Pasaba este diálogo entre el doctor y Lucía, a distancia suficiente del

lecho de la enferma, a fin de que no oyese palabra. Lucía se enteró muy

al por menor de cuanto concernía a la asistencia, de las horas del

alimento, de las precauciones que adoptar importaba. Después de aplicar

a Pilar los medicamentos que el doctor dispuso, arregló el cuarto

andando en la punta de los pies, puso cada cosa en su sitio, entornó las

celosías y se instaló al lado de la cama, en una silleta baja de hacer

labor. Pilar estaba muy agitada, y ardía de sed; a cada paso Lucía le

llegaba a los labios el pistero de agua de goma, previamente templada en

una estufilla. Por la tarde vino Duhamel, y se cercioró de que los

revulsivos habían logrado aclarar un poco la voz de la enferma y

facilitar su respiración congojosa. No obstante, la calentura era alta,

el sudor se había suprimido. Ocho días duró la congestión pulmonar, y

cuando Duhamel ordenó a Pilar levantarse, porque la cama acrecentaba el

recargo y agotaba sus fuerzas, era aquella criatura un espectro; a los

caracteres asaz tristes de la anemia, se unían ahora otros más

alarmantes. Al vestirse, sus miembros no sostenían la ropa, que se

escapaba del cuerpo como de un maniquí mal relleno. Ella misma se

asustó, y en uno de los momentos lúcidos que suelen tener los atacados

del terrible mal que ya la oprimía entre sus garras, pidió el espejillo

famoso, y Lucía, por no contrariarla, se lo presentó de mala gana. Al

fijar sus ojos en él, Pilar recordaba cómo se había visto la noche del

baile, con sus claveles, su pelo artísticamente rizado, y la sonrisa de

placer que le iluminaba el rostro. Fue tal el contraste entre lo pasado

y lo presente, entre la cara de ocho días atrás y la de hoy, que Pilar,

con rápido movimiento, arrojó al suelo el espejillo. Quebrose la clara

luna, y las cinceladuras finísimas del marco se abollaron al golpe.

Poco tardó, no obstante, en volver a apoderarse de ella la pertinaz

ilusión que dulcemente lleva de la mano a los tísicos, vendados los

ojos, hasta la puertas de la muerte. Eran tan patentes los síntomas del

mal, que al verlos en otra cualquiera le hubiese extendido la papeleta

mortuoria; y con todo eso, Pilar, animada y llena de planes, se creía

sujeta únicamente a un resfriado tenaz que había de curarse poco a poco.

Tenía tosecilla blanda y continua, expectoración pegajosa, sudores que

la menor elevación de temperatura determinaba, y las perversiones del

apetito se habían convertido en desgano horrible. Inútilmente la

conserje del _chalet_ lucía sus primores culinarios, ideando mil

golosinas delicadas. Pilar lo miraba todo con igual repugnancia,

especialmente los platos nutritivos. Comenzó entonces para las dos

amigas una existencia valetudinaria. Lucía no se apartaba de Pilar,

sacándola al balcón a respirar el fresco si hacia bueno, acompañándola

si no en su cuarto, procurando entretenerla y hacerle menos tediosas las

horas. Sentía ya la enferma esa impaciencia, ese deseo de mudar de aires

y sitios que acosa generalmente a cuantos padecen su mal. Vichy se le

hacía insoportable, y más desde que vio que la estación terminaba, que

se vaciaba el Casino, que se marchaba la compañía de ópera y que

emigraban las brillantes golondrinas de la moda. Las Amézagas vinieron a

despedirse de ella y a darle el último mal rato de la temporada; a

seguir a Lucía su inclinación, las recibiría en el saloncito bajo,

disculpando a Pilar; pero ésta se empeñó en que subiesen a su aposento,

y preciso fue ceder. Estaban las cubanitas triunfantes y radiantes

porque se iban a París a hacer sus compras de invierno, y de allí a

lucirlas en los primeros saraos madrileños y en el Retiro, y hablaban

con el ceceo y melindre de los días de victoria.

--Sí, chica.... ¿Quién resiste ya aquí? Esto se ha quedado de lo más

tonto.... ¡Vaya! Ni alma viviente.... Sí, la krauss se fue; la

contrataron en París.... Un éxito la última noche de _Mignon..._ Hay

hoteles que ya se han cerrado.... Como comprenderás, la soga tras el

caldero... pues, en marchándose la sueca, ¿iba él a quedarse? Hasta

Estocolmo irá.... ¡No que no! ¿Pero no lo sabías? El día de la marcha le

llenó el coche de ramos... todo un vagón-salón cubierto de gardenias y

camelias.... ¿qué te parece? Ya representa algunos franquillos, ya....

Luisa Natal.... ¿adónde sino a Madrid?... ¡Ah! La condesa hace el viaje

deteniéndose en Lourdes... una semana lo menos piensa pasar allí.... Sí,

Cañahejas va a un castillo de unos parientes de _Monsieur_ _Anatole_,

donde cazarán hasta Noviembre.... ¿Jiménez? No sé, chica... Ése siempre

anda en misterios y tapujos.... Dicen que si la Laurent, la soprano de

la compañía.... Aquella bizca.... No creo ni esto.... Es un jactancioso,

alabadizo sempiterno.

--Y tú, ¿te quedas, eh?--añadía Amalia uniendo su ceceo al de Lola--.

¿Hasta cuándo, chica...? Pero te vas a secar.... ¡Esto es ahora un

monasterio! Si eso no vale nada.... ¿qué importa un catarro?...

Animarse.... Este año tendrá comedias la Puenteancha... la Monteros me

lo dijo.... Los Torreplana de Arganzón indicaron ya que recibirían los

jueves.... Tendremos en el Real a la Patti y a Gayarre; ¡figúrate! Hemos

escrito que nos abone, por si no llegamos a tiempo....

--Yo voy a que Worth me haga dos o tres trajecitos... sencillos, porque

no siendo señora casada.... Uno de patinar.... ¡me muero por el

_Skating_!... En la Casa de Campo el año pasado.... ¿te acuerdas,

Amalia? Aquel día....

--¿Que dijo el rey que te habías lucido?... Sí, pues me acuerdo....

¡vaya!

Y la voz de ambas hermanas se fundió en un concierto de risitas de

placer y orgullo; ambas volvían a ver el estanque helado, los árboles

cubiertos de encajes de escarcha, la brumosa mañana, y la figura juvenil

del rey, con su rostro pálido de frío, su cuerpo esbelto, sus modales

sueltos y elegantes, y su sonrisa entre picaresca y cortés, al

inclinarse para felicitar a la ágil patinadora.

Dejó la visita a Pilar más impaciente, más calenturienta, más excitada

que nunca. Pilar se consumía; a toda costa quería salir de Vichy, volar,

romper el opaco capullo de la enfermedad y presentarse de nuevo,

brillante mariposa, en los círculos mundanos. Creía de buena fe poder

hacerlo y contaba con sus fuerzas. No menos que ella se impacientaban

otras dos personas: Miranda y Perico. Perico, hecho a vivir en perenne

divorcio consigo mismo, no podía sufrir la soledad que le obligaba a

reunirse a sí propio; y por lo que toca a Miranda, terminada su

temporada de aguas, notablemente restablecida su salud, parecíale que ya

era hora de acogerse a cuarteles de invierno y de gozar en paz los

frutos de la medicación. Aburríale en extremo ver que su mujer, por

altos decretos señalada para cuidarle a él, se sustrajese en tal manera

a su providencial misión, consagrando días y noches a una extraña,

atacada de un mal penoso a la vista y quizá contagioso. Así es que

insinuó a Lucía que era preciso partir y, dejarse allí a los Gonzalvos

entregados a su triste suerte; como se deja en un naufragio a los que no

caben en las lanchas. Pero contra todo lo que esperaba, halló en Lucía

protesta calurosa y enérgica resistencia. Indemnizábase confesado aquel

noble sentimiento, de todo lo que callaba hasta a sí misma.

--¡Sería preciso no tener corazón... no tener corazón! ¡Pobrecita Pilar

de mi vida, bien quedaría, por cierto, con su hermano, que ni colocarle

una almohada sabe! ¡Qué sería de ella! Pensarlo sólo me espanta....

--Llamará a una hermana de la caridad... no será la primera--refunfuñó

Miranda duramente.

--¡Qué pena... pobre criatura!... Eso es más cruel aún que dejarla

morirse sola, como un perro.

--Pues lo que es ella, maldito si se hubiera quedado por ti, ni por mí,

ni por el lucero del alba. Y nosotros, ¿qué obligación tenemos de

asistirla? No parece sino que....

--¿No dices que eres amigo de Gonzalvo?--pronunció Lucía clavando los

ojos en su marido.

--Amistad, así... de sociedad; ¿qué sabes tú de esas cosas? Amistad,

como hay muchas.

--Pues entonces, ¿por qué vivimos juntos con los Gonzalvo? Yo no los

conocía; pero ahora le tomé cariño a ella, y eso de irme, dejándola tan

mala....

--¡Por vida de!... ¿no tiene papá, tía, hermano? ¡que vengan con mil

diablos a cuidarla! A nosotros ¿qué nos va en eso? Si tienes vocación de

Hermana de la Caridad, dijéraslo y no te casaras, hija... tu obligación

es atender a tu marido y a tu casa, nada más....

--En fin--dijo Lucía alzando el semblante donde las líneas redondeadas y

fugaces de la adolescencia comenzaban a trocarse en trazos más firmes--,

yo marcharé si tú me lo ordenas; pero convencida de que es una mala

acción abandonar así a una amiga, cuando se está muriendo.

Salió del cuarto. En su mente germinaba un concepto singular de la

autoridad conyugal: parecíale que su marido tenía derecho perfecto,

incontestable, evidente, a vedarte todo género de goces y alegrías, pero

que en el sufrimiento era libre y que prohibirle el padecer, el velar y

el consagrarse a la enferma, era duro despotismo. De estas ideas

peregrinas tienen muchas los desdichados que llegan a refugiarse en el

dolor y a proclamarle lugar de asilo. Arreglose, sin embargo, la

cuestión mejor de lo que Lucía pensaba, porque aconteció que aquella

misma tarde tomó cartas en ella Perico, resolviéndola con su clásico

desenfado.

--Adiós, chicos--dijo entrando en el cuarto de Miranda vestido de viaje,

con polainas de paño, un casquete de fieltro y terciada al hombro una

escopeta de caza de dos cañones.

Y como Miranda lo contemplase con tamaña boca abierta.

--Me he resuelto--explicó--. Vichy está demasiado tonto; y _Anatole_ se

empeña....

--¿Te vas a Auvernia?

--Al castillo de Ceyssat, de Ceyssat.... Parece que hay liebres y corzos

a puñados, a puñados... y en el castillo se pasa bien; hay mucha gente;

diez y ocho huéspedes.

Miranda reunió cuanta energía supo en voz y actitud y dijo al animoso

cazador:

--Pero mira que Lucía y yo habíamos decidido emprender la vuelta para

España... dentro de dos o tres días, a lo sumo... y como Pilar está así,

delicada... tu presencia es necesaria aquí.

--Anda a paseo ¡a paseo!--exclamó Perico, fiel a su sistema de franqueza

y desahogo--. ¿No te podrás aguardar una quincena por darme gusto? ¿Qué

vas hacer tú en España? Meterte en León, y vegetar, vegetar. Aquí estás

en la luna, en la luna de miel.... Nada, nada; os dejo a mi hermanita,

ya sé que estará bien cuidada, bien cuidada. Abur, que es la hora del

tren. Te traeré una cabeza de corzo para porta-bastón....

--Pero, oye; mira que....

Perico estaba ya en el portal. Miranda le llamó por la ventana; pero él

se volvió risueño, le dijo adiós con la mano y echó a correr hacia la

estación. Y he aquí cómo de dos egoísmos venció el más osado, ya que no

el más fuerte y grande.

Dado estaba Miranda a todos diablos, cuando Duhamel vino a consolarle un

poco, asegurándole que la enferma experimentaba de algunos días acá unos

asomos de mejoría, y que debía aprovecharlos regresando a España, en

busca de clima benigno; añadiendo, en su chapurrado franco-portugués,

que puesto que él pensaba, como casi todos los médicos de consulta en

Vichy, salir pronto para París, podrían combinar el viaje juntos, y así

vería cómo probaba el movimiento del tren a la enferma, y resolver si

necesitaba descanso, o si resistiría volver a España de una vez. Pareció

acertadísimo a todos el consejo del médico, y Lucía escribió, bajo el

dictado de Pilar, una carta a Perico, encargándole estuviese de vuelta

dentro de quince días justos, término fijado por Duhamel para cerrar su

temporada de consulta en Vichy. El nuevo arreglo templó un tanto el

malhumor de Miranda, consoló a Lucía y regocijó a la enferma, que sobre

todas las cosas soñaba con la vuelta a Madrid.

Era cierto: la misma constitución endeble de Pilar, ofreciendo menos

campo al mal, retrasaba la crisis funesta de su padecimiento; y así como

el huracán, que desgaja encinas, sólo encorva las cañas, la tisis

entraba con ímpetu menor en aquel cuerpo linfático, que lo hiciera en

uno sanguíneo y pujante. La oquedad de un pulmón estaba infestada de

tubérculos, y tenía ya esas brechas terribles que los facultativos

denominan cavernas; pero el otro resistía aún, si bien en esto de

pulmones acontece lo que con las manzanas: minutos bastan para perder a

la sana, si está al lado de una podrida. De todas suertes, el momentáneo

alivio de Pilar era tan patente, que le consentía dar todas las mañanas

algunos cientos de pasos por la calle, cogida del brazo de Lucía; y el

alimento no le repugnaba invenciblemente como antes.

-XII-

A la verdad, infundía tristeza en aquellos días de fin de Octubre, el

aspecto de Vichy. No eran sino hojas caídas: el Parque, tan animado

siempre, se veía solitario; sólo algunos agüistas tardíos, enfermos de

veras, paseaban la acera de asfalto, henchida ayer del roce de ricos

trajes y del rumor de alegres conversaciones. Nadie se cuidaba ya de

recoger y barrer el amarillo tapiz del follaje, porque Vichy, tan

peripuesto y adornado en la estación de aguas, se torna desastrado y

desaliñado no bien le vuelven la espalda sus elegantes huéspedes de

estío. Toda la villa semejaba una inmensa mudanza: de los _chalets_,

desalquilados ya, desaparecían los adornos y balconadas, para evitar que

los pudriesen las lluvias; en las calles se amontonaban la cal, el

ladrillo para las obras de albañilería, que nadie osaba emprender en

verano por no ensuciar las pulcras avenidas. Las tiendas de objetos de

lujo iban cerrándose unas tras otras, y dueños y surtido tomaban el

rumbo de Niza, Cannes o cualquiera estación invernal semejante. Algunas

quedaban rezagadas todavía, y sus escaparates servían de entretenimiento

a Lucía y Pilar, cuando esta última salía a sus despaciosos paseos.

Entre ellas se señalaba un almacén de curiosidades, antigüedades y

objetos de arte, situado casi frente a la famosa Ninfa, y, por

consiguiente, a espaldas del Casino. Angosta en extremo la tienda,

apenas podía encerrar el maremágnum de objetos apiñados en ella, que se

desbordaban, hasta invadir la acera. Daba gusto revolver por aquellos

rincones escudriñar aquí y acullá, hacer a cada instante descubrimientos

nuevos y peregrinos. Los dueños del baratillo, ociosos casi todo el día,

se prestaban a ello de buen grado. Erase una pareja; él, bohemio del

Rastro, ojos soñolientos, raído levitín, corbata rota, semejante a una

curiosidad más, a algún mueble usado y desvencijado; ella, rubia, flaca,

ondulante, ágil como una zapaquilda de desván, al deslizarse entre los

objetos preciosos amontonados hasta el techo. Miraban Lucía y Pilar muy

entretenidas la heteróclita mescolanza. En el centro de la tienda se

pavoneaba un soberbio velador de porcelana de Sévres y bronce dorado. El

medallón principal ofrecía esmaltada, sobre un fondo de ese azul

especial de la _pasta tierna_, la cara ancha, bonachona y tristota de

Luis XVI; en torno, un círculo de medallones más chicos, presentaba las

gentiles cabezas de las damas de la corte del rey guillotinado; unas

empolvado el pelo, con grandes cestos de flores rematando el edificio

colosal del peinado, otras con negras capuchas de encaje anudadas bajo

la barbilla; todas impúdicamente descotadas, todas risueñas y

compuestas, con fresquísima tez y labios de carmín. Si Lucía y Pilar

estuviesen fuertes en Historia, ¡a cuánta meditación convidaba la vista

de tanto ebúrneo cuello, ornado de collares de diamantes o de estrechas

cintas de terciopelo, y probablemente segado más tarde por la cuchilla;

ni más ni menos, que el pescuezo del rey que presidía melancólicamente

aquella corte! La cerámica era el primor de la colección. Había cantidad

de muñequitos de Sajonia, de colores suaves, puros y delicados, como las

nubes que el alba pinta; rosados cupidillos, atravesando entre haces de

flores azul celeste; pastoras blancas como la leche y rubias como unas

candelas, apacentando corderillos atados con lazos carmesíes; zagales y

zagalas que amorosamente se requestaban entre sotillos verdegay,

sembrados de rosas; violinistas que empuñaban el arco remilgadamente,

adelantando la pierna derecha para danzar un paso de minueto;

ramilleteras que sonreían como papanatas, señalando hacia el canasto de

flores que llevaban en el brazo izquierdo. Próximos a estos caprichos

galantes y afeminados, los raros productos del arte asiático proyectaban

sus siluetas extrañas y deformes, semejantes a ídolos de un bárbaro

culto; por los panzudos tibores, cubiertos de una vegetación de hojas

amarillas y flores moradas o color de fuego, cruzaban bandadas de

pajarracos estrafalarios, o serpenteaban monstruosos reptiles; del fondo

obscuro de los vasos tabicados surgían escenas fantásticas, ríos verdes

corriendo sobre un lecho de ocre, kioscos de laca purpúrea con

campanillas de oro, mandarines de hopalanda recta y charra, bigotes

lacios y péndulos, ojos oblicuos y cabeza de calabacín. Las mayólicas y

los platos de Palissy parecían trozos de un bajo fondo submarino,

jirones de algún hondo arrecife, o del lecho viscoso de un río; allí

entre las algas y fucus resbalaba la anguila reluciente y glutinosa, se

abría la valva acanalada de la almeja, coleteaba el besugo plateado,

enderezaba su cono de ágata el caracol, levantaba la rana sus ojos

fríos, y corría de lado el tenazudo cangrejo, parecido a negro arañón.

Había una fuente en que Galatea se recostaba sobre las olas, y sus

corceles azules como el mar sacaban los pies palmeados, mientras algunos

tritones soplaban, hinchados los carrillos, en la retuerta bocina. Amén

de las porcelanas, había piezas de argentería antigua y pesada, de esas

que se legan de padres a hijos en los honrados hogares de provincia:

monumentales salvillas, anchas bandejas, soperones rematados en macizas

alcachofas; había cofres de madera embutidos de nácar y marfil,

arquillas de hierro labradas como una filigrana, tanques de loza con aro

de metal, de formas patriarcales, que recordaban los bebedores de

cerveza que inmortalizó el arte flamenco. Pilar se embobaba

especialmente con las copas de ágata que servían de joyeros, con las

alhajas de distintas épocas, entre las cuales había desde el amuleto de

la dama romana hasta el collar, de pedrería contrahecha y finos

esmaltes, de la época de María Antonieta; pero Lucía se enamoró sobre

todo de los objetos de iglesia, que despertaban el sentimiento

religioso, tan hecho para conmover su alma sincera y vehemente. Dos

Apóstoles, alzado el dedo al cielo en grave actitud se destacaban,

fileteados de latón los contornos, sobre dos cristales de colores,

arrancados sin duda de la ojiva de algún desmantelado monasterio. En un

tríptico de rancio y acaramelado marfil, aparecía Eva, magra y desnuda,

ofreciendo a Adán la manzana funesta, y la Virgen, en los misterios de

su Anunciación y Ascensión; todo trabajado incorrectamente, con ese

candor divino del primitivo arte hierático, de los siglos de fe. A

despecho de la rudeza del diseño, gustaba a Lucía la figura de la

Virgen, la modestia de sus ojos bajos, la mística idealidad de su

actitud. Si poseyese una cantidad crecida de dinero, a buen seguro que

la daría por un Cristo que andaba confundido entre otras curiosidades,

en el baratillo. Era de marfil también, y todo de una pieza, menos los

brazos; y clavado en rica cruz de concha, agonizaba con dolorosa verdad,

encogidos músculos y nervios en una contracción suprema. Tres clavos de

diamante trucidaban sus manos y pies. Lucía le rezaba todos los días un

padrenuestro, y aun solía besar sus rodillas, cuando no la miraba nadie.

No le desagradaban los cuadros; tanto más, cuanto que los comprendía, a

diferencia de lo que pasaba con algunos objetos artísticos, que se le

antojaban asaz de feos y extravagantes. Claro está que aquel jaque

fiero, que espada en mano se arroja sobre su adversario, va a partirle

el corazón de una buena estocada. ¡Qué bien amanecía en aquel Daubigny!

¡Con qué naturalidad pastaban aquellos carneros de Jacque, tasados en

mil francos cada uno!--doce tenía el cuadro--. ¡Qué piececitos tan

blancos mojaba en el marmóreo tazón la sultana favorita, de Cala y Moya!

La cabeza de niña, estilo de Greuze, era una maravilla de gracia

inocente. Pues ¿y la riña en una posada flamenca? Era cosa de risa ver

cómo volaban los tiestos hechos añicos, y rodaban las cacerolas de

cobre, y los dos gañanes de Van Oustade, deformes y ridículos, repartían

mojicones, menudeaban puñadas y exageraban con lo grotesco de la actitud

su simiaca fealdad.

Pero más aún que el bazar de objetos de arte donde tantas formas y

colores, estilos e ideales artísticos la marcaban al fin y al cabo,

gustaba Lucía de un puesto ambulante al aire libre, de los muchos que

había cerca del Casino, situados al borde de la acera. Representaban los

tales puestecillos la industria chica y modesta; aquí un viejo alemán

pregonaba vasos de cristal para beber las aguas, y con una rueda de

esmerilar, a vista del comprador, grababa en el cristal las iniciales de

su nombre; allá un suizo ofrecía juguetes, muñecos, cajitas y plegaderas

grabados en leño de haya por los pastores; acá se feriaban lentes;

acullá peines y objetos de escritorio. El predilecto de Lucía era el de

un vendedor de piadosas chucherías de Jerusalén y Tierra Santa.

Calvarios de nácar con ingenuos relieves, cabos de pluma de raíz de

olivo, rematados en figura de cruz, cabezas de la Virgen entalladas

sobre una concha, broches y dijes de esmaltes con arabescos, tazas de

negra piedra del Asfaltites, pastillas de olor; a esto se reducía la

caja portátil. Vendíalo todo un israelita no mal parecido, ojinegro y

cetrino mucho, con su fez árabe encarnado sucio, y sus pantalones

bombachos; dulce, insinuante, levantino en todo, chapurreador de muchas

lenguas y buen hablador de la castellana, que manejaba con soltura,

incurriendo sólo en algún arcaísmo de vez en cuando. Con éste, pues, se

desquitaba Lucía, informándose de la santa aldea de Belén, de la divina

mansión de Nazaret, del monte Olivete, de todos los lugares sacrosantos,

que apenas creía ella pudiesen estar en la tierra, sino en algún

misterioso y remoto paraíso. Entre el vendedor y Lucía se estableció así

una intimidad de diez minutos todas las tardes, al aire libre, y más

cuando él la hubo dicho que era cristiano, católico, catequizado e

instruido por los franciscanos de Belén. Compró Lucía de cuanto pudo

hallar en el puesto, hasta un rosario de esas cuentas verdosas y turbias

como un agua amarga, que no sin gran verdad analógica se llaman lágrimas

de Job.

--¡No sé cómo te gusta ese rosario tan feo!--decía Pilar.

--¡Mira!--exclamaba Lucía--. ¡Si parecen lágrimas de veras!

Un viaje de novios · 第 12 / 16 段