapado de alguno de sus libros; y la

afabilidad cordial y agudeza de sus discursos, al detenerse para alguna

charla pasajera, constituían uno de sus deliciosos rasgos

característicos. Era ya por aquel tiempo uno de nuestros más famosos

literatos, pero jamás demostraba vanidad alguna ni pretensiones

dogmáticas."

INTRODUCCIÓN A RIP VAN WINKLE

LA HISTORIA de Rip Van Winkle se supone escrita por Díedrich

Kníckerbocker, jocosa creación de Írving, y cuyo nombre se hizo familiar

al público como autor de _A History of New York_. Esta historia se

publicó en 1809, diez años antes de que viera la luz pública el primer

número de _The Sketch-Book of Geoffrey Crayon, Gent._ Este número, que

contenía la historia de Rip Van Winkle, fué escrito por Írving en

Inglaterra y enviado a América para su publicación, lo mismo que las

ediciones sucesivas. Colocó la escena en Káatskill, pero describió el

sitio según su fantasía y ajenos informes, habiéndolo visitado solamente

en 1833. El argumento no es nuevo: el cuento de hadas de la bella

durmiente en el bosque tiene el mismo tema, así como la historia de

Epaminondas de Creta, que floreció en la sexta o séptima centuria antes

de J. C. Se asegura que Epaminondas se quedó dormido en una cueva cuando

era muchacho y despertó cincuenta y siete años después mientras su

individuo había continuado su desarrollo normal. Existe también la

leyenda de los siete durmientes de Éfeso, mártires cristianos

emparedados en una cueva que buscaron como refugio y donde se

conservaron maravillosamente durante dos siglos.

Entre las historias que tanto abundan en los montes Harz de Alemania, se

refiere una de Péter Klaus, un cabrero a quien se acercó cierto día un

joven que comenzó a seguirle silenciosamente y le condujo a un lugar

aislado donde encontró doce caballeros que jugaban a los bolos sin

pronunciar una sola palabra. El cabrero vió una cantimplora de vino

fragante y bebiéndolo, quedó sumergido en profundo sueño que se prolongó

durante veinte años. La historia relata los incidentes del despertar del

cabrero y los cambios que encontró en su aldea a su regreso.

Esta historia, publicada con algunas otras en 1800, dió probablemente

origen a la de Írving, quien hace uso casi de idéntico argumento. Las

jocosas adiciones con que ha adornado su relato y la gracia de que todo

el cuento está revestido han logrado que la historia de Írving suplante

en la mente popular a todas las primitivas de este género, llegando Rip

Van Winkle a convertirse en un personaje familiar a quien aluden

frecuentemente aun personas que jamás han leído la historia de este

festivo autor. La forma dramática dada posteriormente a este cuento,

aunque asumiendo sólo los rasgos principales, ha contribuído en gran

manera a definir la concepción del personaje. La historia despierta un

sentimiento de curiosidad respecto de la vida futura, no muy alejado de

aquel que se considera en general como la tendencia del espíritu humano

a la inmortalidad individual. El nombre de Van Winkle fué una feliz

elección de Írving, pero no ha sido inventado por él. El impresor del

_Sketch-Book_, sin ir más lejos, llevaba el mismo nombre. El de

Kníckerbocker se encuentra también entre los holandeses, pero Írving lo

ha hecho típico. En _The Author's Apology_, que agregó como prefacio a

una nueva edición de la _History of New York_, dice: "He encontrado que

este nombre es una palabra de orden para dar sello familiar a cualquiera

cosa destinada al favor del público, como las sociedades Kníckerbocker;

las compañías de seguros Kníckerbocker; los vapores Kníckerbocker; los

ómnibus Kníckerbocker; el pan Kníckerbocker; el hielo Kníckerbocker;

y... hasta los neoyorquinos de origen holandés tienen a gala llamarse

"genuinos Kníckerbockers."

RIP VAN WINKLE

OBRA PÓSTUMA DE DÍEDRICH KNÍCKERBOCKER

Por Woden (Odin), Dios de los sajones, de quien procede Wednesday

(miércoles) que es Wodensday (día de Odin). La verdad es algo que

siempre conservaré hasta el día en que me arrastre hacia la tumba.

CÁRTWRIGHT.[1]

El cuento siguiente se encontró entre los papeles del difunto Díedrich

Kníckerbocker, un viejo caballero de Nueva York, muy curioso respecto de

la historia holandesa de la provincia y de las costumbres de los

descendientes de sus primitivos colonos. Sus investigaciones históricas

dirigíanse menos a los libros que a los hombres, pues que los primeros

escaseaban lamentablemente en sus temas favoritos mientras que los

viejos vecinos y, sobre todo sus mujeres, eran riquísimos en aquellas

tradiciones y leyendas de valor inapreciable para el verídico

historiador. Así, cuando le acontecía tropezar con alguna familia típica

holandesa, agradablemente guarecida en su alquería de bajo techado, a la

sombra del frondoso sicomoro, mirábala como un pequeño volumen de letra

gótica antigua, cerrado y abrochado, y lo estudiaba y profundizaba con

el celo de la polilla.

El resultado de todas estas investigaciones fué una historia de la

provincia durante el dominio holandés, publicada hace algunos años. La

opinión anduvo dividida con respecto del valor literario de esta obra

que, a decir verdad, no vale un ápice más de lo que pudiera. Su mérito

principal estriba en su exactitud, algo discutida por cierto en la época

de su primera aparición, pero que ha quedado después completamente

establecida y se admite ahora entre las colecciones históricas como

libro de indiscutible autoridad.

El viejo caballero falleció poco tiempo después de la publicación de

esta obra; y ahora que está muerto y enterrado no perjudicará mucho a su

memoria el declarar que pudo emplear mejor su tiempo en labores de más

peso.[2] Era bastante hábil, sin embargo, para encaminar su rumbo como

mejor le conviniera; y aunque de vez en cuando echara un poco de tierra

a los ojos de sus prójimos y apenara el espíritu de algunos de sus

amigos, a quienes profesaba sin embargo gran cariño y estimación, sus

errores y locuras se recuerdan "más bien con pesar que con enojo," y se

comienza a sospechar que jamás intentó herir ni ofender a nadie. Mas

como quiera que su memoria haya sido apreciada por los críticos,

continúa amada por mucha gente cuya opinión es digna de tenerse en

cuenta, como ciertos bizcocheros de oficio que han llegado hasta el

punto de imprimir su retrato en los pasteles de Año Nuevo,[3] dándole

así ocasión de inmortalizarse casi tan apreciable como la de verse

estampado en una medalla de Wáterloo o en un penique de la reina Ana.[4]

RIP VAN WINKLE

Todo aquél que haya remontado el Hudson recordará las montañas

Káatskill. Son una desmembración de la gran familia de los montes

Appalachian y se divisan al este del río elevándose con noble majestad y

dominando toda la región circunvecina. Todos los cambios de tiempo o de

estación, cada una de las horas del día, se manifiestan por medio de

alguna variación en las mágicas sombras y aspecto de aquellas montañas,

consideradas como el más perfecto barómetro por todas las buenas mujeres

de la comarca. Cuando el tiempo está hermoso y sereno, las montañas

aparecen revestidas de púrpura y azul, destacando sus líneas atrevidas

sobre el claro cielo de la tarde; pero algunas veces, aun cuando el

horizonte se encuentre despejado, se adornan en la cima con una

caperuza de vapores grises que se iluminan e irradian como una corona de

gloria a los postreros rayos del sol poniente.

Al pie de estas montañas encantadas[5] puede descubrir el viajero el

ligero humo rizado que se eleva de una aldea, cuyos tejados de ripia

resplandecen entre los árboles cuando los tintes azules de la altura se

funden en el fresco verdor del cercano panorama. Es una pequeña aldea

muy antigua, fundada por algunos colonos holandeses en los primeros días

de la provincia, allá por los comienzos del gobierno del buen Péter

Stúyvesant[6] (¡que en paz descanse!), y donde se sostenían contra los

estragos del tiempo algunas casas de los primitivos pobladores,

construídas de pequeños ladrillos amarillos importados de Holanda, con

ventanas de celosía y frontones triangulares rematados en gallos de

campanario.

En aquella misma aldea y en una de las aludidas casas que, a decir

verdad, estaba lastimosamente maltratada por los años y por la

intemperie, vivía hace mucho tiempo, cuando el país era todavía

provincia de la Gran Bretaña, un hombre bueno y sencillo llamado Rip Van

Winkle. Era descendiente de los Van Winkle que figuraron tan

heroicamente en los caballerescos días de Péter Stúyvesant y le

acompañaron durante el sitio del fuerte Christina.[7] Había heredado

muy poco, sin embargo, del carácter marcial de sus antecesores. Hice ya

notar que era un hombre sencillo y de buen corazón; era además vecino

atento y marido dócil, y gobernado por su mujer. A esta última

circunstancia se debía probablemente aquella mansedumbre de espíritu que

le valió universal popularidad; porque los hombres que están bajo la

disciplina de arpías en el hogar son los mejor preparados para mostrarse

obsequiosos y conciliadores en el exterior. Indudablemente su carácter

se doblega y vuelve maleable en el horno ardiente de las tribulaciones

domésticas; y, a decir verdad, una reprimenda de alcoba es más eficaz

que todos los sermones del mundo para enseñar las virtudes de la

paciencia y longanimidad. Una mujer pendenciera puede así, en cierto

modo, considerarse una bendición; y a este respecto Rip Van Winkle era

tres veces bendito.

Lo cierto es que era el favorito de todas las comadres de la aldea que,

como las demás de su amable sexo, tomaban parte en todas las querellas

domésticas y nunca dejaban de censurar a la señora Van Winkle siempre

que se ocupaban de este asunto en la chismografía de sus reuniones

nocturnas. Los chicos de la aldea le aclamaban también alegremente

cuando se presentaba. Tomaba parte en sus diversiones, les fabricaba

juguetes, les enseñaba a volar cometa y a jugar bolas, y les refería

largas historias de aparecidos, brujas, e indios salvajes. Fuera donde

quisiese, escabulléndose por la aldea, rodeábale una turba de pilluelos

colgándose de sus faldones, encaramándose en sus espaldas y jugándole

impunemente mil pasadas; y ni un sólo perro del vecindario se habría

decidido a ladrarle.

El gran defecto de la índole de Rip era su aversión insuperable a toda

clase de labor provechosa. No que adoleciera de falta de asiduidad o

perseverancia, pues se habría sentado a pescar sin un murmullo en una

roca húmeda y armado de una caña larga y pesada como la lanza de un

tártaro, aun cuando no picara el anzuelo un sólo pez en todo el día para

alentarle en su faena. Podía llevar por largas horas una escopeta al

hombro y arrastrarse por selvas y pantanos, por colinas y cañadas para

tirar a unas cuantas ardillas o palomas silvestres. Nunca rehusaba

ayudar a sus vecinos aun cuando fuera en la tarea más penosa, y era el

primero en todas las reuniones de la comarca para desgranar las mazorcas

de maíz, o construir cercos de piedra; las mujeres de la aldea le

ocupaban también para sus correrías, o para ciertos trabajillos de poca

monta que sus poco amables maridos no querían desempeñar. En una

palabra, Rip estaba siempre dispuesto a atender a los negocios de

cualquiera de preferencia a los propios; pues cumplir con sus deberes

domésticos o mirar por las necesidades de su granja le era punto menos

que imposible.

Declaraba, en efecto, que resultaba inútil trabajar en su propia

alquería; era el más endiablado trozo de terreno en todo el país;

cualquiera cosa que se emprendiera salía mal allí y saldría siempre, a

pesar de sus esfuerzos. Los cercos se caían a pedazos contínuamente; su

vaca se extraviaba o se metía en las coles; la mala hierba crecía de

seguro más ligero en su finca que en cualquiera otra parte; llovía

justamente cuando él tenía algo que hacer a campo abierto; de manera que

si su propiedad se había desmoronado acre por acre hasta quedar reducida

a un pequeño trozo para el sembrío de maíz y de papas, debíase a que era

la granja de peores condiciones en toda la comarca.

Sus chicos andaban tan harapientos y selváticos como si no tuvieran

dueño. Su hijo Rip, un rapazuelo vaciado en su mismo molde, prometía

heredar con los vestidos viejos todas las disposiciones de su padre.

Veíasele ordinariamente trotando como un potrillo a los talones de su

madre, ataviado con un par de polainas de desecho de su padre, que con

gran dificultad procuraba mantener en alto sujetándolas con una mano,

como llevan las señoras elegantes su cola en el mal tiempo.

Rip Van Winkle era, sin embargo, uno de aquellos felices mortales de

disposición fácil y bobalicona que toman el mundo descuidadamente, comen

con la misma indiferencia pan blanco o pan moreno a condición de

evitarse la menor molestia, y preferirían morirse de hambre con un

penique a trabajar por una libra. Si le hubieran dejado vivir a su

manera, nada pediría a la vida, sumído en beatitud perfecta; pero su

mujer andaba siempre repiqueteandole los oídos con su incuria, su

pereza y la ruina que atraía sobre su familia. Mañana, tarde y noche

trabajaba su lengua sin cesar, y cada cosa que él decía o hacía

provocaba seguramente un torrente de doméstica elocuencia. Rip tenía

solamente una manera de contestar a estas reprimendas que, en razón del

continuo uso, había llegado a convertirse en hábito. Encogía los

hombros, sacudía la cabeza y levantaba los ojos al cielo sin pronunciar

una palabra. Esta mímica daba siempre lugar a una nueva andanada de

parte de su mujer; de modo que se veía constreñido a reunir sus fuerzas

y tomar el portante, único recurso que queda, en verdad, al marido

maltratado por su mujer.

El único aliado con que contaba Rip en la familia era su perro Wolf

(lobo), tan maltratado como su amo, pues la señora Van Winkle juzgaba a

ambos compañeros de ociosidad, y aun miraba a Wolf con malos ojos

considerándole culpable de los frecuentes extravíos de su dueño. La

verdad es que bajo todo punto de vista era Wolf un perro honorable, y

valeroso como el que más para corretear en los bosques; pero ¿qué valor

puede afrontar el continuo y siempre renovado terror de una lengua de

mujer? Apenas entraba Wolf en la casa decaía su ánimo y con la cola

arrastrando por el suelo o enroscada entre las piernas deslizábase con

aire de ajusticiado mirando de reojo a la señora Van Winkle, y al menor

blandir de la dama un palo de escoba o un cucharón volaba a la puerta

con quejumbrosa precipitación.

Las cosas iban de mal en peor para Rip Van Winkle a medida que

transcurrían los años de matrimonio. El carácter desapacible nunca se

suaviza con la edad, y una lengua afilada es el único instrumento

cortante que se aguza más y más con el uso continuo. Por algún tiempo

trató de consolarse en sus escapadas fuera de la casa, frecuentando una

especie de club perpetuo de los sabios, filósofos y otros personajes

ociosos del pueblo, que celebraba sus sesiones en un banco a la puerta

de un pequeño mesón que ostentaba como muestra un rubicundo retrato de

su majestad Jorge III. Acostumbraban sentarse allí a la sombra durante

los largos y soñolientos días de verano, repitiendo indolentemente la

chismografía del vecindario o relatando inacabables historias sobre

cualquier friolera. Pero habría representado cualquier capital para los

estadistas escuchar las profundas discusiones que a menudo tenían lugar

cuando por casualidad algún viejo periódico tirado por cualquier

transeúnte caía entre sus manos. ¡Cuán solemnemente atendían a su

contenido conforme iba desentrañándolo el maestro de escuela, Dérrick

Van Búmmel, docto y vivaracho hombrecillo que no se amedrentaba por la

palabra más altisonante del diccionario! Y ¡cuán sabiamente deliberaban

sobre los acontecimientos públicos algunos meses después de realizados!

Las opiniones de esta junta se sometían completamente al criterio de

Nicholas Védder, patriarca de la aldea y propietario del mesón, a cuya

puerta sentábase de la mañana a la noche, cambiando de sitio lo

justamente indispensable para evitar el sol, y aprovechar la sombra de

un gran árbol que allí junto crecía; de manera que los vecinos podían

decir la hora por sus movimientos con tanta exactitud como por un

cuadrante. Verdad es que rara vez se le oía hablar, pero en cambio

fumaba su pipa constantemente. Sus admiradores (¿qué grande hombre

carece de ellos?) le comprendían perfectamente y sabían la manera de

interpretar sus opiniones. Cuando le disgustaba algo de lo que se leía o

refería, podía observarse que fumaba con vehemencia lanzando frecuentes

y furiosas bocanadas; pero cuando estaba satisfecho arrancaba suaves y

tranquilas inhalaciones, emitiendo el humo en nubes plácidas y ligeras;

y aun algunas veces, separando la pipa de sus labios y dejando que el

humo fragante se ondulara a la extremidad de su nariz, movía gravemente

la cabeza en señal de perfecta aprobación.

Pero aun de esta fortaleza se vió desalojado el infortunado Rip por su

agresiva mujer, quien atacó repentinamente la paz de la asamblea

volviendo polvo a todos sus miembros; y ni la augusta persona de

Nicholas Védder quedó a salvo de la atrevida lengua de la terrible arpía

que le acusó de alentar a su marido en sus hábitos de ociosidad.

El pobre Rip vióse al fin en los umbrales de la desesperación; siendo su

única alternativa para escapar del trabajo de la alquería y de los

clamores de su mujer, coger su fusil e internarse entre los bosques.

Sentábase allí a veces al pie de un árbol y compartía el goce de sus

alforjas con Wolf, con quien simpatizaba como compañero de miserias.

"¡Pobre Wolf," acostumbraba decir, "tu ama te da una vida de perros;

pero no te importe, compañero, que mientras yo viva no te faltará un

fiel amigo!" Wolf movía la cola, miraba de hito en hito al rostro de su

dueño y, si los perros pudieran sentir piedad, creería yo verdaderamente

que experimentaba en el fondo de su corazón un sentimiento recíproco al

que expresaba su amo.

En un hermoso día de otoño en que llevaba a cabo una de sus largas

correrías, trepó Rip inconscientemente a uno de los puntos más elevados

de las montañas Káatskill. Perseguía su distracción favorita, la caza de

ardillas, y aquellas soledades habían retumbado varias veces al eco de

su fusil. Fatigado y jadeante, echóse hacia la tarde a descansar en la

cima de un verde montecillo cubierto de vegetación silvestre y que

coronaba el borde de un precipicio. A través de un claro entre los

árboles podía dominar toda la parte baja del terreno en muchas millas de

rica arboleda. Veía a la distancia, lejos, muy lejos, el majestuoso

Hudson deslizándose en curso potente y silencioso, reflejando aquí y

allá ya una nube de púrpura, ya la vela de alguna barquilla remolona

adormilada entre su seno cristalino, y perdiéndose al fin entre las

azules montañas.

Por el otro lado hundía sus miradas en un valle profundo, salvaje,

escabroso y desolado, cuyo fondo estaba sembrado de fragmentos

amenazadores de rocas alumbradas apenas por la refracción de los rayos

del sol poniente. Por algún tiempo reposó Rip absorto en la

contemplación de esta escena. La noche caía gradualmente; las montañas

comenzaban a tender sus grandes sombras azules sobre el valle; Rip

comprendió que reinaría la obscuridad mucho antes de que pudiera

regresar a la aldea y lanzó un hondo suspiro al pensamiento de afrontar

la temida presencia de la señora Van Winkle.

Cuando se preparaba a descender, oyó una voz que gritaba a la distancia:

"¡Rip Van Winkle! ¡Rip Van Winkle!" Miró en torno suyo, pero sólo pudo

descubrir un cuervo cruzando la montaña en vuelo solitario. Creyó que

hubiera sido una ilusión de su fantasía e iniciaba de nuevo el descenso,

cuando llegó hasta él idéntico grito atravesando el ambiente tranquilo

de la tarde: "¡Rip Van Winkle! ¡Rip Van Winkle!" al mismo tiempo que

Wolf, erizando el lomo y lanzando un ladrido concentrado, refugiábase al

lado de su amo, mirando temerosamente al valle. Rip sintió que una vaga

aprensión se apoderaba de su espíritu; miró ansiosamente en la misma

dirección y advirtió una figura extraña que avanzaba con dificultad en

medio de las rocas, inclinándose bajo el peso de cierto bulto que

llevaba en sus espaldas. Sorprendióse Rip de ver un ser humano en aquel

lugar desierto y aislado; pero juzgando que pudiera ser alguien del

vecindario necesitado de su ayuda, se apresuró a brindarle su

asistencia.

Conforme se aproximaba sorprendíase más y más ante el aspecto singular

del desconocido. Era un viejo pequeño y cuadrado, de barba gris y

cabellos ásperos y enmarañados. Vestía a la antigua usanza holandesa:

coleto de paño recogido a la cintura y varios pares de calzones, el de

encima muy ancho y adornado de hileras de botones a los costados y

borlas en las rodillas. Llevaba al hombro un barril que parecía lleno de

licor y hacía señas a Rip para que se acercara y le ayudase a llevar su

carga. A pesar de sentirse tímido y desconfiado con respecto de su nuevo

conocido, obedeció Rip a su celo acostumbrado; y sosteniéndose

mutuamente treparon ambos por una estrecha garganta que parecía el lecho

desecado de algún torrente. Mientras subían, oía Rip de vez en cuando

ruidos que retumbaban en ondulaciones como truenos lejanos y que

parecían brotar de una profunda hondonada, o hendedura mejor dicho,

entre inmensas rocas hacia las cuales conducía el áspero sendero que

seguían. Detúvose Rip por un momento; mas prosiguió luego su camino

imaginando que el rumor provendría de alguna de aquellas pasajeras

tempestades de lluvia y truenos que a menudo estallan en la altura.

Introduciéndose por la hendedura llegaron a una cavidad semejante a un

pequeño anfiteatro rodeado de precipicios perpendiculares, sobre cuyas

orillas tendían grandes árboles sus ramas colgantes, de manera que sólo

podía vislumbrarse a trozos el cielo azul y las brillantes nubes de la

tarde. Rip y su compañero, habían marchado en silencio durante todo el

trayecto, pues aun cuando el primero se maravillaba grandemente al

conjeturar el objeto de acarrear un barril de licor en aquellas montañas

agrestes, había algo extraño e incomprensible en el desconocido que

inspiraba temor y cortaba toda familiaridad.

Al penetrar en el anfiteatro aparecieron nuevos motivos de admiración.

En el centro de una planicie veíase un grupo de extraños personajes

jugando a los bolos. Vestían de fantástica y exótica manera; algunos

llevaban casaca corta, otros coleto con gran daga al cinto, y la mayor

parte ostentaban calzas enormes de estilo semejante a las del guía. Su

aspecto era también peculiar: uno tenía larga barba, rostro ancho y ojos

pequeñitos de cerdo; la cara de otro parecía constar únicamente de nariz

y estaba coronada por un sombrero blanco pan de azúcar adornado de una

pequeña cola de gallo encarnada. Todos llevaban barba, de diversas

formas y colores. Había uno que aparentaba ser el jefe. Era un viejo y

robusto gentilhombre de aspecto curtido por la intemperie; llevaba

casaca, chorrera de encaje, cinturón ancho y alfanje, sombrero de copa

alta adornado de una pluma, medias rojas y zapatos con rosetas. El

conjunto del grupo recordaba a Rip las figuras de cierto cuadro antiguo

flamenco, traído de Holanda en tiempo de la colonización y que se

conservaba en el salón de Dominie Van Shaick, el párroco de la aldea.

Lo que encontraba Rip más extraño era que aun cuando indudablemente

todos aquellos personajes trataban de divertirse, conservaran tanta

gravedad en su semblante, un silencio tan misterioso, y formaran, en una

palabra, la partida de placer más melancólica que pudiera presenciarse.

Sólo interrumpía el silencio el ruido de los bolos, cuyo rodar

repercutían los ecos a través de la montaña semejando el rumor ondulante

de los truenos.

Cuando Rip y su compañero se aproximaron, los jugadores abandonaron

súbitamente el juego y fijaron en el primero una mirada tan persistente,

tan sepulcral, con tan singular y apagado continente, que sus rodillas

se entrechocaron y el corazón le dió un vuelco dentro del pecho. Su

compañero vaciaba entretanto el contenido del barril en grandes frascos,

haciéndole señas de que sirviera a la compañía. Rip obedeció trémulo y

asustado; bebieron ellos el licor en profundo silencio, volviendo luego

a su juego.

Poco a poco fueron desapareciendo el terror y las aprensiones de Rip.

Aun se aventuró a probar el licor cuando nadie le miraba, encontrando

que tenía mucho del sabor de excelente holanda. Sediento por naturaleza,

pronto sintió la tentación de repetir la prueba. Un trago provocaba otro

trago; e hizo al fin al frasco visitas tan reiteradas, que sus sentidos

se adormecieron, sus ojos nadaron en sus órbitas, su cabeza inclinóse

gradualmente y quedó sumergido en profundo sueño.

Al despertar, encontróse en la verde hondonada donde vió por primera vez

al viejo del valle. Se frotó los ojos. Era una brillante y hermosa

mañana. Los pajarillos gorjeaban y revoloteaban entre la fronda, el

águila formaba círculos en la altura, y se respiraba la brisa pura de

las montañas. "Seguramente," pensó Rip, "no he dormido aquí toda la

noche." Rememoró los sucesos antes de que el sueño le acometiera: el

hombre extraño con el barril de licor; la hondonada de la montaña; el

agreste retiro entre las rocas; la tétrica partida de bolos; el

frasco.... "¡Oh, ese frasco, ese condenado frasco!" pensó Rip. "¿Qué

excusa daré a la señora Van Winkle?"

Buscó su fusil al rededor; pero en vez de la limpia y bien aceitada

escopeta de caza halló una vieja arma con el cañón obstruido por el

polvo, el gatillo cayéndose y la madera roída por la polilla. Sospechó

entonces que los graves fanfarrones de la montaña le habían jugado una

pasada y, embriagándole con su licor, le habían robado la escopeta. Wolf

había desaparecido también; pero era posible que se hubiera extraviado

persiguiendo alguna ardilla o alguna perdiz. Le silbó y llamó a gritos

por su nombre, pero en vano; los ecos repitieron su silbido y su

llamada, pero ningún perro apareció en lontananza.

Determinó entonces regresar al lugar donde se había realizado la broma

de la noche anterior y si encontraba a alguno de la partida, reclamarle

su perro y su fusil. Cuando se levantó, encontróse con las

articulaciones rígidas y falto de su acostumbrada actividad. "Estos

lechos de montaña no me sientan bien," pensó Rip, "y si la broma me

resulta en reumatismo, voy a tener un tiempo bendito con la señora Van

Winkle." Con bastante dificultad pudo llegar hasta el valle y encontró

la garganta por donde él y su compañero subieron la víspera; pero

observó con gran estupor que espumaba allí un torrente saltando de roca

en roca y llenando el valle de parleros murmullos. Trató, sin embargo,

de ingeniarse para trepar por los costados, ensayando una fatigosa

ascensión a través de matorrales de abedules, sasafrases y arbustos de

varias clases, más difícil aún por la trepadora vid silvestre que

lanzaba sus espirales o tijeretas de árbol a árbol tendiendo una especie

de red en el sendero.

Llegó al cabo al sitio donde las rocas de la hondonada se abrían para

llevar al anfiteatro; pero no quedaba rastro de semejante abertura. Las

rocas presentaban un muro alto e impenetrable sobre el cual se despeñaba

el torrente en capas de rizada espuma para caer luego en una ancha y

profunda cuenca, obscurecida por las sombras de la selva circundante.

Aquí el pobre Rip vióse precisado a detenerse. Llamó a su perro y lo

silbó una y otra vez; pero sólo obtuvo en respuesta el graznido de una

bandada de cuervos holgazanes solazándose en lo alto de un árbol seco

que se proyectaba sobre un asoleado precipicio desde el cual, seguros en

su elevación, parecían espiar lo que pasaba abajo y mofarse de las

perplejidades del pobre hombre. ¿Qué se podía hacer? La mañana

transcurría rápidamente y Rip sentíase hambriento por la falta de su

desayuno. Apenábale abandonar su perro y su fusil; temblaba a la idea de

encontrarse con su mujer; pero no podía morirse de hambre entre los

montes. Sacudió la cabeza, echó al hombro la vieja escopeta, y con el

corazón lleno de angustia y de aflicción enderezó los pasos al hogar.

Conforme se acercaba a la aldea iba encontrando varias personas a

quienes no reconocía, lo cual le sorprendía un tanto pues siempre había

creído conocer a todo el mundo en los alrededores de la comarca. Los

vestidos que llevaban eran también de estilo diferente al que estaba él

acostumbrado. Todos le observaban con iguales demostraciones de

sorpresa, y apenas fijaban en él sus miradas llevaban invariablemente la

mano a la barba. La repetición unánime de este gesto indujo a Rip a

hacer el mismo movimiento sin darse cuenta; y ¡cuál no sería su estupor

al notar que su barba tenía un pie de largo!

Llegaba ahora a los arrabales de la aldea. Una turba de chiquillos

extraños corría a sus talones, burlándose de él y señalando su barba

gris. Los perros ladraban también a su paso y no podía reconocer entre

ellos a ninguno de sus antiguos conocidos. Todo el pueblo estaba

cambiado; era más grande y más populoso. Había hileras de casas que él

jamás había visto, y habían desaparecido sus habituales guaridas.

Veíanse nombres extraños sobre todas las puertas, y rostros extraños en

todas las ventanas; todo era extraño, en una palabra. Sus ideas

comenzaban ya a abandonarle; principiaba a recelar que tanto él como el

mundo que le rodeaba estaban hechizados. Evidentemente éste era su

pueblo natal, el mismo que abandonó la víspera. Allí estaban las

montañas Káatskill; allí a corta distancia se deslizaba el plateado

Hudson; las colinas y cañadas ocupaban exactamente el mismo lugar donde

siempre estuvieran; pero Rip se hallaba tristemente perplejo. "¡Ese

frasco de anoche," pensaba, "ha dejado huera mi pobre cabeza!"

Con alguna dificultad encontró el camino de su propia casa, hacia la

cual se aproximaba con silencioso pavor esperando oír a cada instante la

voz chillona de la señora Van Winkle. Todo estaba arruinado, el techo

cayéndose a pedazos, las ventanas destrozadas y las puertas fuera de sus

goznes. Un hambriento can, algo parecido a Wolf, andaba huroneando por

allí. Rip lo llamó con el nombre de su perro, mas el animal gruñó

enseñando los dientes y escapó. Esto fué una herida dolorosa, en verdad.

"¡Aun mi perro me ha olvidado!" sollozó el pobre Rip.

Penetró en la casa que, a decir verdad, mantenía siempre en meticuloso

orden la señora Van Winkle. Aparecía ahora vacía, tétrica y en

apariencia abandonada. Tal desolación se sobrepuso a sus temores

conyugales, y llamó en alta voz a su mujer y a sus hijos. Las desiertas

piezas resonaron un momento con sus voces y luego quedó todo nuevamente

silencioso.

Apresuróse a salir y se dirigió rápidamente a su antiguo refugio, el

mesón de la aldea; pero éste también había desaparecido. En su lugar

veíase un amplio y desvencijado edificio de madera con grandes y

destartaladas vidrieras, rotas algunas de ellas y recompuestas con

enaguas y sombreros viejos, el cual ostentaba pintado sobre la puerta

un rótulo que decía: "Hotel Unión, de Jónathan Dóolittle." En vez del

gran árbol que cobijaba con su sombra al silencioso y menudo mesonero

holandés de otros tiempos, alzábase ahora una larga y desnuda pértiga

con algo semejante a un gorro rojo de dormir en su extremidad superior,

y de la cual se desprendía una bandera de rayas y estrellas en singular

combinación: cosas todas extrañas e incomprensibles. Reconoció en la

muestra, sin embargo, la rubicunda faz del rey Jorge, debajo de la cual

había saboreado pacíficamente tantas pipas; pero aun la figura se había

metamorfoseado de manera singular. La chaqueta roja habíase convertido

en azul y ante; ceñía una espada en lugar del cetro; la cabeza estaba

provista de un sombrero de tres picos, y debajo del retrato leíase en

grandes caracteres: GENERAL WASHINGTON.

Había, como de costumbre, una multitud de gente delante de la puerta,

pero Rip no podía reconocer a nadie. Aun el espíritu del pueblo parecía

cambiado. Oíanse acaloradas y ruidosas discusiones en lugar de las

flemáticas y soñolientas pláticas de otros tiempos. Buscaba en vano al

sabio Nicholas Védder con su ancho rostro, su doble papada y su larga y

hermosa pipa, lanzando nubes de humo en vez de discursos ociosos; o al

maestro de escuela Van Búmmel, impartiendo a la concurrencia el

contenido de antiguos periódicos. En lugar de ellos, un flaco y bilioso

personaje con los bolsillos llenos de proclamas, peroraba con vehemencia

sobre los derechos de los ciudadanos, las elecciones, los miembros del

congreso, la libertad, Búnker Hill, los héroes del setenta y seis, y

otros tópicos que resultaban una perfecta jerga babilónica para el

trastornado Van Winkle.

La aparición de Rip con su inmensa barba gris, su escopeta mohosa, su

exótica vestimenta, y un ejército de mujeres y chiquillos pisándole los

talones, atrajo muy pronto la atención de los políticos de taberna.

Amotináronse a su alrededor mirándole con gran curiosidad de la cabeza a

los pies. El orador se abalanzó hacia él y llevándole a un costado

inquirió "de qué lado había dado su voto." Rip quedó estupefacto. Otro

pequeño y atareado personaje cogiéndole del brazo y alzándose de

puntillas le preguntó al oído: "¿Demócrata o federal?" Veíase Rip

igualmente perdido para comprender esta pregunta, cuando un sabihondo,

pomposo y viejo caballero, con puntiagudo sombrero de tres picos,

abrióse paso entre la muchedumbre apartándola con los codos a derecha e

izquierda, y plantándose delante de Rip Van Winkle con un brazo en

jarras y descansando el otro en su vara, con ojos penetrantes y su agudo

sombrero amenazador, preguntó con tono austero, como si quisiera ahondar

hasta el fondo de su alma, "qué motivo le traía a las elecciones con

fusil al hombro y una multitud a sus huellas, y si intentaba por acaso

provocar una insurrección en la villa."

--¡Ay de mí, caballero,--exclamó Rip con desmayo,--yo soy un pobre

hombre tranquilo, un habitante del lugar y un vasallo leal de su

majestad, a quien Dios bendiga!--

Aquí estalló una protesta general de los concurrentes.

--¡Un conservador! ¡un conservador! ¡un espía! ¡un emigrado! ¡golpe con

él! ¡afuera!--Con gran dificultad pudo restablecer el orden el pomposo

caballero del sombrero de tres picos; y, asumiendo tal gravedad que

produjo diez arrugas por lo menos en su entrecejo, preguntó de nuevo al

incógnito criminal el motivo que le traía y a quién andaba buscando por

el pueblo. El pobre hombre aseguró humildemente que no tenía proyectos

subversivos sino que venía simplemente en busca de algunos de sus

vecinos que acostumbraban parar en la taberna.

--Bien, ¿quiénes son ellos? Nombradlos.--

Rip meditó un momento e inquirió luego:--¿Dónde está Nicholas Védder?--

Hubo un corto silencio, hasta que un viejo replicó con voz débil y

balbuciente:

--¡Nicholas Védder! ¡Vaya! ¡Si murió y está enterrado hace dieciocho

años! Una lápida de madera daba razón de él en el cementerio de la

iglesia, pero se gastó también y ya no existe.

--¿Dónde está Brom Dútcher?

--¡Oh! se fue al ejército al principio de la guerra; algunos dicen que

murió en la toma de Stony Point;[8] otros que se ahogó en una borrasca

al pie de Ántony's Nose.[9] Yo no podría decirlo; lo que sé es que

nunca regresó.

--¿Dónde está Van Búmmel, el maestro de escuela?

--Se fué también a la guerra, se convirtió en un gran general y está

ahora en el congreso.--

El corazón de Rip desfallecía al escuchar tan tristes nuevas de su

patria y de sus amigos, y encontrarse de repente tan solo en el mundo.

Las respuestas le impresionaban también por el enorme lapso de tiempo

que encerraban y por los temas de que trataban y que él no podía

comprender: la guerra, el congreso, Stony Point. No tuvo valor de

preguntar por sus otros amigos, pero gritó con desesperación:

--¿Nadie conoce aquí a Rip Van Winkle?

--¡Oh, seguramente! Rip Van Winkle está allí recostado contra el

árbol.--

Rip miró en la dirección indicada y pudo contemplar una exacta

reproducción de sí mismo como cuando fué a la montaña; tan holgazán como

él, al parecer, e indudablemente harapiento al mismo grado. El pobre

hombre quedó del todo confundido. Dudaba de su propia identidad y si

sería él Rip Van Winkle o cualquier otra persona. En medio de su

extravío, el hombre del sombrero de tres picos le preguntó quién era y

cómo se llamaba.

--¡Sólo Dios lo sabe!--exclamó, al cabo de su entendimiento.--¡Yo no soy

yo mismo, soy alguna otra persona; no estoy allá, no; ése es alguien que

se ha metido dentro de mi piel. Yo era yo mismo anoche, pero me quedé

dormido en la montaña y allí me cambiaron mi escopeta y me lo han

cambiado todo. Yo mismo estoy cambiado, y no puedo decir siquiera cuál

es mi nombre ni quién soy!--

A estas palabras los circunstantes comenzaron a cambiar entre sí miradas

significativas, sacudiendo la cabeza, guiñando los ojos y golpeándose la

frente con los dedos. Corrió también un murmullo sobre la conveniencia

de asegurar el fusil y aun al viejo personaje para evitar que hiciera

algún daño; ante cuya suposición el sabihondo caballero del sombrero de

tres picos se retiró con marcada precipitación. En tan crítico momento,

una fresca y hermosa joven avanzó entre la multitud para echar una

ojeada al hombre de la barba gris. Llevaba en sus brazos un rollizo

chiquillo que asustado con el extranjero rompió a llorar.

--¡Sht, Rip!--dijo la joven, calla, tontuelo; el viejo no te hará ningún

daño.--

El nombre del niño, el aire de la madre, la entonación de su voz, todo

despertó en Rip Van Winkle un mundo de recuerdos.--¿Cómo os llamais,

buena mujer?--preguntó.

--Judith Gardenier.

--¿El nombre de vuestro padre?

--¡Ah, pobre hombre! Llamábase Rip Van Winkle, pero hace veinte años que

salió de casa con su fusil y jamás regresó ni hemos sabido de él desde

entonces. Su perro volvió solo a la casa; y nadie podría decir si mi

padre se mató o si los indios se lo llevaron. Yo era entonces una

chiquilla.--

Quedábale a Rip sólo una pregunta por hacer y la propuso con voz

desfallecida:

--¿Dónde está vuestra madre?

--¡Oh! ella murió poco después. Se le rompió una arteria en un arranque

de cólera con un buhonero de Nueva Inglaterra.--

Aquello era una gota de alivio, a su entender. El buen hombre no pudo

contenerse por más tiempo. Cogió a su hija y al niño entre sus brazos,

exclamando:

--¡Yo soy vuestro padre! ¡El Rip Van Winkle joven de otros tiempos, y

ahora el viejo Rip Van Winkle! ¿Nadie reconoce al pobre Rip Van

Winkle?--

Todos quedaron atónitos, hasta que una viejecilla trémula atravesó la

multitud y poniéndose la mano sobre las cejas le examinó por debajo el

rostro por un momento, exclamando en seguida:

--¡Seguro que es Rip Van Winkle! ¡El mismo, en cuerpo y alma! ¡Bien

venido al pueblo, viejo vecino! Decidnos, ¿dónde habéis estado metido

estos largos veinte años?--

Pronto hubo referido Rip su historia, pues que los veinte años

transcurridos se reducían para él a una sola noche. Los vecinos le

miraban con asombro al escucharla; algunos se guiñaban entre sí poniendo

la lengua en sus mejillas; mientras el pomposo caballero del sombrero de

tres picos--que regresó al campo de acción tan pronto como la alarma

hubo pasado--sacudía la cabeza recogiendo las extremidades de su boca;

sacudimiento dubitativo que se hizo entonces general en la asamblea.

Cuentos Clásicos del Norte, Segunda Serie · 第 1 / 18 段