Tenía el _chalet_ los dos pisos de rigor; el entresuelo repartido en

comedor, cocina, salita y un angosto recibimiento; el principal dedicado

a dormitorios y cuartos de aseo. A la altura del principal corría una

balconada, calada como finísimo encaje, que se repetía en el entresuelo,

cubierta casi por las enredaderas. Delgada verja de hierro aislaba el

_chalet_ por la parte que daba a la vía pública, avenida plantada de

árboles; por donde confinaba con otras casas y jardines, hacían el mismo

oficio unas breves tapias. A la entrada de la verja, sobre sendas

columnas de mármol gris, dos niños de bronce alzaban sus bracitos

gordezuelos para sostener una bomba de cristal mate, que protegía un

mechero de gas. Comprendíase a primera vista que el _chalet_, con sus

delgadas paredes de madera, mal defendería a sus habitantes del frío del

invierno y los calores del verano; pero en la estación de otoño,

templada y benigna, aquella caprichosa construcción, orlada de franjas

de menuda crestería, trabajada como un juguete de sobremesa, engalanada

de fresca guirnalda de rosales, era el albergue más coquetón y donoso

que puede imaginar la mente, el nido más adecuado para una pareja de

enamoradas tórtolas. Yo siento tener que dar a tan lindos edificios, que

en Vichy abundan, el nombre extranjerizo de _chalet_; pero ¿qué hacer si

en castellano no hay vocablo correspondiente? Lo que aquí denominamos

choza, cabaña o casa rústica, no significa en modo alguno lo que todo el

mundo entiende por _chalet_, que es una concepción arquitectónica

peculiar a los valles helvéticos, donde el arte, inspirándose en la

Naturaleza, reprodujo las formas de los alerces y pinabetes, y los

delicados arabescos del hielo y la escarcha, bien como los egipcios

tomaron de la flor del loto los capiteles de sus pilones, En Vichy los

_chalets_ se construyen con el exclusivo objeto de alquilarlos

amueblados a los extranjeros. La conserje del _chalet_ se encarga del

gobierno de casa, de la compra y aun de guisar: el conserje atiende a la

limpieza, corta las ramas del jardinete, guía las enredaderas, barre las

calles enarenadas, sirve a la mesa y abre la puerta. Instaláronse, pues,

los Miranda y los Gonzalvo si más cuidado que el de entregar al conserje

sus abrigos de viaje y sentarse en sus respectivos puestos en el

comedor.

Aunque Lucía, y sobre todo Pilar, se sentían un tanto fatigadas del

largo trayecto en ferrocarril, no dejaron de entusiasmarse con la

belleza de la morada que les deparaba el destino. El balcón, sobre todo,

les parecía delicioso para hacer labor y para leer. Acordábase Pilar de

cuantas acuarelas, países de abanico y estampas sentimentales había

visto, que representasen el ya trivial asunto de una joven cuya cabeza

asoma por entre un marco de follaje. Lucía, a su vez, comparaba su casa

de León, antigua, maciza, y lóbrega, con aquella vivienda, donde todo

era flamante y gentil, desde los encerados relucientes pisos hasta las

cortinas de cretona azul rameadas de campanillas rosa. Al otro día de la

llegada, cuando Lucía saltó del lecho, fue su primer cuidado salir al

balcón, de allí al jardín, recogiéndose la bata con unos alfileres para

no mojarla en el húmedo piso. Halló a las rosas acabaditas de salir del

baño de rocío, tersas, muy ufanas, adornadas cada cual con su collar de

perlas o de diamantes. Fue oliéndolas una por una, pasándoles los dedos

por las hojas sin atreverse a cortarlas; dábale mucha lástima pensar

cómo se quedaría la mata, huérfana de su flor. A aquella hora apenas

olían las rosas: era más bien un aroma general de humedad y frescura,

que se elevaba del césped de las plantas, y del conjunto de árboles

vecinos. Haylos en Vichy por todas partes; a la tarde, cuando Lucía y

Pilar recorrieron las calles de la villa termal para informarse de su

traza, lanzaron exclamaciones de contento al dar a cada instante con una

sombra, una alameda, un parque. Pilar opinaba que Vichy tenía aspecto

elegante; Lucía, menos entendida en elegancias y modas, gustaba

sencillamente de tanto verdor, de tanta Naturaleza, que reposaba sus

ojos, moviéndola a veces a imaginar que, a despecho de sus calles

concurridas, de sus tiendas brillantes, era Vichy una aldea, dispuesta a

propósito para contentar sus exigencias secretas e íntimas de soledad.

Aldea formada de palacios, adornada con todo el refinamiento de

comodidad y lujo inteligente que caracteriza a nuestro siglo; pero al

fin aldea.

A un tiempo comenzaron Pilar y Miranda la temporada termal, si bien con

método tan distinto como lo requería la diferencia de sus males. Miranda

hubo de beber las aguas hirvientes y enérgicas de la _Reja-Grande_,

sometiéndose a la vez a un complicado sistema de afusiones locales,

baños y duchas, mientras la anémica absorbía a pequeñas dosis la picante

linfa, gaseosa y ferruginosa del manantial de las _Señoras_.

Estableciose desde entonces una lucha perenne entre Pilar y los que la

acompañaban. Eran necesarios esfuerzos heroicos para contenerla e

impedir que hiciese la vida de las bañistas del gran tono, que ocupaban

el día entero en lucir trajes y divertirse. Desde este punto de vista,

fue funesta a Pilar la presencia en Vichy de seis u ocho españolas

conocidas que aún aprovechaban allí el fin de la estación. Era pasado ya

lo mejor y más brillante de ésta; las corridas, el tiro de pichón, las

grandes excursiones en calesas y ómnibus al Borbonés, comenzadas en

Agosto, concluían en los primeros días de Septiembre. Pero quedaban aún

los conciertos en el Parque, el gran paseo por la avenida pavimentada de

asfalto, las fiestas nocturnas en el Casino, el teatro, que, próximo a

cerrarse, se veía más concurrido cada vez. Pilar se moría por reunirse a

la docena de compatriotas de distinción que revoloteaban en el efímero

torbellino de los placeres termales. El médico de consulta a quien se

habían dirigido en Vichy, al par que recomendaba las distracciones a

Miranda, prohibía severamente a la anémica todo género de excitación,

encargándole mucho que procurase aprovechar el carácter semi rural de la

villa para hacer vida de campo en lo posible, acostándose con las

gallinas y madrugando con el sol. Exigía este régimen mucha constancia

y, sobre todo, una persona que, continuamente al lado de la rebelde

enferma, no descuidase ni un segundo el obligarla a seguir las

prescripciones del facultativo. Ni Miranda ni Perico servían para el

caso. Miranda cubría las formas sociales exhortando a Pilar a «cuidarse»

y «no hacer tonterías», todo ello dicho con el calor ficticio que

muestran los egoístas cuando se trata de la salud ajena. Perico se

enojaba de ver a su hermana echando en saco roto las advertencias del

doctor, cosa que podía alargar la cura, y por ende la estancia en Vichy,

pero no era capaz de vigilarla y de atender a que cumpliese las órdenes

recibidas. Decíale a veces:

--Me alegraré de que te lleven los demonios, los demonios, y de que

estés este invierno color de limón seco, de limón seco.... Tú lo

quisiste, pues aguántalo....

La única persona que se consagró a que Pilar observase el régimen

saludable, fue, pues, Lucía. Hízolo movida de la necesidad de abnegación

que experimentan las naturalezas ricas y jóvenes, a quienes su propia

actividad tortura y han menester encaminarla a algún fin, y del instinto

que impulsa a dar de comer al animal a quien todos descuidan, o a coger

de la mano al niño abandonado en la calle. Al alcance de Lucía sólo

estaba Pilar, y en Pilar puso sus afectos. Perico Gonzalvo no

simpatizaba con Lucía, encontrándola muy provinciana y muy poco mujer en

cuanto a las artes de agradar. Miranda, ya un tanto rejuvenecido por los

favorables efectos de la primer semana de aguas, se iba con Perico al

Casino, al Parque, enderezando la espina dorsal y retorciéndose otra vez

los bigotes. Quedaban pues frente a frente las dos mujeres. Lucía se

sujetaba en todo al método de la enferma. A las seis dejaba pasito el

lecho conyugal y se iba a despertar a la anémica, a fin de que el

prolongado sueño no le causase peligrosos sudores. Sacabala presto al

balcón del piso bajo, a respirar el aire puro de la mañanita, y gozaban

ambas del amanecer campesino, que parecía sacudir a Vichy,

estremeciéndole con una especie de anhelo madrugador. Comenzaba muy

temprano la vida cotidiana en la villa termal, porque los habitantes,

hosteleros de oficio casi todos durante la estación de aguas, tenían que

ir a la compra y apercibirse a dar el almuerzo a sus huéspedes cuando

éstos volviesen de beber el primer vaso. Por lo regular, aparecía el

alba un tanto envuelta en crespones grises, y las copas de los grandes

árboles susurraban al cruzarlas el airecillo retozón. Pasaba algún

obrero, larga la barba, mal lavado y huraño el semblante, renqueando,

soñoliento, el espinazo arqueado aún por la curvatura del sueño de plomo

a que se entregaran la víspera sus miembros exhaustos. Las criadas de

servir, con el cesto al brazo, ancho mandil de tela gris o azul, pelo

bien alisado--como de mujer que sólo dispone en el día de diez minutos

para el tocador y los aprovecha--, iban con paso ligero, temerosas de

que se les hiciese tarde. Los quintos salían de un cuartel próximo,

derechos, muy abotonados de uniforme, las orejas coloradas con tanto

frotárselas en las abluciones matinales, el cogote afeitado al rape, las

manos en los bolsillos del pantalón, silbando alguna tonada. Una

vejezuela, con su gorra muy blanca y limpia, remangado el traje, barría

con esmero las hojas secas esparcidas por la acera de asfalto; seguíala

un faldero que olfateaba como desorientado cada montón de hojas reunido

por la escoba diligente. Carros se velan muchísimos y de todas formas y

dimensiones, y entreteníase Lucía en observarlos y compararlos. Algunos,

montados en dos enormes ruedas, iban tirados por un asnillo de

impacientes orejas, y guiados por mujeres de rostro duro y curtido, que

llevaban el clásico sombrero borbonés, especie de esportilla de paja con

dos cintas de terciopelo negro cruzadas por la copa: eran carros de

lechera: en la zaga, una fila de cántaros de hojalata encerraba la

mercancía. Las carretas de transportar tierra y cal eran más bastas y

las movía un forzudo percherón, cuyos jaeces adornaban flecos de lana

roja. Al ir de vacío rodaban con cierta dejadez, y al volver cargados,

el conductor manejaba la fusta, el caballo trotaba animosamente y

repiqueteaban las campanillas de la frontalera. Si hacía sol, Lucía y

Pilar bajaban al jardinete y pegaban el rostro a los hierros de la

verja; pero en las mañanas lluviosas quedábanse en el balcón, protegidas

por los voladizos del _chalet_, y escuchando el rumor de las gotas de

lluvia, cayendo aprisa, aprisa, con menudo ruido de bombardeo, sobre las

hojas de los plátanos, que crujían como la seda al arrugarse.

Mas el tiempo se empeñó en festejar a las viajeras, y poco después de su

llegada a Vichy brindoles los más espléndidos y apacibles días que

quepan en otoño, estación de serenidad, sobre todo cuando comienza.

Despejada y clara la atmósfera, el calor benigno, las plantas en la

plenitud de su coloración y riqueza, las tardes entrelargas y las

mañanas alegres, aprovechose Lucía de tan buenas circunstancias para

resolver a Pilar a salir al campo, según lo dispuesto por el doctor.

Entraba en la medicación el que Pilar anduvíese a lomos de borrico, a

fin de que el trotecillo desigual le sirviera de ejercicio moviendo su

sangre, sin causarle fatiga; y aunque la enferma aborrecía con toda su

alma semejante cabalgadura, y hasta salir del pueblo iba a pie a costa

de arrastrarse trabajosamente, consentía en montar, apenas se hallaba

fuera de poblado. El sacudimiento la agitaba, y sonroseábanse unas

miajas sus mejillas. Lucía hallaba en ello ocasión de bromas.

--¿Ves cómo es bueno montar en caballos briosos? Estás muy reguapa:

pareces otra: mira, para hacer una conquista, no tenías más que darte

una vueltecita así, por delante del Casino, cuando está tocando la

orquesta.

--¡Qué horror!--exclamaba la anémica dando un grito--. Si me viesen las

de Amézaga.... ¡ellas, que nunca van sino en charabán o en milor!

Dirigíanse las dos amigas, ya hacia la _Montaña Verde_, ya hacia el

camino de _las Señoras_ o hacia el manantial intermitente de Vesse. La

_Montaña Verde_ es el punto más elevado de las inmediaciones de Vichy.

Está la montañuela cubierta de vegetación, pero de vegetación baja, a

flor de tierra, de suerte que, vista de lejos, se les figuraba cabeza de

gigante con cabellera corta y espesísima. Ya en la cúspide, subían al

mirador y manejaban el gran anteojo, registrando el inmenso panorama que

se extendía en torno. Las suaves laderas, tapizadas de viñas, bajaban

hasta el Allier, que culebreaba a lo lejos como enorme sierpe azul. En

lontananza, la cadena del Forez erguía sus mamelones donde la nieve

refulgía cual una caperuza de plata; los gigantes de Auvernia, vaporosos

y grises, parecían fantasmas de neblina; el castillo de Borbón Busset

surgía de las brumas con sus torreones señoriales, avergonzando al

pacifico palacio de Randán, con todo el desdén de un Borbón legítimo

hacia la rama degenerada de los Orleáns. El camino de _las Señoras_ era

la excursión favorita de Lucía. Estrecha vereda, sombreada por espesos

árboles, sigue dócil el curso del Sichón, deteniéndose cuando al río se

le antoja formar un remanso y torciéndose en graciosas curvas como la

tranquila corriente. A cada paso corta la monotonía de las hileras de

chopos y negrillos algún accidente pintoresco: ya un lavadero, ya una

casita que remoja los pies en el río, ya una presa, ya un molino, ya una

charca de patos. El molino, en particular, parecía dispuesto por un

pintor efectista para algún lienzo de naturaleza perfeccionada. Vetusto,

comido de húmeda y verdegueante lepra, sustentado en postes de madera

que iba pudriendo el agua, brillaba sobre el edificio la rueda, como el

ojo disforme sobre la morena y rugosa frente de un cíclope. Eran

destellos de la enorme pupila las gotas de refulgente argentería líquida

que saltaban de rayo a rayo, a cada vuelta; y el quejido penoso que la

pesada rueda exhalaba al girar, completaba el símil, remedando el hálito

del monstruo. Un puente lanzado con osadía sobre el mismo arco de la

catarata que formaba la presa dejaba ver, al través de su tablazón mal

junta, el agua espumante y rugiente. En la presa bogaban con pachorra

hasta media docena de patos, e infinitos gorriones revolaban en el alero

irregular del tejado, mientras en el obscuro agujero de una de las

desiguales ventanas florecía un tiesto de petunias. Quedábase Lucía

muchos ratos mirando al molino, sentada en el ribazo opuesto, arrullada

por el ronquido cadencioso de la rueda y por el blando chapaleteo del

agua batida. Pilar prefería el manantial intermitente que le

proporcionaba las emociones de que era tan ávido su endeble organismo.

Llegábase al manantial por un ameno sendero; ya desde el puente se cogía

bella perspectiva. El Allier es vasto y caudaloso, pero muy mermado a la

sazón por los calores estivales; sólo en los puntos más anchos del cauce

llevaba agua, y el resto descubría el álveo formado de arena en

prolongadas zonas blancas. A lo más rápido de la corriente, obscuros

peñascos se interponían, originando otros tantos remolinos; saltaba el

agua, espumaba un punto colérica, y después seguía mansa y sesga como de

costumbre. En lontananza se descubría extensa vega. Dilatadas praderías,

donde pacían vacas y borregos, estaban limitadas al término del

horizonte por una línea de chopos verde pálido, muy rectos y agudos, a

la manera de los árboles contrahechos de las cajas de juguetes; los

mimbrales, en cambio, eran rechonchos y panzones, como bolas de verdor

sombrío rodantes por la pradera. Completaba la lejanía la cima de la

_Montaña Verde_, recortándose sobre el cielo con cierta dureza de

paisaje flamenco en sus contornos exactos y marcados, de un verde

obscuro límpido. A la margen del río se veía bajar y subir el brazo

derecho de las lavanderas, como miembro de marioneta movido por

resortes, y se oía el plas acompasado de la paleta con que azotaban la

ropa. Por el agrio talud de la ribera ascendían lentos carros cargados

de arena y casquijo, y cruzaban después el puente, bañado en sudor el

tiro, muy despacio, sonando a largos intervalos las campanillas. Pasaban

las aldeanas auvernesas, vestidas de colores apagados, la esportilla de

paja puesta sobre la blanca escofieta, conduciendo sus vacas, cuyos

ubres henchidos de leche se columpiaban al andar, y que, posando una

mirada triste en los transeúntes, solían pegar una huida de costado, un

trote de diez segundos, tras de lo cual recobraban la resignación de su

paso grave. En la esquina del puente, un pobre, decentemente vestido y

con trazas de militar, pedía limosna con sólo una inflexión suplicante

de la voz y un doliente fruncimiento de cejas.

Conforme dejaban atrás el puente, llegando a internarse en la frondosa

alameda que a Vesse conduce, dilatábasele el corazón a Lucía, creyendo

hallarse de veras en el campo. Estaban allí los árboles menos

simétricos, limpios y derechos que en Vichy; más desigual el suelo de la

ruta; más virgen la hierba de los linderos; menos barnizadas, pulidas y

flamantes las quintas y hoteles que ambos lados del camino guarnecían.

Ninguna mano celosa barriera las hojas secas que hacían natural y blanca

alfombra, ni los parches de boñiga de vaca caídos a trechos como

descomunales obleas negras. De tiempo en tiempo veíase algún cobertizo,

en cuya sombra relucían los aperos de labranza y el rústico y potente

olor de la fecunda tierra labradía penetraba en los pulmones, sano y

fuerte como las robustas hortalizas que vegetaban en los huertos

próximos. Corta distancia había desde el puente al manantial

intermitente. Cruzaban el zaguán de la casita, entraban en el jardín y

se dirigían al cenador cubierto de viña virgen, que el pilón

resguardaba. Hallábase el pilón vacío, y el tubo de bronce del surtidor

no despedía ni gota de agua. Pero Pilar sabía de antemano la hora del

singular fenómeno, y calculaba con exactitud. El tiempo que tardaba en

presentarse estábase ella inclinada sobre el pilón, palpitante, muda,

haciendo un embudo al oído con la diestra.

--Ya viene: lo he sentido, ya silbó--decía Lucía como si de algún dragón

se tratase.

--Verás cómo no viene por cinco minutos--respondía con seguridad Pilar.

--Te digo que sí, mujer... si ya borbotea.

--¿A ver? No, no. Es el ruido del viento que sacude los arbustos. Tú ves

visiones.

Seguíase breve pausa y completo silencio. Una espera trágica.

--¡Chist! Ahora, ahora--gritaba la anémica palmoteando--. ¡Ahora sí que

viene! ¡Y con alma!

En efecto, oíase un borboteo extraño, después un silbido agudo, y un

chorro de agua hirviente, que despedía intolerable olor sulfuroso, se

lanzaba, espumante, recto y rápido, hasta la cúpula misma del alto

cenador. Vaho espeso cubría el pilón, enturbiando la atmósfera, que

apestaban las emanaciones del azufre. Así ascendía impetuoso el raudal

hasta que comenzaba a menguar su fuerza. Entonces la furia de la

impotencia le hacía dar saltos desiguales, convulsiones de epiléptico en

que se torcía irritado, espumarajeando, con desesperada proyección al

fin, caía domado y exánime, despidiendo sólo a intervalos un escaso

chorro, separado por largos espacios, como las llamaradas postrimeras de

la luz que se extingue. Terminaba su agonía con dos o tres hipos del

surtidor, a cuyo orificio se asomaba el chorro, sin conseguir lanzarse

fuera. No volvería ya el manantial a correr en diez horas lo menos.

Disputaban frecuentemente Lucía y Pilar sobre la conclusión del

fenómeno, como sobre su comienzo.

--Ya paró. Va a dormir. Buenas noches, caballero--exclamaba Lucía

saludándole con la mano.

--¡No, mujer, quia! Aún ha de asomar tres o cuatro veces las narices.

--Qué, si no puede.

--Que sí puede. Verás tú si todavía echa unas _salivillas_, como dice el

asistente de un primo mío artillero. ¡Chist! Oye, oye cómo aún ronca.

Una, dos, tres.... Ahora escupe.

--Cuatro, cinco, seis... vaya, ya no vuelve; está el pobre muy cansado.

--Ahora no: ya dio las boqueadas.

A la vuelta solían las amigas hallar el puente más animado que a la ida.

Era el momento en que tornaba de sus expediciones campestres la gente de

Vichy y los bañistas, y abundaban los jinetes, llevando sus monturas al

paso, luciendo los pantalones de punto y las abrochadas polainas, sobre

las cuales relucía la nota brillante del estribo y del espolín. Algún

sociable, semejante a ligera canoa, corría arrastrado por su gallardo

tronco de jacas bien iguales, bien lustrosas de pelo y lucias de cascos,

y ufano de su elegante tripulación; entreveíanse un instante anchas

pamelas de paja muy florecidas de filas y amapolas, trajes claros,

encajes y cintas, sombrillas de percal de gayos colorines, rostros

alegres, con la alegría del buen tono, que está siempre a diapasón más

bajo que la de la gente llana. Esta gozaban los expedicionarios de a

pie, en su mayor parte familias felices, que ostentaban satisfechas la

librea de la áurea mediocridad, y aun de la sencilla pobreza: el padre,

obeso, cano, rubicundo, redingote gris o marrón, al hombro larguísima

caña de pescar; la hija, vestido de lana obscura, sombrerillo de negra

paja con una sola flor, en la izquierda el cestito de los anzuelos y

demás enseres piscatorios, y llevando de la diestra al hermanito, a

quien pantalones y chaqueta quedaron ya muy cortos, y que luce la caña

de las botinas, y levanta orgulloso el cubo donde flotan los simples

peces víctimas del mortífero pasatiempo de su padre.

Tanto agradaban a Lucía el puente y el río, que a propósito andaba

despacio al pasarlos. La cortina de verdor del parque nuevo se tendía

ante su vista. Un tiempo fueron pantanos todo aquel hermoso jardín,

hasta que los potentes diques, colocados por Napoleón III para evitar la

inundación que seguía a cada crecida del Allier, y el saneamiento del

terreno, lo habían transformado en un lugar paradisíaco. Los árboles

selectos, bien nutridos, tenían en su mayor parte tonos de felpa verde,

intensos y aterciopelados; pero algunos amarilleando ya, se encendían al

sol poniente como pirámides de filigrana de oro. Otros eran rojizos, de

un rojo teja, que en las partes heridas por el sol se hacía carmín. La

anémica solía manifestar, al volver del paseo, el capricho de ir un rato

a sentarse en los bancos del parque. Por lo regular, allí había gente, y

alguno de los españoles de la colonia, conocidos de Perico o de Miranda,

hacíase acaso el encontradizo, y las saludaba y dirigía algunas frases

de ritual. A veces se aparecían también, a guisa de sorprendentes

cometas, las ricas cubanas de Amézaga, con sus sombreros

extraordinarios, sus sombrillas monumentales y sus atavíos caprichosos,

destilados siempre a la quinta esencia de la moda. Pilar las distinguía

de cien leguas, por sus famosos sombreros, imposibles de confundir con

otro tocado alguno. Eran como dos budineras grandes, cubiertas todas de

finísimas y menudas plumas encarnadas: un pájaro natural, una especie de

faisán disecado con primor, contorneaba el ala, torciéndose con gracia a

un lado de la cabeza. Tan singular adorno, semi-indostánico sentaba bien

a la palidez tropical y a los ojos de fuego de las dos cubanitas. Cuando

se aproximaban, Lucía daba un codazo a Pilar, diciéndole sin asomo de

malicia:

--Mira... ahí vienen los pajarracos de esas amigas tuyas.

La presencia de las Amézagas, como les llamaba Perico, determinaba

siempre en Pilar una especie de fiebrecilla que la dejaba postrada

después para dos horas. Al divisarlas a lo lejos, se componía

instintivamente el pelo, sacaba el pie calzado con zapatito Luis XV de

tafilete, y paseaba su mano nerviosa por los morenos encajes de su

pañoleta, haciendo destacar la flechilla de turquesas que la prendía.

Trababan conversación, y las de Amézaga hablaban como con pereza y

desdén, mirando al cielo o a los transeúntes, e hiriendo la arena con el

cuento de las sombrillas. Respuestas cortas e indolentes «hija, qué

quieres»; y «estuvo magnífico», «gente, como nunca»; «pues ya se ve que

estaba la sueca»; «raso crema y granadina heliotropo combinados»; «como

siempre, dedicadísimo a ella»; «sí, sí, calor»; «vaya, me alegro que lo

pases bien, hija»; contestaban a las afanosas preguntas de Pilar. Luego

se alejaban las cubanas, con carcajadillas discretas, con medias

palabras, taconeando firme y moviendo un ruge-ruge de telas frescas y de

ropa fina. Un cuarto de hora lo menos quedaba Pilar murmurando de las

petimetras y de alguien más también.

--¡Cada día más exageradas y más estrepitosas! Vamos, ¿te gusta a ti ese

traje tan raro, con una cabeza de pájaro igual a la del sombrero, en el

remate de cada frunce? Parecen un escaparate del Museo de Historia

Natural.... ¡Hasta en el abanico una cabeza de pájaro! No se concibe que

Worth haya ideado ese mamarracho.... Yo creo que los hacen en casa, con

la doncella, y después dicen que se los mandó Worth....

--No, si aseguran que su padre es un banquero riquísimo de la Habana....

--Sí, sí, tiene más ingenios que ingenio--pronunció Pilar repitiendo un

chiste que todo el invierno había rodado por Madrid a propósito de las

Amézagas.

--Ello no cabe duda que los pájaros son un adorno bien extraño.... Yo

también tengo uno en un sombrero.

--Sí, en una toca; pero es diferente. Además, una señora casada puede

permitirse ciertas cosas, que en el traje de las solteras....

--Por eso hizo bien Perico en no comprarte aquel abrigo bordado de

cuentas de colores que se te antojó. Era muy llamativo.

--No hay nada de eso... era distinguidísimo.... ¿qué entiendes tú de

esas cosas?

--Yo, nada--respondía Lucía risueña.

Un viaje de novios · 第 9 / 16 段