con cierto ceceo y cierto parpadeo, que las mejoraba en tercio y quinto.
--¿Y ella, qué tal, se ablanda?--preguntó Pilar.
--¿Ella?--repuso Lola--. ¡Ah!, todas las noches, al recibir el ramo, le
contesta lo mismo, invariablemente: _Jrasiás, señor duque, trop amable._
Redoblaron las carcajadas. Hasta la condesa se sonreía, con el abanico
abierto delante por decoro.
--¡Chist!--pronunció Luisa Natal--. ¡Ahí viene!
--¡La sueca!--exclamó Pilar.
Todas volvieron el rostro, en extremo conmovidas. La puerta del salón de
Damas se abría solemnemente; un elegante y correcto anciano, con blancas
patillas y delicadamente afeitado el resto de la faz, se quedó en el
umbral en diplomática postura; una mujer alta y gallarda penetró en el
recinto; acrecentaba su clásica beldad el negro traje de tafetán, muy
ceñido y golpeado de azabache; sobre su frente de diosa, el sombrero de
tul con espigas de oro, parecía mitológica diadema; era su andar noble y
soberano, y sin cuidarse de saludar a nadie, se fue hacia el piano,
vacante a la sazón, y sentándose, comenzó a interpretar magistralmente
unas mazurcas de Chopín. La postura patentizaba lo brioso de su talle,
los largos y tornátiles brazos, las caderas, los omoplatos que, a cada
pulsación de la blanca mano, se dibujaban vigorosamente bajo el ajustado
corpiño.
--¿No es cierto--dijo por lo bajo Pilar a Luisa Natal--que si Lucía
Miranda se vistiese como ella, se parecerían algo, así en las formas?
--¡Bah!--murmuró Luisa Natal--, la Mirandita no tiene pizca de chic.
Brotó entonces del grupo de inglesas ese enérgico silbido que en todos
los idiomas significa: «¡Silencio!: cállense ustedes, y oigan, o dejen
oír siquiera.» Las españolas se dieron al codo, y prosiguieron
impertérritas con sus cuchicheos.
--¿No veis aquello?--decía Lola Amézaga.
--¿El qué... el qué... el qué?--preguntaron todas.
--¿Qué ha de ser?, Albares. Allí, allí, en los vidrios.... Con
disimulo... que no lo note....
Por la parte de las vidrieras, que caían a la azotea del Casino, veíase,
en efecto, un rostro de pisaverde, imberbe casi, destacándose entre la
blancura de porcelana de primorosa camisa y nívea corbata de batista,
cuyo triángulo cerraba una de esas ágatas llamadas _ojo de gato_, a que
dio tan fabuloso valor el capricho de los elegantes de dos o tres años
acá. Traje de mañana de un gris humo suave y exquisito, hongo de
finísimo castor, una flor de gardenia en el ojal, guantes de gamuza
flamantitos, tal era el atavío del indiscreto que así registraba el
salón de Damas. Advertíase en su tipo mezcla singular de debilidad y
fuerza, cuerpo de sietemesino y músculos de Hércules. La gimnasia, la
esgrima, la equitación, la caza, debían haber endurecido aquel organismo
que la Naturaleza hiciera endeble, enteco casi. La estatura era corta;
los miembros delicados y femeniles; pero la musculatura, de acero.
Conocíase esto en el modo de caerle la ropa, en no sé qué corte viril de
las rodillas y los hombros; además, se traslucía en aquel hombre la
altiva superioridad que dan juntamente la riqueza, el nacimiento y el
hábito de ser obedecido.
Mas si esperaba el duque algún fruto de acechar así por los cristales,
cayole la pascua en viernes, porque la sueca, después de haber tocado
con gran sosiego y maestría hasta media docena de mazurcas, se levantó
con no menor majestad de la desplegada al entrar, y sin volver el
rostro, tomó hacia la puerta. Ésta se abrió como por obra de un conjuro,
y el diplomático de blancas patillas se presentó afable y serio,
ofreciendo el brazo. Fue una salida de reina, très réussie, como decían
en el grupo de francesas.
--¡Parece la princesa Micomicona!--dijo Lola Amézaga, que aquella mañana
no se había pasado menos de dos horas al espejo, ensayando el regio modo
de andar de la sueca.
--¡Qué empaque!--observó Luisa Natal--. No, buena moza, ya lo es.
¡Cuidado con el talle! ¡Y qué manos! ¿No se las habéis reparado?
--Yo la miro poco--contestó Pilar--. No le doy ese plato de gusto. ¡Sólo
adopta esos ademanes teatrales para llamar la atención!
--¡Fresco se ha quedado Albares!--exclamó Amalia--. ¡Ella ni se enteró
de que estaba ahí!
Todas se volvieron a mirar hacia las vidrieras. Ya no se hallaba allí el
duque.
--Ahora se habrá ido escapado a intentar verla en el Parque. ¿Vamos a
convencernos?
--Sí, vamos, vamos; la escena será chistosa.
Levantáronse, y recogieron aprisa abanicos, sombrillas y velos,
precipitándose hacia la puerta.
--Eh, ¡señoritas!--decía la condesa de Monteros--. No corran ustedes
tanto, yo no soy tan joven como ustedes, y voy a quedarme atrás. A
fe--añadía entre dientes--que cuando le eche la vista encima a mi señor
sobrino, le espeto lo que viene al caso, por matar así a disgustos a
aquella pobre Matilde que es un ángel.
Mientras se solazaba Pilar de manera tan conforme a sus inclinaciones,
aguardábala Lucía en el balcón del _chalet_. A aquella hora, nadie
estaba en casa, ni Miranda, ni Perico; el Casino se los había tragado a
todos. Apenas cruzaba un transeúnte por la retirada calle. Sólo se oía,
entre el silencio, el estridor monótono de la máquina de coser que la
hija de la conserje manejaba. En el jardín, las rosas, embriagadas del
calor bebido durante la mañana entera, se deshacían en perfumes; hasta
las frías rosas blancas tenían matices rancios, como de carne pálida,
pero carne al fin. De todo el coro de aromas se formaba uno solo,
penetrante, fortísimo, que se subía a la cabeza, como si fuera la
fragancia de una rosa no más, pero rosa enorme, encendida, que exhalaba
de su boca de púrpura hálito fascinador y mortal. Lucía empezaba por
coser, al sentarse; pero al cuarto de hora la almohadilla se caía de su
regazo, escapabásele el dedal del dedo, y vagarosa la pupila, permanecía
con los ojos fijos en los macizos de rosales, hasta que al fin sus
párpados se cerraban, y recostando la frente en las ramas que tapizaban
el balcón, abandonábase a la delicia de aquella atmósfera embalsamada,
sin oír, sin ver, respirando no más. Dos meses antes, no hubiera podido
estarse quieta media hora; los jardines la convidaban a correr. Ahora,
por el contrario, la incitaban a dejarse estar así, inmóvil, y
anonadada, como el güebro ante el sol.
Una tarde, Pilar, al volver de su club, la halló como nunca pensativa.
--Tonta--le dijo--¿en qué cavilas? Si vinieses al Casino, te divertirías
mucho.
--Pilarcita--murmuró Lucía echándole al cuello los brazos--, ¿me
guardarás un secreto si te lo digo?
Encendiéronse los ojos de la anémica.
--¡Pues no! Desahoga ese corazón, mujer.... Entre nosotras, ¿verdad?,
todo puede contarse.... Yo he visto tantas cosas... nada me sorprende....
--Escucha...--dijo Lucía--. Quisiera saber, a toda costa, cómo sigue la
madre del señor don Ignacio Artegui.
Retrocedió Pilar desorientada; y riéndose en seguida con su cínico reír,
exclamó:
--¿No es más que eso? ¡Vaya un secreto! ¡Gran puñado son tres moscas!
--Por Dios--suplicó apurada Lucía--, que a nadie se lo indiques.... Yo
me muero por saberlo, pero si se entera... alguien.... Miranda, o así....
--¡Eh! boba, yo lo sabré pronto, y sin informar a nadie.... Tengo mil
medios de averiguarlo.... Te prometo que saldrás de la curiosidad....
Pilar dio dos o tres golpecitos en la barbilla a Lucía, que estaba grave
y aun algo confusa.
--¿Paseamos hoy, señora enfermera?--interrogó la anémica.
--Sí, y beberás leche en Vesse. Pero coge otro traje de más abrigo, por
Dios: eres capaz de resfriarte.... ¿No has notado qué bien huelen las
rosas? En León apenas las hay: me acuerdo de que las que podía coger se
las ponía todas a la Purísima que tengo en mi cuarto.
-XI-
Era el Casino para Perico y Miranda, como para todos los ociosos de la
colonia, casa y hogar durante la temporada termal. En conjunto el gran
edificio se asemejaba a un concierto de voces que convidasen a la
existencia rápida y fácil de nuestro siglo. El espacioso peristilo, la
fachada principal con su vasta azotea, su jardinete reservado, donde
vegetan en graciosas canastillas exóticas plantas, y sus ricos y
caprichosos adornos renacientes de blanquísima sillería; las altas
columnas de bruñido pórfido que el interior sustentan; las muelles
butacas y los anchos divanes; los cupidillos traviesos (símbolo
artístico de efímeros amores que suelen vivir el espacio de una quincena
de aguas) que corren por la cornisa del gran salón de baile, o
revolotean en el azul de los anchos recuadros del teatro; el oro
prodigado en toques hábiles, como puntos de luz, o en luengos listones,
como rayos de sol; las grandes ventanas de límpidos cristales, todo, en
suma, ayudaba a la fantasía a representarse un templo ateniense,
corregido y aumentado con los beneficios y goces de la civilización
actual. Quien mirase el Casino por su fachada sur, podía ver desde luego
el numen que allí recibía culto y sacrificios: la Ninfa de las aguas,
inclinando la urna con graciosa actitud, mientras salen a sus pies de
entre un cañaveral dos amorcillos, y uno de ellos, alzando una valva,
recoge la sacra linfa que de la urna copiosamente fluye. Sacerdotes y
flamines del templo de la Ninfa son los mozos del Casino, que a la menor
señal, a un movimiento de labios, acuden tácitos y prontos con lo que se
desea: cigarros, periódicos, papel, refrescos, hasta las aguas, que
traen a escape, en un tanque vuelto boca abajo sobre un plato, a fin de
que no pierdan su preciosa temperatura ni sus gases.
Prefería Miranda el salón de lectura, donde hallaba cantidad de
periódicos españoles, incluso el órgano de Colmenar, que leía dándose
tono de hombre político. A Perico se le encontraba con más frecuencia en
otro departamento tétrico como una espelunca, las paredes color de
avellana tostada, los cortinajes gris sucio con franjas rojas, donde una
hilera de bancos de gutapercha moteada hacía frente a otra hilera de
mesas, cubiertas con el sacramental, melodramático y resobadísimo tapete
verde. Así como la marea al retirarse va dejando en la playa orlas
paralelas de algas, así se advertían en los respaldos de los bancos de
gutapercha roja series de capas de mugre, depositadas por la cabeza y
espaldas de los jugadores, señales que iban en aumento desde el primer
banco hasta el último, conforme se ascendía del inofensivo _piquet_ al
vertiginoso _écarté_, porque la hilera empezaba en el juego de sociedad,
acabando en el de azar. Los bancos de la entrada estaban limpios, en
comparación de los del fondo. Aquella pieza donde tan nefando culto se
tributaba a la Ninfa de las aguas fue testigo de hartas proezas de
Perico, que, por su semejanza con todas las de la misma laya, no merecen
narrarse. Ni menos requiere ser descrito el espectáculo, caro a los
novelistas, de las febriles peripecias que en torno de las mesas se
sucedían. Tiene el juego en Vichy algo de la higiénica elegancia del
pueblo todo, cuyos habitantes se complacen en repetir que en su villa
nadie se levantó la tapa de los sesos por cuestión del tapete verde,
como sucede en Mónaco a cada paso; de suerte que no se presta la sala
del Casino a descripciones del género dramático espeluznante; allí el
que pierde se mete las manos en los bolsillos, y sale mejor o peor
humorado, según es de nervioso o linfático temperamento, pero convencido
de la legalidad de su desplume, que le garantizan agentes de la
Autoridad y comisionados de la Compañía arrendataria, presentes siempre
para evitar fraudes, quimeras y otros lances, propios solamente de
garitos de baja estofa, no de aquellas olímpicas regiones en que se
talla calzados los guantes. Es de advertir que Perico, aun siendo de los
que más ayudaban a engrasar y bruñir con la pomada de su pelo y el frote
de sus lomos los bancos de gutapercha, no realizaba el tipo clásico del
jugador que anda en estampas y aleluyas morales y edificantes. Cuando
perdía, no le ocurrió jamás tirarse de los cabellos, blasfemar ni
enseñar los puños a la bóveda celeste. Eso sí, él tomaba cuantas
precauciones caben, a fin de no perder. Análogo es el juego a la guerra:
dícese de ambos que los decide la suerte y el destino; pero harto saben
los estratégicos consumados que una combinación a la vez instintiva y
profunda, analítica y sintética, suele traerles atada de manos y pies la
victoria. En una y otra lucha hay errores fatales de cálculo que en un
segundo conducen al abismo, y en una y otra, si vencen de ordinario los
hábiles, en ocasiones los osados lo arrollan todo y a su vez triunfan.
Perico poseía a fondo la ciencia del juego, y además observaba
atentamente el carácter de sus adversarios, método que rara vez deja de
producir resultados felices. Hay personas que al jugar se enojan o
aturden, y obran conforme al estado del ánimo, de tal manera, que es
fácil sorprenderlas y dominarlas. Quizá la quisicosa indefinible que
llaman vena, racha o cuarto de hora no es sino la superioridad de un
hombre sereno y lúcido sobre muchos ebrios de emoción. En resumen:
Perico, que tenía movimientos vivos y locuacidad inagotable, pero de
hielo la cabeza, de tal suerte entendió las marchas y contramarchas,
retiradas y avances de la empeñada acción que todos los días se libraba
en el Casino, que después de varias fortunitas chicas, vino a caerle un
fortunón, en forma de un mediano legajo de billetes de a mil francos,
que se guardó apaciblemente en el bolsillo del chaleco, saliendo de allí
con su paso y fisonomía de costumbre, y dejando al perdidoso dado a
reflexionar en lo efímero de los bienes terrenales. Aconteció esto al
otro día de aquel en que Lucía manifestara a Pilar tal interés por la
salud de la madre de Artegui. Era Perico naturalmente desprendido, a
menos que careciese de oro para sus diversiones, que entonces
escatimaría un maravedí, y avisando a Pilar que estaba en el salón de
Damas, reuniose con ella en la azotea, y le dijo dándole el brazo:
--Para que no salgas siempre con que no te compré nada en Vichy, anda,
vente; te voy a hacer un regalo.
--¿Un regalo?--y Pilar abrió desmesuradamente los ojos.
--Un regalo, sí señor; no parece sino que es el primero. Pide por esa
boca, por esa boca.
--¿Pero es de veras? ¡Qué rico de Pe-ri-co!--exclamó la anémica
cantando--. ¿Me comprarás lo que se me antoje?
--Vamos a las tiendas--exclamó él, y echó a andar.
Pilar dudó buen rato, como los niños ante una bandeja de dulces
diversos; por último se decidió, eligiendo dos gotitas de agua para las
orejas, y un espejo portátil de oro cincelado, joya caprichosa y
novísima, que se colgaba de la cintura y sólo la sueca llevaba aún en
Vichy. Al regresar a casa con sus compras, brillaban de tal suerte los
ojos de la anémica y estaban sus mejillas tan encendidas, que Perico le
dijo:
--El demonio sois las señoras mujeres. En dándoos un sonajero o un
cascabel, un cascabel, os curáis de todos los males. Me río yo de la
botica, de la botica. Ahora no te duele el estómago.
--Periquillo.... ¡Eres tú la flor de la canela! Mira, estoy loca de
contenta... y si quisieras.... ¿eh? Di que sí.
--Si quisiese.... ¿Se te antoja algo más? No, hijita, basta por hoy,
basta.
--No, nada de compras... pero esta noche... quería ir al concierto a
lucir el espejo... mira tú, ni las de Amézaga ni esa jamona de Luisa
Natal lo tienen... ni sabían que en Vichy lo hubiese... van a quedarse
de una pieza... anda, Periquín; que sí, ¿verdad? Una vez, hombre...
anda.
Lucía pidió casi de rodillas a Pilar que renunciase al peligroso goce
que anhelaba. Era precisamente la ocasión más crítica; Duhamel esperaba
que la Naturaleza, ayudada por el método, venciese en la lucha, y acaso
quince días de voluntad y tesón decidiesen el triunfo. Pero no hubo
medio de persuadir a la anémica. Pasó el día en un acceso de fiebre
registrando su guardarropa; al anochecer, salió del brazo de Miranda;
llevaba un traje que hasta entonces no había usado por ligero y
veraniego en demasía, una túnica de gasa blanca sembrada de claveles de
todos colores; pendía de su cintura el espejillo; en sus orejas
brillaban los solitarios, y detrás del rodete, con española gracia,
ostentaba un haz de claveles. Así compuesta y encendida de calentura y
vanidoso placer, parecía hasta hermosa, a despecho de sus pecas y de la
pobreza de sus tejidos devastados por la anemia. Tuvo, pues, gran éxito
en el Casino; puede decirse que compartió el cetro de la noche con la
sueca y con el lord inglés estrafalario, del cual se contaba que tenía
alfombrada con tapiz turco la cuadra de sus caballos y baldosado de
piedra el salón de recibir. Gozosa y atendida, veía Pilar una fiesta de
las _Mil y una noches_ en el Casino constelado de innumerables mecheros
de gas, en el aire tibio poblado con las armonías de la magnifica
orquesta, en el salón de baile donde los amorcillos juguetones del techo
se bañaban en el vaho dorado de las luces. Jiménez, el marquesito de
Cañahejas y _Monsieur_ _Anatole_, se disputaron el placer de bailar con
ella. Miranda reclamó un rigodón, y para colmo de dicha y victoria, las
Amézagas se reconcomían mirando de reojo el espejillo, dije que sólo
brillaba sobre dos faldas: la de Pilar y la de la sueca. Fue, en suma,
uno de esos momentos únicos en la vida de una niña vanidosa, en que el
orgullo halagado origina tan dulces impresiones, que casi emula otros
goces más íntimos y profundos, eternamente ignotos para semejantes
criaturas. Pilar bailó con todas sus parejas como si de cada una de
ellas estuviese muy prendada; tanto brillaban sus ojos y tal expansión
revelaba su actitud. Perico no pudo menos de decirle _sotto voce_:
--¿Bailas, eh? ¡Veremos mañana qué dice Duhamel!... Estará celestial,
celestial. Mañana me escapo, me escapo. De fijo, revientas, revientas,
revientas como un triquitraque.
--No lo creas. ¡Me siento tan bien!--exclamó ella bebiéndose un vaso de
grosella que le presentaba el hispanófilo _Monsieur_ _Anatole_.
A la mañana siguiente, cuando Lucía fue a despertar a Pilar, retrocedió
tres pasos sin querer. Tenía la anémica la cabeza enterrada de un lado
en las almohadas, y dormía con sueño inquieto y desigual; en las orejas,
pálidas como la cera, resplandecían aún los solitarios, contrastando su
blancura nítida con los matices terrosos de las mejillas y cuello.
Rodeaba los ojos un círculo negro, como hecho al difumino. Los labios,
apretados, parecían dos hojas de rosa seca. El conjunto era cadavérico.
Por las sillas andaban dispersas prendas del traje de la víspera: los
zapatos, de raso blanco, vueltos tacón arriba, estaban al pie del lecho;
en el suelo había claveles y el nunca bien ponderado espejillo, causa
inocente de tantos males, reposaba sobre la mesa de noche. Al tocar
Lucía suavemente el hombro de la dormida, ésta se incorporó a medias, de
un brinco; sus ojos, entreabiertos, tenían velada y sin brillo la
córnea, como si los cubriese la telilla que se observa en los ojos de
los animales muertos. Del lecho salía un vaho espeso y fétido; la
anémica estaba bañada en copioso sudor.
No pudo levantarse, porque al poner el pie en el suelo le asaltó
terrible frío, castañetearon los dientes, y hubo de arroparse otra vez,
sintiendo que el sudor se le congelaba en los miembros. Además notó
agudo y violento dolor de costado, en términos que para respirar le fue
preciso volverse del lado izquierdo. Temblaba toda, como una vara verde,
sin que cuantos abrigos le echaron encima fuesen parte a calentarla un
poco.
De un brinco se trasladó Lucía al cuarto de su marido, que entre duerme
y vela fumaba un cigarrillo de papel. A Miranda le sentaban bien las
aguas: desaparecían los tonos marchitos de su piel, bajo la cual
comenzaba a infiltrarse un poco de sangre y grasa, dándole esa frescura
trasnochada, gala de las cincuentonas obesas que están todavía de buen
ver. Tal era para Miranda el resultado físico: el moral era un anhelo de
reposo y bienestar egoísta, esa regularidad del hábito, esa tiranía de
la costumbre que se impone en la edad madura, y que mueve a tener como
desdicha irreparable el que la comida o el sueño se retrasen media hora
más de lo ordinario. El ex buen mozo quería descansar, vivir bien,
cuidar de su salud preciosa, y llegar en suma al tipo respetable e
importante de los clásicos Mirandas. Lucía entró como un huracán, y
alterada y trémula, le dijo:
--Levántate... ve a ver si coges en casa al señor Duhamel.... Pilar está
malísima.
Miranda se incorporó.
--¡Claro que estará mala la grandísima loca! ¡Pues no bailó anoche como
una descosida! ¡Bien empleado!
Lucía clavó en su marido los ojos atónitos.
--Ve pronto, pronto...--exclamó--. Está con un acceso de frío... se
queja de dolor a un lado, y se le ha tomado la voz....
Miranda se levantó refunfuñando.
--No sé para qué tiene a su hermanito--murmuró al calzarse la botas--.
Bien podía ir él.
--Díselo tú, si quieres--pronunció lentamente Lucía, preñados de
lágrimas los ojos--. Yo no he de entrar a despertar a Gonzalvo. Así como
así, ya ibas a levantarte para beber las aguas.
--Lo menos en tres cuartos de hora no había para qué. No parece sino que
esa chica es la única que tiene aquí que cuidarse. También los demás
padecemos y hemos de observar régimen. Hoy justamente estoy fatal....
Era hábito de Lucía interesarse mucho por la salud de Miranda, y
preguntarle cada día esos pormenores que las madres exigen de sus hijos
y que hastían a los indiferentes; pero en esta ocasión le volvió la
espalda, y salió encaminándose a la cocina, donde pidió a la conserje
una taza de tila, que ella misma subió a Pilar.
Duhamel frunció el ceño cuando hubo visto a la paciente. Lo que más le
desagradó fue saber que en el baile había bebido dos o tres refrescos.
Era Duhamel un vejezuelo chico y apergaminado, en quien la vida se
refugiaba en los ojos relucientes y perspicaces. Pelicano y cejicano,
lucía todos sus dientes, largos y rancios como teclas, con el frecuente
sonreír.
Era en sus movimientos pronto y escurridizo cual las anguilas, y
habiendo estado en el Brasil con una comisión científica, chapurreaba un
poco el portugués brasileño, empeñándose en hacerlo pasar por español.
--Interrúmpase completamente el método termal, o _tratamento_--dijo
dirigiéndose exclusivamente a Lucía, a pesar de estar presente el
hermano de la enferma, merced a ese instinto infalible de los médicos,
que distinguen al punto la persona atenta a sus prescripciones e
interesada en ejecutarlas--. Ha obrado mal la enferma, a _doente_, en
romper así el régimen prescrito.
--Pero y ahora, ¿qué se le hace?
--Ensayaremos un revulsivo enérgico, _forte.... E um retrocesso ao
pulmao_... veremos de desviarlo.... ¡_Bon Deus_! ¡bailar, y beber
refrescos! Y ahora tenemos que luchar con el sudor... _O suor esgota-a_.