el otro que hace esquina con él? Pues es la fonda. ¿Pero ve usted ese
otro que forma el tercer lado del cuadro? es la casa de Don Ignacio; cae
a la calle de Rívoli.... ¿Ve usted esas escaleritas que desembocan en el
jardín? por ahí se sube al comedor... lo tienen en la planta baja: ¡un
comedor muy hermoso! Toda la casa es muy buena; el padre de Don Ignacio
ganó muchísimo.... ¿Ve usted ese arbolito que hay ahí, al lado de la
escalera? ¿ese platanillo desmedrado? ahí sacaba el señorito a su mamá,
que parece que se murió de una cosa que no sé cómo le dicen, pero vamos,
que es hincharse mucho el corazón... y como le daban unos ahogos tan
fuertes a veces, y se quedaba sin aliento, lo mismo que un pez fuera del
agua, había que traerla al jardín... toda la anchura le era poca, y
solía estarse ahí una hora resollando.... ¡Si viera usted al señorito!
aquello se llama cuidar a una persona... le sostenía la cabeza, le
calentaba los pies con sus manos, le daba cuatro mil besos por hora, le
hacía aire con un abanico.... ¡vamos, era cosa de ver! Alma más buena,
no la echó Dios al mundo, ni volverá a echarla en todo el siglo que
corre.... El día que se murió, la santa bendita, quedó tan risueña... y
tan natural, y tan guapa, con su pelo rubio... Él si que parecía el
muerto; si lo ponen en la caja, cualquiera lo entierra.
--Calla--ordenaron de pronto los ojos elocuentes.
Y Sardiola obedeció. Era que entraban Duhamel, Miranda y Perico. Duhamel
examinó con minuciosidad aquella pieza, y declarola, en su jerga
luso-franca, abrigada, cómoda, baja asaz y ventilada mucho, y en todo
conveniente para la enferma. Miranda y Perico se retiraron a la del
lado, a asearse, y tácitamente, sin discusión alguna, se resolvió que
enferma y enfermera se quedasen juntas, y los dos hombres ocupasen,
juntos también, la cámara próxima. Miranda no puso reparo a este
sacrificio de Lucía, porque Duhamel, llamándole aparte, le notició que
la cosa se iba por la posta, y que apenas creía que la enferma durase un
mes: en vista de lo cual propuso él en su corazón de tomar el portante
dentro de ocho o diez días, llevándose a su mujer con cualquier
pretexto. Pero el hado, que de muy distinta manera tenía resuelto atar
los cabos de estos sucesos, dispuso, sirviéndole de instrumento Perico,
que Miranda comenzase presto a hallarse satisfecho, entretenido y
regocijado en aquella babilonia y golfo parisiense, por cuyos arrecifes
y bajíos le piloteó el pollo Gonzalvo con más acierto y destreza que
buena intención.
--¿Qué demonio, qué demonio vas a hacer ahora metiéndote en
León?--exclamaba Perico--. Tiempo tendrás de sobra, de sobra, para
aburrirte... mira, aprovéchate ahora.... ¡Si estás muy bueno! Diez años,
diez años te quitaron de encima las tales aguas.
Ya sabía el pícaro lo que se hacía. Ni padre, ni tía se mostraban muy
dispuestos a venir a encargarse de Pilar, y auguraba el contratiempo de
tener que quedarse de enfermero.... Su mente, fecunda en tretas, le
sugirió mil para embelesar a Miranda, en aquella ciudad mágica que ya de
suyo emboba a cuantos la pisan. Aprendió el esposo de Lucía los
refinamientos de la cocina francesa en los mejores _restauradores_
(ensordezca todo hablista); y con la golosina experta de su edad madura,
llegó a tomarse gran interés en que la salsa holandesa fuese mejor aquí
que dos puertas más abajo, y en que las setas rellenas se hallasen o no
a la época más propia para ser saboreadas. Amén de estos goces
culinarios, aficionose a los teatrillos del género chocarrero que tanto
abundan en París: divirtiéronle las canciones picarescas, las muecas del
payaso, la música retozona y los trajes ligeros y casi paradisíacos de
aquellas bienaventuradas ninfas que se disfrazaban de cacerolas, de
violines o de muñecos. Hasta se susurra--pero sin que existan datos para
establecerlo como rigurosa verdad histórica--que el insigne ex buen mozo
quiso recordar sus pasadas glorias, y verter una regaderita de agua
sobre sus secos y mustios lauros, y eligió para cómplice a cierta rata
de proscenio, nombrada Zulma en la docta academia teatral, si bien está
averiguado que en regiones menos olímpicas pudo llamarse Antonia,
Dionisia o cosa así. Tenía ésta tal el salero del mundo para cantar el
estribillo (_refrain_) de ciertas tonadas (_chansonnettes_); y era para
descuajarse y deshacerse de risa cuando, la mano en la cintura, la
pierna derecha en el aire, guiñados los ojos y entreabierta la boca,
despedía una exclamación canallesca, un grito venido en derechura de las
pescaderías y mercados a posarse en sus labios de púrpura, para deleite
y contentamiento de los espectadores. Ni eran estas las únicas gracias y
donaires de la cantora, antes lo mejor de su repertorio, la
quintaesencia de sus monerías, guardábala para la dulce intimidad de los
felices mortales que a aquella Dánae de bambalinas lograban aproximarse,
bien provistos de polvos de oro. ¡Con qué felina zalamería menudeaba los
golpecitos en la panza, y llamaba a graves sesentones ratoncillos,
perritos suyos, gatitos, _bibis_, y otros apelativos cariñosos y
regalados, que a arrope y miel sabían! Pues ¿qué diré del chiste y garbo
incomparable con que oprimía entre sus dientes de perlas, un pitillo
ruso, lanzando al aire volutas de humo azul, mientras la contracción de
sus labios destacaba la arremangada nariz y los hoyuelos de los
arrebolados carrillos? ¿Qué de aquella su maestría en ocupar dos sillas
a un tiempo sin que propiamente estuviera sentada en ninguna de ellas, y
puesto que reposaba en la primera el espinazo, en la segunda los
tacones? ¿Qué de la agilidad y destreza con que se sorbía diez docenas
de ostras verdes en diez minutos, y bebíase dos o tres botellas de Rhin,
que no parece sino que le untaban el gaznate con aceite y sebo para que
fuese escurridizo y suave? ¿Qué de la risueña facundia con que probaba a
sus amigos que tal anillo de piedras les venía estrecho al dedo,
mientras a ella le caía como un guante? En suma, si la aventura que se
murmuró por entonces en los bastidores de un teatrillo, y en la mesa
redonda de la Alavesa, parece indigna de la prosopopeya tradicional en
la mirandesca estirpe, cuando menos es justo consignar que la heroína
era la más divertida, sandunguera y comprometedora zapaquilda de cuantas
mayaban desafinada y gatunamente en los escenarios de París.
Mientras de tal suerte espantaban Perico y Miranda el mal humor, a Pilar
se le deshacía el pulmón que le restaba, paulatinamente, como se deshace
una tabla roída por la carcoma. No empeoraba, porque ya no podía estar
peor, y su vivir, más que vida, era agonía lenta, no muy penosa,
amargándola solamente unas crisis de tos que traían a la garganta las
flemas del pulmón deshecho, amenazando ahogar a la enferma. Estaba allí
la vida como el resto de llama en el pábilo consumido casi: el menor
movimiento, un poco de aire, bastan para extinguirlo del todo. Se había
determinado la afonía parcial y apenas lograba hablar, y sólo en voz muy
queda y sorda, como la que pudiese emitir un tambor rehenchido de
algodón en rama. Apoderábanse de ella somnolencias tenaces, largas;
modorras profundas, en que todo su organismo, sumido en atonía vaga,
remedaba y presentía el descanso final de la tumba. Cerrados los ojos,
inmóvil el cuerpo, juntos los pies ya como en el ataúd, quedábase horas
y horas sobre la cama, sin dar otra señal de vida que la leve y
sibilante respiración. Eran las horas meridianas aquellas en que
preferentemente la atacaba el sueño comático, y la enfermera, que nada
podía hacer sino dejarla reposar, y a quien abrumaba la espesa atmósfera
del cuarto, impregnada de emanaciones de medicinas y de vahos de sudor,
átomos de aquel ser humano que se deshacía, salía al balconcillo, bajaba
las escaleras que conducían al jardín, y aprovechando la sombra del
desmedrado plátano, se pasaba allí las horas muertas cosiendo o haciendo
_crochet_. Su labor y dechado consistía en camisitas microscópicas,
baberos no mayores, pañales festoneados pulcramente. En faena tan
secreta y dulce íbanse sin sentir las tardes; y alguna que otra vez la
aguja se escapaba de los ágiles dedos, y el silencio, el retiro, la
serenidad del cielo, el murmurio blando de los magros arbolillos,
inducían a la laboriosa costurera a algún contemplativo arrobo. El sol
lanzaba al través del follaje dardos de oro sobre la arena de las
calles; el frío era seco y benigno a aquellas horas; las tres paredes
del hotel y de la casa de Artegui formaban una como natural estufa,
recogiendo todo el calor solar y arrojándolo sobre el jardín. La verja,
que cerraba el cuadrilátero, caía a la calle de Rívoli, y al través de
sus hierros se veían pasar, envueltas en las azules neblinas de la
tarde, estrechas berlinas, ligeras victorias, landós que corrían al
brioso trote de sus preciados troncos, jinetes que de lejos semejaban
marionetas y peones que parecían chinescas sombras. En lontananza
brillaba a veces el acero de un estribo, el color de un traje o de una
librea, el rápido girar de los barnizados rayos de una rueda. Lucía
observaba las diferencias de los caballos. Habíalos normandos, poderosos
de anca, fuertes de cuello, lucios de piel, pausados en el manoteo, que
arrastraban a un tiempo pujante y suavemente las anchas carretelas;
habíalos ingleses, cuellilargos, desgarbados y elegantísimos, que
trotaban con la precisión de maravillosos autómatas; árabes, de ojos que
echaban fuego, fosas nasales impacientes y dilatadas, cascos bruñidos,
seca piel y enjutos riñones; españoles, aunque pocos, de opulenta crin,
soberbios pechos, lomos anchos y manos corveteadoras y levantiscas. Al
ir cayendo el sol se distinguían los coches a lo lejos por la móvil
centella de sus faroles; pero confundidos ya colores y formas,
cansábanse los ojos de Lucía en seguirlos, y con renovada melancolía se
posaban en el mezquino y ético jardín. A veces turbaba su soledad en él,
no viajero ni viajera alguna, que los que vienen a París no suelen
pasarse la tarde haciendo labor bajo un plátano, sino el mismísimo
Sardiola en persona, que so pretexto de acudir con una regadera de agua
a las plantas, de arrancar alguna mala hierba, o de igualar un poco la
arena con el rodezno, echaba párrafos largos con su meditabunda
compatriota. Ello es que nunca les faltó conversación. Los ojos de Lucía
no eran menos incansables en preguntar que solícita en responder la
lengua de Sardiola. Jamás se describieron con tal lujo de pormenores
cosas en rigor muy insignificantes. Lucía estaba ya al corriente de las
rarezas, gustos e ideas especiales de Artegui, conociendo su carácter y
los hechos de su vida, que nada ofrecían de particular. Acaso
maravillará al lector, que tan enterado anduviese Sardiola de lo
concerniente a aquel a quien sólo trató breve tiempo; pero es de
advertir que el vasco era de un lugar bien próximo al solar de los
Arteguis, y familiar amigo de la vieja ama de leche, única que ahora
cuidaba de la casa solitaria. En su endiablado dialecto platicaban largo
y tendido los dos, y la pobre mujer no sabía sino contar gracias de su
criatura, que oía Sardiola tan embelesado como si él también hubiese
ejercido el oficio nada varonil de Engracia. Por tal conducto vino Lucía
a saber al dedillo los ápices más menudos del genio y condición de
Ignacio; su infancia melancólica y callada siempre, su misántropa
juventud, y otras muchas cosas relativas a sus padres, familia y
hacienda. ¿Será cierto que a veces se complace el Destino en que por
extraña manera, por sendas torturosas, se encuentren dos existencias, y
se tropiecen a cada paso e influyan la una en la otra, sin causa ni
razón para ello? ¿Será verdad que así como hay hilos de simpatía que los
enlazan, hay otro hilo oculto en los hechos, que al fin las aproxima en
la esfera material y tangible?
--Don Ignacio--decía el bueno de Sardiola fue siempre así. Mire usted,
del cuerpo dicen que nunca padeció nada.... ¡ni un dolor de muelas! pero
asegura el ama Engracia que ya desde la cuna tuvo una a modo de
enfermedad... allá del alma o del entendimiento, o ¡qué me sé yo! Cuando
chiquillo ¡le entraban unos miedos al anochecer y de noche, sin saberse
de qué! se le agrandaban los ojos, así, así... (Sardiola trazaba en el
espacio con sus dedos pulgar e índice una O cada vez mayor), y se metía
en un rincón del aposento, sin llorar, hecho una pelota, y pasábase así
quietecito, hasta que amanecía Dios.... No quería decir sus visiones;
pero un día le confesó a su madre que veía cosas terribles, a todos los
de su casa con caras de muertos, bañándose y chapuzándose bonitamente en
un charco de sangre.... En fin, mil disparates. Lo raro del asunto es
que a la luz del sol el señorito fue siempre un león, como todos
sabemos... lo que es en la guerra daba gozo verle.... ¡bendito Dios! lo
mismo se metía entre las balas que si fuesen confites.... Nunca usó
armas, sino una cartera colgada donde había yo no sé cuántas cosas:
bisturíes, lancetas, pinzas, vendas, tafetán.... Además tenía los
bolsillos atestados de hilas y trapos y algodón en rama.... Dígole a
usted, señorita, que si se ganasen los grados por no tener asco a los
pepinillos liberales, nadie los ganaría mejor que Don Ignacio.... Una
vez cayó una bomba, así, a dos pasos de él... se la quedó mirando,
esperando sin duda a que reventase, y si no lo coge de un brazo el
sargento Urrea, que estaba allí cerquita.... Ni en las cargas a la
bayoneta se retiraba. En una de éstas un soldado _guiri_, ¡maldita sea
su casta!, se fue a él derecho con el pincho en ristre.... ¿Qué dirá
usted que hizo mi Don Ignacio? no se le ocurre ni al demonio.... Lo
apartó con la mano como si apartase un mosquito, y el muy bárbaro abatió
la bayoneta y se dejó apartar. Tenía el señorito entonces una cara....
Válgame Dios y qué cara. Entre seria y afable, que el alma de cántaro
aquel debió de quedarse cortado.
Después eran pormenores sobre los cuidados del hijo a la madre en su
última enfermedad.
--Parece que los estoy viendo.... Ahí, ahí, donde usted está, la señora
Doña Armanda; y él, aquí, así, lo mismito que yo, dicho sea con el
respeto que.... Pues se bajaba, y le alzaba los pies y se los apoyaba en
un taburete... así, así, y le ponía detrás de la cabeza hasta una docena
de almohadas, almohadones y almohadillas, de distintos tamaños y
hechuras, todo para acomodarlas a la respiración de la pobre señora....
Y los jaropes, y los potingues... digital por aquí, atropina por allá...
¡quiá! ni por esas... se murió al fin la infeliz.... ¿Creerá usted que
no hizo Don Ignacio ningún extremo? es un pozo; todo se lo guarda, y así
le ahoga eso que va encerrando, encerrando.... A mí no me la pegó con su
serenidad... porque cuando me dijo: «Sardiola, me acompañarás esta noche
a velarla», me acordé, ¡mire usted, señorita, qué tontería! pues me
acordé de un corneta de nuestras filas, que tocaba unas dianas famosas
con su instrumento, que era tan claro y tan lleno y tan hermoso... y un
día tocó mal, y como nos burlásemos de él, cogió la corneta, y sopló y
nos dijo: «Chicos, ha tenido una pena y se ha reventado la pobrecilla
mía...» Pues mire usted, la misma diferencia de son que noté en la
corneta de aquel majadero de Triguillos, noté en la voz del señorito...
usted ya sabe que la tiene muy sonora, que daría gozo oírle mandar la
maniobra... y aquel día... estaba reventada la voz, vamos. En fin, que
él amortajó a Doña Armanda, y entre él y yo la velamos, y al amanecer...
¡zas! tren especial y a Bretaña con el cuerpo en un ataúd de palo santo
fileteado de plata: al castillote de qué sé yo qué, a enterrar con sus
padres, abuelos y tatarabuelos a la pobre señora.
Lucía, que caída la labor en el regazo escuchaba con vida y alma, púsola
toda en sus ojos para preguntar, mudamente, algo a Sardiola. El
inteligente vasco respondió al punto:
--No ha vuelto desde entonces, y se ignora qué piensa hacer.... Engracia
no sabe de la misa a la media.... Bien que él nunca dice nada a persona
de este mundo de lo que proyecta, ni.... Ahí se está Engracia sola,
porque a los demás criados los despidió muy bien galardonados, al
partir.... Ella arregla lo poco... lo nada que hay que arreglar ahí...
Abrir alguna vez las ventanas, para que la humedad no se divierta con
los muebles... pasar un plumero....
Volvió Lucía la cabeza, y fijose en las ventanas, cerradas a la sazón,
al través de los cuales se veía a intervalos cruzar una figura de mujer
provecta, la cabeza adornada con la tradicional coba guipuzcoana, sujeta
con dos agujones dorados.
--Merece cuidarse la casa--prosiguió Sardiola--, porque la tenía como
una taza de plata aquella bendita Doña Armanda... muy bien alhajada, y
muy capaz.... Y ahora que se me ocurre--exclamó dándose fiera palmada en
la frente--. Señorita.... ¿por qué no va usted a verla? Yo se lo diré a
Engracia... nos la enseñará toda... ea, decídase usted.
--No--contestó débilmente Lucia--para qué....
--¡Para verla! pues claro está.... Verá usted el cuarto del señorito
Ignacio, con sus libros y sus juguetes de chiquillo, que todo lo
conserva el ama Engracia....
--Bien, Sardiola--respondió Lucía como pidiendo tregua--. Un día que me
coja de humor.... Hoy no estoy para ello. Ya te avisaré.
Andaba Lucía, en efecto, harto cavilosa, por una circunstancia que a
nadie importaba sino a ella. Duhamel le había notificado que el fin de
Pilar era inminente, y Pilar, no sospechándolo en lo más mínimo, no daba
indicios de querer disponer su alma para el terrible paso. Hablábanle de
Dios, y contestaba, en voz apenas perceptible, modas o viajes; queríanle
recordar cosas tristes, y la desventurada, sin soplo vital casi, decía
alguna festiva ocurrencia, que tomaba color de cementerio al pasar por
sus lívidos labios.
Toda la retórica piadosa de Lucía se estrellaba ante la invencible y
benéfica ilusión de la hora postrera. Acudió a Miranda y Perico
demandando ayuda, y ambos se encogieron de hombros, declarándose de todo
punto inexpertos y poco a propósito para asuntos tales. Justamente el
día en que se le puso en la cabeza hablarles del asunto, tenían ellos
concertada una cena con Zulma y compañeras no mártires en el más
calentito y retirado gabinete de _Brébant_. ¡Brava sazón de pensar en
semejantes cosas! No obstante, alguien hubo que sacó a Lucía del
atolladero; y fue ni más ni menos que Sardiola, que conocía a un jesuita
paisano suyo, el Padre Arrigoitia, y lo trajo en un santiamén. Era el
Padre Arrigoitia alto como una caña, encorvado por la cintura, dulce
como el jarabe y tan pegadizo e insinuante como brusco y desamorado su
conterráneo el Padre Urtazu. Entró pretextando una visita de la tía de
Pilar, volvió manifestando mucho interés por la salud corporal de la
enferma, trajo tierra de la santa gruta de Manresa y pastillas
pectorales de Belmet, todo junto y envuelto en muchos papelitos, y en
suma, se dio tal maña y arte, que a la semana de conocerle y tratarle,
Pilar espontáneamente pidió lo que tanto deseaban darle el jesuita y la
enfermera. Al salir el Padre Arrigoitia del cuarto de la que bien
podemos llamar moribunda, después de haber pronunciado las palabras de
la absolución, sintió detrás de la puerta el ulular de un congojado
pecho, y oyó una voz que decía:
--Gracias... muchas gracias....
Lucía estaba allí y lloraba a mares,
--A Dios sean dadas...--contestó el jesuita afablemente--. Vamos, no
afligirse, mi señora Doña Lucía... al contrario. Estamos de enhorabuena.
--No... no, si es de gozo--contestó la enfermera.
Y como la sotana negra y el alto talle fajado se alejasen, hizo
suavemente: ce, ce. El jesuita se volvió.
--Yo también, Padre Arrigoitia, me quiero confesar, pronto, pronto.
--¡Ah! bien, bien... pero usted no está en peligro de muerte, gracias al
Señor... en San Sulpicio, confesonario de la derecha, entrando... a sus
órdenes siempre, señora mía. Volveré, volveré a ver a nuestra
enfermita... no hay que llorar.... ¡Parece usted una Magdalena!
Aquella tarde Lucía bajó como de costumbre al jardín. Pero era tal el
cansancio que sentían sus miembros y su espíritu, que recostando en el
tronco del plátano la cabeza, quedose dormida. Empezó presto a soñar: y
es lo raro del caso que no soñaba hallarse en lugar alguno nuevo ni
desconocido, sino en el mismo sitio, en el jardinete; únicamente las
caprichosas representaciones del sueño se lo convirtieron de chico y
estrecho en enorme. Era el propio jardín, pero visto al través de una
colosal lente de aumento. No se distinguía la verja sino a distancia
fabulosa, como una hilera de puntos brillantes, allá en el horizonte; y
tal aumento de proporciones acrecentaba la tristeza del mezquino jardín,
haciéndolo parecer más bien seco y agostado erial. Recorriéndolo, fijaba
Lucía la vista en la fachada correspondiente a la casa de Artegui, de
una de cuyas ventanas salía una mano pálida que le hacía señas. ¿Era
mano de hombre o de mujer? ¿era de vivo, o de cadáver? Lucía lo
ignoraba; pero los misteriosos llamamientos de aquella diestra
desconocida la atraían cada vez más, y corriendo, corriendo, trataba de
acercarse a la casa; pero el erial se prolongaba, detrás de unas calles
de arena venían otras, y después de andar horas y horas aún veía delante
de sí larguísima hilera de plátanos entecos, cuyo fin no se divisaba, y
la casa de Artegui más lejana que nunca. Y la mano hacía señas
impacientes y furiosas, semejante a diestra de epiléptico que se agita
en el aire: sus cinco dedos eran aspas incesantes en girar, y Lucía,
desalentada, jadeante, iba a escape, y a cada plátano sucedía otro, y la
casa lejos... lejos... «¡Necia de mi!» exclamaba al fin; «ya que
corriendo no llego nunca... volaré.» Dicho y hecho: como se vuela tan
aína en sueños, Lucía se empinaba y.... ¡pim! al aire de un brinco. ¡Oh
placer! ¡oh gloria! el erial quedaba debajo; surcaba la región ambiente,
pura, serena, azul, y ya la casa no estaba lejos, y ya se acababan los
eternos plátanos, y ya distinguía el cuerpo dueño de la mano... era un
cuerpo esbelto sin delgadez, dignamente rematado por una cabeza varonil
y melancólica... pero que entonces se sonreía cariñosamente, con
expansión infinita.... ¡Cómo volaba Lucía! ¡cómo respiraba a placer en
la atmósfera serena! ánimo, poco falta.... Lucía escuchaba el batir de
sus propias alas, porque tenía alas; y el regalado frescor de las plumas
le refrigeraba el corazón.... Ya estaba cerca de la ventana....
Sintió de pronto dos dolores agudos, como una herida gemela hecha con
dos armas a un tiempo: distinguió una tijera enorme que sobre ella se
cernía; vio caer al suelo dos alas de paloma blancas y ensangrentadas; y
sin ser poderosa a más, cayó ella también, pero de prodigiosa altura; no
al suelo del jardín, sino a un precipicio, una sima muy honda, muy
honda.... Allá en el fondo ardían dos lucecicas, y la miraban unos ojos
compasivos de mujer vestida de blanco.... Ni más ni menos que caía en la
gruta de Lourdes... no podía ser otra; estaba tal como la había visto en
la iglesia de San Luis en Vichy; hasta la Virgen tenía los mismos
rosales, los mismos crisantemos.... ¡ay, qué fresca y hermosa era la
gruta, con su manantialillo murmurador! Lucía ansiaba llegar... pero la
angustia de la caída la despertó, como sucede siempre en las pesadillas.
-XIV-
A pocos días de haberse confesado Pilar, expiró. Fue su muerte casi
dulce y del todo imprevista, en cuanto careció de agonía. Una flema
mayor que las demás cortó su respiración algunos segundos, y apagose la
débil luz de la vida en la exhausta lámpara. Lucía estaba sola con ella,
y sosteníale la cabeza para toser, a tiempo que, doblando de pronto el
cuello, la tísica entregó el alma. Tiene este horrible mal de la tisis
tan diversas fases y aspectos, que hay enfermo que al morir cuenta los
instantes que le restan de existencia, y haylo que cae sorprendido en la
eternidad, como la fiera en el lazo. Lucía, que nunca había visto
muertos, no pudo imaginar que fuese sino un síncope profundo; creía ella
que el espíritu no abandonaba sin lucha y ansías mayores su vestidura
mortal. Salió gritando y pidiendo auxilio; acudió primero Sardiola a sus
voces, y meneando la cabeza, dijo: «Se acabó.» Miranda y Perico llegaron
en breve; justamente estaban en casa por ser las once, hora de cambiar
el lecho por el almuerzo. Miranda alzó las cejas, frunciolas después, y
dijo poniendo la voz en el registro grave:
--Era de temer, de temer.... Sí, estaba muy mal.... Pero tan de pronto,
señor... si es que parece imposible....