--¡Don Ignacio!--gritó la niña al ver poner la mano en el pestillo.

Cual si a aquella voz vibrante se despertase la memoria del desdichado

hijo, volvió pies atrás, fue derecho a Lucía, y sin pronunciar palabra

cogiole las dos manos, y las prensó entre las suyas, con enérgico y mudo

apretón. Así se estuvieron breves segundos sin acertar a decirse una

frase de despedida. Lucía quiso hablar; pero parecíale que un dogal muy

suave, de seda, se ceñía a su garganta, estrangulándola cada vez más. De

improviso la soltó Artegui; ella respiró, adosándose a la pared,

aturdida.... Cuando miró en torno, no estaba en la habitación sino

Gonzalvo, que leía entre dientes el telegrama, olvidado por su dueño

sobre la mesa.

--Pues es verdad, pues es verdad.... Y está en castellano, murmuraba:

«La señora bastante grave. Desea venga señorito.... Engracia.» ¿Quién

será esta Engracia, esta Engracia?¡Ah! ya sé: el ama de cría de

Artegui... el ama, de fijo. ¡Hombre, hombre! pues no sé si cogerá el

expreso, el expreso (esta palabra en labios de Gonzalvo sonaba así:

_epés_). Las dos y media... hace poco llegó el de España... aún tiene

tiempo.

Guardó otra vez el lindo reloj esqueleto con cifras grabadas en ambos

cristales, y volviendo los ojuelos a Lucía, añadió:

--Lo siento por usted; por usted, señora; ahora soy yo su escolta.... Lo

mejor es que se venga usted conmigo; aquí tengo a mi hermana, a mi

hermana, y las pondré a ustedes juntas.... No está.... No está bien una

señora así, sola en una fonda....

Gonzalvo tendió el brazo, y Lucía, pasivamente, iba a apoyarse en él;

pero se abrió de nuevo la puerta, y el camarero, con actitud teatral,

anunció:

--_Monsieur_ de Miranda.

Era, en efecto, el asendereado novio, cojeando de la pierna derecha,

pudiendo apenas sentar el pie, porque los agudos dolores de la luxación,

consecuencia ingrata del salto a la vía, se renovaban al apoyar la

planta en el suelo. Perdida así la gallardía del andar, los cuarenta y

pico se asomaban implacables a todas las líneas del rostro: la triste

raya de tinta de los bigotes resaltaba sobre la marchita tez; el párpado

caído, hundidas las sienes y desaliñado el cabello, parecía el ex buen

mozo una de esas desmanteladas torres, bellas a la luz crepuscular, pero

que a mediodía todas se vuelven grietas, ortigas, zarzales y lagartos. Y

como Lucía se quedase dudosa, indecisa, sin acertar ni a darle los

buenos días, ni a arrojarse en sus brazos, Gonzalvo, censor eterno y

sempiterno del matrimonio, desenlazó la extraña situación disparando la

risa, y adelantándose a dar un abrazo jocoserio a aquella lamentable

caricatura del esposo que llega.

-VIII-

Pocos días en Bayona bastaron para que Miranda se aliviase notablemente

de la dolorosa luxación, y a que Pilar Gonzalvo y Lucía se conociesen y

tratasen con cierta confianza. Pilar hacía rumbo, como Miranda, a Vichy;

sólo que mientras Miranda quería que las aguas enseñasen a su hígado a

elaborar el azúcar en justas y debidas proporciones para no dañar a la

economía, la madrileñita iba a las saludables termas en demanda de

partículas férreas que coloreasen su sangre y devolviesen el brillo a

sus apagados ojos. Hambrienta como toda persona débil, como todo

organismo pobre, de excitaciones, novedades y acontecimientos,

divirtiole en extremo la relación nueva de Lucía, y las raras peripecias

de su viaje, y el registro de sus galas de novia, que visitó sin

perdonar una, examinando los encajes de cada chambra, los volantes de

cada traje, las iniciales de cada pañuelo. Además, la simplicidad franca

de la leonesa le brindaba campo virgen e inculto donde plantar todas las

flores exóticas de la moda, todas las plantas ponzoñosas de la

maledicencia elegante. Tenía Pilar, de edad entonces de veintitrés años,

la malicia precoz que distingue a las señoritas que, con un pie en la

aristocracia por sus relaciones y otro en la clase media por sus

antecedentes, conocen todos los lados de la sociedad, y así averiguan

quién da citas a los duques, como quién se cartea con la vecina del

tercero. Pilar Gonzalvo era tolerada en las casas distinguidas de

Madrid; ser tolerado es un matiz del trato social, y otro matiz ser

admitido, como su hermano lo era: más allá del tolerar y del admitir

queda aún otro matiz supremo, el festejar; pocos gozan del privilegio de

que los festejen, reservado a las eminencias, que no se prodigan y se

dejan ver únicamente de año en año, a los banqueros y magnates

opulentos, que dan bailes, fiestas y misas del gallo con cena después, a

las hermosuras durante un breve y deslumbrador período de plena

florescencia, a los políticos que están en puerta como los naipes.

Personas hay admitidas, que un día, de repente, se hallan festejadas por

cualquier motivo, por un peinado nuevo, por un caballo que ganó en las

carreras, por un escándalo que las gentes susurran bajito y piensan leer

en el rostro del feliz mortal. De estos éxitos efímeros Perico Gonzalvo

tuvo muchos: su hermana, ninguno, a despecho de reiterados esfuerzos

para obtenerlos. Ni logró siquiera subir de tolerada a admitida. El

mundo es ancho para los hombres, pero angosto, angosto para las mujeres.

Siempre sintió Pilar la valla invisible que se elevaba entre ella y

aquellas hijas de grandes de España, cuyos hermanos tan familiar e

íntimamente frisaban con Perico. De aquí nació un rencor sordo, unido a

no poca admiración y envidia, y se engendró la lenta irritación nerviosa

que dio al traste con la salud de la madrileña. El paroxismo de un deseo

no saciado, las ansias de la vanidad mal satisfecha, alteraron su

temperamento, ya no muy sano y equilibrado antes. Tenía, como su

hermano, tez de linfática blancura, encubriendo el afeite las muchas

pecas: los ojos no grandes, pero garzos y expresivos, y rubio el

cabello, que peinaba con arte. A la sazón, sus orejas parecían de cera,

sus labios apenas cortaban, con una línea de rosa apagado, la amarillez

de la barbilla, sus venas azuladas se señalaban bajo la piel, y sus

encías, blanquecinas y flácidas, daban color de marfil antiguo a los

ralos dientes. La primavera se había presentado para ella bajo malísimos

auspicios; los conciertos de Cuaresma y los últimos bailes de Pascua, de

los cuales no quiso perder uno, le costaron palpitaciones todas las

noches, cansancio inexplicable en las piernas, perversiones extrañas del

apetito: derivaba la anemia hacia la neurosis, y Pilar masticaba, a

hurtadillas, raspaduras del pedestal de las estatuitas de barro que

adornaban sus rinconeras y tocador. Sentía dolores intolerables en el

epigastrio; pero por no romper el hilo de sus fiestas, calló como una

muerta. Al cabo, hacia el estío, se resolvió a quejarse, pensando

acertadamente que la enfermedad era pretexto oportuno para un veraneo

conforme a los cánones del buen tono. Vivía Pilar con su padre y con una

tía paterna; ni uno ni otro se resolvieron acompañarla; el padre,

magistrado jubilado, por no dejar la Bolsa, donde a la chita callando

realizaba sus jugaditas modestas y felices; la tía, viuda y muy dada a

la devoción, por horror de los jolgorios que sin duda le preparaba su

sobrina como método curativo. Recayó, pues, la comisión en Perico

Gonzalvo, que, cargando con su hermana, hubo de llevársela al Sardinero,

contando con que no faltarían amigas que allí le relevasen en su oficio

de rodrigón. Así fue: sobraban en la playa familias conocidas que se

encargaron de zarandear a Pilar, y de llevarla de zeca en meca. Mas

desgraciadamente para Perico, los baños de mar, que al pronto aliviaron

a su hermana, concluyeron, cuando abusó de ellos y quiso nadar y meterse

en dibujos, por abrir brecha en su débil organismo, y comenzó a cansarse

otra vez, a despertar bañada en sudor, a sentir desgano, al par que

comía vorazmente raros manjares. Lo que más la asustó fue ver que se le

caía el pelo a madejas. Al peinarse, se enfurecía, y llamaba a gritos a

Perico, pidiéndole un remedio para no quedarse calva. Un día el médico

que la visitaba llamó aparte a su hermano, y le dijo:

--Es preciso que tenga usted tino con su hermanita. Que no tome más

baños.

--¿Pero está de cuidado, de cuidado?--interrogó el mozo abriendo cuanto

podía sus ojos chicos.

--Podrá estarlo muy en breve.

--¡Diablo, diablo, diablo! ¿usted cree que tiene una tisis, una

tisis?--(_tiziz_ pronunciaba Perico.)

--No digo tanto: opino que aún no se halla interesado el pulmón, pero en

el momento menos pensado la sangre se agolpa allí, la congestión

sobreviene, y... a cada instante se dan casos de ese género. Hay en ella

un terrible empobrecimiento de la sangre: está con el pulso de un pollo:

hay además una sobreexcitación nerviosa que se acentúa periódicamente, y

una honda perturbación gástrica.... Si valiese mi parecer, aprovecharían

ustedes el otoño para tomar unas aguas....

--¿Panticosa, Panticosa?

--En este caso tengo, por preferibles los manantiales ferruginosos de

Vichy.... La anemia es el primer enemigo que hay que combatir, y la

indicación gástrica está también atendida en esas aguas.... En segundo

término, Aguas-Buenas o Puertollano... pero no se descuide usted: en

esta quincena ha perdido terreno, y la alopecia y el sudar son síntomas

muy característicos....

Y como Perico se retirase cabizbajo, añadió el doctor:

--Sobre todo pocas excitaciones... nada de bailar, ni de nadar... reposo

moral... ni música, ni novelas.... Las aldeanas que padecen el mal de su

hermana de usted se curan con agua, donde echan un manojo de clavos, o

escoria de fragua.... La civilización hace artificioso todo: si quiere

sanar, que no trasnoche, que no ande en funciones... el corsé flojo, los

tacones anchos....

--Sí, sí, pide peras al olmo, al olmo--ceceaba Perico por lo bajo--.

Cualquier día se pone mi señora hermana un alfiler menos, un alfiler

menos, aunque se la lleve pateta.

Cuando Pilar supo la decisión del Esculapio, colgárse del cuello de

Perico, en un arranque de amor fraternal no manifestado hasta entonces.

Hizo mil monerías felinas, se volvió dulce, obediente, prudentísima en

todo, prometiendo cuanto se le exigía y más aún.

--Periquín, reprecioso, anda, mono, ¿verdad que me llevas? Anda, di que

sí, bobo, anda. ¡Si vales tú más que todas las cosas! Anda, ¿qué

Puertollano ni qué...? Vamos a Francia, ¡qué gusto, señor! ¡parece

mentira! ¡Qué dirán cuando lo sepan Visitación y las de Lomillos! No, ya

ves tú, cuando el médico lo dice, hay que hacerlo.... ¿Qué te voy a

estorbar siempre cosida a ti? Hombre, yo encontraré amigas: ¿no ha de

estar allí nadie conocido? Yo me ingeniaré, verás. Voy a hacerme un

traje de tela cruda, que hasta allí.... Bueno, bueno, hombre, no te

pongas hecho una sierpe.... Si ya sé que tengo que guardar método, y

acostarme temprano... a las ocho con las gallinitas: ¿qué más pides?

¡Ay, qué rico hermano me dio Dios! ¡Así todas se me mueren por él!

--¿Si pensarás, si pensarás tú que me la das con tus lagoterías? Anda,

déjame en paz... te llevo porque es preciso, preciso, si no ¿quién te

aguanta en invierno? Pero a ver cómo somos formales, formales... o te

quemo esos moños malditos... al fin nunca vas sino hecha una cursi, una

cursi....

Devoró la injuria Pilar, como devoraría en tales circunstancias otra más

fuerte aún, y sólo pensó en el elegante viaje que con tanto lucimiento

coronaba sus expediciones veraniegas. Gonzalvo padre, que amén de la

jubilación no carecía de bienes, aflojó los cordones de la bolsa, no sin

recomendar la parsimonia y economía a su hija: en los asuntos de Perico

no se metía nunca, pasábale una pensión mensual, y hacía como si no

viese que Perico, recibiendo como uno, gastaba como diez, la daba de

príncipe y jamás pedía aumento de sueldo.

Con esto, los dos hermanos salieron en triunfo del Sardinero para

Francia y detuviéronse en Bayona, en el hotel de San Esteban, donde

tuvimos la honra de conocerles. Vio el cielo abierto Perico cuando supo

que Miranda y su mujer seguían a Vichy, y comprendió que Lucía era la

persona más a propósito para relevarle en acompañar a Pilar, y aún para

hacer de enfermera en caso de necesidad. Desde luego fomentó el trato de

las dos, y concertaron salir reunidos para Vichy.

Las noticias dadas por su hermano acerca de Lucía y Miranda lograron

aguzar singularmente la hambrienta curiosidad de la anémica, y su olfato

fino percibía no sé qué emanaciones novelescas en los sucesos acaecidos

al matrimonio. El hermano y la hermana habían conferenciado largamente

acerca del asunto, a medias palabras, atreviéndose a veces a lanzar una

expresión más viva y cruda, riéndose entrambos. Era uno de los goces

mayores de Lucía las conversaciones que a veces pasaba con Perico cuando

él se dignaba tratarla, no como a una chiquilla, sino como a mujer

hecha, y le comunicaba detalles, anécdotas y sucesos de lo que por lo

regular no llegan a oídos de las doncellitas educadas con cierta

severidad y recato. Perico y su hermana, no muy tiernos y afectuosos

entre sí, se entendían a maravilla en el terreno de las picardigüelas, y

a veces la hermana completaba la frase picante, detenida en labios del

hermano por unas miajas de la reserva que inspira la mujer aún al hombre

menos capaz de tenerla. Experimentaba Pilar malsana fruición en recorrer

aspectos del cosmorama de la vida, donde nunca fijaban sus ojos las

hijas de los grandes de España por ella tan envidiadas, y que, por

entonces, viviendo en la claustral atmósfera de sus palacios, vigiladas

siempre por la institutriz rígida, llevan en la frente, a los

veinticinco años, el sello de su altiva inocencia.

--Pues yo--decía Perico a Pilar--subí al cuarto de Artegui, porque la

verdad, la verdad, me dio curiosidad cuando me dijeron que tenía una

chica muy guapa, muy guapa, consigo.

--Claro que era para dar curiosidad a la mismísima estatua de

Mendizábal, hombre.... Ese Artegui, a quien nunca se le conoció un mal

trapicheo....

--No, si es un raro, un raro. Riquísimo, y hace vida de fraile. Si yo

tuviese sus onzas, sus onzas.... ¡ole con ole!

--Pero di, ¿y te parece a ti, que no hay gato encerrado en lo de Artegui

y Lucía?

--¡Pch! no--silbó Perico, que a diferencia de su hermana, no era

maldiciente, sino cuando se irritaba contra alguno--. Ese Artegui tiene

sangre de horchata, de horchata, y estoy segurísimo de que ni esto, ni

esto le ha dicho. (Y chasqueó la uña del pulgar contra uno de sus

paletos,)

--La verdad es que ella es una cursi destemplada.... Pero vamos a

cuentas, Periquín: ¿no me dijiste tú que se quedó muy triste, y toda

turulata, cuando él se fue y entró Miranda después?

--Pero ponte en el caso, ponte en el caso.... Miranda parecía la estampa

de la herejía....

--No, no quisiera verme en el caso--exclamó Pilar riendo a carcajadas.

--Luego el muy papanatas, hizo lo que todos los gallos, lo que todos los

gallos que están de mal humor...--siguió Perico riendo a su vez--. Si

había de ponerse agradable, de decirle algo a la pobre chica... le soltó

una filípica como para ella sola, para ella sola, porque no se había

vuelto a Miranda de Ebro, de Ebro, a cuidarle la pata desencolada...

También sólo a él se le ocurre desmayarse por una torcedura, y no

telegrafiar a su mujer avisándola.... Y le preguntó con un aire trágico,

trágico: «¿dónde anda tu solícito acompañante?» Estaba el hombre

celestial.

--¿Ves? Pues tiene celos el marido. Lo decía yo.... Si tú eres un

inocentón.

--¡Hija, hija, hija! ¡Cualquiera me la pega a mí, a mí, en esas

cuestiones! Te digo, te digo, que no tenían nada Artegui y Lucía, y

Lucía....

Ahora mismo apuesto cuatro onzas, cuatro onzas....

--Pues yo--recalcó Pilar con su insistencia de enfermo lúcido--, aseguro

que lo que es ella... ella... a él no le he visto, que si le viese,

sabría.... Pero ella... cada suspiro le oí... y esos no son por Miranda.

Está a veces tan pensativa.. aunque otras se alegra y ríe, y es una

chiquilla....

--¡Bah, bah, bah! no digo yo que a ella, allá en sus adentros, sus

adentros... pero tú no entiendes de esto... yo te afirmo que lo que es

tener, no han tenido nada, nada... si sabré yo....

--Y yo también...--afirmó cínicamente Pilar--. Bueno, los dos

acertamos... no hubo nada... pero está.... ¿cómo dicen de las palomas en

el tiro? Tocada en el ala.

--¡Bah! ¡Bah!--silbó de nuevo Perico, indicando su desdén hacia todo

sentimentalismo, ensueño o análoga nimiedad amorosa--. Eso no vale nada,

nada... como no le esperen a Miranda peores ratos... tiene bemoles,

bemoles, eso de torcerse una pata, y esperarse dos días a que la

enderecen, enderecen... dejando a su novia andar por esos mundos.... Es

divino, divino. Lo que le carga a él, es que se sepa, que se sepa... yo

le doy cada solo....

--No, mira, no le enfades.... Ya sabes que nos vinieron como llovidos

del cielo....

--No te ocupes, hija, no te ocupes.... Si lo cierto es que Miranda no

vive, no vive sin mí, porque se aburre, se aburre, y sólo yo le quito el

esplín, el esplín, el esplín, hablándole de sus conquistas.... Y está

hecho una plasta.... Falta le hace beberse medio Vichy... meterse ahora

en floreos, a su edad, a su edad....

No era aburrimiento lo que tenía Miranda: era su mal del hígado,

furiosamente exacerbado con el despecho de la ridícula aventura que

cortó el viaje de novios. Sus sienes verdeaban, sus ojeras se teñían de

matices amoratados, la bilis se infiltraba bajo la piel, y así como una

casa nueva hace parecer más vetustas las que están a su lado, así la

lozana juventud de Lucía acentuaba el deterioro del marido. Verificábase

en Lucía la encantadora transición de niña a mujer; sus movimientos, más

lentos y reposados, tenían mayor gracia; al paso que en él, la madurez

se trocaba en vejez, más bien que por los años, por la ruina de la

organización. Mostrábase Lucía con él tanto más afectuosa, cuanto más le

veía roído por los achaques, y cuanto más notaba en su rostro las

huellas del padecimiento cruel. No la arredraban ciertos despegos,

ciertas durezas inexplicables de Miranda; servíale piadosa y

filialmente, hablábale con dulzura, hacíale ella misma los remedios y le

vendaba el pie lastimado, con la devoción con que vestiría a una santa

imagen. Era feliz y hasta se conmovía, cuando él hallaba bien colocado

el apósito. Al fin Miranda pudo andar sin riesgo. Las lujaciones duran

poco, aunque en la edad de Miranda sean más tenaces. Diéronle de alta, y

todos se dispusieron a tomar la ruta de Vichy. La estación adelantaba:

estaban casi a mediados de Septiembre, y esperar más era exponerse a las

persistentes lluvias de aquel clima. Por encargo de Miranda el ama del

hotel escribió a la villa termal, encargando hospedaje. Con verbosidad

enteramente francesa convenció a Miranda y a Perico de que debían

alojarse en un _chalet_, por evitar a las damas la enojosa promiscuidad

de la mesa redonda de hotel, y para que se encontrasen como en su propia

casa. Repartido entre las dos familias, no sería exorbitante el coste y

las ventajas muchas. Conviniéronse en ello, y Miranda hubo de pedir la

cuenta del gasto hecho en el hotel, que le trajeron escrita en casi

indescifrables garrapatos. Cuando logró entenderlos llamó al ama.

--Aquí--dijo apoyando el dedo sobre las patas de mosca--hay un error; se

equivoca usted en contra suya. A la señora le pone usted los mismos días

de estancia que a mí, y en realidad tiene dos más.

--Dos más... contestó el ama reflexionando.

--Sí, señora; ¿no llegó dos días antes?

--¡Ah! tiene el señor razón... pero es que _Monsieur_ Artegui, los dejó

pagados.

Lucía, que a la sazón doblaba algunas prendas de ropa para colocarlas en

su baúl, volvió repentinamente la cabeza, como ave al reclamo. Sus

mejillas estaban encendidas.

--¡Pagados!--repitió Miranda, en cuya pupila mortecina y térrea se

encendió breve chispa--. ¡Pagados! ¿Y con qué derecho, señora? Quisiera

saberlo.

--Señor, eso no me concierne... (_ce n'est pas mon affaire_)--exclamó la

fondista, acudiendo, para mejor explicarse, a su idioma natal--. Yo

recibo viajeros, ¿no es eso? Viene una dama con un caballero, ¿no es

eso? Me paga la estancia de esa dama al marcharse, y yo no le pregunto

si tiene o no derecho para pagar, ¿no es eso? Él paga, y basta (_voilá

tout_).

--Pues--pronunció Miranda, alzando la voz--lo de la señora lo pago yo, y

nada más; y usted me hará merced de girar una letra a... ese señor,

devolviéndole lo cobrado.

--El señor será bastante amable de dispensarme...--protestó la fondista,

despedazando sin compasión, en su aturdimiento, la sintaxis

castellana--. Yo me rehúso a lo que el señor propone, yo soy

verdaderamente desolada, pero esto, no se hace, esto no se hizo jamás en

nuestras casas.... Sería una falta, una grave falta, Monsieur Artegui

tendría razón de quejarse.... Yo demando bien perdón al señor....

--Váyase usted al demonio--contestó en castizo castellano Miranda,

volviendo las espaldas a su interlocutora, y olvidando, como solía, sus

postizas finuras de salón ante la herida de su amor propio.

Lucía aun vendó aquella noche el pie, casi sano ya, de Miranda. Hízolo

con el tino y delicadeza que acostumbraba; pero al apoyar en su rodilla

la planta de su marido para mejor poder colocar la compresa y ceñir las

tiras de goma elástica a la articulación, no sonreía como las demás

veces. Silenciosa llenó el caritativo deber, y al levantarse del suelo,

exhaló leve suspiro, como el que desahoga, cumplida alguna tarea de que

cuerpo y espíritu por igual recibieron cansancio.

-IX-

El _chalet_ alquilado en Vichy por las dos familias, Miranda y Gonzalvo,

llevaba el poético letrero de _Chalet de las Rosas_. A fin de justificar

el nombre, sin duda, corrían por todos sus calados balaústres airosos

festones de rosal enredadera, al extremo de cuyas ramas oscilaban las

cabecitas lánguidas de las últimas rosas de la estación. Habíalas color

barquillo bajo, realzadas por la nota de fuego de las bengalas, y las

rosas enanas, de matiz de carne, parecían rostros microscópicos, que

miraban curiosos a las vidrieras del _chalet_. En el jardinete, ante el

peristilo, era una gentil confusión de rosas de todos los tonos y

tamaños. Las _Maimaison_ descollaban rosadas y turgentes, como un

hermoso seno; las té se deshacían, dejando pender sus desmayados

pétalos; las de Alejandría, erguidas y elegantes, vertían su copa de

esencia embriagadora; las musgosas reían irónicas con sus labios de

carmín, al través de una barba tupida y verde; las albas desafiaban a la

nieve con su fría y cándida belleza, con su rigidez púdica de flores de

batista. Y entre sus lindas hermanas, la exótica viridiflora ocultaba

sus capullos glaucos, como avergonzándose del extraño color alagartado

de sus flores de su fealdad de planta rara, interesante tan sólo para el

botánico.

Un viaje de novios · 第 8 / 16 段