tres docenas de «Jesús, Jesús.... Válgame Dios, válgame Dios.... Qué
desgracia, qué desgracia...» y aún debo añadir, en honra de la
sensibilidad del insigne pollo, que se demudó bastante su rostro, y
pugnaron por asomar a sus lagrimales, y asomaron al fin, unas cuantas
gotas de eso que los poetas llaman rocío del alma. No quise omitir estos
pormenores, a fin de que no se crea que Perico era malo, siendo así, que
de investigaciones y curiosos datos estadísticos resulta que aún valía
más que las dos terceras partes de la prole de Adán. Triste y mustio de
veras, se dejó conducir por Miranda a su cuarto, y es cosa averiguada
también, que en todo el curso de aquel día no entraron en su cuerpo más
alimentos que dos tazas de té y un huevo pasado por agua, que la extrema
debilidad le obligó a sorber, entrada ya la noche.
El Padre Arrigoitia y el médico Duhamel, de acuerdo con Miranda, y
facultados telegráficamente por la desconsolada familia Gonzalvo,
proporcionaron a la muerta cuanto necesitaba ya: mortaja y ataúd. Pilar,
vestida de hábito del Carmen, fue extendida en la caja sobre su mismo
lecho; encendieron luces, y dejáronla, a la española, en la cámara
mortuoria, no acatando la costumbre francesa de convertir en capilla
ardiente el portal, exponiendo allí el cadáver para que todo el que pase
lo rocíe con una rama de boj que flota en una caldereta de agua bendita.
Depósito, exequias y entierro, debían verificarse el día siguiente.
Hízose todo con tal celeridad y tino, que serían las tres de la tarde no
más cuando en la estancia, ordenada ya, y junto al balcón abierto, leía
el Padre Arrigoitia en su Breviario las oraciones por los difuntos, y
Lucía le contestaba entre sollozos «Amén». La llama de los cirios,
devorada por la claridad gloriosa del sol, no era más que un punto
rojizo, en cuyo centro se distinguía la negra raya del pábilo. A lo
lejos se escuchaba el sordo rodar de los coches, anunciado antes por el
retemblido de los vidrios; y dominando los rumores de la calle, la voz
del jesuita que decía:
--_Qui quasi putredo consumendus sum, et quasi Vestimentum quod
comeditur a tinea_....
Protestando contra el cántico de muerte, el hermoso sol de invierno
enviaba sus rayos a la cabeza inclinada y canosa del sacerdote, y
encendía con tonos calientes la nuca de Lucía, inclinada también.
Y continuaba el rezo:
--_Heu mihi, Domine, quia pecavi nimis in vita mea_....
Un rayo de luz más vivo y directo se coló en la cámara, y fue a posarse
en la difunta. Estaba Pilar consumida y hecha un mirlo de flaca; ni
majestad ni hermosura añadía la muerte a aquel residuo de organismo
devorado por la extenuación y la fiebre. La toca blanca hacía resaltar
la verdosa palidez de su rostro chupado. Parecía haber encogido y
menguado en estatura. Su expresión era vaga, entre sonrisa y mueca.
Veíansele los dientes de marfil. Sobre su pecho destelló, al reflejo
solar, el latón de un crucifijo que el Padre Arrigoitia le había puesto
entre las manos.
Bien rezarían el jesuita y la amiga cosa de una hora; pero al cabo de
ese tiempo se levantó el Padre, manifestando que para volver a velarla,
necesitaba ir a su casa y despachar algunos urgentes asuntos que le
reclamaban. Miró a Lucía, y viéndola descolorida y los ojos hinchados,
le dijo bondadosamente:
--Retírese un poco, hija, a descansar... está usted del color de la
muerta. No ordena Dios tratarse así.
--Lo que haré, Padre--respondió Lucía--, será bajar un rato al jardín a
tomar el fresco.... Juanilla se quedará aquí.... Me arde la cabeza,
necesito aire.
De nuevo fijó en ella su mirada el jesuita, y prontamente, acercándose a
su oído y silabeando como en el confesonario, murmuró:
--Ahora que esa pobrecita se ha muerto... ya sabe usted mi consejo,
¿verdad? ¡Tierra en medio, hija! Esta vecindad... estos aires no le
convienen. A León.... Si me envían allá... la he de felicitar.
Y como Lucía lo mirase elocuentisimamente, añadió:
--Sí, sí... tierra en medio. ¡Cuántas almitas enfermas he curado yo con
eso solo! Vaya, hasta luego... hasta cuanto antes. Si, hijita querida,
sí; esas cosas las apunta todas Dios en el cielo....
--Padre... quisiera ser aquella...--murmuró Lucía señalando a la muerta.
--¡Virgen mía! no, hija... vivir para servir a Dios... cumpliendo su
voluntad.... Hasta luego, ¿eh?
Cuando Lucía bajó al jardín, pareció éste a sus ojos fatigados de
llorar, menos enteco y árido que de costumbre. Las yucas alzaban su
cabeza majestuosa, perpetuamente coronada; las hiedras exhalaban leve
aroma campesino, siempre más grato que el tufo de la cera. El sol iba ya
retirándose, pero aún doraba las moharras de las lanzas, en la verja.
Sentose Lucía por costumbre bajo el plátano, que, pelado por el
invierno, ya se había quedado sin una mala hoja con que dar sombra. El
reposo de aquel rinconcillo solitario trajo de nuevo los pensamientos
familiares.. No, Lucía no podía llorar más, sus ojos secos no contenían
lágrima alguna; lo que deseaba era descanso, descanso.... Habíanle
prohibido Dios y la naturaleza pensar en la muerte; así es que empleando
ingenioso subterfugio, pensaba en un sueño muy largo, que no tuviese
fin.... Absorta, vio venir a Sardiola corriendo.
--Señorita... señorita....
El bueno del vasco se asfixiaba.
--¿Qué hay?--dijo ella, y levantó lánguidamente la cabeza.
--Está ahí--dijo Sardiola atragantándose.
--Está... ahí....
Lucía se irguió recta como una estatua y puso ambas manos sobre el
pecho.
--El señorito... señorito Ignacio.... Llegó esta mañana... marcha esta
noche... adónde no se sabe... no quiso recibirme.... Engracia dice que
está más demudado que cuando salió para Bretaña....
--Sardiola...--pronunció difícilmente Lucía, sintiendo el corazón no
mayor que una nuez--. Sardiola....
--Tengo que subir, me están necesitando a cada paso... con la desgracia
de hoy, hay mil recados...¿Quiere usted algo, señorita?
Nada....
Y la voz sorda de Lucía expiró en su garganta. Zumbábanle los oídos y
giraban en torno suyo verja, paredes, plátano y yucas. Hay así en la
vida momentos supremos en que el sentimiento, oculto largas horas, se
levanta rugiente, y avasallador, y se proclama dueño de un alma. Éralo
ya; pero el alma lo ignoraba por ventura o barruntábalo solamente; hasta
que repentina marca de hierro enrojecido viene a revelarle su
esclavitud. Aunque el símil pueda parecer profano, diré que acontece con
esto algo de lo que con las conversiones: flota indeciso el ánimo algún
tiempo, sin saber qué rumbo toma, ni qué causa su desasosiego, hasta que
una voz de lo alto, una luz deslumbradora, de improviso, disipan toda
duda. Pronto es el asalto, nula la resistencia, segura la victoria.
Descendía rápidamente el sol a su ocaso, caía sobre el jardín la sombra;
Sardiola, el lebrel fidelísimo que había dado el ladrido de alarma, no
estaba ya allí. Lucía miró en torno suyo con ojos vagos, y llevose las
manos a la garganta oprimida. Después convirtió la vista a la fachada,
cual si sus macizos muros pudiesen por mágico arte volverse cristal y
trasparentar lo que en su interior guardaban. Quedose fascinada,
sofocando un grito antes que naciera. La puerta del comedor estaba
entornada. Cosa era esta que sucedía muchas tardes, siempre que al ama
Engracia se le ocurría tomar el fresco un rato en el umbral charlando
con Sardiola; pero en tal instante Lucía sintió que la puerta
entreabierta la penetraba de terror glacial y de ardiente júbilo a un
tiempo. Su cerebro, vacío de ideas, sólo encerraba un sonsonete monótono
y cadencioso, repitiendo como la péndola de un horario: «Vino esta
mañana, se va esta noche...» Y al fin la repetición la irritaba de tal
manera, que sólo oía la palabra «noche, noche, noche», palabra que
parecía vibrar, como esos puntos luminosos que se ven en las tinieblas,
durante el insomnio, y que se acercan y se alejan, sin movimiento de
traslación, por el mero sacudimiento de sus moléculas. Apretose las
sienes como para detener la tenaz péndola, y lentamente, paso a paso, se
encaminó al vestíbulo de casa de Artegui. Al poner el pie en el primer
peldaño de la escalera, la música zumbadora de la sangre le cantaba en
los oídos, como un coro de cien moscardones. Parece que le decía:
--No vayas, no vayas.
Y otra voz silbada y misteriosa, la voz del viento en las ramas secas
del plátano, le murmuraba con prolongado susurro:
--Sube, sube, sube.
Subió. Al llegar al segundo peldaño tropezó pisándose el traje por
delante, y sólo entonces echó de ver que su bata de merino negro,
manchada por la asistencia, arrugada por las vigilias, era muy fea y de
corte asaz descuidado. Vio, además, que tenía los puños de la chambra
hechos un trapo, remojados de lágrimas, y la falda sembrada de hilitos
de hacer labor. Se recorrió maquinalmente con ambas manos, sacudiendo
los cabos de hilo, y estirose algo los puños, mientras llegaba a la
puerta. En ésta vaciló aún; pero la media obscuridad que ya reinaba le
dio ánimos. Empujó las hojas y hallose en una gran pieza lóbrega a la
sazón, que no era sino el comedor, y por tener cubiertos los muros de
una imitación del antiguo cuero cordobés, parecía harto más sombría,
ayudando a ello los altos aparadores de roble esculpido, y sitiales de
lo mismo.
--Éste es el comedor--dijo en voz alta Lucía.
Y miró hacia todas partes buscando la puerta. La cual estaba en el
fondo, frontera a la que al jardín salía, y Lucía alzó el tupido
cortinón y puso la trémula mano en el pestillo, saliendo a un corredor
casi del todo tenebroso. Quedose sin respirar, y lo que es peor, sin
saber adónde se encaminase, y entonces maldijo mil veces de su terquedad
en no haber querido visitar antes la casa. De pronto oyó un ruido, unos
tropezones sonoros, un choque de vajilla y loza.... El ama Engracia
fregoteaba sin duda los platos en la cocina. ¿Cómo lo adivinó tan presto
Lucía? El entendimiento se aguza en las horas críticas y
extraordinarias. Guiada negativamente por el ruido, Lucía siguió andando
en dirección opuesta, hacia el extremo del pasillo, en que reinaba el
silencio. El piso alfombrado apagaba su andar, y con ambas manos
extendidas palpaba las dos murallas buscando una puerta. Al fin, sintió
ceder el muro, y, siempre con las manos delante, penetró en una estancia
que le pareció chica, y donde al pasar tropezó en varios objetos, entre
ellos unas barras de metal que se le figuraron de una cama. De allí pasó
a otra habitación mucho mayor, todavía iluminada por un leve resto de
luz diurna, que entraba por alta vidriera. Lucía no dudó ni un instante
de su acierto: aquella cámara debía de ser la de Artegui. Había
estanterías cargadas de volúmenes, preciosas pieles de animales
arrojadas al desdén por la alfombra, un diván, una panoplia de ricas
armas, algunas figuras anatómicas, enorme mesa escritorio con papeles en
desorden, estatuas de tierra cocida y de bronce, y sobre el diván un
retrato de mujer, cuyas facciones no se distinguían. Medio desmayada se
dejó caer Lucía en el diván, cruzando ambas manos sobre el seno
izquierdo, que levantaban los desordenados latidos del corazón, y
diciendo en voz alta también:
--Aquí.
Estúvose así un rato, sin pensar, sin desear, entregada sólo al placer
de hallarse allí, en donde moraba Artegui. La obscuridad crecía, y al
fin viniera a ser completa si el resplandor de un reverbero fronterizo
no se quebrase en los cristales de la ventana. La vista de la luz hizo
saltar en el diván a Lucía.
--Es de noche--exclamó siempre en alto.
Atropelláronse en su mente mil pensamientos. De seguro que ya habrían
preguntado en la fonda por ella. Puede que estuviese de vuelta el Padre
Arrigoitia; y se volverían locos buscándola en el jardín, en su cuarto,
en todas partes. No sabía ella misma por qué se acordaba antes del Padre
Arrigoitia que de Miranda; pero es lo cierto que su temor principal era
darse de manos a boca con el afable jesuita, que le diría sonriendo:
«¿De dónde bueno, hija?» Hostigada por tales imaginaciones, se levantó
tambaleándose, y diciendo entre dientes:
--No es justo que la muerta esté sola....
Y buscó la salida: pero de pronto se detuvo paralizada, como autómata a
quien se acaba la cuerda.... Oyó pasos en el corredor, pasos que se
acercaban, pasos fuertes y resueltos: no eran, no, los del ama Engracia.
La puerta de la cámara grande se abrió, y entró una persona. Lucía se
hallaba ya en la cámara chica, y se quedó detrás de la cortina. No
estaba ésta corrida del todo. Por el resquicio vio que el recién llegado
encendía un fósforo y después la bujía de un candelero; mas la luz
sobraba, y ya, sin ella, había conocido a Artegui.
Ahora lo distinguía perfectamente; era él, pero aun más abatido y
desmejorado que cuando por última vez lo vio; velaban su rostro tintas
cárdenas, y la negra barba lo sumía en un cerco de sombra; sus ojos
brillaban cual si tuviese calentura. Sentase al escritorio y escribió
dos o tres cartas. Estaba frente por frente a Lucía y ella le devoraba
con los ojos. A cada carta que cerraba Artegui, decíase:
--Ya le he visto; vámonos.
Y se quedaba. Por fin Artegui se levantó, e hizo una cosa rara; llegose
al retrato colgado sobre el diván, y lo besó. Miró Lucía afanosamente a
aquel lugar, y viendo un rostro de dama, pero parecido al de Artegui,
murmuró:
--Su madre.
Tras de lo cual, el pesimista abrió un cajón de su mesa-escritorio, y
sacó un objeto reluciente y prolongado, que reconoció con el mayor
esmero.... Estaba absorto en su ocupación, cuando sintió que le asían
del brazo con fuerza convulsiva, y vio ante sí a una mujer pálida, más
pálida que él, ardientes y fijos los ojos como dos carbones encendidos,
abierta la boca para hablar... pero muda, muda. Soltó la pistola, que
cayó en la alfombra con ruido mate, y estrechó a la mujer.... Cedió el
talle de ésta como una flor tronchada, y hallose con Lucía exánime en
los brazos.
La colocó atónito en el diván, y trayendo de su cuarto de tocador un
frasco de lavanda, se lo vertió entero por sienes y pulsos, rompiéndole
al mismo tiempo los ojales de la bata, en la prisa con que quería
aflojarle el corsé. Ni un momento le ocurrió llamar al ama Engracia; al
contrario, murmuraba muy bajito:
--¿Lucía..., me oye usted? ¡Lucía.... Lucía..., soy yo, yo no más...,
Lucía!
Ella abrió los ojos aun turbios y vagos, y contestó, muy quedo también,
pero claro:
--Aquí estoy, Don Ignacio. ¿Dónde está usted?
--Aquí..., aquí mismo..., ¿no me ve usted?, aquí, a su lado....
--Sí, sí, ya veo.... ¿Es usted?
--Explíqueme usted este... este milagro, Lucía, por lo que más quiera.
¿Cómo vino usted aquí?
--Explicar..., explicar, no puedo, Don Ignacio..., tengo así, la
cabeza.... Como estaba usted aquí... quise verle... y yo decía: Pues he
de verle.... No, yo no, lo decían cien mil pajaritos dentro de mí...
Ellos lo dijeron. Y vine. No sé más.
--Descanse usted--dijo con dulcísima voz Artegui, hablando blandamente,
como se habla a los niños--. Apoye usted la cabeza en el almohadón...
¿Quiere usted té..., alguna cosa? ¿Se siente usted mejor?
--No, descansar, descansar. Así... así...--Lucía cerró los ojos, y
recostándose en el diván, calló. Artegui la miraba ansioso, dilatadas
las pupilas, y estremecido aún de sorpresa y de asombro. Arreglole el
descompuesto traje, y le puso a los pies un taburete, estirándole la
bata de manera que se los tapase. Lucía seguía inmóvil, murmurando
palabras en voz baja, divagando un poco aún, pero ya con más ilación, y
discurso más claro.
--Ni sé cómo llegué al cuarto... tenía miedo, mucho miedo de encontrar
con alguien... con el ama Engracia... pero yo decía: adelante: Sardiola
asegura que se marcha hoy... y si se marcha... tú también te irás a
León... y ya, en toda la vida, y en la eternidad, Lucía, como no le veas
en el cielo, no sé yo dónde le verás.... Cuando uno piensa cosas así
tiene un valor... yo temblaba, temblaba como un azogado: puede que haya
roto algo en el cuartito chico... lo sentiría... y también sentiré que
afeen mi conducta el Padre Urtazu y el Padre Arrigoitia... la afearán,
sí que la afearán... yo les diré que sólo quería verle un minuto... como
le daba la luz en la cara, le vi muy bien: está tan descolorido...
¡siempre descolorido! También Pilar lo está... y yo... y todos... y el
mundo, sí, el mundo se ha puesto de un color, que... antes era rosa y
azul celeste... pero ahora... bueno, pues como quería verle, entré....
El comedor es grande. El ama Engracia lavaba la vajilla.... Bien que
corrí. Casualidad fue acertar con su cuarto. Es un cuarto muy bonito.
Tiene el retrato de su madre: ¡pobre señora! Duhamel es un gran médico,
pero hay males que sólo se curan, digo yo... en el hoyo. Allí todo se
cura. Qué bien se debe estar allí... y aquí también. Se está muy bien...
dan ganas de dormir, porque....
--Duerme, Lucía, mi alma y mi vida--murmuró apasionada y vibrante voz--.
Duerme, a mi amparo y no temas. Duerme: ni en el lecho de tu infancia,
velada por tu madre, dormiste más segura. Que vengan, que vengan a
buscarte aquí.
Como cierva herida a traición por una saeta, brincó Lucía al sonido de
aquellas palabras, y abriendo los ojos y pasándose la mano por la
frente, quedose de pie ante Artegui, mirando a todos lados, encendidas
por súbito rubor las mejillas y clara ya la mirada y el entendimiento.
--Pero...--exclamó con tono diferente--yo aquí... sí, ya sé por qué
vine, y a qué vine, y cuándo... y ya recuerdo también.... ¡Ah, Don
Ignacio, Don Ignacio! se asombrará usted y con razón de haberme hallado
cuando menos lo pensaba.... ¡En qué instante entré! Gracias, Virgen y
madre mía; ya tengo mis cinco sentidos y mi juicio cabal, y puedo
echarme a los pies de usted, Don Ignacio, y decirle: por Dios señor, por
la memoria de su señora madre, que está en el cielo, por.... ¡no sé por
qué! Por todo, no vuelva usted.... ¡Prométame que no volverá a idear
quitarse la vida, que puede emplearla tan bien!... Si yo supiese de
discursos, y fuese sabia como el Padre Urtazu, lo diría mejor, pero
usted me entiende.... ¿verdad que sí? Prométame usted... no volver... no
volver....
Y Lucía, desgreñada, patética, hermosa, se arrojó a los pies de Artegui,
y abrazó sus rodillas, y se arrastró en la alfombra. A duras penas la
alzó el pesimista.
--Usted sabe--dijo confuso--que yo estimaba poco la vida... digo más,
que la aborrecía desde que llegué a entender su vacuidad y cuán inútil
carga es para el hombre... y ahora, muerta mi madre y sin tener a nadie
que sintiera mi falta....
Dos arroyos de llanto y el anhelar de un pecho fueron la respuesta.
Artegui subió a Lucía en vilo al diván y se sentó a su lado.
--No llores--dijo apeándole otra vez el tratamiento--, no llores,
regocijate, porque has vencido. ¡Qué mucho, si representas la ilusión
más cara al hombre, la ilusión única que vale cien realidades, la
ilusión que sólo se disipa en el regazo de la muerte! ¡La más tenaz e
invencible de cuantas la naturaleza dispone para adherirnos a la vida y
conservar nuestra especie! Escúchame. No quiero decirte que tú eres para
mí la felicidad, porque la felicidad no existe y yo no he de engañarte,
pero lo que sí te afirmo es que por ti puede ser digno de un espíritu
noble preferir la vida a la muerte. Entre los engaños que a la tierra
nos apegan, uno hay que ilude más dulcemente con mieles suavísimas, con
regalos tan inefables y embriagadores, que es lícito al hombre
entregarse a un bien que, con ser fingido, así embellece y dora la
existencia. Óyeme, óyeme. Huí siempre de las mujeres, porque, conocedor
del triste misterio del inundo, del mal transcendente de la vida, no
quería apegarme por ellas a esta tierra mísera, ni dar el ser a
criaturas que heredasen el sufrimiento, único legado que todo ser humano
tiene certeza de transmitir a sus hijos.... Sí, yo consideraba que era
un deber de conciencia obrar así, disminuir la suma de dolores y males;
cuando pensaba en esta suma enorme, maldecía al sol que engendra en la
tierra la vida y el sufrimiento, las estrellas que sólo son orbes de
miseria, el mundo este, que es el presidio donde nuestra condena se
cumple, y por fin, el amor, el amor que sostiene y conserva y perpetúa
la desdicha, rompiendo, para eternizarla, el reposo sacro de la nada...
¡La nada!, la nada era el puerto de salvación a que mi combatido
espíritu quiso arribar.... La nada, la desaparición, la absorción en el
Universo, disolución para el cuerpo, paz y silencio eterno para el
espíritu.... Si yo tuviese fe, ¡qué hermosísimo y atractivo y dulce me
parecería el claustro! Ni voluntad, ni deseo, ni sentidos, ni
pasiones... un sayal, un muerto ambulante debajo.... Pero....
Artegui se inclinó a Lucía con inquietud.
--¿Me comprendes?--interrogó de pronto.
--Sí, sí...--dijo ella, y su cuerpo temblaba.
--Pero... pero te vi...--continuó Artegui--. Te vi por casualidad, y por
azar también, y sin que de mí dependiese, estuve a tu lado algún tiempo,
respiré tu aliento, y sin querer... sin querer... comprendí que.... No
quise confesarme a mí mismo tu victoria, ni la conocí hasta que te dejé
en ajenos brazos.... ¡Oh! ¡Cómo maldije mi necedad en no haberte llevado
conmigo entonces! Cuando recibí tu carta de pésame, estuve a dos dedos
de ir a buscarte....
Artegui hizo breve pausa.
--Tú fuiste la ilusión.... Sí, por ti hizo otra vez presa en mi alma la
naturaleza inexorable y tenaz.... Fui vencido.... No era posible ya
obtener la quietud de ánimo, el anonadamiento, la perfecta y
contemplativa tranquilidad a que aspiraba... por eso quise poner fin a
mi vida, cada vez más insufrible....
Interrumpiose de nuevo, y añadió, viendo que Lucía callaba:
--Quizá no me comprendas bien.... Son cosas, aunque tan ciertas,
obscuras para quien por vez primera las oye.... Pero me entenderás si te
digo llanamente que no moriré, porque te quiero, y me quieres, y ahora,
suceda lo que suceda, vivo.
Dijo esto con ímpetu más violento aún que amoroso, y echó sus brazos al
cuello de Lucía, y arrimola a sí con fuerza sobrehumana. Creyó ella
sentir dos tenazas dulcísimas de fuego que la derretían y abrasaban
toda, y reuniendo su vigor nervioso, se desprendió de ellas, quedándose
trémula y erguida ante el pesimista. Su alta estatura, su ademán de
indignación suprema, la asemejaran a bello mármol antiguo, si la bata de
merino negro no borrase la clásica semejanza.
--Don Ignacio--balbucía la leonesa--usted se engaña, se engaña.... Yo no
le quiero a usted... es decir, de ese modo, no, nunca.
--Atrévete a jurarlo--rugió él.
--No... no, me basta decirlo--replicó Lucía con creciente firmeza--. Eso
no.
Y dio dos pasos hacia la puerta.
--Escúchame un instante--insistió él deteniéndola--. Sólo un instante.
Tengo fortuna sobrada; mi viaje, según cree todo el mundo, se verificará
esta noche. Estamos en un país libre, iremos a otro más libre aún. En
los Estados Unidos nadie le pregunta a nadie de dónde viene, ni adónde
va, ni quién es, ni qué hace. Nos vamos juntos. La vida juntos ¿oyes? la
vida. Mira, yo sé que tú lo deseas. Tú estás muriendo por decir que sí.
Sé de fijo que no eres dichosa, ni estás bien casada, y que te
desmejoras, y sufres.... No pienses que no lo sé. Sólo yo te quiero, y
te ofrezco....
Lucía dio otros dos pasos, pero fue hacia Artegui, y con uno de esos
movimientos rápidos, infantiles, festivos, que suelen tener las mujeres
en las ocasiones más solemnes y graves, se apretó la holgada bata en la
cintura, y manifestó la curva, ya un tanto abultada, de sus gallardas
caderas. Sacudió la cabeza, y dijo:
--¿Cree usted eso? Pues Don Ignacio.... ¡ya mandará Dios quien me
quiera!
Ignacio bajó la frente, abrumado por aquel grito de triunfo de la
naturaleza vencedora. Pareciole que era Lucía la personificación de la
gran madre calumniada, maldecida por él, que risueña, fecunda, próvida,
indulgente, le presentaba la vida inextinguible encerrada en su seno, y
le decía: «Tonto de pesimista, mira lo que puedes tú contra mí. Soy
eterna.»
--No importa--murmuró él resignado y humilde--. Por lo mismo.... Yo le
serviré de padre, Lucía; yo respetaré tus sacros derechos como no los
respetará tu marido, no. Seremos tres dichosos en vez de dos... nada
más.
Cogiola de la falda y la obligó blandamente a sentarse.