entiendo--dijo con renovada vehemencia--. ¿No era amor, no era amor lo
que mostrabas en el camino y en Bayona? ¿No es amor venir aquí hoy...
sola... por verme? ¡Oh! no puedes defenderte.... Urdirás mil sofismas,
idearás mil sutilezas, pero.... ¡ello se ve! Mientes si lo niegas,
¿sabes? No creí que en tu inocencia cupiese el mentir.
Alzó la frente Lucía.
--No, Don Ignacio; diré la verdad... creo que ya es mejor que la diga,
porque tiene usted razón, he venido aquí.... Sí, señor; oígalo usted. Yo
le quiero como una loca, desde Bayona... no desde que le vi.... Ya lo
oye usted. Yo no tengo la culpa; ha sido contra mi voluntad, bien lo
sabe Dios.... Al principio creí que no era posible, que sólo me daba
usted... lástima... y así... mucho agradecimiento por sus bondades
conmigo... Creía yo que una mujer casada sólo puede querer a su
marido.... Si alguien me dijese que era esto... le insultaría, de
fijo.... Pero a fuerza de cavilar... no, yo no lo acerté, ni por
pienso.... Fue otro, fue quien conoce y entiende más que yo de los
misterios del corazón.... Mire usted, si yo supiese que era usted feliz,
me hubiera curado... y también si alguien me mostrase compasión a su
vez.... ¡Caridad! ¡Compasión!... Yo la tengo de todo el mundo... y de
mí... nadie, nadie la tiene.... Así es que.... ¿Se acuerda usted de lo
alegre que era yo? Usted aseguraba que mi presencia le traía
regocijo.... Pues... ya me he acostumbrado a pensar cosas tan negras
como usted.... Y a desear la muerte. Si no fuese por lo que espero... me
daría el mejor rato del mundo el que me pusiese donde está Pilar. Yo era
fuerte y sana.... Ya no tengo ni una hora buena. Esto ha sido como si un
rayo me abrasase toda.... Es un azote de Dios. Lo más amargo de todo es
pensar en usted... que ha de ser desdichado en este mundo, réprobo en el
otro....
Artegui escuchaba entre jubiloso y compadecido.
--Entonces, Lucía...--dijo con expresión.
--Entonces, usted que es bueno y rebonísimo, porque si no lo fuese yo no
le querría de tal modo, me va a dejar marchar... y en caso contrario, me
marcharé yo, aunque salte por la ventana.
--¡Desdichada!--murmuró él torvamente, volviendo a su abatimiento
antiguo--. ¡Das con el pie a la felicidad! es decir, a la felicidad no,
pero al menos a su sombra, y sombra tan hermosa al fin....
Incorporose de pronto; sacudiéndose y retorciéndose como un león en la
agonía.
--Dame una razón--gritó--. Si no, me mataré a tu vista. Sepa yo al menos
por qué. ¿Es por tu padre? ¿es por tu marido? ¿es por tu hijo? ¿es por
el mundo? ¿es?...
--Es--murmuró ella bajándose y con gran dulzura--. Es... por Dios.
--¡Dios!--gimió el pesimista--. Y si no lo hub....
Una mano le tapó la boca.
--¡Duda usted aún después de que hoy, por un milagro... usted lo dijo,
por un milagro... ha preservado su vida!
--Pero tu Dios está enojado contigo--objetó él--. Le ofendiste al
amarme; le ofendes al seguir amándome; viniendo aquí, le agraviastes
más....
--Con un pie en el borde del abismo para caer, con el cuerpo medio
hundido ya en las llamas del infierno... mi Dios me salva y me perdona,
si a él se convierte mi voluntad.... Ahora, ahora voy a pedirle que me
salve.
--Y no te salvará--repuso Artegui tomándole las manos--; no te salvará,
porque adondequiera que vayas, aunque huyas de mí hasta ocultarte en el
mismo centro de la tierra, aunque te escondas en la celda de un
convento, me querrás, me adorarás, le ofenderás recordándome. No, tu
sinceridad no te permite negarlo. ¡Ah! ¡Si se pudiese querer o no, a
voluntad! pero harto te dice la conciencia que, hagas lo que hagas, yo
estaré contigo siempre... siempre. Mira: por lo mismo que te
horroriza... por lo mismo sucederá. Y te digo más: vendrá un día en que,
como hoy, desearás verme, aunque sólo sea el espacio de un segundo... y
atropellando por cuantos obstáculos se ofrezcan, y despreciando cuantas
trabas te lo impidan, vendrás a mí... a mí.
Diciendo esto la sacudía por las muñecas, como el huracán sacude al
tierno arbusto.
--Dios--murmuraba ella débilmente--. Dios sabe más que usted, y que yo,
y que todos.... Le pediré que me ampare, y lo hará; le conviene hacerlo;
lo hará, lo hará.
--No--respondió Artegui con fuerza--. Sé que vendrás, que vendrás
arrastrada como la piedra, por tu peso propio, a caer en este abismo...
o en este cielo; vendrás, vendrás. Mira, estoy tan cierto de ello, que
ya no debes temer que me mate.... No quiero morir, porque sé que es la
ley de las cosas que un día vengas a mí, y ese día--que llegará--quiero
estar aún en el mundo para abrirte así los brazos.
A no estar Lucía vuelta de espaldas a la luz, Artegui pudiera haber
visto el júbilo que se difundía por su rostro, y sus ojos que un segundo
se alzaron al cielo dando gracias. Los brazos de Artegui, abiertos
esperaban, Lucía se inclinó, y más rápida que las golondrinas, cuando al
cruzar los mares rozan el agua, apoyó un instante la cabeza en los
hombros de Artegui.
En seguida, y con presteza no menor, fue a la mesa, y tomando el
candelero y entregándoselo a Ignacio, dijo en voz entera y tranquila:
--Alumbre usted.
Artegui alumbró sin pronunciar palabra. Su sangre se había enfriado de
pronto, y sólo le quedaba, de la terrible crisis, cansancio y melancolía
más profundos que nunca. Cruzaron el dormitorio, el pasillo, sin
despegar los labios. En el pasillo ya, Lucía se volvió un momento y miró
aquel rostro como si quisiera grabarlo con indelebles y fortísimos
caracteres en su retina y en su memoria. La cabeza de Artegui, alumbrada
en pleno por la luz que en la mano tenía, se destacaba sobre el fondo
obscuro del cuero estampado que cubría la pared. Era una bella cabeza,
más por la expresión y carácter que por la misma regularidad de
facciones. El negror de la barba realzaba su interesante palidez, y su
abatimiento la asemejaba a las cabezas muertas del Bautista, tan
valientes en su claro obscuro, que creó nuestra trágica escuela nacional
de pintura. También él miraba a Lucía, con tal pena y lástima, que no lo
pudo ella sufrir más, y corrió a la puerta. En el umbral, Artegui sondeó
con la mirada las profundidades del jardín.
--¿La acompaño a usted?--dijo.
--No pase usted de ahí... apague la luz, cierre al punto la puerta.
Artegui ejecutó lo primero; pero antes de realizar lo segundo, murmuró
al oído mismo de Lucía:
--En Bayona me dijiste una vez: «¿Me va usted a dejar sola?» Ahora me
toca a mí repetírtelo. Quédate.... A tiempo estás aún. Ten compasión de
mí, y de ti.
--Porque la tengo...--replicó ella ahogándose--. Por eso.... Adiós, Don
Ignacio.
--Hasta luego--contestó una voz perceptible apenas. La puerta se cerró.
Lucía miró al cielo, en que brillaban las estrellas, y sintió un frío
agudo. Arrodillose en el vestíbulo, y apoyó la cara contra la puerta. En
aquel momento se acordaba de una circunstancia pueril; la puerta estaba
por dentro forrada de brocado rojo obscuro, de los tonos mates del
cuero. No supo por qué recordaba tal detalle; pero suele ocurrir así; en
momentos semejantes, acuden ideas que ninguna importancia tienen ni
guardan conexión alguna con los acontecimientos decisivos que están
pasando.
Miranda había salido aquella tarde a dar una vuelta, para despejarse,
decía él, la cabeza. Cuando volvió al hotel subió a la cámara mortuoria,
y allí halló a Juanilla, transida de miedo y de cansancio, velando a la
difunta. La criada le dijo, en son de queja, que la señorita Lucía le
había encargado velar un rato, pero que el rato era ya muy largo,
larguísimo, y que ella no podía más. Por el espíritu suspicaz de Miranda
no cruzó ni sombra de recelo entonces, y dijo con naturalidad:
--La señorita se habrá ido a dormir; está muy cansada... pero vete,
chica que yo enviaré a Sardiola.
Así lo hizo, en efecto, y oyendo en seguida la campana que llamaba a la
mesa redonda, bajó al comedor, sintiendo aquel día excelente apetito,
cosa no cotidiana en su enervado estómago. Faltaba aún, para que
sirviesen la sopa, los sacramentales segundos y tercer toque. Había
grupos de huéspedes que conversaban esperando; la mayor parte hablaban
de la muerte de Pilar en voz queda, por consideración a Miranda, a quien
conocían; sólo un núcleo de tres o cuatro navarros y vascongados
platicaban de recio, por ser el asunto de su conversación de aquellos
que no encierran misterio alguno. No obstante, de tal manera fijó la
atención de Miranda lo que decían, que inmóvil y vuelto todo oídos, no
respiraba casi. A los diez minutos de escuchar supo cuanto saber no
quisiera: que Artegui estaba en París, que vivía en la casa de al lado,
que se podía pasar a su domicilio por el jardín, puesto que uno de los
vascongados declaraba haber lo hecho aquella mañana con objeto de
visitarle.... El camarero que cruzaba a la sazón con una bandeja llena
de platos de humeante sopa, indicó a Miranda que podía sentarse, y él en
vez de oírle, tomó escalera arriba como un frenético, y entró sin
respeto alguno en la cámara mortuoria.
--¿Dónde está la señorita Lucía?--preguntó brutalmente a Sardiola, que
velaba.
--No sé...--El fiel perro alzó los ojos y contempló las facciones
descompuestas del marido, y una intuición rápida le dijo docenas de
cosas. Miranda salió como un cohete, y recorrió las habitaciones
llamando a Lucía a gritos. Silencio profundo. Entonces resueltamente
salió al balcón, y bajó al jardín.
Un bulto negro descendía las escaleras del vestíbulo de casa de Artegui.
A la luz de los astros, y a la de los lejanos faroles de la calle, se
advertía su vacilante andar, y a las manos que frecuentemente llevaba a
su rostro. Miranda esperó, esperó como el cazador en acecho. El bulto
iba acercándose. De pronto salió de entre un seto de arbustos un hombre
y se oyó una imprecación soez, que traducida al lenguaje de las personas
beneparlantes pudiera sonar así:
--¡Mala mujer!
Hubo ademanes violentos, y un cuerpo cayó.... Llegaba en esto corriendo
otra figura humana, que venía también del hotel por la escalera, e
interponiéndose, se inclinó para recoger a Lucía. Miranda accionaba, y
con voz ronca, estrangulada y tartajosa de rabia, decía, dando al diablo
todo su porte cortesano:
--Fuera de ahí, so tío... so entrometido.... ¿usted que... qué tiene que
ver?... Yo la abo... la abofeteo, porque pu... pu... puedo y me da la
gana.... Soy su marido. Si no se va usted, le parto por la mitad... le
abro en canal....
A ser Sardiola alguna pared de cal y canto, atendiera más a las
invectivas de Miranda de lo que lo hizo. Con soberana indiferencia y
fuerza hercúlea cargó en sus hombros el bello bulto inanimado, y
separando al marido de un vigoroso empujón, tomó escalera arriba, no
parando hasta depositar la preciosa carga en un sofá de la estancia
mortuoria. Tras él entró el energúmeno, pero se contuvo algo al ver la
actitud briosa y los centelleantes ojos del ex voluntario carlista, que
con su cuerpo hacía parapeto al de la desmayada.
--Si no se va usted...--aulló Miranda tendiendo los puños.
--¡Irme!--contestó Sardiola apaciblemente--. ¡Bueno es irme! ¡Para que
usted la ahogue, y se quede tan fresco! ¡mal hombre! vergüenza debiera
darle a usted tocar al pelo de la ropa a la señorita.
--Pero usted.... ¿qué autoridad tiene aquí?... ¿quién le mete?... y la
cabeza iracunda de Miranda tenía un temblor senil.... Váyase
usted--gritó con renovado furor, o buscaré un arma--. Los ojos
inyectados del marido recorrieron la estancia, hasta tropezar con el
cadáver, que conservaba ante aquella escena su vaga sonrisa fúnebre.
Sardiola, entretanto, metiendo la mano en el bolsillo de su chaleco,
sacó una mediana faca, de picar tabaco sin duda, y la arrojó a los pies
de su adversario.
--Tome usted--dijo con ese garbo caballeresco que tan frecuentemente se
halla en la plebe española... a mí me ha dado Dios buenos puños.
Quedose Miranda indeciso un punto, y volviendo a aullar, derramó a
borbotones su ira, exclamando:
--Mire usted que la cogeré... la cogeré.... Váyase usted, no me tiente
la paciencia....
--Cójala usted--replicó Sardiola risueño de puro desdeñoso... a ver cómo
se lucen esos ánimos... porque pensar que he de irme yo... a no ser que
la misma señorita me lo mandase....
--Vete, Sardiola--dijo una débil voz desde el sofá; y Lucía abrió los
ojos, y clavó su mirada en el camarero, con reconocimiento y autoridad.
--Pero señorita, eso de irme, y....
--Vete, digo.--Y Lucía se incorporó, tranquila en apariencia: Miranda
oprimía en la diestra la faca. Sardiola, arrojándose a él, se la
arrebató, y tomando desesperada resolución, salió al pasillo gritando:
«Socorro, socorro; se ha puesto mala la señorita». Diose de manos a boca
con dos personas que subían la escalera, y que al oírle se precipitaron
en la estancia mortuoria. Eran el Padre Arrigoitia y Duhamel, el médico.
Hallaron un grupo extraño: al pie de la cama en que yacía la muerta, una
mujer tendía las mano s para amparar sus flancos y su seno de los golpes
que le descargaba, a puño cerrado, un hombre.... Con vigor no presumible
en su endeble cuerpo de cañaheja, interpúsose el Padre Arrigoitia,
atrapando, si las crónicas no mienten, algún sopapo en la venerable
tonsura; y a su vez Duhamel, emulando con científico valor el arresto
del jesuita, cogió del brazo al furioso, logrando pararle.... Lástima
grande que no fuese posible a ningún taquígrafo estenografiar el donoso
y elocuente discurso que en chapurradísima ensalada
franco-luso-brasileña dirigió el buen doctor a Miranda, con el fin de
demostrarle cuán bárbaro y cruel era eso de aporrear a una _menina_ que
está en las circunstancias de Lucía.... Miranda oía con rostro cada vez
más torvo, mientras el Padre Arrigoitia prodigaba a la maltratada mujer
cuidados y consuelos afectuosísimos. De pronto el marido se encaró con
el médico, y preguntándole broncamente:
--¿Dice usted... que esa mujer está encinta? Lo ha dicho usted.
--_Sim_--contestó Duhamel meneando la cabeza afirmativamente, con
rítmica precisión.
--¿De cuántos meses?
--_Acrescento_ que de cuatro. _O tempo_ justo que hará que se casó....
Miranda tendió la vista por todos lados, hincó sus pupilas en su mujer,
en el jesuita, en el doctor.... Después cogió a estos dos de la mano y
les rogó tartamudeando, que le concediesen una conferencia de algunos
minutos. Pasaron a la habitación inmediata, y Lucía quedó sola con el
cadáver. Pudo creer que era terrible pesadilla todo lo ocurrido. El
balcón, abierto, dejaba ver las obscuras masas del arbolado del jardín;
las estrellas brillaban convidando a dulces meditaciones; ardían los
cirios ante Pilar, y en la fachada de Artegui se veía luz al través de
unas cortinas.... Bajar diez escalones, y encontrarse en el jardín;
atravesar el jardín, y encontrarse sobre un pecho amante que para ella
era cera suavísima, acero para sus enemigos.... ¡Horrible tentación!
Lucía se apretaba el corazón con las manos, se hincaba las uñas en el
pecho.... Uno de los golpes recibidos le dolía mucho; era en la
clavícula, y parecíale como si tuviese allí un tornillo que le
retorciera los músculos para que estallasen. Si Artegui se presentase
entonces.... Llorar, llorar con la cabeza apoyada en sus hombros.... Al
fin se acordó de una oración, que le había enseñado el Padre Urtazu, y
dijo: «Dios mío, por vuestra Cruz, dadme paciencia, paciencia». Estuvo
largo rato repitiendo entre gemidos: «paciencia».
El Padre Arrigoitia se presentó al fin, solo. Su frente ebúrnea venía
cubierta de arrugas y sombras. Hablaron largo rato Lucía y él, en el
balcón, sin sentir el frío, que era más que mediano. Lucía abrió por fin
ancho cauce al dolor.
--Ya ve usted si yo mentiría... ahí, delante de ese cadáver.... Ahora
mismo pudiera marcharme con él, Padre... y si Dios no estuviese en el
cielo....
--Pero está, está... y nos mira...--respondía el jesuita acariciándole
afablemente las manos heladas--. Basta de delirio.... ¿No ve usted cómo
empieza ya a castigarla? Inocente es usted de lo que la imputa el señor
don Aurelio, y, sin embargo, su atroz sospecha... tiene, tiene
apariencias de fundamento... porque usted misma se las ha dado, yendo
hoy a casa de ese hombre.... La castiga a usted Dios en lo que más
quiere; en ese angelito que no vino aún al mundo....
Lucía sollozó amargamente.
--Vamos, ánimo, pobrecita, hijita mía... siguió el padre espiritual cada
vez más meloso y consolador. Y ¡por Dios y su madre santa! A España, a
España mañana mismo.
--¿Con él?--preguntó Lucía horrorizada.
--Él hace sus maletas para tomar el tren de la noche.... Se va a
Madrid... La deja a usted.... Si usted quisiera arrojarse a sus pies, y
con humildad y arrepentimiento....
--Eso no, padre...--gritó la altiva castellana--. Creerá que soy lo que
él me llama.... No, no.--Y con más blandura, añadió--: Padre, hoy me he
portado como buena, pero estoy rendida..., no me pida hoy más. Fáltanme
ya las fuerzas.... Piedad, Señor, piedad.
--Pido, sí, pido por amor de Jesucristo... que mañana mismo se vaya
usted a España.... No me aparto de usted hasta dejarla en el tren....
Váyase usted, hija querida, con su padre. ¿No ve usted que tengo razón?
Qué creerá su marido de usted si se queda usted aquí... pared por
medio... usted es demasiado discreta y buena para intentarlo siquiera.
¡Por esa criaturita! Que su padre se persuada.... porque se persuadirá
con el tiempo y su conducta de usted.... ¡Ah! ¡No separe el hombre lo
que Dios ha unido! Él volverá, volverá al lado de su esposa..., no lo
dude usted. Hoy en su cólera... se dejó arrastrar... pero mañana....
Sollozos más hondos y desgarradores fueron la respuesta.
El Padre Arrigoitia estrechó cariñosamente las manos de la afligida.
--¿Me promete usted...?--murmuró con ardiente súplica, con la autoridad
toda de su voz, acostumbrada a mandar en los espíritus.
--Sí, respondió Lucía.... Me iré mañana... pero déjeme ahora
desahogar..., me muero.
--Llore usted--contestó el jesuita--. Ensanche ese corazón. Yo rezaré
entretanto.
Y entrando de nuevo en la estancia, arrodillose al lado del lecho
mortuorio, sacó su breviario, y a la luz parpadeante de los blandones,
fue leyendo en voz alta, compuesta y grave, las cláusulas melancólicas
del oficio de difuntos.
* * * * *
Más de dos semanas dio pasto a las lenguas ociosas de León el singular
suceso de la llegada de Lucía González, sola, triste, desmejorada y
encinta, a la casa paterna. Inventáronse mentiras como castillos para
explicar el misterio de su vuelta, el retiro en que se dio a vivir, la
tremenda pesadumbre que nublaba el rostro del tío Joaquín González, la
desaparición del marido, y tantas y tantas cosas que a escándalo y drama
conyugal transcendían. Como suele suceder en casos análogos, rodaron
algunos adarmes de verdad envueltos en arrobas de patrañas, y algo se
dijo que no iba del todo fuera de camino; mas por falta de datos
secretos que enlazara los conocidos, anduvo a tropezones el juicio del
público, y allí caigo, y aquí me levanto, acabó por extraviarse del
todo. Bien se colige que los despellejadores de oficio hicieron el suyo
con diligencia y afán extremado, y quién censuró al maduro pisaverde que
buscaba novia de pocos años, quién al padre vanidoso y majadero, que
sacrificaba a su hija por afán de hacerla dama, quién a la niña loca
que.... En suma, pusieron ellos tantas moralejas a la historia de Lucía,
que yo creo poder eximirme de añadir ninguna. Lo que con más empeño
criticó la gente, fue este moderno requisito del VIAJE DE NOVIOS,
costumbre extranjerizada y vitanda, buena sólo para engendrar disturbios
y horrores de todo linaje. Sospecho que con el triste ejemplo de Lucía,
tradicionalmente conservado y repetido a las niñas casaderas en lo que
resta de siglo, no habrá desposados leoneses que osen apartarse de su
hogar un negro de uña, al menos en los diez primeros años de matrimonio.
_Marzo, 1881_
Recuérdese la fecha de este Prefacio.
End of Project Gutenberg's Un viaje de novios, by Emilia Pardo Barzán