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original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el
texto. (La lista de los errores corregidos sigue el texto.)
CUENTOS CLÁSICOS DEL NORTE
SEGUNDA SERIE
BIBLIOTECA
INTERAMERICANA
_Obras publicadas_
Benjamín Hárrison: _Vida Constitucional de
los Estados Unidos._
Édgar Allan Poe: _Cuentos clásicos del norte:
Primera serie._
Nathániel Háwthorne, Wáshington Írving,
Édward Éverett Hale: _Cuentos clásicos del
norte: Segunda serie._
_En prensa_
Nícholas Múrray Bútler: _El significado de la
educación._
_En preparación_
Wílliam P. Trent: _La literatura de los Estados
Unidos._
J. Rússell Smith: _El comercio y las industrias._
Alexánder Johnston: _La historia de la política
de los Estados Unidos._
Con el título de INTERAMERICAN LIBRARY, se
editará en inglés un número correspondiente de obras importantes
americanas, traducidas del español o del portugués,
para distribuirse en los Estados Unidos.
BIBLIOTECA INTERAMERICANA
III
Cuentos Clásicos del Norte
_Segunda Serie_
Por
Wáshington Írving
Nathániel Háwthorne
Édward Éverett Hale
[Illustration: PRO
PATRIA
PER
ORBIS
CONCORDIAM, Colophon]
Traducción de
Carmen Torres Calderón de Pinillos
Nueva York
Doubleday, Page & Company
1920
BIBLIOTECA INTERAMERICANA
Fundada por la Dotación de Carnegie para la Paz Internacional
para la difusión de ideas entre los pueblos del Nuevo
Mundo, mediante la traducción y publicación de obras importantes
que expresen los ideales y los sentimientos nacionales.
Copyright, 1920, por la
División Interamericana
de la
Asociación Americana para la Conciliación
Internacional
PÉTER H. GÓLDSMITH, Director
407 WEST 117TH STREET, NUEVA YORK
SUMARIO
WÁSHINGTON ÍRVING
PÁGINA
ESBOZO BIOGRÁFICO 3
INTRODUCCIÓN A RIP VAN WINKLE 6
RIP VAN WINKLE 11
LA LEYENDA DEL VALLE ENCANTADO 45
NATHÁNIEL HÁWTHORNE
EL ANCIANO CAMPEÓN 97
EL MAY-POLE DE MERRY MOUNT 115
EL EXPERIMENTO DEL DOCTOR HÉIDEGGER 137
LEYENDAS DE LA CASA PROVINCIAL
I. LA MÁSCARADA DE HOWE 155
II. EL RETRATO DE ÉDWARD RÁNDOLPH 178
FEATHERTOP 199
EL ENTIERRO DE RÓGER MALVIN 233
ÉDWARD ÉVERETT HALE
EL HOMBRE SIN PATRIA 267
WÁSHINGTON ÍRVING
Wáshington Írving nació en Nueva York el 3 de abril de 1783; murió en
Súnnyside, su casa de campo cerca de Tárrytown, Nueva York, el 28 de
noviembre de 1859. Era hijo de Wílliam Írving, un inglés oriundo de las
islas de Órkney. Desde muy joven comenzó a trabajar y estudiar en un
despacho de abogado, pero interesábale más escribir para el _Morning
Chronicle_, bajo el seudónimo de "Jonathan Oldstyle," que dedicarse a
los estudios serios. Habiendo decaído su salud, resolvió viajar,
dirigiéndose a Europa en 1804, donde pasó dos años. A su regreso a los
Estados Unidos fundó el _Salmagundi_ en sociedad con J. G. Páulding.
Conquistó su fama literaria con la publicación de su _History of New
York, by Diedrich Knickerbocker_ (1809). En 1810 estableció en compañía
de sus dos hermanos una casa de comercio. Desde 1815 hasta 1832 residió
en Europa, siendo nombrado agregado a la legación de los Estados Unidos
en Madrid en 1826, y secretario de la legación en Londres en 1829.
Permaneció casi constantemente en Súnnyside desde 1832 hasta 1842, época
en que fué nombrado ministro en España, volviendo a Súnnyside en 1846 y
continuando allí hasta su muerte. Además del trabajo arriba mencionado
dió a luz las obras siguientes: _The Sketch Book_ (publicado por partes
en 1819 y coleccionado en 1820); _Bracebridge Hall, or the Humourists_
(1822); _Tales of a Traveler_ (1824); _Life and Voyages of Christopher
Columbus_ (1828); _Chronicle of the Conquest of Granada_ (1829);
_Voyages of the Companions of Columbus_ (1831); _The Alhambra_ (1832);
_Crayon Miscellany_ (including _Tour on the Prairies_, 1835); _Astoria_,
etc. (en colaboración con Pierre M. Írving, 1836); _Adventures of
Captain Bonneville_, etc. (1837); _Oliver Goldsmith_ (1849); _Mahomet
and His Successors_ (1850); _Wolfert's Roost_ (1855); _Life of George
Wáshington_ (1855-1859).
[Illustration: WÁSHINGTON ÍRVING]
ESBOZO BIOGRÁFICO
Wáshington Írving, uno de los primeros y más populares autores
americanos, a quien Tháckeray, en inspirada frase, llama "el primer
embajador que el mundo nuevo de las letras envió al antiguo," nació en
1783, en la ciudad de Nueva York. Recibió su educación en las escuelas
públicas, abandonando las aulas a los dieciséis años, aun cuando
continuara después por largo tiempo la lectura sistemática de los
mejores autores, especialmente Cháucer, Spénser y Bunyan. Desde su
juventud, demostró poseer un talento natural para escribir ensayos e
historietas. Como siempre detestó las matemáticas, escribía a menudo las
composiciones de sus compañeros quienes, en cambio, solucionaban sus
problemas. Estudió derecho por algún tiempo; pero no sintiéndose
inclinado a la esclavitud de una profesión, prefirió entregarse a
vagabundas correrías alrededor de la isla de Manhattan, que le
familiarizaron con el magnífico paisaje que hizo después famoso con su
pluma. Adquirió de esta manera el conocimiento exacto de varios puntos
históricos, curiosas tradiciones y leyendas de que tan bello uso ha
hecho en su _Sketch-Book_ y en la _History of New York_. En 1804,
amenazado de pulmonía, se embarcó para Europa y permaneció en el
extranjero cerca de dos años. A su regreso intentó reasumir la práctica
legal, pero sin ningún resultado. En compañía de algunos compañeros
inició entonces la publicación de una obra por entregas llamada
_Salmagundi_ la cual, bien dirigida, obtuvo éxito. En 1809 publicó su
_Knickerbocker's History of New York_, obra única en nuestra literatura,
perfectamente redondeada, y de sátira fina y sostenida. Dirigió durante
dos años una revista en Filadelfia a la cual contribuía con artículos
incluidos después en el _Sketch-Book_. En 1814 sirvió como ayudante del
gobernador Tompkins, y cuando terminó la guerra, regresó de nuevo a
Europa donde permaneció esta vez diecisiete años. Con motivo de la
quiebra de su hermano perdió toda su fortuna y, entregado a sus propios
recursos, dedicóse a la literatura para atender a su subsistencia.
Publicó su _Sketch-Book_ en 1819, el cual, debido a la influencia
personal de Sir Wálter Scott, se reimprimió en Londres, quedando
inmediatamente establecida la reputación de Írving como gran autor.
A continuación publicó _Bracebridge Hall_, en 1822, y _Tales of a
Traveler_ en 1824. Encargado de algunas traducciones del español, fué a
establecerse en Madrid. A su permanencia en España debemos algunas de
sus obras más encantadoras, como la _Life of Columbus_, _Conquest of
Granada_, _The Alhambra_, _Mahomet and His Successors_ y _Spanish
Papers_. Regresó a América en 1832; y durante los años subsiguientes se
publicaron _Astoria_, _Adventures of Captain Bonneville_ y _Wolfert's
Roost_. En 1842 Írving fué nombrado Ministro en España. Su _Life of
Goldsmith_ vió la luz pública cuatro años más tarde, después de su
vuelta a la patria. Su postrera obra, escrita con especial esmero, fué
la _Life of Washington_, en cinco volúmenes.
Los últimos años de Írving transcurrieron en "Sunnyside," su encantadora
residencia en Tárrytown, a las orillas del Hudson, en el centro del
hermoso paisaje que había inmortalizado. Írving falleció el 28 de
noviembre de 1859, el mismo año que Préscott, el historiador, y que
Macáulay. Un amigo que trató mucho a nuestro autor en sus últimos días,
le describe así: "Tenía ojos color gris obscuro, hermosa nariz recta que
casi podría decirse grande; frente ancha, alta y abierta, y boca
pequeña. Era de tamaño mediano, cinco pies y nueve pulgadas más o menos,
y tendía un poquillo a la obesidad. Su sonrisa era extremadamente
genial, iluminándole todo el rostro y haciéndole muy atrayente; y cuando
se preparaba a decir algo jocoso, brillaba en sus ojos mucho antes de
que hubiera pronunciado una palabra."
George Wílliam Curtis, en uno de sus deliciosos ensayos, _Easy Chair_,
dice: "Írving era personaje tan exótico como su Díedrich Kníckerbocker
en los anuncios preliminares de la _History of New York_. Hace treinta
años podía vérsele en ciertas tardes de otoño, marchando a lo largo de
Broadway con paso ágil y elástico, calzando zapatos bajos esmeradamente
atados, y ataviado con capa Talma, prenda corta semejante a la esclavina
de un abrigo. Tenía cierto aire ligero, jovial y de antigua escuela, que
revelaba incontestablemente al holandés y armonizaba admirablemente con
sus obras. Parecía, en realidad, escapado de alguno de sus libros; y la
afabilidad cordial y agudeza de sus discursos, al detenerse para alguna
charla pasajera, constituían uno de sus deliciosos rasgos
característicos. Era ya por aquel tiempo uno de nuestros más famosos
literatos, pero jamás demostraba vanidad alguna ni pretensiones
dogmáticas."
INTRODUCCIÓN A RIP VAN WINKLE
LA HISTORIA de Rip Van Winkle se supone escrita por Díedrich
Kníckerbocker, jocosa creación de Írving, y cuyo nombre se hizo familiar
al público como autor de _A History of New York_. Esta historia se
publicó en 1809, diez años antes de que viera la luz pública el primer
número de _The Sketch-Book of Geoffrey Crayon, Gent._ Este número, que
contenía la historia de Rip Van Winkle, fué escrito por Írving en
Inglaterra y enviado a América para su publicación, lo mismo que las
ediciones sucesivas. Colocó la escena en Káatskill, pero describió el
sitio según su fantasía y ajenos informes, habiéndolo visitado solamente
en 1833. El argumento no es nuevo: el cuento de hadas de la bella
durmiente en el bosque tiene el mismo tema, así como la historia de
Epaminondas de Creta, que floreció en la sexta o séptima centuria antes
de J. C. Se asegura que Epaminondas se quedó dormido en una cueva cuando
era muchacho y despertó cincuenta y siete años después mientras su
individuo había continuado su desarrollo normal. Existe también la
leyenda de los siete durmientes de Éfeso, mártires cristianos
emparedados en una cueva que buscaron como refugio y donde se
conservaron maravillosamente durante dos siglos.
Entre las historias que tanto abundan en los montes Harz de Alemania, se
refiere una de Péter Klaus, un cabrero a quien se acercó cierto día un
joven que comenzó a seguirle silenciosamente y le condujo a un lugar
aislado donde encontró doce caballeros que jugaban a los bolos sin
pronunciar una sola palabra. El cabrero vió una cantimplora de vino
fragante y bebiéndolo, quedó sumergido en profundo sueño que se prolongó
durante veinte años. La historia relata los incidentes del despertar del
cabrero y los cambios que encontró en su aldea a su regreso.
Esta historia, publicada con algunas otras en 1800, dió probablemente
origen a la de Írving, quien hace uso casi de idéntico argumento. Las
jocosas adiciones con que ha adornado su relato y la gracia de que todo
el cuento está revestido han logrado que la historia de Írving suplante
en la mente popular a todas las primitivas de este género, llegando Rip
Van Winkle a convertirse en un personaje familiar a quien aluden
frecuentemente aun personas que jamás han leído la historia de este
festivo autor. La forma dramática dada posteriormente a este cuento,
aunque asumiendo sólo los rasgos principales, ha contribuído en gran
manera a definir la concepción del personaje. La historia despierta un
sentimiento de curiosidad respecto de la vida futura, no muy alejado de
aquel que se considera en general como la tendencia del espíritu humano
a la inmortalidad individual. El nombre de Van Winkle fué una feliz
elección de Írving, pero no ha sido inventado por él. El impresor del
_Sketch-Book_, sin ir más lejos, llevaba el mismo nombre. El de
Kníckerbocker se encuentra también entre los holandeses, pero Írving lo
ha hecho típico. En _The Author's Apology_, que agregó como prefacio a
una nueva edición de la _History of New York_, dice: "He encontrado que
este nombre es una palabra de orden para dar sello familiar a cualquiera
cosa destinada al favor del público, como las sociedades Kníckerbocker;
las compañías de seguros Kníckerbocker; los vapores Kníckerbocker; los
ómnibus Kníckerbocker; el pan Kníckerbocker; el hielo Kníckerbocker;
y... hasta los neoyorquinos de origen holandés tienen a gala llamarse
"genuinos Kníckerbockers."
RIP VAN WINKLE
OBRA PÓSTUMA DE DÍEDRICH KNÍCKERBOCKER
Por Woden (Odin), Dios de los sajones, de quien procede Wednesday
(miércoles) que es Wodensday (día de Odin). La verdad es algo que
siempre conservaré hasta el día en que me arrastre hacia la tumba.
CÁRTWRIGHT.[1]
El cuento siguiente se encontró entre los papeles del difunto Díedrich
Kníckerbocker, un viejo caballero de Nueva York, muy curioso respecto de
la historia holandesa de la provincia y de las costumbres de los
descendientes de sus primitivos colonos. Sus investigaciones históricas
dirigíanse menos a los libros que a los hombres, pues que los primeros
escaseaban lamentablemente en sus temas favoritos mientras que los
viejos vecinos y, sobre todo sus mujeres, eran riquísimos en aquellas
tradiciones y leyendas de valor inapreciable para el verídico
historiador. Así, cuando le acontecía tropezar con alguna familia típica
holandesa, agradablemente guarecida en su alquería de bajo techado, a la
sombra del frondoso sicomoro, mirábala como un pequeño volumen de letra
gótica antigua, cerrado y abrochado, y lo estudiaba y profundizaba con
el celo de la polilla.
El resultado de todas estas investigaciones fué una historia de la
provincia durante el dominio holandés, publicada hace algunos años. La
opinión anduvo dividida con respecto del valor literario de esta obra
que, a decir verdad, no vale un ápice más de lo que pudiera. Su mérito
principal estriba en su exactitud, algo discutida por cierto en la época
de su primera aparición, pero que ha quedado después completamente
establecida y se admite ahora entre las colecciones históricas como
libro de indiscutible autoridad.
El viejo caballero falleció poco tiempo después de la publicación de
esta obra; y ahora que está muerto y enterrado no perjudicará mucho a su
memoria el declarar que pudo emplear mejor su tiempo en labores de más
peso.[2] Era bastante hábil, sin embargo, para encaminar su rumbo como
mejor le conviniera; y aunque de vez en cuando echara un poco de tierra
a los ojos de sus prójimos y apenara el espíritu de algunos de sus
amigos, a quienes profesaba sin embargo gran cariño y estimación, sus
errores y locuras se recuerdan "más bien con pesar que con enojo," y se
comienza a sospechar que jamás intentó herir ni ofender a nadie. Mas
como quiera que su memoria haya sido apreciada por los críticos,
continúa amada por mucha gente cuya opinión es digna de tenerse en
cuenta, como ciertos bizcocheros de oficio que han llegado hasta el
punto de imprimir su retrato en los pasteles de Año Nuevo,[3] dándole
así ocasión de inmortalizarse casi tan apreciable como la de verse
estampado en una medalla de Wáterloo o en un penique de la reina Ana.[4]
RIP VAN WINKLE
Todo aquél que haya remontado el Hudson recordará las montañas
Káatskill. Son una desmembración de la gran familia de los montes
Appalachian y se divisan al este del río elevándose con noble majestad y
dominando toda la región circunvecina. Todos los cambios de tiempo o de
estación, cada una de las horas del día, se manifiestan por medio de
alguna variación en las mágicas sombras y aspecto de aquellas montañas,
consideradas como el más perfecto barómetro por todas las buenas mujeres
de la comarca. Cuando el tiempo está hermoso y sereno, las montañas
aparecen revestidas de púrpura y azul, destacando sus líneas atrevidas
sobre el claro cielo de la tarde; pero algunas veces, aun cuando el
horizonte se encuentre despejado, se adornan en la cima con una
caperuza de vapores grises que se iluminan e irradian como una corona de
gloria a los postreros rayos del sol poniente.
Al pie de estas montañas encantadas[5] puede descubrir el viajero el
ligero humo rizado que se eleva de una aldea, cuyos tejados de ripia
resplandecen entre los árboles cuando los tintes azules de la altura se
funden en el fresco verdor del cercano panorama. Es una pequeña aldea
muy antigua, fundada por algunos colonos holandeses en los primeros días
de la provincia, allá por los comienzos del gobierno del buen Péter
Stúyvesant[6] (¡que en paz descanse!), y donde se sostenían contra los
estragos del tiempo algunas casas de los primitivos pobladores,
construídas de pequeños ladrillos amarillos importados de Holanda, con
ventanas de celosía y frontones triangulares rematados en gallos de
campanario.
En aquella misma aldea y en una de las aludidas casas que, a decir
verdad, estaba lastimosamente maltratada por los años y por la
intemperie, vivía hace mucho tiempo, cuando el país era todavía
provincia de la Gran Bretaña, un hombre bueno y sencillo llamado Rip Van
Winkle. Era descendiente de los Van Winkle que figuraron tan
heroicamente en los caballerescos días de Péter Stúyvesant y le
acompañaron durante el sitio del fuerte Christina.[7] Había heredado
muy poco, sin embargo, del carácter marcial de sus antecesores. Hice ya
notar que era un hombre sencillo y de buen corazón; era además vecino
atento y marido dócil, y gobernado por su mujer. A esta última
circunstancia se debía probablemente aquella mansedumbre de espíritu que
le valió universal popularidad; porque los hombres que están bajo la
disciplina de arpías en el hogar son los mejor preparados para mostrarse
obsequiosos y conciliadores en el exterior. Indudablemente su carácter
se doblega y vuelve maleable en el horno ardiente de las tribulaciones
domésticas; y, a decir verdad, una reprimenda de alcoba es más eficaz
que todos los sermones del mundo para enseñar las virtudes de la
paciencia y longanimidad. Una mujer pendenciera puede así, en cierto
modo, considerarse una bendición; y a este respecto Rip Van Winkle era
tres veces bendito.
Lo cierto es que era el favorito de todas las comadres de la aldea que,
como las demás de su amable sexo, tomaban parte en todas las querellas
domésticas y nunca dejaban de censurar a la señora Van Winkle siempre
que se ocupaban de este asunto en la chismografía de sus reuniones
nocturnas. Los chicos de la aldea le aclamaban también alegremente
cuando se presentaba. Tomaba parte en sus diversiones, les fabricaba
juguetes, les enseñaba a volar cometa y a jugar bolas, y les refería
largas historias de aparecidos, brujas, e indios salvajes. Fuera donde
quisiese, escabulléndose por la aldea, rodeábale una turba de pilluelos
colgándose de sus faldones, encaramándose en sus espaldas y jugándole
impunemente mil pasadas; y ni un sólo perro del vecindario se habría
decidido a ladrarle.
El gran defecto de la índole de Rip era su aversión insuperable a toda
clase de labor provechosa. No que adoleciera de falta de asiduidad o
perseverancia, pues se habría sentado a pescar sin un murmullo en una
roca húmeda y armado de una caña larga y pesada como la lanza de un
tártaro, aun cuando no picara el anzuelo un sólo pez en todo el día para
alentarle en su faena. Podía llevar por largas horas una escopeta al
hombro y arrastrarse por selvas y pantanos, por colinas y cañadas para
tirar a unas cuantas ardillas o palomas silvestres. Nunca rehusaba
ayudar a sus vecinos aun cuando fuera en la tarea más penosa, y era el
primero en todas las reuniones de la comarca para desgranar las mazorcas
de maíz, o construir cercos de piedra; las mujeres de la aldea le
ocupaban también para sus correrías, o para ciertos trabajillos de poca
monta que sus poco amables maridos no querían desempeñar. En una
palabra, Rip estaba siempre dispuesto a atender a los negocios de
cualquiera de preferencia a los propios; pues cumplir con sus deberes
domésticos o mirar por las necesidades de su granja le era punto menos
que imposible.
Declaraba, en efecto, que resultaba inútil trabajar en su propia
alquería; era el más endiablado trozo de terreno en todo el país;
cualquiera cosa que se emprendiera salía mal allí y saldría siempre, a
pesar de sus esfuerzos. Los cercos se caían a pedazos contínuamente; su
vaca se extraviaba o se metía en las coles; la mala hierba crecía de
seguro más ligero en su finca que en cualquiera otra parte; llovía
justamente cuando él tenía algo que hacer a campo abierto; de manera que
si su propiedad se había desmoronado acre por acre hasta quedar reducida
a un pequeño trozo para el sembrío de maíz y de papas, debíase a que era
la granja de peores condiciones en toda la comarca.
Sus chicos andaban tan harapientos y selváticos como si no tuvieran
dueño. Su hijo Rip, un rapazuelo vaciado en su mismo molde, prometía
heredar con los vestidos viejos todas las disposiciones de su padre.
Veíasele ordinariamente trotando como un potrillo a los talones de su
madre, ataviado con un par de polainas de desecho de su padre, que con
gran dificultad procuraba mantener en alto sujetándolas con una mano,
como llevan las señoras elegantes su cola en el mal tiempo.
Rip Van Winkle era, sin embargo, uno de aquellos felices mortales de
disposición fácil y bobalicona que toman el mundo descuidadamente, comen
con la misma indiferencia pan blanco o pan moreno a condición de
evitarse la menor molestia, y preferirían morirse de hambre con un
penique a trabajar por una libra. Si le hubieran dejado vivir a su
manera, nada pediría a la vida, sumído en beatitud perfecta; pero su
mujer andaba siempre repiqueteandole los oídos con su incuria, su
pereza y la ruina que atraía sobre su familia. Mañana, tarde y noche
trabajaba su lengua sin cesar, y cada cosa que él decía o hacía
provocaba seguramente un torrente de doméstica elocuencia. Rip tenía
solamente una manera de contestar a estas reprimendas que, en razón del
continuo uso, había llegado a convertirse en hábito. Encogía los
hombros, sacudía la cabeza y levantaba los ojos al cielo sin pronunciar
una palabra. Esta mímica daba siempre lugar a una nueva andanada de
parte de su mujer; de modo que se veía constreñido a reunir sus fuerzas
y tomar el portante, único recurso que queda, en verdad, al marido
maltratado por su mujer.
El único aliado con que contaba Rip en la familia era su perro Wolf
(lobo), tan maltratado como su amo, pues la señora Van Winkle juzgaba a
ambos compañeros de ociosidad, y aun miraba a Wolf con malos ojos
considerándole culpable de los frecuentes extravíos de su dueño. La
verdad es que bajo todo punto de vista era Wolf un perro honorable, y
valeroso como el que más para corretear en los bosques; pero ¿qué valor
puede afrontar el continuo y siempre renovado terror de una lengua de
mujer? Apenas entraba Wolf en la casa decaía su ánimo y con la cola
arrastrando por el suelo o enroscada entre las piernas deslizábase con
aire de ajusticiado mirando de reojo a la señora Van Winkle, y al menor
blandir de la dama un palo de escoba o un cucharón volaba a la puerta
con quejumbrosa precipitación.
Las cosas iban de mal en peor para Rip Van Winkle a medida que
transcurrían los años de matrimonio. El carácter desapacible nunca se
suaviza con la edad, y una lengua afilada es el único instrumento
cortante que se aguza más y más con el uso continuo. Por algún tiempo
trató de consolarse en sus escapadas fuera de la casa, frecuentando una
especie de club perpetuo de los sabios, filósofos y otros personajes
ociosos del pueblo, que celebraba sus sesiones en un banco a la puerta
de un pequeño mesón que ostentaba como muestra un rubicundo retrato de
su majestad Jorge III. Acostumbraban sentarse allí a la sombra durante
los largos y soñolientos días de verano, repitiendo indolentemente la
chismografía del vecindario o relatando inacabables historias sobre
cualquier friolera. Pero habría representado cualquier capital para los
estadistas escuchar las profundas discusiones que a menudo tenían lugar
cuando por casualidad algún viejo periódico tirado por cualquier
transeúnte caía entre sus manos. ¡Cuán solemnemente atendían a su
contenido conforme iba desentrañándolo el maestro de escuela, Dérrick
Van Búmmel, docto y vivaracho hombrecillo que no se amedrentaba por la
palabra más altisonante del diccionario! Y ¡cuán sabiamente deliberaban
sobre los acontecimientos públicos algunos meses después de realizados!
Las opiniones de esta junta se sometían completamente al criterio de
Nicholas Védder, patriarca de la aldea y propietario del mesón, a cuya
puerta sentábase de la mañana a la noche, cambiando de sitio lo
justamente indispensable para evitar el sol, y aprovechar la sombra de
un gran árbol que allí junto crecía; de manera que los vecinos podían
decir la hora por sus movimientos con tanta exactitud como por un
cuadrante. Verdad es que rara vez se le oía hablar, pero en cambio
fumaba su pipa constantemente. Sus admiradores (¿qué grande hombre
carece de ellos?) le comprendían perfectamente y sabían la manera de
interpretar sus opiniones. Cuando le disgustaba algo de lo que se leía o
refería, podía observarse que fumaba con vehemencia lanzando frecuentes
y furiosas bocanadas; pero cuando estaba satisfecho arrancaba suaves y
tranquilas inhalaciones, emitiendo el humo en nubes plácidas y ligeras;
y aun algunas veces, separando la pipa de sus labios y dejando que el
humo fragante se ondulara a la extremidad de su nariz, movía gravemente
la cabeza en señal de perfecta aprobación.
Pero aun de esta fortaleza se vió desalojado el infortunado Rip por su
agresiva mujer, quien atacó repentinamente la paz de la asamblea
volviendo polvo a todos sus miembros; y ni la augusta persona de
Nicholas Védder quedó a salvo de la atrevida lengua de la terrible arpía
que le acusó de alentar a su marido en sus hábitos de ociosidad.
El pobre Rip vióse al fin en los umbrales de la desesperación; siendo su
única alternativa para escapar del trabajo de la alquería y de los
clamores de su mujer, coger su fusil e internarse entre los bosques.
Sentábase allí a veces al pie de un árbol y compartía el goce de sus
alforjas con Wolf, con quien simpatizaba como compañero de miserias.
"¡Pobre Wolf," acostumbraba decir, "tu ama te da una vida de perros;
pero no te importe, compañero, que mientras yo viva no te faltará un
fiel amigo!" Wolf movía la cola, miraba de hito en hito al rostro de su
dueño y, si los perros pudieran sentir piedad, creería yo verdaderamente
que experimentaba en el fondo de su corazón un sentimiento recíproco al
que expresaba su amo.
En un hermoso día de otoño en que llevaba a cabo una de sus largas
correrías, trepó Rip inconscientemente a uno de los puntos más elevados
de las montañas Káatskill. Perseguía su distracción favorita, la caza de
ardillas, y aquellas soledades habían retumbado varias veces al eco de
su fusil. Fatigado y jadeante, echóse hacia la tarde a descansar en la
cima de un verde montecillo cubierto de vegetación silvestre y que
coronaba el borde de un precipicio. A través de un claro entre los
árboles podía dominar toda la parte baja del terreno en muchas millas de
rica arboleda. Veía a la distancia, lejos, muy lejos, el majestuoso
Hudson deslizándose en curso potente y silencioso, reflejando aquí y
allá ya una nube de púrpura, ya la vela de alguna barquilla remolona
adormilada entre su seno cristalino, y perdiéndose al fin entre las
azules montañas.
Por el otro lado hundía sus miradas en un valle profundo, salvaje,
escabroso y desolado, cuyo fondo estaba sembrado de fragmentos
amenazadores de rocas alumbradas apenas por la refracción de los rayos
del sol poniente. Por algún tiempo reposó Rip absorto en la
contemplación de esta escena. La noche caía gradualmente; las montañas
comenzaban a tender sus grandes sombras azules sobre el valle; Rip
comprendió que reinaría la obscuridad mucho antes de que pudiera
regresar a la aldea y lanzó un hondo suspiro al pensamiento de afrontar
la temida presencia de la señora Van Winkle.
Cuando se preparaba a descender, oyó una voz que gritaba a la distancia:
"¡Rip Van Winkle! ¡Rip Van Winkle!" Miró en torno suyo, pero sólo pudo
descubrir un cuervo cruzando la montaña en vuelo solitario. Creyó que
hubiera sido una ilusión de su fantasía e iniciaba de nuevo el descenso,
cuando llegó hasta él idéntico grito atravesando el ambiente tranquilo
de la tarde: "¡Rip Van Winkle! ¡Rip Van Winkle!" al mismo tiempo que
Wolf, erizando el lomo y lanzando un ladrido concentrado, refugiábase al
lado de su amo, mirando temerosamente al valle. Rip sintió que una vaga
aprensión se apoderaba de su espíritu; miró ansiosamente en la misma
dirección y advirtió una figura extraña que avanzaba con dificultad en
medio de las rocas, inclinándose bajo el peso de cierto bulto que
llevaba en sus espaldas. Sorprendióse Rip de ver un ser humano en aquel
lugar desierto y aislado; pero juzgando que pudiera ser alguien del
vecindario necesitado de su ayuda, se apresuró a brindarle su
asistencia.
Conforme se aproximaba sorprendíase más y más ante el aspecto singular
del desconocido. Era un viejo pequeño y cuadrado, de barba gris y
cabellos ásperos y enmarañados. Vestía a la antigua usanza holandesa:
coleto de paño recogido a la cintura y varios pares de calzones, el de
encima muy ancho y adornado de hileras de botones a los costados y
borlas en las rodillas. Llevaba al hombro un barril que parecía lleno de
licor y hacía señas a Rip para que se acercara y le ayudase a llevar su
carga. A pesar de sentirse tímido y desconfiado con respecto de su nuevo
conocido, obedeció Rip a su celo acostumbrado; y sosteniéndose
mutuamente treparon ambos por una estrecha garganta que parecía el lecho
desecado de algún torrente. Mientras subían, oía Rip de vez en cuando
ruidos que retumbaban en ondulaciones como truenos lejanos y que
parecían brotar de una profunda hondonada, o hendedura mejor dicho,
entre inmensas rocas hacia las cuales conducía el áspero sendero que
seguían. Detúvose Rip por un momento; mas prosiguió luego su camino
imaginando que el rumor provendría de alguna de aquellas pasajeras
tempestades de lluvia y truenos que a menudo estallan en la altura.
Introduciéndose por la hendedura llegaron a una cavidad semejante a un
pequeño anfiteatro rodeado de precipicios perpendiculares, sobre cuyas
orillas tendían grandes árboles sus ramas colgantes, de manera que sólo
podía vislumbrarse a trozos el cielo azul y las brillantes nubes de la
tarde. Rip y su compañero, habían marchado en silencio durante todo el
trayecto, pues aun cuando el primero se maravillaba grandemente al
conjeturar el objeto de acarrear un barril de licor en aquellas montañas
agrestes, había algo extraño e incomprensible en el desconocido que
inspiraba temor y cortaba toda familiaridad.
Al penetrar en el anfiteatro aparecieron nuevos motivos de admiración.
En el centro de una planicie veíase un grupo de extraños personajes
jugando a los bolos. Vestían de fantástica y exótica manera; algunos
llevaban casaca corta, otros coleto con gran daga al cinto, y la mayor
parte ostentaban calzas enormes de estilo semejante a las del guía. Su
aspecto era también peculiar: uno tenía larga barba, rostro ancho y ojos
pequeñitos de cerdo; la cara de otro parecía constar únicamente de nariz
y estaba coronada por un sombrero blanco pan de azúcar adornado de una
pequeña cola de gallo encarnada. Todos llevaban barba, de diversas
formas y colores. Había uno que aparentaba ser el jefe. Era un viejo y
robusto gentilhombre de aspecto curtido por la intemperie; llevaba
casaca, chorrera de encaje, cinturón ancho y alfanje, sombrero de copa
alta adornado de una pluma, medias rojas y zapatos con rosetas. El
conjunto del grupo recordaba a Rip las figuras de cierto cuadro antiguo
flamenco, traído de Holanda en tiempo de la colonización y que se
conservaba en el salón de Dominie Van Shaick, el párroco de la aldea.
Lo que encontraba Rip más extraño era que aun cuando indudablemente
todos aquellos personajes trataban de divertirse, conservaran tanta
gravedad en su semblante, un silencio tan misterioso, y formaran, en una
palabra, la partida de placer más melancólica que pudiera presenciarse.
Sólo interrumpía el silencio el ruido de los bolos, cuyo rodar
repercutían los ecos a través de la montaña semejando el rumor ondulante
de los truenos.
Cuando Rip y su compañero se aproximaron, los jugadores abandonaron
súbitamente el juego y fijaron en el primero una mirada tan persistente,
tan sepulcral, con tan singular y apagado continente, que sus rodillas
se entrechocaron y el corazón le dió un vuelco dentro del pecho. Su
compañero vaciaba entretanto el contenido del barril en grandes frascos,
haciéndole señas de que sirviera a la compañía. Rip obedeció trémulo y
asustado; bebieron ellos el licor en profundo silencio, volviendo luego
a su juego.
Poco a poco fueron desapareciendo el terror y las aprensiones de Rip.
Aun se aventuró a probar el licor cuando nadie le miraba, encontrando
que tenía mucho del sabor de excelente holanda. Sediento por naturaleza,
pronto sintió la tentación de repetir la prueba. Un trago provocaba otro
trago; e hizo al fin al frasco visitas tan reiteradas, que sus sentidos
se adormecieron, sus ojos nadaron en sus órbitas, su cabeza inclinóse
gradualmente y quedó sumergido en profundo sueño.
Al despertar, encontróse en la verde hondonada donde vió por primera vez
al viejo del valle. Se frotó los ojos. Era una brillante y hermosa
mañana. Los pajarillos gorjeaban y revoloteaban entre la fronda, el
águila formaba círculos en la altura, y se respiraba la brisa pura de
las montañas. "Seguramente," pensó Rip, "no he dormido aquí toda la
noche." Rememoró los sucesos antes de que el sueño le acometiera: el
hombre extraño con el barril de licor; la hondonada de la montaña; el
agreste retiro entre las rocas; la tétrica partida de bolos; el
frasco.... "¡Oh, ese frasco, ese condenado frasco!" pensó Rip. "¿Qué
excusa daré a la señora Van Winkle?"
Buscó su fusil al rededor; pero en vez de la limpia y bien aceitada
escopeta de caza halló una vieja arma con el cañón obstruido por el
polvo, el gatillo cayéndose y la madera roída por la polilla. Sospechó
entonces que los graves fanfarrones de la montaña le habían jugado una
pasada y, embriagándole con su licor, le habían robado la escopeta. Wolf
había desaparecido también; pero era posible que se hubiera extraviado
persiguiendo alguna ardilla o alguna perdiz. Le silbó y llamó a gritos
por su nombre, pero en vano; los ecos repitieron su silbido y su
llamada, pero ningún perro apareció en lontananza.
Determinó entonces regresar al lugar donde se había realizado la broma
de la noche anterior y si encontraba a alguno de la partida, reclamarle
su perro y su fusil. Cuando se levantó, encontróse con las
articulaciones rígidas y falto de su acostumbrada actividad. "Estos
lechos de montaña no me sientan bien," pensó Rip, "y si la broma me
resulta en reumatismo, voy a tener un tiempo bendito con la señora Van
Winkle." Con bastante dificultad pudo llegar hasta el valle y encontró
la garganta por donde él y su compañero subieron la víspera; pero
observó con gran estupor que espumaba allí un torrente saltando de roca
en roca y llenando el valle de parleros murmullos. Trató, sin embargo,
de ingeniarse para trepar por los costados, ensayando una fatigosa
ascensión a través de matorrales de abedules, sasafrases y arbustos de
varias clases, más difícil aún por la trepadora vid silvestre que
lanzaba sus espirales o tijeretas de árbol a árbol tendiendo una especie
de red en el sendero.
Llegó al cabo al sitio donde las rocas de la hondonada se abrían para
llevar al anfiteatro; pero no quedaba rastro de semejante abertura. Las
rocas presentaban un muro alto e impenetrable sobre el cual se despeñaba
el torrente en capas de rizada espuma para caer luego en una ancha y
profunda cuenca, obscurecida por las sombras de la selva circundante.
Aquí el pobre Rip vióse precisado a detenerse. Llamó a su perro y lo
silbó una y otra vez; pero sólo obtuvo en respuesta el graznido de una
bandada de cuervos holgazanes solazándose en lo alto de un árbol seco
que se proyectaba sobre un asoleado precipicio desde el cual, seguros en
su elevación, parecían espiar lo que pasaba abajo y mofarse de las
perplejidades del pobre hombre. ¿Qué se podía hacer? La mañana
transcurría rápidamente y Rip sentíase hambriento por la falta de su
desayuno. Apenábale abandonar su perro y su fusil; temblaba a la idea de
encontrarse con su mujer; pero no podía morirse de hambre entre los
montes. Sacudió la cabeza, echó al hombro la vieja escopeta, y con el
corazón lleno de angustia y de aflicción enderezó los pasos al hogar.
Conforme se acercaba a la aldea iba encontrando varias personas a
quienes no reconocía, lo cual le sorprendía un tanto pues siempre había
creído conocer a todo el mundo en los alrededores de la comarca. Los
vestidos que llevaban eran también de estilo diferente al que estaba él
acostumbrado. Todos le observaban con iguales demostraciones de
sorpresa, y apenas fijaban en él sus miradas llevaban invariablemente la
mano a la barba. La repetición unánime de este gesto indujo a Rip a
hacer el mismo movimiento sin darse cuenta; y ¡cuál no sería su estupor
al notar que su barba tenía un pie de largo!
Llegaba ahora a los arrabales de la aldea. Una turba de chiquillos
extraños corría a sus talones, burlándose de él y señalando su barba
gris. Los perros ladraban también a su paso y no podía reconocer entre
ellos a ninguno de sus antiguos conocidos. Todo el pueblo estaba
cambiado; era más grande y más populoso. Había hileras de casas que él
jamás había visto, y habían desaparecido sus habituales guaridas.
Veíanse nombres extraños sobre todas las puertas, y rostros extraños en
todas las ventanas; todo era extraño, en una palabra. Sus ideas
comenzaban ya a abandonarle; principiaba a recelar que tanto él como el
mundo que le rodeaba estaban hechizados. Evidentemente éste era su
pueblo natal, el mismo que abandonó la víspera. Allí estaban las
montañas Káatskill; allí a corta distancia se deslizaba el plateado
Hudson; las colinas y cañadas ocupaban exactamente el mismo lugar donde
siempre estuvieran; pero Rip se hallaba tristemente perplejo. "¡Ese
frasco de anoche," pensaba, "ha dejado huera mi pobre cabeza!"
Con alguna dificultad encontró el camino de su propia casa, hacia la
cual se aproximaba con silencioso pavor esperando oír a cada instante la
voz chillona de la señora Van Winkle. Todo estaba arruinado, el techo
cayéndose a pedazos, las ventanas destrozadas y las puertas fuera de sus
goznes. Un hambriento can, algo parecido a Wolf, andaba huroneando por
allí. Rip lo llamó con el nombre de su perro, mas el animal gruñó
enseñando los dientes y escapó. Esto fué una herida dolorosa, en verdad.
"¡Aun mi perro me ha olvidado!" sollozó el pobre Rip.
Penetró en la casa que, a decir verdad, mantenía siempre en meticuloso
orden la señora Van Winkle. Aparecía ahora vacía, tétrica y en
apariencia abandonada. Tal desolación se sobrepuso a sus temores
conyugales, y llamó en alta voz a su mujer y a sus hijos. Las desiertas
piezas resonaron un momento con sus voces y luego quedó todo nuevamente
silencioso.
Apresuróse a salir y se dirigió rápidamente a su antiguo refugio, el
mesón de la aldea; pero éste también había desaparecido. En su lugar
veíase un amplio y desvencijado edificio de madera con grandes y
destartaladas vidrieras, rotas algunas de ellas y recompuestas con
enaguas y sombreros viejos, el cual ostentaba pintado sobre la puerta
un rótulo que decía: "Hotel Unión, de Jónathan Dóolittle." En vez del
gran árbol que cobijaba con su sombra al silencioso y menudo mesonero
holandés de otros tiempos, alzábase ahora una larga y desnuda pértiga
con algo semejante a un gorro rojo de dormir en su extremidad superior,
y de la cual se desprendía una bandera de rayas y estrellas en singular
combinación: cosas todas extrañas e incomprensibles. Reconoció en la
muestra, sin embargo, la rubicunda faz del rey Jorge, debajo de la cual
había saboreado pacíficamente tantas pipas; pero aun la figura se había
metamorfoseado de manera singular. La chaqueta roja habíase convertido
en azul y ante; ceñía una espada en lugar del cetro; la cabeza estaba
provista de un sombrero de tres picos, y debajo del retrato leíase en
grandes caracteres: GENERAL WASHINGTON.
Había, como de costumbre, una multitud de gente delante de la puerta,
pero Rip no podía reconocer a nadie. Aun el espíritu del pueblo parecía
cambiado. Oíanse acaloradas y ruidosas discusiones en lugar de las
flemáticas y soñolientas pláticas de otros tiempos. Buscaba en vano al
sabio Nicholas Védder con su ancho rostro, su doble papada y su larga y
hermosa pipa, lanzando nubes de humo en vez de discursos ociosos; o al
maestro de escuela Van Búmmel, impartiendo a la concurrencia el
contenido de antiguos periódicos. En lugar de ellos, un flaco y bilioso
personaje con los bolsillos llenos de proclamas, peroraba con vehemencia
sobre los derechos de los ciudadanos, las elecciones, los miembros del
congreso, la libertad, Búnker Hill, los héroes del setenta y seis, y
otros tópicos que resultaban una perfecta jerga babilónica para el
trastornado Van Winkle.
La aparición de Rip con su inmensa barba gris, su escopeta mohosa, su
exótica vestimenta, y un ejército de mujeres y chiquillos pisándole los
talones, atrajo muy pronto la atención de los políticos de taberna.
Amotináronse a su alrededor mirándole con gran curiosidad de la cabeza a
los pies. El orador se abalanzó hacia él y llevándole a un costado
inquirió "de qué lado había dado su voto." Rip quedó estupefacto. Otro
pequeño y atareado personaje cogiéndole del brazo y alzándose de
puntillas le preguntó al oído: "¿Demócrata o federal?" Veíase Rip
igualmente perdido para comprender esta pregunta, cuando un sabihondo,
pomposo y viejo caballero, con puntiagudo sombrero de tres picos,
abrióse paso entre la muchedumbre apartándola con los codos a derecha e
izquierda, y plantándose delante de Rip Van Winkle con un brazo en
jarras y descansando el otro en su vara, con ojos penetrantes y su agudo
sombrero amenazador, preguntó con tono austero, como si quisiera ahondar
hasta el fondo de su alma, "qué motivo le traía a las elecciones con
fusil al hombro y una multitud a sus huellas, y si intentaba por acaso
provocar una insurrección en la villa."
--¡Ay de mí, caballero,--exclamó Rip con desmayo,--yo soy un pobre
hombre tranquilo, un habitante del lugar y un vasallo leal de su
majestad, a quien Dios bendiga!--
Aquí estalló una protesta general de los concurrentes.
--¡Un conservador! ¡un conservador! ¡un espía! ¡un emigrado! ¡golpe con
él! ¡afuera!--Con gran dificultad pudo restablecer el orden el pomposo
caballero del sombrero de tres picos; y, asumiendo tal gravedad que
produjo diez arrugas por lo menos en su entrecejo, preguntó de nuevo al
incógnito criminal el motivo que le traía y a quién andaba buscando por
el pueblo. El pobre hombre aseguró humildemente que no tenía proyectos
subversivos sino que venía simplemente en busca de algunos de sus
vecinos que acostumbraban parar en la taberna.
--Bien, ¿quiénes son ellos? Nombradlos.--
Rip meditó un momento e inquirió luego:--¿Dónde está Nicholas Védder?--
Hubo un corto silencio, hasta que un viejo replicó con voz débil y
balbuciente:
--¡Nicholas Védder! ¡Vaya! ¡Si murió y está enterrado hace dieciocho
años! Una lápida de madera daba razón de él en el cementerio de la
iglesia, pero se gastó también y ya no existe.
--¿Dónde está Brom Dútcher?
--¡Oh! se fue al ejército al principio de la guerra; algunos dicen que
murió en la toma de Stony Point;[8] otros que se ahogó en una borrasca
al pie de Ántony's Nose.[9] Yo no podría decirlo; lo que sé es que
nunca regresó.
--¿Dónde está Van Búmmel, el maestro de escuela?
--Se fué también a la guerra, se convirtió en un gran general y está
ahora en el congreso.--
El corazón de Rip desfallecía al escuchar tan tristes nuevas de su
patria y de sus amigos, y encontrarse de repente tan solo en el mundo.
Las respuestas le impresionaban también por el enorme lapso de tiempo
que encerraban y por los temas de que trataban y que él no podía
comprender: la guerra, el congreso, Stony Point. No tuvo valor de
preguntar por sus otros amigos, pero gritó con desesperación:
--¿Nadie conoce aquí a Rip Van Winkle?
--¡Oh, seguramente! Rip Van Winkle está allí recostado contra el
árbol.--
Rip miró en la dirección indicada y pudo contemplar una exacta
reproducción de sí mismo como cuando fué a la montaña; tan holgazán como
él, al parecer, e indudablemente harapiento al mismo grado. El pobre
hombre quedó del todo confundido. Dudaba de su propia identidad y si
sería él Rip Van Winkle o cualquier otra persona. En medio de su
extravío, el hombre del sombrero de tres picos le preguntó quién era y
cómo se llamaba.
--¡Sólo Dios lo sabe!--exclamó, al cabo de su entendimiento.--¡Yo no soy
yo mismo, soy alguna otra persona; no estoy allá, no; ése es alguien que
se ha metido dentro de mi piel. Yo era yo mismo anoche, pero me quedé
dormido en la montaña y allí me cambiaron mi escopeta y me lo han
cambiado todo. Yo mismo estoy cambiado, y no puedo decir siquiera cuál
es mi nombre ni quién soy!--
A estas palabras los circunstantes comenzaron a cambiar entre sí miradas
significativas, sacudiendo la cabeza, guiñando los ojos y golpeándose la
frente con los dedos. Corrió también un murmullo sobre la conveniencia
de asegurar el fusil y aun al viejo personaje para evitar que hiciera
algún daño; ante cuya suposición el sabihondo caballero del sombrero de
tres picos se retiró con marcada precipitación. En tan crítico momento,
una fresca y hermosa joven avanzó entre la multitud para echar una
ojeada al hombre de la barba gris. Llevaba en sus brazos un rollizo
chiquillo que asustado con el extranjero rompió a llorar.
--¡Sht, Rip!--dijo la joven, calla, tontuelo; el viejo no te hará ningún
daño.--
El nombre del niño, el aire de la madre, la entonación de su voz, todo
despertó en Rip Van Winkle un mundo de recuerdos.--¿Cómo os llamais,
buena mujer?--preguntó.
--Judith Gardenier.
--¿El nombre de vuestro padre?
--¡Ah, pobre hombre! Llamábase Rip Van Winkle, pero hace veinte años que
salió de casa con su fusil y jamás regresó ni hemos sabido de él desde
entonces. Su perro volvió solo a la casa; y nadie podría decir si mi
padre se mató o si los indios se lo llevaron. Yo era entonces una
chiquilla.--
Quedábale a Rip sólo una pregunta por hacer y la propuso con voz
desfallecida:
--¿Dónde está vuestra madre?
--¡Oh! ella murió poco después. Se le rompió una arteria en un arranque
de cólera con un buhonero de Nueva Inglaterra.--
Aquello era una gota de alivio, a su entender. El buen hombre no pudo
contenerse por más tiempo. Cogió a su hija y al niño entre sus brazos,
exclamando:
--¡Yo soy vuestro padre! ¡El Rip Van Winkle joven de otros tiempos, y
ahora el viejo Rip Van Winkle! ¿Nadie reconoce al pobre Rip Van
Winkle?--
Todos quedaron atónitos, hasta que una viejecilla trémula atravesó la
multitud y poniéndose la mano sobre las cejas le examinó por debajo el
rostro por un momento, exclamando en seguida:
--¡Seguro que es Rip Van Winkle! ¡El mismo, en cuerpo y alma! ¡Bien
venido al pueblo, viejo vecino! Decidnos, ¿dónde habéis estado metido
estos largos veinte años?--
Pronto hubo referido Rip su historia, pues que los veinte años
transcurridos se reducían para él a una sola noche. Los vecinos le
miraban con asombro al escucharla; algunos se guiñaban entre sí poniendo
la lengua en sus mejillas; mientras el pomposo caballero del sombrero de
tres picos--que regresó al campo de acción tan pronto como la alarma
hubo pasado--sacudía la cabeza recogiendo las extremidades de su boca;
sacudimiento dubitativo que se hizo entonces general en la asamblea.