templadas. Un día no encontraron ya a Ibrahim Antonio en su sitio de
costumbre: probablemente cansado de una jornada sin venta, había cargado
con el surtido y emprendido el camino Dios sabe dónde. Lucía le echó de
menos; pero el movimiento de retirada era general; no se veían sino
tiendas que se vaciaban y cerraban. Había en las aceras montones de
paja, rimeros de recortes de papel de embalaje, cajones y cajas con
grandes rótulos que decían: «muy frágil.» Era la tristeza, el desorden,
el creciente vacío de una casa mudada. Pilar encontraba tan feo a Vichy
de aquel modo, que ideaba paseos inusitados, que la apartasen de las
calles principales. Una mañana se encaprichó en ir a ver la pastillería,
y presenció el nacimiento de dos o tres mil pastillas y bombones; otra
quiso visitar las subterráneas galerías que encierran los inmensos
depósitos del agua, y los formidables tubos por donde asciende a
alimentar los baños del establecimiento termal. Bajaron estrecha
escalera, cuyos últimos peldaños se hundían ya en la obscuridad de las
galerías. La guardiana les precedía alumbrando con una lámpara de
minero, aplastada y de hediondo tufo; Miranda llevaba otra, y un
pilluelo que allí se apareció caído de las nubes, encargose de la
última. Era la bóveda tan baja, que Miranda hubo de inclinar la cabeza,
por no deshacerse la frente. Hacía brusco recodo el angosto pasadizo, y
se hallaron de pronto en otra galería, abierta como una boca, donde se
internaban los tubos, comidos de orín, gracias a la perenne humedad.
Sudaba el techo pálidas y brillantes gotitas de vapor acuoso; a uno y
otro lado corría el agua, sobre un lecho de residuos, de fosfatos
alcalinos, blancos y farináceos, como nieve recién llovida. A medida que
adelantaban por el largo canal subterráneo, calor sofocante anunciaba el
paso de las sobras de la Reja Grande, un raudal hirviente, cuya
temperatura subía más aún en aquella prisión. De las paredes, leprosas,
herpéticas, cubiertas de roña caliza, colgaban monstruosas fungosidades,
criptógamas preñadas de veneno, cuya blancura ponzoñosa se destacaba
sobre el muro, como una pupila pálida y siniestra en un rostro
amoratado. En los codos de los tubos, polvorientas telarañas se tendían,
semejantes a sudario gris de olvidados muertos. Las losas der pavimento,
dislocadas, dejaban entrever el agua negra. Sobre sus cabezas oían los
expedicionarios el pisar de la gente, el batir del duro casco de las
bestias. A veces se abría un respiradero, y al través de la reja de
hierro filtrábase la luz del día, lívida y cadavérica, amarilleando la
rojiza de las lámparas. Los tubos, intestinos de aquel húmedo vientre,
daban mil vueltas, y tan pronto rastreaban a flor de tierra, parecidos a
sierpes enormes, como se erguían a la bóveda, remedando los negros
tentáculos de un pulpo descomunal. Hubo un instante en que los
expedicionarios salieron de los pasadizos a plaza más despejada; era una
especie de cueva circular, con tragaluz, y en su fondo bostezaban las
anchas fauces del pozo Lucas, lleno de un agua soñolienta, sombría y
honda. El pilluelo acercó curioso su lámpara. La guardiana le asió del
brazo.
--Eh, amiguito, cuidado con caerse ahí. No sería fácil ir a buscarte a
cien metros de profundidad que tiene ese agujero.
Lucía, fascinada, se aproximó a la boca. Los gases mefíticos exhalados
del pozo hacían temblar la llama turbia de las lámparas. Allí no hacía
calor, sino frío; un frío espeso, sin aire respirable. Entráronse
resueltamente por otra galería, y abierta una puerta de hierro, se
asustaron todos, menos la guardiana, viendo en torno suyo vasta
extensión de agua, una especie de lago subterráneo. Ellos estaban sobre
angosta tabla echada a manera de puente a lo ancho del depósito.
Aquellas aguas, tendidas en su tumba de piedra, tenían quietud y
limpidez lúgubre. La luz de una de las lámparas, dejada exprofeso en la
otra orilla por la guardiana para que se viese el grandor del depósito,
oscilaba en prolongados rieles sobre la triste transparencia del lago, y
remedaba, allá a lo lejos, la tea de un sicario en alguna prisión
veneciana. Tal era de fantástico aquel lago, que reflejaba un cielo de
granito, que la imaginación se fingía cadáveres flotando en él.
Experimentaban Lucía y Pilar vago temor, y sobre todo, cosa pueril, o
mejor dicho, eminentemente femenina, les horrorizaba la idea de que en
las estrecheces y revueltas de los pasadizos pudiesen encontrar ratas.
Sabían que los depósitos comunicaban con las alcantarillas, y ya dos o
tres veces palidecieron creyendo ver cruzar una sombra negra, que no era
sino la temblona silueta de alguna planta parásita, dibujada en el muro
por las luces. De improviso, ambas exhalaron un grito; no cabía duda;
sonaba el chillido agrio y agudo de la rata. Lucía, sobre todo, se quedó
un punto con los ojos dilatados, inmóvil; allí no era posible correr y
huir. Pero el pilluelo y la guardiana soltaron la risa; conocían bien
aquel silbido, que no era sino el de las botellas de agua mineral que al
otro lado de la pared estaban corchando. Con todo, las mujeres
respiraron al salir del sombrío dédalo y ver de nuevo la claridad diurna
y sentir el aire fresco que congelaba en su frente las gotas de sudor.
Sólo a un punto iba Lucía sola: a la iglesia de San Luis. Al pronto, el
edificio agradó muy poco a la leonesa, habituada a la majestad de su
soberbia basílica. San Luis es mezquina rapsodia ojival, ideada por un
arquitecto moderno; por dentro la afea estar pintada de charros
colorines; en suma, parece una actriz mundana disfrazada de santa. Pero
Lucía halló en el templo una Virgen de Lourdes, que la cautivó
sobremanera. Campeaba en una gruta de floridos rosales y crisantemos, y
sobre su cabeza decía un rótulo: «Soy la inmaculada Concepción.» Poco
sabía Lucía de las apariciones de Bernardita la pastora, ni de los
prodigios de la sacra montaña; pero con todo eso la imagen la atraía
dulcemente con no sé qué voces misteriosas, que vagaban entre el grato
aroma de los tiestos de flores y el titilar de los altos y blancos
cirios. La imagen, risueña, sonrosada, candorosa, con ropas flotantes y
manto azul, llegaba más al alma de Lucía que las rígidas efigies de la
catedral de León, cubiertas de rozagante atavío. Yendo una tarde camino
de la iglesia, vio pasar un entierro y lo siguió. Era de una doncella,
hija de María. Rompía la marcha el bedel, oficialmente grave, vestido de
negro, al cuello una cadena de plata; seguían cuatro niñas, con trajes
blancos, tiritando de frío, morados los pómulos, pero muy huecas del
importante papel de llevar las cintas. Luego los curas, graves y
compuestos en su ademán, alzando de tiempo en tiempo sus voces anchas,
que se dilataban en la clara atmósfera. Dentro del carro empenachado de
blanco y negro, la caja, cubierta de níveo paño, que constelaban flores
de azahar, rosas blancas, piñas de lila a granel, oscilantes a cada
vaivén de la carroza. Las hijas de María, compañeras de la difunta, iban
casi risueñas, remangando sus faldellines de muselina, por no ensuciarlo
en el piso lodoso. El comisario civil, de uniforme, encabezaba el duelo;
detrás se extendía una reata de mujeres enlutadas, rodeando a la
familia, que mostraba el semblante encendido y abotargados los ojos de
llorar. Doblaba tristemente la campana de la iglesia, cuando bajaron la
caja y la colocaron sobre el catafalco. Lucía penetró en la nave y se
arrodilló piadosamente entre los que lloraban a una muerta para ella
desconocida. Oyó con delectación melancólica las preces mortuorias, los
rezos entonados en plena y pastosa voz por los sacerdotes. Tenían para
ella aquellas incógnitas frases latinas un sentido claro: no entendía
las palabras; pero harto se le alcanzaba que eran lamentos, amenazas,
quejas, y a trechos suspiros de amor muy tiernos y encendidos. Y
entonces, como en el parque, volvía a su mente la idea secreta, el deseo
de la muerte, y pensaba entre sí que era más dichosa la difunta,
acostada en su ataúd cubierto de flores, tranquila, sin ver ni oír las
miserias de este pícaro mundo--que rueda, y rueda, y con tanto rodar no
trae nunca un día bueno ni una hora de dicha--que ella viva, obligada a
sentir, pensar y obrar.
--Sí, pero ¿y el alma?--preguntábase Lucía a sí misma.
¡Por tan extraño modo, repetía una pobre chica ignorante el filosófico
monólogo del soñador dinamarqués!
--Oh, ¡y qué bueno debe de ser estar muerta!--calculaba Lucía--. Don
Ignacio tenía razón en decir que... que no hay felicidad, vamos. ¡Si uno
supiese lo que le aguarda en el otro mundo! ¡Dónde andará ahora el alma
de ese cuerpo que está ahí! ¡Y de qué servirá morirse, si al fin no deja
uno de existir y de acordarse de todo cuanto le pasa!
Ello es, que estas locas imaginaciones, ayudadas de los desvelos de
enfermera, y acaso de alguna otra causa, marchitaban la tez de Lucía y
alteraban su antes regocijado y apacible genio. Miranda, que privado de
toda sociedad ya frecuentaba la de su mujer, notó el sello de melancolía
impreso en sus facciones, y renacieron en él pensamientos nunca del todo
extintos desde el malhadado percance del ferrocarril, jamás había de
arrancársele por completo aquella espina, que dolorosamente le punzaba
en lo más sensible del amor propio, el cual era a su vez lo más vivo de
sus afectos. A tener Miranda alma mejor templada, ganaría con el amor el
corazón abierto y generoso de la niña leonesa; pero no parece sino que
le inspiraba el diablo para hacer todo lo más inoportuno. Dio en hablar
ásperamente a Lucía y en mostrarle cierto desdén, como si reconociese su
condición inferior. Recordole con embozadas alusiones su esfera social.
Espió sus menores actos, le echó en cara el tiempo invertido en cuidar a
la hermana de Perico, y, en suma, adoptó el sistema de contrariedad y
violencia, de seguros resultados con las mujeres fáciles y depravadas, a
quienes subyuga y enamora. A Lucía la puso a dos dedos de la
desesperación.
Pocos días antes del fijado para la vuelta de Perico, recibió Pilar una
carta suya, que entregó a Lucía, a fin de que se la leyese. Anunciaba su
llegada próxima, refiriendo a la vez algunos pormenores de su elegante
vida en el castillo de Ceyssat, y entre varias noticias daba la de la
muerte de la madre de Ignacio Artegui, que _Anatole_ le había contado,
creyendo que le interesaría por tratarse de un compatriota. Añadía que
su hijo la había llevado a enterrar a Bretaña, al mismo castillote de
Hotidan, en que, trascurriera su niñez. Miranda estaba delante cuando se
leyó, este párrafo, y hubo de notar la ojeada rápida que se cruzó entre
Pilar y Lucía, y la palidez repentina de su mujer. Salió Lucía aquella
tarde, y se fue a San Luis, donde pasaría como media hora. Volvió al
_chalet_, y entró en su dormitorio, donde tenía recado de escribir;
escribió una carta, y guardándosela en el pecho bajó las escaleras a
brincos, y tomó a buen paso hacia la calle principal. Anochecía;
encendíanse los primeros faroles, y se esparcían por el arroyo los
pilluelos, niños de coro de la civilización, voceando los periódicos
recién llegados de Paris. Lucía fue derecha al rojo reverbero del
estanco, y acercándose a la caja de madera que hacía de buzón, echó en
ella la epístola. Al punto mismo, sintió, como una tenaza que le oprimía
el brazo y se volvió. Miranda estaba allí.
--¿Qué es esto?--murmuró él con voz sorda--. Sola... aquí.... ¿qué
haces?
--Nada...--pronunció ella balbuciente.
--¿Nada? ¿pues no acabas de echar una carta en el buzón?
--Sí, una carta--contestó ella.
--¿Por qué mentías?--exclamó el marido con iracundo acento, temblándole
la barba y los celosos labios.
--No sé lo que dije cuando me lastimaste en el brazo--replicó Lucía
recobrando su entereza--; lo cierto es que eché una carta ahora mismo.
--¿Y por qué no me la diste a mí? ¿Por qué te vienes tú... sola?
--Quise echarla yo misma.
Alguna gente que pasaba volvía la cabeza, para oír el diálogo en
irritada voz y extranjero idioma.
--Estamos dando espectáculo--dijo Miranda--. Vente.
Internáronse por callejuelas excusadas, y guardaron silencio elocuente
por espacio de algunos minutos.
--¿Para quién era esa carta?--interrogó al cabo el marido en voz breve.
--Para Don Ignacio Artegui--contestó Lucía en tono reposado y firme.
--¡Ya lo sabía yo!--dijo entre dientes y mascando una imprecación
Miranda.
--Su madre se ha muerto.... Bien lo has oído hoy.
--Es altamente indecoroso, altamente ridículo--pronunció Miranda, cuya
voz crepitaba como los sarmientos al arder--, que una señora escriba
así, sin más ni más, a un hombre....
--Al señor de Artegui le debo obligaciones y favores--dijo Lucía--que me
obligaban a interesarme en sus penas.
--Esas obligaciones, caso de haberlas, me toca reconocerlas a mí. Yo le
hubiese escrito....
--Tu carta--objetó con sencillez Lucía--no le hubiera servido de
consuelo, la mía sí; y como no era cuestión de hacer cumplidos, sino
de....
--¡Cállate--gritó Miranda desatentado--; cállate y no digas
necedades!--prosiguió con esa grosería conyugal de que no se eximen ni
los hombres de buen tono--. Antes de casarte, debieras haber aprendido a
conducirte en el mundo, para no ponerme en evidencia y no hacer
ridiculeces de mal género; pero no sé de qué me quejo; no debí esperar
otra cosa, al casarme con la hija de un tendero de aceite y vinagre.
Miranda caminaba a paso desaforado, arrastrando mejor que conduciendo
del brazo a su mujer; y casi estaban ya a la puerta del _chalet_. A la
afrentosa invectiva, Lucía, descolorida y echando fuego por los ojos, se
soltó violentamente, y quedó parada en mitad del camino.
--Mi padre--exclamó en voz alta, y con más de doscientos sollozos
atravesados en la laringe--es honrado, y me enseñó a que también lo
fuese.
--Pues no se conoce--repuso Miranda con risa irónica y amarga--. Por las
trazas te enseñó a falsificar la honradez como él habrá falsificado
comestibles.
A este postrer metrallazo, Lucía dio a correr, cruzó la verja, subió la
escalera no menos de prisa que la había bajado, y se encerró en su
cuarto, soltando la rienda al dolor. De lo que pensó en aquella larga
noche, que pasó tendida en un sofá, dará idea la siguiente carta, no
destinada seguramente por su autora a la publicidad, ni menos al aplauso
de las generaciones venideras:
«Querido Padre Urtazu: Las rabietillas que usted me anunció van
empezando a venir, y más pronto y más a montones de lo que yo creía. Lo
peor del caso es que, ahora que lo reflexiono bien, me parece que alguna
culpa tengo. No se ría usted de mí, por Dios, porque yo me estoy
sorbiendo las lágrimas al mojar la pluma, y hasta ese borrón, que usted
dispensará, es porque se me cayó una sobre el papel. Voy a contárselo a
usted todo, como si estuviera en esa a sus pies en el confesonario. Se
ha muerto la madre del Sr. de Artegui. Ya sabe usted por mis cartas
anteriores que esto es una desgracia terrible, porque tal vez traiga
consigo otras... ni imaginarlas quiero, padre. En fin, yo pensé que el
Sr. de Artegui estaría muy triste, muy triste, y que acaso nadie se
acordase de decirle cosas cariñosas, y, sobre todo, de hablarle de Dios
nuestro Señor, en quien él no puede menos de creer, ¿verdad, padre? pero
de quien se olvidará quizás en estos momentos tan crueles.... Llevada de
estas consideraciones le escribí una carta, consolándole allá a mi
modo.... ¡si viera usted! me parece que se me ocurrieron cosas muy
buenas y eficaces... le hablé de que Dios nos manda las penas para
convertirnos a él; de que son visitas que nos hace; en resumen, todo lo
que usted me ha enseñado... además le decía que bien podía creer que no
era el único en sentir a aquella pobre señora, aquella santa; que yo la
lloraba con él, aunque sabía que estaba gozando ahora de la gloria... y
que la envidiaba.... ¡ay, eso si que es verdad, Padre! ¡quién como ella!
morirse, ir al cielo.... ¡Cuándo lograré yo tal ventura!
Pues volviendo a mi relato, fui a echar la carta al correo, y Miranda me
siguió y me cogió del brazo y me llenó de denuestos, injuriándome mucho,
y lo que sentí más, insultando a mi padre. ¡Pobre padre de mi alma! ¡qué
culpa tiene él de lo que haga yo! Que no sepa nada, Padre Urtazu, por
amor de Dios. Yo me indigné de tal modo, que contesté con altivez, y me
encerré en mi cuarto. Estoy como aquel a quien se le ha caído una casa
encima.
Mi salud se resiente de todas estas cosas: dígale usted al Sr. Vélez de
Rada que cuando me vea, ya no le voy a gustar... ahora mismo se me va la
cabeza, y noto unos desvanecimientos muy fuertes. Adiós, Padre;
aconséjeme usted, porque no sé lo que me pasa. A veces pienso que obré
mal, y otras me creo libre de toda culpa. ¿Es pecado la misericordia?
Cuando miro dentro de mí, misericordia y nada más encuentro.
Perdone la letra, que me tiembla mucho el pulso. Conteste pronto por
caridad, que nos vamos luego y antes quisiera tener carta de usted. Besa
su mano su hija respetuosa en Jesucristo.--LUCÍA GONZÁLEZ.»
Para los que, conociendo el estilo verbal del Padre Urtazu, sientan
deseos de enterarse del epistolar que usaba tan claro varón, será cosa
de gusto la esquela que a continuación se inserta:
«Lucigüela de mis pecados: ay, hija, ¡y qué bien pintamos las cosas para
dejar a nuestra personita en el lugar más lucido! Misericordia, ¿eh? ¡yo
te daré la misericordia! Has hecho mal, remal, en escribir esa cartita a
hurtadillas de tu cónyuge, y no me sorprende que él se haya puesto hecho
un dragón. Debiste pedirle permiso; y si te lo negaba ¡paciencia! ¿No te
he dicho, mujer, que para ser buena casada, y hacer el viaje en paz,
metieses en las maletas un par de arrobas de paciencia? Se nos olvidó, y
mire las resultas.... Anda, desgraciada, cómprate ahí la paciencia y
usala a pasto, que te irá bien. Tu marido no debió insultar al bonazo de
tu padre (aunque algo se lo merece, yo me sé por qué); pero repara que
estaba airado, y cuando uno se enfada... yo que tengo el genio vivo, me
considero. Lo dicho: paciencia, y más paciencia; y nada de esquelitas de
tapadijo. ¿Quién la mete a ella a predicadora? Y no afligirse: Dios
aprieta, pero no va a ahogar, que no es ningún verdugo; y puede que
cuando menos pienses, te mande consuelos, así, de regalo, y no por tus
méritos. Y adiós, que va a salir el correo, y además tengo los pulmones
de una rana en el porta-objetos del microscopio, y voy a ver qué casta
de respiración gastan las señoras ranas. Acuérdate de rezar un poquito,
¿eh? y bajaremos los humos. La bendición de Dios y de San Ignacio sean
contigo, chiquilla.--ALONSO URTAZU, S. J.»
Cuando llegó esta amonestación, ya Lucía había hecho por instinto lo que
el Padre Urtazu le aconsejaba. Humilde y mansa como una cordera, sus
miradas pedían a cada paso perdón. Miranda apartaba de ella los ojos,
tratándola con desdén glacial. Lucía, exhausta con tantos esfuerzos, y
con el esmero incesante a Pilar consagrado, mudaba las rosas de las
mejillas en azucenas, y adelgazaba notablemente, a pesar de comer con
buen apetito. Una mañana, Duhamel la llamó aparte, y la dijo en su
chapurrado característico:
--Cuidarse, _menina.... Conservar-se. Vae cair doente_... menos
vigilias, menos fatigas, un _somno_ regularizado.... Esta asistencia
_altera-lhe a sande_.
--¿Cree usted que se me pegará el mal de Pilar?--preguntó Lucía con tan
sereno acento, que Duhamel se la quedó mirando.
--No, no es eso.... El médico bajó la voz más aun, engolfándose con ella
en larga y misteriosa plática.
Aquella noche contestó Lucía al Padre Urtazu en estos términos:
«Padre querido: ¡bendita sea su boca! no parece sino que tiene usted don
de profecía, según acertó al pronosticarme consuelo. Estoy loca de
alegría, y no sé lo que escribo casi. Sepa usted que me hallo en cinta,
según dice el señor Duhamel, que es un sabio, y no puede equivocarse en
esto. Lo que yo tomé por enfermedades, eran las molestias del estado...
Sí; ahora lo comprendo muy bien; ¡pero qué tonta soy! ¿Cómo no lo conocí
antes? Parece que una cosa tan grande, debía adivinarla sin que nadie me
lo advirtiese. ¡Un hijo! ¡Pero qué gusto, Padre Urtazu! Desde mañana
empezaré con la canastilla, no vaya el angelito a nacer como Jesús, sin
paños en qué envolverse.... Estoy poniendo tonterías, y lloriqueo, pero
no como el otro día... hoy es de placer.
Mañana o pasado emprenderemos el viaje; Miranda y yo vamos unos días a
París antes de volver a León (rabiando estoy por verme ahí y contarle a
padre la noticia: no se lo diga usted, que quiero sorprenderle yo), y la
pobre Pilar y su hermano, a España, si es que se lo consiente el mal, y
no tiene que pararse en algún pueblo del camino, y morirse allí quizá.
Porque a mí no me engaña su mejoría; está señalada por la muerte. Lo que
siento es tener que dejarla acaso quince o veinte días antes de.... En
fin, estoy tan alegre, que no quisiera pensar en eso. Aplique usted una
misa por mi intención.»
-XIII-
No fue posible a los Gonzalvo proseguir a España, porque ya hacia la
mitad de la ruta se sintió Pilar presa de tales congojas y sudores, con
tales desvanecimientos, arcadas y soponcios, que allí creyeron todos
llegado el punto de su muerte; y aún tomaron por feliz suceso el que
pudiesen llegar a París, siguiendo el consejo del doctor Duhamel, que
les dejó entrever la esperanza de que acaso algunos días de descanso
repusiesen las fuerzas de la enferma, consintiéndole emprender la vuelta
a su patria. Avinagró el gesto Miranda, que ya se creía libre de la
moribunda, a quien si no cuidaba, le enfadaba ver cuidar; ensanchósele
el corazón a Lucía, mal hallada con la idea de abandonar a su amiga en
la antesala, como quien dice, del sepulcro; y Perico se dispuso a
conocer París, seguro como estaba de que no faltarían a su hermana
cuidados. Por lo que toca a Pilar misma, poseída del extraño optimismo
característico de su padecimiento, mostró gran regocijo por visitar la
metrópoli del lujo y elegancia, pensando en hacer allí sus comprillas de
invierno, por no ser menos que las currutacas Amézagas.
Llegaron a la gran capital de la república francesa en una mañana
nebulosa y turbia, y los asaltaron en la estación innumerables
comisionados de las fondas, señalando cada cual al respectivo ómnibus, y
pugnando por llevarse consigo a la gente. Encarose uno de estos tales
con Miranda y mostrando el rostro atezado, que cruzaba un mediano
chirlo, dijo en buen castellano:
--Fonda de la Alavesa, señores.... Se habla español... criados españoles
también... se da cocido... calle de Saint Honoré, el sitio más
céntrico....
--Convendrá ir allí...--dijo Duhamel tocando a Miranda en el brazo--. En
esa casa _espanhoa_ atenderán más a _la doente_....
--Vamos, pues--contestó Miranda resignadamente, entregando el talón de
su equipaje al comisionado--. Escucha--prosiguió dirigiéndose a
Perico--, tú y yo nos iremos con el equipaje en el ómnibus de la casa;
pero a Lucía y Pilar las vamos a despachar ya en uno de esos simones....
Tienen mejor movimiento.
Trasportaron a Pilar casi en brazos, del departamento a la berlina, y el
cochero azotó al destartalado jamelgo. El comisionado se instaló en el
pescante, no sin muchos encargos y explicaciones hechos antes al
postillón del ómnibus. Cuando después de rodar por anchas y magníficas
calles se detuvo el simón frente a la fonda de la Alavesa, saltó Lucía
al suelo ligera como una perdiz, diciendo al comisionado:
--Suplico a usted que me ayude a bajar a esta señorita, que viene
enferma....
Pero fijándose de pronto en la cara de aquel hombre, exclamó dando una
gran voz:
--¡Sardiola!
--¡Señorita!--contestó el vasco con no menor alegría, cordialidad y
sorpresa--. ¡Yo que no la había conocido a usted! ¡necio de mí! Ya se
ve, son tantos los viajeros que uno lleva y trae y espera y despide en
esa bendita estación.... ¡Jesús!
Y después de considerar a Lucía algunos instantes más, añadió:
--No, ello es que también se ha desfigurado usted mucho.... Si no parece
usted la misma que cuando la acompañaba el señorito Ignacio....
A este nombre, que ninguna voz humana había hecho resonar en sus oídos
por tanto tiempo, Lucía se encendió y se puso como una guinda; y bajando
los ojos, murmuró:
--Subamos a nuestras habitaciones.... Pilar, vente. Echame así, un brazo
al cuello... otro a Sardiola... apóyate sin miedo, anda.... ¿Quieres que
te llevemos a la silla de la reina?
Y el vasco y la valerosa amiga cruzaron las manos y alzaron blandamente
en el improvisado trono a la enferma, que se dejó ir como un cuerpo
inerte, recostando la cabeza en el cuello de Lucía y humedeciéndoselo
con el viscoso sudor de la calentura. Subieron así las escaleras hasta
el entresuelo, donde introdujo Sardiola a ambas mujeres en una ancha y
desahogada habitación en que no faltaba su marmórea chimenea, sus
monumentales camas colgadas, su alfombra de moqueta algo desflorada y
raída a trechos, sus lavabos y sus perchas clásicas. Caía la pieza a un
jardinete, en cuyo centro ligero kiosco de madera y cristales servía de
sala de baño. Depositaron a Pilar en una butaca y Sardiola se quedó en
pie esperando órdenes. Su mirada, negra y reluciente como la de un
cachorro de Terranova, se clavaba en Lucía con sumisión y afecto
verdaderamente caninos. Ella, por su parte, se mordía los labios para
retener las preguntas que impacientes asomaban a ellos. Sardiola
adivinó, con su instinto fiel de animal doméstico, y prevínole el deseo.
--Cuando las señoritas necesiten algo...--dijo tímidamente, como el que
no se atreve a hacer un favor--, llámenme siempre--, siempre.... Si
estoy en la estación, llamen por Juanilla... es la camarera de este
tramo, una muchacha lista como una pimienta.... Pero siempre que yo
pueda servir de algo... vamos, que me alegraría mucho; basta haber visto
a la señorita con el señorito Ignacio....
Y como Lucía callase, interrogando sólo con el mudo y ardiente lenguaje
de los ojos, prosiguió el vasco.
--Porque.... ¿no sabe la señorita? ¡Pues si fue el señorito Ignacio
quien me colocó aquí! Como la Alavesa se trajo a Juanilla, que es prima
hermana mía... y a mí me daba, vamos, tanta tristeza de ver corretear
las columnas _guiris_ por aquellos picachos adonde solo subíamos, con la
ayuda de Dios, los mozos del país y las fieras de los montes... y en
fin, que me moría de pena en aquella estación... le escribí una carta al
señorito... aún vivía su madre, ¡en gloria la tenga Dios! y me recomendó
a la Alavesa... y aquí me tiene usted, tan campante....
Las pupilas de Lucía preguntaban más apremiantes cada vez. Sardiola
siguió:
--Pues, lo que más gusto me daba, era vivir tan cerca del señorito....
--¿Tan cerca?--preguntáronle, sin voz, los ojos brillantes.
--Tan cerca--contestó él complaciente--, tan cerquita, que, ¡si es un
regalo! que atravesando ese jardín, se entra en su casa....
Lucía corrió al balcón, y pálida esta vez como la cera, se quedó allí
mirando con ojos extraviados el edificio que enfrente de sí tenía.
Sardiola la siguió, y hasta la enferma volvió la cabeza con curiosidad.