--¡El traje de la sueca sí que sería bonito... crema y heliotropo! ¡me

gusta la combinación!... ¡Pero qué escándalo está dando con Albares...

un hombre casado! Buena necesidad que tendrán los dos de las aguas....

--Mujer, yo le oí decir a tu hermano que ella no le hace maldito el

caso.

--¡Bah!, no parece sino que no están dando un cuarto al pregonero desde

que llegaron. Albares es un tonto, forrado de lo mismo, que se muere por

apariencias.... El caso es que todo el mundo en Vichy habla de ellos.

Lucía se quedaba pensativa, fija la pupila en las canastillas de flores

del parque, que parecían medallones de esmalte prendidos en una falda de

raso verde. Formábanlas diversas variedades de colios; los del centro

tenían hojas lanceoladas y brillantes, de un morado obscuro, rojo

púrpura, rojo ladrillo, rojo de cresta de pavo, rojo rosa. Al borde, una

hilera de _ruinas de Italia_ destacaba sus medallitas azuladas sobre el

verde campesino, gayo, húmedo, de la hierba. Los alerces y los pinos

lárices formaban en algún rincón del parque un grupo nemoroso, suizo,

dejando caer sus mil brazos desmadejados, hasta besar lánguidamente el

suelo. Las catalpas, majestuosas, filtraban entre su claro follaje los

últimos rayos del poniente, y manchillas movedizas y prolongadas de oro

danzaban a trechos sobre la fina arena de la avenida. Era un

recogimiento de iglesia, impregnado de misterio, un silencio grave,

poético, solemne, y parecía sacrilegio turbarlo con una frase o un

ademán.

Los paseantes comenzaban a retirarse, y el leve crujido de la arena

revelaba sus pasos lejanos. Pero ambas amigas acostumbraban, como suele

decirse, llevarse las llaves del parque, porque justamente a la puesta

del sol era cuando Lucía lo encontraba más hermoso, en aquella

melancólica estación otoñal. Bajos ya y moribundos los rayos solares,

caían casi horizontalmente sobre los pradillos de hierba, inflamándolos

en tonos ardientes como de oro en fusión. Los obscuros conos del alerce

cortaban este océano de luz, en el cual se prolongaban sus sombras.

Deshojábanse los plátanos y castaños de Indias, y de cuando en cuando

caía, con golpe seco y mate, algún erizo, que, abriéndose, dejaba rodar

la reluciente castaña. En las grandes canastillas, que se destacaban

sobre el fondo de césped, las pálidas eglantinas, a la menor brisa

otoñal, soltaban sus frágiles pétalos, las verbenas se arrastraban

lánguidas, como cansadas de vivir, descomponiendo con sus caprichosos

tallos la forma oval del macizo; los ageratos se erguían, todos llovidos

de estrellas azules y los peregrinos colios lucían sus exóticos matices,

sus coloraciones metálicas y sus hojas atigradas, semejantes a escamas

de reptil, ya blancas con manchas negras, ya verdes con vetas carne, ya

amaranto obscuro cebradas de rosa cobrizo. Profundo estremecimiento,

precursor del invierno, atravesaba por la Naturaleza toda, y dijérase

que antes de morir, quería vestirse sus más ricas galas: así la viña

virgen tenía tan espléndido traje de púrpura, y el álamo blanco elevaba

con tal coquetería el penacho de cándidos airones de su copa; así la

coralina se adornaba con innumerables sartas y zarcillos de sangriento

coral, y las cinias recorrían toda la escala de los colores vivos con

sus festoneadas enaguas. El maíz listado sacudía su brial de seda verde

y blanca a rayas, con melodioso susurro, y allá en las lindes de la

pradera bañada por el sol, unos arbolillos tiernos inclinaban su joven

copa. De tal suerte mullían las hojas secas el piso de las calles, que

se enterraba Lucía hasta el tobillo, con placer. El roce de su traje

producía en ellas un ruido continuo, rápido, parecido a la respiración

jadeante de alguien que la siguiera; y presa de pueril temor, volvía a

veces el rostro atrás, riéndose al convencerse de su ilusión. Hojas

había muy diferentes entre sí: unas, obscuras, en descomposición,

vueltas ya casi mantillo: otras secas, quebradizas, encogidas; otras

amarillas, o aun algo verdosas, húmedas todavía, con los jugos del

tronco que las sustentara. Hacíase la alfombra más tupida al acercarse a

los parajes sombríos del borde del estanque, cuya superficie rielaba

como cristal ondulado, estremeciéndose al leve paso del aura vespertina,

y rizándose en mil ondas chiquitas en choque continuo las unas con las

otras.

Grandes sauces se inclinaban, llorosos y desconsolados, hacia el agua,

que reproducía el blando columpiar de las ramas trémulas, entre las

cuales se veía el disco del sol, y sus rayos, concentrados por aquella

especie de cámara obscura, herían la pupila como saetas. En un remanso

del estanque, enorme macizo de malangas ostentaba su vegetación

exuberante y tropical, y sus gigantescas hojas, abiertas como abanicos

de tafetán verde, se mantenían inmóviles. Cisnes, patos y ánades

bogaban, aquéllos con su acostumbrada fantástica suavidad, balanceando

el largo cuello, éstos graznando desapaciblemente, todos con rumbo a la

orilla apenas Lucía y Pilar se acercaban,--en demanda de mendrugos de

pan, que engullían atragantándose y alzando al aire la cola--. La isleta

y el pino que en ella crecía lanzaban a la superficie del estanque

misteriosa sombra. Un haz de cañas se elevaba esbelto, y a su lado, las

agudas poas sacudían su escobillón de terciopelo castaño.

Regalada frescura subía del agua. Era la nota característica del

paisaje, dulce melancolía, blando adormecimiento, el reposo de la madre

Naturaleza cuando, fatigada de la continua gestación del estío, se

prepara al sopor invernal. Lucía había dejado de ser niña; los objetos

exteriores le hablaban ya elocuentemente, y comenzaba a escucharlos; el

parque la sumía en vaga contemplación. Su alma parecía desasirse del

cuerpo, como se desase del tronco la hoja, y vagar como ella sin objeto

ni dirección, entregada a la delicia del anonadamiento, al dulzor de no

sentirse existir. ¡Y cuán grata debía de ser la muerte, si parecida a la

de las hojas; la muerte por desprendimiento, sin violencia,

representando el paso a más bellas comarcas, el cumplimiento de algún

anhelo inexplicable, oculto, allá, en el fondo de su ser! Cuando tales

ideas en tropel se le venían a la mente, un pajarillo descendía de un

árbol, y oíase el batir de sus alas en el aire. Andaba algún tiempo a

brincos por las calles de arena rebotando en las hojas secas; al

acercársele Lucía daba de pronto un voleteo yendo a posarse en la cima

más alta de las acacias rumorosas.

-X-

Solía la voz de la anémica romper el encanto.--Eh, chica.... ¿en qué

estarás tú pensando? ¡Qué románticas son estas niñas criadas en

provincia!

Los ojos agudos y perspicaces de Pilar se clavaban, al decir esto, en la

fisonomía de Lucía, descubriendo en ella una sombra leve, una especie de

veladura parda desde la frente y las sienes a las ojeras, y cierto

hundimiento en las comisuras de la boca. Su curiosidad enfermiza se

despertaba, infundiéndole deseos de disecar, por solaz y pasatiempo,

aquel corazón. Habíale dicho la infalible penetración mujeril muchas

cosas, e incapaz de contentarse con la adivinación discreta, quería la

confidencia. Era una emoción más que se brindaba a sí propia en el curso

de la estación termal.

--¡Qué sé yo en qué pensaba! En nada--contestaba Lucía apelando al

expediente más vulgar y siempre más socorrido.

--Pues parece a veces que estás tristona, monísima... y no sé de qué;

porque estás precisamente en lo más bonito de la luna de miel...

¡Cáspita! ¡Quién como tú! Miranda es muy agradable; tiene tan buen

trato, se presenta tan bien....

--Eso sí, muy bien--repitió como un eco Lucía.

--Y está chocho por ti.... ¡Vaya! ¡si eso se ve! Él anda por allí mucho

con mi hermano.... Pero chica, ¿qué quieres? Así son todos los

hombres... El caso es que mientras están con una gasten buen humor y le

hablen con cierto mimo.... Y que no sean celosos.... No, Miranda eso sí

que lo tiene de bueno: celoso, no es.

Pusose Lucía color de brasa, y bajándose, cogió un puñado de hojas

secas, maniobra que le sirvió para disimular su confusión. Después se

entretuvo en reducirlas a polvo entre el índice y el pulgar, soplando

para aventarlo más presto.

--Y cuidado--prosiguió Pilar--que otro en su caso.... No, mira, si yo

fuese hombre, no sé lo que hubiera hecho... eso de que un caballero

acompañase a mi novia tantos días... así, mano a mano... y precisamente

cuando....

A este golpe directo y brutal, alzó Lucía la frente, y posó en su amiga

la mirada cándida, pero digna y aun severa, que a veces solía chispear

en sus ojos. Pilar, diestra en táctica, retrocedió para saltar mejor.

--Es verdad que conociéndote a ti... y a él, cualquiera sería tan

confiado como Miranda.... Tú, ya se sabe, una santita, un angelín de

retablo... y él... él es un caballero chapado a la antigua, a pesar de

sus manías... más fama tiene que el Cid. ¡Ya viene de atrás! Yo le

conozco mucho, hace tiempo--aseveró Pilar, que como todas las jóvenes de

la clase media introducidas en la buena sociedad, tenía prurito de

conocer al mundo entero.

--¿Tú... le conoces hace tiempo?--murmuró Lucía, subyugada y ofreciendo

a la anémica el brazo para que se apoyase.

--Sí, mujer. Va cada año a Madrid, a veces por todo el invierno, pero

generalmente un mes o dos de primavera. De sociedad gusta poco; le

convidaron a algunas casas, porque parece que su padre, el cabecilla,

era una persona distinguida de las Provincias, y está emparentado con

los Puenteancha, y con los Mijares, que son Urbietas de apellido... pero

se vendía tan caro, que en todas partes se andaban pereciendo por

tenerle.... Una vez, porque bailó un rigodón en casa de Puenteancha con

Isabelita Novelda, hubo broma toda la noche... le dijeron que ya podía

domar osos y tomar a Plewna sin artillería.... Isabelita estaba más

hueca que... y luego resultó que era que la Puenteancha se lo había

pedido por favor, y él le había contestado: bueno, bailaré con la

primera que encuentre... encontró a Isabelita, y zas, la invitó....

Cuando se supo, ¡figúrate la tontuela de Isabelita qué cara pondría!

Ella que estaba persuadida de haber hecho una conquista... se le alargó

la nariz más de lo que la tiene, que no es poco.... ¡ja, ja!...

La risa de la anémica se volvió tos, una tosecilla que le rascaba la

garganta y la sofocaba, obligándola a sentarse en un banco rústico de

los muchos que en el parque había. Lucía le dio blandos golpecitos en

las espaldillas, y permaneció silenciosa, no queriendo pronunciar

palabra que torciese el giro de la conversación. Sus ojos interrogaban.

--Ej... ej... te aseguro que fue un chasco famoso...--continuó Pilar

calmándose--. A la Noveldita le vendrían de perlas los cientos de miles

de francos que el padre reunió para el hijo... pero ¡dicen que no le

gustan las mujeres!

--No le gustan...--repitió Lucía, como si aquel pronombre no pudiera

aplicarse sino a una persona sobreentendida, pero no nombrada.

--Añaden que, eso sí, es un hijo como pocos... a su madre la trae en

palmas. Ella cuentan que es una señora muy fina, de la aristocracia

francesa... muy delicaducha de salud, y aun creo que allá en sus

juventudes....

La anémica se apoyó el índice en la frente, con expresivo ademán.

--Parece que el padre quiso que el chico fuese español, y trajo a su

mujer a dar a luz a Ondarroa, de donde es él... le hicieron hablar

castellano siempre y vascongado con su ama de cría... me lo ha contado

Paco Mijares, que como es pariente suyo, sabe todo eso....

Lucía se bebía con avidez aquellas palabras y aquellos detalles nada

importantes en sí.

--Tiene extravagancias y caprichos muy particulares.... Hubo un tiempo

en que se le antojó trabajar, y entró en una casa de comercio....

Después estudió medicina y cirugía, y tengo entendido que deja tamañitos

a Rubio y a Camisón.... En Madrid se iba a los hospitales, por gusto, a

estudiar.... En la guerra hizo lo mismo. ¿Sabes tú dónde me lo

encontraba yo a veces en Madrid? Pues en el Retiro, mirando al estanque

grande fijamente.... ¿Qué tienes, chica?

Lucía, con los ojos cerrados, mortecina la color, se recostaba en el

tronco del plátano que sombreaba el banco. Cuando abrió los párpados, la

sombra de sus sienes era más marcada, y su mirar vago, como de persona

que vuelve en sí de un síncope.

--No sé.... Es que a veces parece que me quedo así, sin sentido.... Es

como si me arrancasen el estómago--balbució.

--«Ciertos son los toros»--pensó Pilar--; «¡bien madruga la bendición de

Dios!»--añadió para sí, descaradamente.

La noche se venía a más andar, un soplo helado movió el follaje; las dos

damas se abrocharon, estremeciéndose, sus abriguillos de paño café con

leche, a tiempo que dos bultos negros se destacaban al fin de la

avenida. Eran Miranda y Perico, que se asombraron de hallarlas allí tan

tarde.

--¡Bonito modo, bonito modo de curarse! ¡Demonios! ¡Si no coges una

pulmonía, una pulmonía como para ti sola! Anda, loca, vente, vente.

Levantose Pilar, decaída, muriéndose, y fue a cogerse del brazo de

Miranda. Perico ofreció el suyo a Lucía, cuya robustez se había

sobrepuesto ya el desfallecimiento momentáneo.

--Dudo que pueda mañana beber las aguas--dijo Lucía a su acompañante--.

Estuvo hoy algo excitada... y ahora viene la reacción de cansancio....

--¿A que resucita, a que resucita si la dejo ir al Casino?

--¡Ay, Periquillo del alma!--gritó la anémica, que con su fino oído no

perdía palabra--. ¿Me dejas, eh? ¿Qué daño me ha de hacer eso? Ande

usted, Miranda, interceda usted por mí.

--Hombre, alguna vez.... Puede que le sirva de alivio, distrayéndola.

--No haga usted caso, Gonzalvo.... Dice el señor Duhamel que no....

¿quién lo sabrá mejor, el médico o ella?

--¿Y usted?--pronunció Perico, con unos asomos de galantería a que le

incitaban el anochecer, el marido caminando delante y sus inveteradas

malas mañas--. Y usted, joven y bonita como es, ¿por qué no viene al

Casino? Esas galas que se mueren de risa, de risa, en los baúles mundos,

estarían mejor luciéndose allí.... Vamos, anímese usted, anímese usted,

y yo la traeré un ramo de camelias como el que tenía anoche la sueca.

--No quiero eclipsar a la sueca--exclamó risueña Lucía--. ¿Qué será de

ella si me presento yo?

--Pues aunque lo diga usted de guasa, de guasa, es la pura verdad...--y

Perico bajaba traidoramente la voz--. Vale usted por diez suecas...--y

en tono más alto añadió--si Juanito Albares no hiciese tanta majadería,

maldito si nadie se acordaba, se acordaba de ella....

Juanito Albares, como le llamaba amistosamente Perico, era duque, grande

de España dos o tres veces, marqués y conde no sé cuántas; dato que es

muy digno de ser tenido en cuenta por los biógrafos del elegante

Gonzalvo.

--¿Dónde tiene usted los ojos, hombre?--exclamó Lucía con su franqueza

castellana--. ¡Valor se necesita para decir eso!, es hermosísima la

sueca; en cualquier parte, emboba a la gente. Más blanca es que la

leche, y luego unos ojos....

--No te fíes de blancuras--intervino Pilar--. Habiendo en el mundo

toalla de Venus y blanco de Paros.... Es demasiado mujerona.

--Demasiado alta--afirmó Perico como el zorro de las uvas.

--Pierda usted cuidado--decía bajito Miranda a Pilar--. Conquistaremos a

ese hermano fiero, e irá usted una noche al Casino: ¡no faltaba otra

cosa! ¿Se había usted de marchar de Vichy sin ver el teatro, y sin

asistir al concierto? Eso sería inaudito.

--¡Ay, Miranda! usted es mi ángel salvador. Si no hay otro medio de

lograrlo, nos escapamos usted y yo una noche... un rapto... hay que

hacer como en las novelas... traerá usted un corcel, me subiré a la

grupa, y, ¡hala!, que nos pillen... encerramos con llave primero a

Perico y a Lucía, y allí se quedan haciendo penitencia.... ¿eh? ¿Qué le

parece a usted?

Cuando llegaron ante la verja del _chalet_, cuyos mecheros de gas

brillaban ya entre la sombra de los árboles, Miranda dijo para sí:

--Ésta es más entretenida que mi mujer. Al menos dice algo, aunque sean

tonterías, y está de buen humor, a pesar de que tiene medio pulmón sabe

Dios cómo....

--Esta chica es más sosa que el agua, que el agua--pensó a su vez Perico

al separarse de Lucía.

Ínterin llegaba el esperado día de asistir a la fiesta nocturna, Pilar

se acostumbró a pasar un par de horas en el salón de Damas del Casino,

de una a tres de la tarde generalmente. Es el salón de Damas un

atractivo más del hermoso edificio donde se reconcentra la animación

termal; allí las señoras abonadas al Casino pueden refugiarse, sin temor

a invasiones masculinas; allí están en su casa, y son reinas absolutas,

tocan el piano, bordan, charlan, y a veces se deslizan hasta el lujo de

un sorbete o de alguna confitura o bombón que roen con igual deleite que

si fuesen ratoncillos sueltos en un armario de golosinas. Es un harén de

moras civilizadas, un gineceo no oculto en la pudorosa sombra del hogar,

sino descaradamente implantado en el sitio más público que darse puede.

Allí concurrían y se congregaban todos los astros hembras del firmamento

de Vichy, y allí encontraba Pilar reunida a la escasa, pero brillante

colonia hispano americana; las de Amézaga, Luisa Natal, la condesa de

Monteros: y se formaba una especie de núcleo español, si no el más

numeroso, tampoco el menos animado y alegre. Mientras alguna rubia

inglesa ejecutaba en el piano trozos de música clásica, y las francesas

asían de los cabellos la ocasión de lucir primorosas labores de

cañamazo, dando en ellas tres puntos por hora, las españolas, más

francas, aceptaban la holgazanería completa, dedicándose a hablar y a

manejar el abanico. Una magnífica esfera geográfica, colocada al extremo

del salón, parecía preguntarse cuál era su objeto y destino en semejante

lugar; y en cambio, los retratos de las dos hermanas de Luis XVI,

Victoria y Adelaida, _damas_ tradicionales de Vichy, sonreían, empolvada

la cabellera, rosadas y benévolas, presidiendo el certamen de frivolidad

continua celebrado a honra suya. Eran murmullos como de voleteos de

pájaros en pajarera, ruido de risitas semejante a sartas de perlas que

caen desgranándose en una copa de cristal, sedoso crujir de países de

abanico, estallido seco de varillajes, ruedecillas de sillón que un

punto corrían sobre el encerado piso, ruge-ruge de faldas, que parecía

estridor de alitas de insecto. Embalsamaban la atmósfera leves auras de

gardenia, de vinagre de tocador, de sal inglesa, de perfumería Rimmel.

No se veían sino dijes y prendas graciosas abandonadas sobre sillas y

mesas; sombrillas largas, de seda, muy recamadas de cordoncillo de oro;

cabás y estuches de labor, ya de cuero de Rusia, ya de paja con moños y

borlas de estambre; aquí un chal de encaje, allí un pañuelo de batista;

acá un ramo de flores que agoniza exhalando su esencia más deliciosa;

acullá un velito de moteado tul, y encima las horquillas que sirven para

prenderle.... El grupo de españolas, capitaneado por Lola Amézaga, que

era muy resuelta, tenía cierta independencia e intimidad, bien distinta

de la reserva secatona de las inglesas: y aún entre ambos bandos se

advertía disimulada hostilidad y recíproco desdén.

De mucha diversión había servido a las españolas ver cómo las inglesas

sacaban muy formales un periódico, tamaño como la sábana santa, del

bolsillo, y se lo leían de la cruz a la fecha.

No había podido obtener Pilar que Lucía la acompañase al salón de Damas;

cortedad y encogimiento de niña educada en provincia se lo vedaban,

haciéndole temer más que al fuego a aquellas mujeres curiosas que

examinarían su tocado como el diestro confesor los repliegues de la

conciencia del penitente. Pilar, en cambio, estaba allí en su elemento y

esfera natural. Su voz algo aflautada sólo rendía el pabellón ante el

ceceo cubano de la Amézaga capitana.

Oigamos el concertante.

--Pues éste lo compré hoy--decía Lola remangando desenfadadamente la

manga de su vestido de muselina rosa con lazos de raso granate obscuro,

y enseñando un brazalete de cuyo aro pendía un cochinillo retorcido de

rabo y potente de lomo, ejecutado en fino esmalte.

--Yo lo tengo en imperdible--añadía Amalia Amézaga, señalando a otro

marrano no menos lucio, que hozaba entre los encajes de su corbata.

--¡Válgame Dios! ¡qué moda más fea!--exclamaba Luisa Natal, hermosura

próxima al ocaso, y muy atenta a no usar perifollo alguno que su belleza

no realzase--. Yo no me pondría semejantes bichos; ¡se acuerda uno del

mondongo! ¿verdad, condesa?

Hizo un signo aprobativo la condesa de Monteros, española rancia, devota

y un tanto severa.

--Yo no sé qué van a inventar ya--pronunció reposadamente--. He visto en

esas tiendas elefantes, lagartos, ranas y sapos, y hasta arañas; en fin,

los animalejos más asquerosos en adornos de señoritas. En mis juventudes

no nos pagábamos de tales extravagancias; buenos brillantes, bonitas

perlas, algún corazón de rubíes.... ¡ah! también usábamos los camafeos;

pero era un capricho precioso... se grababa en ellos el retrato de uno

mismo... o alguna virgen, algún santo.

Reinó breve silencio; las Amézagas no se atrevían a replicar, subyugadas

por el señorío de aquella autorizadísima voz.

--Mire usted, condesa--dijo Pilar al cabo, satisfecha de hallar un

motivo para desesperar a las Amézagas--, lo bonito, es ese agujón de

Luisa.

Luisa sacó de su moño el clavo de oro, con cabeza de amatista,

constelada de diamantes chiquititos.

--Otro igual tenía ayer la sueca--explicó al ponerlo en manos de la

condesa--. Llevaba todo el juego: pendientes, collar de bolas de

amatista y el agujón. Reguapísima que estaba la mujer con eso y el traje

heliotropo.

--¿Ayer de noche?--preguntó Pilar.

--Sí, en el teatro. El otro, penado y muerto como de costumbre... a las

diez hizo su entrada en el palco, presentándole el ramo consabido de

camelias y azaleas blancas... dicen que le cuesta sus setenta

franquillos por noche.... Es un aditamento regular al coste de la

pensión en el hotel....

--Ese sobrino mío no tiene vergüenza ni decoro--afirmó gravemente la

condesa de Monteros.

--¡Un hombre casado!--dijo Luisa Natal, que hacía excelente menaje con

su marido, ciego cumplidor de todos los caprichos de su mitad.

--¿Y se sabe por fin si la sueca es hija o mujer de ese barón de...

de... nunca puedo acordarme de su nombre... vamos, de ese viejo que anda

con ella?--interrogó la condesa, entrando por fin en la corriente de

curiosidad que la arrastraba, a pesar de su digna actitud.

--¿De Holdteufel?--pronunció con acento cantarín Amalia Amézaga--. ¡Bah,

quién lo puede averiguar!, pero según la libertad que le deja, más

parece su esposo que su padre.

--Se necesita descaro--prosiguió con discreta y risueña indignación

Luisa Natal--, para ser así la comidilla de todo el mundo....

--¡Toma!--dijo la voz de flauta de Pilar--. Pues eso quiere él, ¿qué se

creían ustedes?; el toque y el gustazo están en dar que hablar.

--Siempre fue Juanito así, muy farfantoncillo--murmuró la condesa

enternecida al recordar a su sobrino, cuando hecho un diablo

traviesísimo de diez años, iba a su casa a darle jaqueca pidiendo mil

chucherías.

--Hasta anteayer....

El grupo se estrechó: acercáronse unos a otros los sillones, y por un

instante se oyó el cadencioso chirriar de las ruedas sobre el piso.

--Anteayer...--siguió Amalia Amézaga en tono algo más bajo--fue ésta al

tiro de pistola....

--¿Tiras ahora?--preguntaron a un tiempo Pilar y Luisa Natal.

--Un poco... por distraerme...--Y Lola se atusó el negro flequillo,

cortado recto a un dedo de distancia de las cejas, que la asemejaba a un

paje de la Edad Media, realzando su cara descolorida de hija de los

trópicos y sus grandes ojos, infantiles, pero de niño malicioso y

precoz.

--Pues...--siguió Amalia, viéndose religiosamente escuchada--allí

estaban Jiménez y el marquesito de Cañahejas, y _Monsieur_ _Anatole..._

y todos leían y comentaban un suelto del _Fígaro_, en que se refería la

sensación causada en una de las estaciones termales más elegantes de

Francia y de Europa, por el loco amor de un magnate español a una dama

sueca....

--Pone iniciales no más--agregó Lola--; pero es claro como la luz.... Y

dice, por más señas: «_ce digne petit fils du Comte d'Almaviva se ruine

en fleurs_...»

Un viaje de novios · 第 10 / 16 段