en prueba de ello voy a adivinar eso que se calló. ¡Verá usted que
sí!--gritó, cuando Artegui hubo meneado sonriendo la cabeza--. Usted se
aburrió menos en esa temporada en que fue médico de afición; pero en
cambio... con ver tanto muerto, y tanta sangre, y tanta barbaridad, aún
se volvió usted más... más judío que antes. ¿No es así? ¿Di o no di en
ello?
Artegui la miró, y con mudo asombro frunció el entrecejo sin replicar.
--¿Y quiere usted que le diga? Pues eso, eso es lo que usted tiene, y
por lo que está usted tan a mal con la suerte y consigo mismo. Si usted
fuese buen cristiano podría usted estar triste, pero... de otra manera,
vamos, de otra manera; con tristeza más dulce y más resignada. Porque
quien espera irse al cielo, sabe sufrir acá y no se desespera.
Y como Artegui, silencioso y apretados los labios volviese a otra parte
la cabeza, murmuró la niña, en voz suave como una caricia:
--Don Ignacio, el padre Urtazu me ha dicho que había unos hombres que no
querían admitir lo que la Iglesia enseña y creemos nosotros, pero que
allá... a su manera, a su capricho, en fin, adoraban a un Dios que ellos
se forjaban... y creían en la otra vida también, y en que el alma no
muere al morir el cuerpo.... ¿Es usted de esos?
Él no respondió palabra, y doblando violentamente dos o tres ramas de
mimbre, hízolas estallar. Cayeron inertes los tronchados troncos; pero
unidos aún por la corteza, quedaron colgando como rotos miembros de
inválido.
--¿Tampoco es usted de esos?--siguió la niña volviéndose hacia él, con
las manos juntas, semiarrodillada en el ribazo--. ¿Tampoco así cree
usted? Don Ignacio, de veras, ¿no cree usted en nada? ¿En nada?
Levantose Ignacio de un brinco, y, quedándose en pie sobre la parte más
elevada del ribazo, dominando el paisaje todo, pronunció lentamente:
--Creo en el mal.
De lejos, era escultural el grupo. Lucía, anonadada, casi de hinojos,
cruzadas las manos, imploraba: Artegui, alzado el brazo, erguido el
cuerpo, mirando con doloroso reto a la bóveda celeste, pareciera un
personaje dramático, un rebelde Titán, a no vestir el traje llano y
prosaico de nuestros días. Más entoldado cada vez el celaje, se
acumulaban en él nubarrones plomizos, como enormes copos de algodón en
rama, hacia la parte donde caían Biarritz y el Océano. Ráfagas
sofocantes cruzaban, muy bajas, casi a flor de tierra, doblegando los
tallos de los juncos y estremeciendo el agudo follaje de los mimbrales a
su hálito de fuego. Poderoso gemido exhalaba la llanura al percibir los
signos precursores de la tormenta. Dijérase que el mal, evocado por la
voz de su adorador, acudía, se manifestaba tremendo, asombrando a la
naturaleza toda con sus anchas alas negras, a cuyo batir pudieran
achacarse las exhalaciones asfixiantes que encendían la atmósfera.
Lóbrego y obscuro, como la luna de un espejo de acero, el pantano
dormía, y las florecillas acuáticas se desmayaban en sus bordes. La voz
de Artegui, más intensa que elevada, resonaba entre el pavoroso
silencio.
--En el mal--repetía--, que por todas partes nos cerca y envuelve, de la
cuna al sepulcro, sin que nunca se aparte de nosotros. En el mal, que
hace de la tierra vasto campo de batalla, donde no vive cada ser sin la
muerte y el dolor de otros seres; en el mal, que es el eje del mundo y
el resorte de la vida.
--Señor de Artegui...--balbució débilmente Lucía--, usted, según creo,
dará culto al demonio, negándoselo a Dios.
--¡Culto! no, ¿he de dar culto al poder inicuo que, guarecido en la
sombra, conspira al daño común? Luchar, luchar con él quiero ahora y
siempre. Usted le llama demonio: yo el mal, el dolor universal. Yo, sé
cómo se le vence.
--Con fe y buenas obras--exclamó la niña.
--Muriendo--respondió él.
Quien de lejos divisara aquella pareja, mancebo galán y lozana
doncellita, departiendo solos en la vega frondosa, tomáralos, a buen
seguro, por enamorados novios; y no creyera que hablaban de dolor y
muerte, sino de amor, que es la vida misma. Artegui, de pie, se veía
claramente en los garzos ojos que hacia él alzaba Lucía, ojos que, a
pesar de la obscuridad del cielo, parecían salpicados de pajuelas
luminosas.
--¡Muriendo!--repitió ella, como el árbol repercute el sonido del golpe
que le hiere.
--Muriendo. El dolor no concluye sino en la muerte: sólo la muerte burla
a la fuerza creedora que goza en engendrar para atormentar después a su
infeliz progenitura.
--No le entiendo a usted--murmuró Lucía--; pero tengo miedo--. Y su
cuerpo temblaba todo como los mimbrales.
Artegui no contestó palabra: mas una voz grave y poderosa, retumbando en
los cielos, se unió de pronto al extraño dúo. Era el trueno, que
estallaba a lo lejos, solemne y terrible. Lucía exhaló un gemido de
pavor, cayendo con la faz contra la hierba. Desgarráronse las nubes, y
anchas gotas de agua cayeron, sonando como goterones de plomo líquido en
la crujiente seda de las frondas de mimbre. Bajose rápidamente Artegui,
y tomando con nervioso vigor a Lucía en sus brazos, dio a correr sin
mirar por dónde, saltando zanjas, atravesando barbechos, pisando apios y
coles, hasta llegar, azotado por la lluvia, perseguido por el trueno que
se acercaba, a la carretera. El cochero renegaba del mal tiempo
enérgicamente cuando Artegui depositó a Lucía casi exánime en el
asiento, subiendo a toda prisa el hule, para guarecerla algo. Las jacas,
espantadas, salieron sin aguardar la caricia de la fusta, y, aguzadas
las orejas y ensanchando las fosas nasales, arrancaron hacia Bayona.
-VII-
Lucía acababa de secarse ante la chimenea encendida por Artegui en su
cuarto. Los cabellos, antes empapados y pegados a la frente, comenzaban
a revolar ligeros en torno de sus sienes; su ropa humeaba aún, pero ya
el benéfico calorcillo, penetrándola, le restituía la acostumbrada
soltura. Sólo la pluma del sombrero, lastimosamente alicaída,
atestiguaba los estragos de la arroyada, a despecho de la prolijidad con
que su dueña, aproximándola a las llamas, intentaba devolverle las
gráciles roscas.
En una butaca yacía Artegui, cual siempre, yerto, abandonado a la
inercia de sus ensueños. Reposaba sin duda la fatiga de haber prendido
fuego a los cepos que tan regocijadamente ardían, y pedido té y
servídolo, mezclándole unas gotas de ron. Silencioso y quieto ahora,
posaba los ojos en Lucía y en el fuego, que daba móvil fondo rojo a su
cabeza. Mientras Lucía sintió el peso de la mojada ropa y la prensión
del calzado húmedo, mantúvose también muda y encogida, tiritando,
creyendo escuchar aún el redoble de los truenos y sentir los picotazos
de las múltiples agujas de la lluvia en sus mejillas.
Poco a poco la suave influencia del calor fue desatando sus miembros
entumecidos y paralizada lengua. Adelantó los pies, luego las manos,
hacia la hoguera; sacudió las enaguas, con objeto de enjugarlas por
igual, y finalmente, sentose en el suelo a la turca para mejor gozar del
fuego, que contempló fija y absorta, oyéndole crujir y viendo los
troncos pasar de color de brasa al negro.
--¿Don Ignacio?--dijo de pronto
--¿Lucía?
--¿A que no sabe usted lo que estoy pensando?
--Usted dirá.
--Son tan raras las cosas que desde anteayer me suceden; está tan fuera
de sus naturales caminos mi vivir desde estos días; tan singular e
inaudito me parece lo que usted dijo allá... junto al pantano, que
imagino si me quedaría dormida en Miranda de Ebro, y no habré despertado
aún. Yo debo estar todavía en el vagón, es decir, allí estará mi cuerpo,
pero mi alma se escapó y sueña tales tonterías... a la fuerza.
--No sé qué tenga de particular cuanto a usted acontece: antes tiene
mucho de vulgar y sencillo. Se queda atrás su marido de usted; y yo, que
por casualidad la encuentro entonces, la acompaño hasta que él venga. Ni
más ni menos. No hagamos novela.
Artegui hablaba con su entonación lenta y desdeñosa de costumbre.
--No--insistió Lucía--, si lo extraño no es lo que me ha sucedido. Lo
que hallo inusitado, es usted. Vamos, Don Ignacio, que usted bien lo
conoce. Yo nunca vi a nadie que pensase lo que usted piensa, ni que lo
dijese; y por eso a veces--murmuró cogiéndose la frente con ambas
manos--suele pasarme por acá la idea de que estoy soñando aún.
Levantose Artegui del sillón y acercose al fuego. Su gallarda estatura
crecía al reflejo de la lumbre, y a Lucía, sentada en el suelo,
pareciole más alto que de ordinario.
--Importa--dijo él inclinándose--que le pida a usted perdón. Yo no
acostumbro decir ciertas cosas al primero que llega; pero a personas
como usted todavía menos. He soltado mil necedades, que con razón
asustaron a usted. Sobre ser inconveniente, es de mal gusto y hasta
cruel, lo que hice. Procedí como un necio y me pesa de ello: créalo
usted.
Lucía, levantando el rostro, le miraba. El resplandor de la lumbre
doraba su cabello castaño, y teñía de rosa toda su carne: brillábanle
los ojos, que alzaba, obligada por la postura.
--Tengo--prosiguió Artegui--dos temperamentos, y suelo obedecerles
irreflexivamente, como un niño. Por lo regular, soy como era mi padre,
muy firme de voluntad, muy reservado y dueño de sí mismo; pero a veces
domina en mí el temperamento materno. Mi pobre madre padeció siendo muy
joven, allá en su castillote de Bretaña, ataques de nervios, melancolías
y trastornos que nunca ha logrado curar del todo, si bien se aliviaron
algo después de mi nacimiento. Ella soltó parte del mal, y yo le recogí;
¡qué mucho que en ocasiones obre y hable, no como hombre, sino como niño
o mujer!
--Eso es, Don Ignacio--exclamó Lucía--, que en sana razón no pensaría
usted lo que... lo que dijo allí.
--Yendo con usted--prosiguió él--, con una criatura joven y leal, que
ama la vida y siente, y cree, ¿quién me metía a mí a hablar de nada
triste, ni exponer desvaríos abstrusos, convirtiendo el paseo en
cátedra? ¡Ridiculez igual! soy un majadero. Lucia--añadió con
naturalidad y sin la menor expresión de amargura--, usted dispensa mi
falta de tino, ¿no es cierto?
--Sí, Don Ignacio--murmuró ella bajo.
Artegui arrastró el sillón, y sentose cerca del fuego también, alargando
manos y pies hacia la llama.
--¿No siente usted frío ya?--preguntó a Lucía.
--No, señor. Un calor muy agradable, al contrario.
--¿A ver esas manos?
Lucía, sin levantarse, entregó sus manos a Artegui, que las halló tibias
y suaves, y las soltó presto.
--Con la lluvia--añadió--, no pude llevarla a usted un poco más lejos,
hacia la parte de Biarritz, donde hay tan bonitas quintas y parques al
estilo inglés. Ni hemos disfrutado casi de la hermosa campiña. ¡Qué bien
olían los henos y los tréboles! Y la tierra. El olor de la tierra
labrada es algo acre, pero muy grato.
--Lo que olía bien, eran unas mentas que vi al borde del pantano. Siento
no haberme traído ramas.
--¿Quiere usted que vaya por ellas? Pronto estaría de vuelta....
--¡Jesús, María y José! ¡Qué disparate, Don Ignacio! ¡ir ahora por las
mentas!--dijo Lucía; pero el placer de la oferta tiñó de púrpura su
rostro.
--¿Oye usted cómo diluvia?--agregó por mudar de asunto.
--La mañana no anunciaba este turbión--repuso Artegui--. Es muy húmeda
toda Francia en general, y esta cuenca del Adour no desmiente la regla.
¡Lástima no haber podido recorrer Biarritz! Hay allí palacios y
comercios monísimos. La llevaría a usted a ver la Virgen que, desde una
roca, parece que sosiega el Océano.... Más hermosa idea artística no se
puede dar.
--¿Cómo? ¿la Virgen?--preguntó muy interesada Lucía.
--Una estatua erigida sobre unos peñascos.... Al ponerse el sol, es un
efecto maravilloso: la estatua parece de oro, y la rodea un mar de
fuego.... Es una aparición.
--¡Ay, Don Ignacio! ¿me llevará usted mañana?--gritó Lucía, dilatados
los ojos con el afán y alzando sus manos suplicantes.
--Mañana...--Artegui se quedó otra vez pensativo--. Pero,
señora--pronunció ya con diverso tono--, ¡hoy debe llegar su marido de
usted!
--Es verdad.
Cesó de suyo el diálogo, y ambos interlocutores miraron el fuego, y aún
Artegui le añadió leña, porque menguaba. Crujieron los inflamados
tizones, y algunos se abrieron, hendiéndose como la granada madura;
saltaron mil chispas, y medio se desmoronó el ígneo edificio bajo el
peso de los nuevos materiales. Lamió suavemente la llama el reciente
pasto que le ofrecían, y al fin comenzó a clavarle sus lenguas de áspid,
arrancando con cada beso ardiente un chasquido de dolor. Aunque no fuese
todavía muy remota la hora meridiana, estaba el aposento casi obscuro,
tal era al exterior el aguacero y el negror del cielo.
--No ha almorzado usted, Lucía--recordó de pronto Artegui,
levantándose--. Voy a decir que le traigan a usted el almuerzo aquí.
--¿Y usted, Don Ignacio?
--Yo... almorzaré también, abajo, en el comedor. Es ya muy hora.
--Pero ¿por qué no almuerza usted aquí, conmigo?
--No, abajo--replicó él avanzando hacia la puerta.
--Como usted quiera... pero yo no tengo ganas. No me traiga usted nada.
Estoy... así, vamos, no sé cómo.
--Tome usted algo... ha cogido usted frío y le conviene entrar en
reacción.
--No... aún si usted almorzase aquí, me animaría tal vez--, insistió
ella con tenacidad de niña voluntariosa.
Encogiose Artegui de hombros como aquel que se resigna, y tiró del
cordón de la campanilla. Cuando un cuarto de hora después entró el
camarero con la bandeja, ardía el fuego más que nunca claro y
regocijado, y las dos butacas, colocadas a ambos lados de la chimenea, y
el velador cubierto de níveo mantel, convidaban a la dulce intimidad del
almuerzo. Brillaban las limpias copas, las garrafas, la salvilla, las
vinagreras, el aro de plata del mostacero: los rábanos, nadando en fina
concha de porcelana, parecían capullos de rosa; el lenguado frito
presentaba su dorado lomo, donde se destacaba el oro pálido de las
ruedas de limón, y el verde chamuscado de las ramas de perejil; los
bisteques reposaban sangrientos en lago de liquida manteca; y en las
transparentes copas de muselina destellaba el intenso granate del
Borgoña y el rubio topacio del Chateau-Iquem. Al entrar y salir; al
dejar cada plato, o recogerlo, reíase el camarero, para su sayo, de la
enamorada pareja española, que quería habitación aparte, para luego
almorzar así, mano a mano, al halago de la lumbre. A fuer de francés de
raza, el sirviente aprovechaba la situación, subiendo el gasto. Había
presentado a Artegui la lista de los vinos, y se permitía indicaciones y
consejos.
--El señor querrá Champagne helado.... Se lo traeré en garrafa, es más
cómodo.... Las ananas que hay en la casa son excelentes: voy a traer...
El Málaga nos llega directamente de España: ¡oh! el vino de España...
¡clac! no hay como la España para vinos....
Y fueron viniendo botellas, aumentándose copas a la ya formidable
batería que cada convidado tenía ante sí; anchas y planas, como las de
los relieves antiguos, para el espumante Champagne; verdes y angostas,
finísimas, para el Rhin; cortas como dedales, sostenidas en breve pie,
para el Málaga meridional. Apenas llegó Lucía a catar dos dedos de cada
vino; pero los iba probando todos por curiosidad golosa; y, un tanto
pesada ya la cabeza, olvidando deliciosamente las peripecias del paseo
matinal, se recostaba en la butaca, proyectando el busto, enseñando al
sonreír los blancos dientes entre los labios húmedos, con risa de
bacante inocente aún, que por vez primera prueba el zumo de las vides.
La atmósfera de la cerrada habitación era de estufa: flotaban en ella
espirituosos efluvios de bebidas, vaho de suculentos manjares, y el
calor uniforme, apacible de la chimenea, y el leve aroma resinoso de los
ardidos leños. Lindo asunto para una anacreóntica moderna, aquella mujer
que alzaba la copa, aquel vino claro que al caer formaba una cascada
ligera y brillante, aquel hombre pensativo, que alternativamente
consideraba la mesa en desorden, y la risueña ninfa, de mejillas
encendidas y chispeantes ojos. Sentíase Artegui tan dueño de la hora,
del instante presente, que, desdeñoso y melancólico, contemplaba a Lucía
como el viajero a la flor de la cual aparta su pie. Ni vinos, ni
licores, ni blando calor de llama, eran ya bastantes para sacar de su
apático sueño al pesimista: circulaba lenta en sus venas la sangre, y en
las de Lucía giraba pronta, generosa y juvenil. Hermoso era, sin
embargo, para los dos el momento, de concordia suprema, de dulce olvido;
la vida pasada se borraba, la presente era como una tranquila eternidad,
entre cuatro paredes, en el adormecimiento beato de la silenciosa
cámara. Lucía dejó pender ambos brazos sobre los del sillón; sus dedos,
aflojándose, soltaron la copa, que rodó al suelo, quebrándose con
cristalino retintín en el bronce del guardafuego. Riose la niña de la
fractura, y, entreabiertos los ojos y clavados en el techo, se sintió
anonadada, invadida por un sopor, un recogimiento profundo de todo su
ser. Artegui, en tanto, mudo y sereno, permanecía enhiesto en su butaca,
orgulloso como el estoico antiguo: acre placer le penetraba todo, el
goce de sentirse bien muerto, y cerciorarse de que en vano la traidora
Naturaleza había intentado resucitarle.
Y así se estuvieran probablemente hasta sabe Dios cuándo, a no abrirse
de golpe la puerta, apareciendo en ella un hombre; no el camarero, ni
menos el esperado Miranda, sino un mozalbete de algunos veinticuatro o
veinticinco años, mediano de estatura, pronto y desenfadado de modales.
Traía el sombrero puesto, y lo primero que se veía de su persona era el
reluciente alfiler de la corbata, y las botas de caña clara, atrevidas,
cortas, un tanto manolescas. Causó la entrada de este nuevo personaje
una transformación a vista en la escena: mientras Artegui se levantaba
furioso, Lucía, vuelta a la conciencia de sí misma, pasó las manos por
las sienes, enderezose en el sillón adoptando actitud reservada, pero
con las pupilas vagas aún, perdidas en el espacio.
--Hola, Artegui.... ¿Usted por aquí? Lo veo, lo veo ahora mismo en la
tablilla, y vengo a escape...--pronunció imperturbable el recién venido.
Y de pronto, haciendo como que reparaba en Lucía, inclinose con soltura,
descubriéndose, sin añadir otra palabra.
--Señor Gonzalvo--respondió Artegui recatando el enojo bajo un tono
glacial--, muy amigos nos habremos vuelto desde que no nos vemos. En
Madrid....
--¡Usted siempre tan inglés, tan inglés!--pronunció sin turbación ni
encogimiento el mancebo--. Mire usted; ya sabe usted que soy franco,
franco; en Madrid andábamos cada cual a nuestro negocio y a nuestro
gusto; pero en el extranjero, en el extranjero agrada encontrar
paisanos. En fin, dispense usted; dispense usted; veo que vine a
molestarle; lo siento por la señora....
Nueva reverencia, mientras sus ojos entornados se cosían cínicamente al
rostro de Lucía, alumbrado por los moribundos tizones.
--No, espere usted--gritó Artegui levantándose y asiéndole de una manga
sin ceremonia, al ver que volvía la espalda. Ya que ha entrado usted
aquí sin más ni más, es preciso que sepa usted que no me coge en ninguna
aventura escandalosa, ni de eso nace mi enojo por su importunidad.
--Hombre, hombre, hombre; si yo no pregunto...--dijo él encogiéndose de
hombros.
--Me importa un bledo lo que creyese usted de mí.... Pero esta señora
es... una mujer honrada; por incidentes que no son del caso viene sola,
y la acompaño hasta entregársela a su esposo....
Y viendo la media sonrisa de su interlocutor, añadió:
--Le aconsejo a usted que me crea, porque mi reputación de verídico es
quizás la única que en el mundo aprecio....
--Le creo a usted; le creo a usted...--dijo sencilla y sinceramente el
mozo--; usted pasa por algo raro, raro; pero muy franco también...
Además, yo soy práctico, práctico, práctico en la materia, y bien
distingo las verdaderas señoras....
Díjolo haciendo tercera vez venia a Lucía, con gentil desembarazo.
Levantose ella, instintivamente digna, y serio y compuesto el rostro le
devolvió el saludo. Artegui se adelantó entonces, y soltó la fórmula
sacramental:
--El señor don Pedro Gonzalvo, la señora de Miranda.
Miranda.... Sí, sí, lo he visto, lo he visto abajo escrito en la
tablilla también... conozco un Miranda que se habrá casado estos días...
solterón, solterón....
--¿Don Aurelio?--preguntó Lucía a pesar suyo.
--Justo.... Le trato mucho, mucho.
--Es mi marido--murmuró ella.
Encendiéronse rápidamente en una llamarada de curiosidad las mejillas
del mancebo, y clavó de nuevo en Lucía sus ojos chicos examinándola
implacablemente.
--Miranda.... ¡Ah! ¡Conque es usted la señora, la señora de Aurelio
Miranda!--repitió, sin ocurrirsele decir más. Pero, discretamente
indicadas, le bullían en los labios las preguntas de tal modo, que
Artegui se impuso la penitencia de narrarle todo la acaecido de pe a pa.
Escuchaba él, refrenando con su práctica del mundo, la risa maliciosa
que le asomaba a las facciones. Era evidente que al mozo calaverilla le
divertía infinito el cómico percance conyugal del calaverón rancio. Un
rayo de sol vergonzante rompía las pardas nubes, y recortaba sobre el
fondo obscuro la cabeza linfática, rubia, la tez pecosa, las facciones
delicadas, pero no exentas de rasgos característicos, del mancebo. Sus
manos blancas y femeniles atormentaban la cadena de acero del reloj, y
en el meñique de una de ellas rojeaba grueso carbunclo, al lado de otro
aro inocente, sortija de colegiala, sobrado estrecha para el dedo, una
crucecica de perlas sobre un círculo de oro.
--Y, en resumen, ¿de Miranda, no se sabe nada, nada?--preguntó oído el
relato.
--Nada hasta hoy--afirmó gravemente Artegui.
--Hombre, es divino ¡es divino!--masculló el mozalbete entre dientes,
riéndose más bien con los ojos que con la boca--. ¡Lance igual! Estará
chistoso Miranda; estará chistoso.
Artegui le miraba fijamente, sorprendiendo en sus pupilas la risa
indiscreta. Con solemne seriedad, le interrogó:
--¿Es usted amigo de Don Aurelio Miranda?
--Sí, mucho, mucho...--ceceó rápidamente Gonzalvo, que solía al
pronunciar comerse dos o tres letras de cada palabra, repitiendo en
cambio la palabra misma dos o tres veces, lo que hacía galimatías
peregrino, sobre todo cuando hablaba colérico, barajando o suprimiendo
vocablos enteros:
--Mucho, mucho--prosiguió--. En todas partes, hombre, en todas partes,
me lo encontraba en Madrid.... Fue una temporada del, ¿cómo se llama?,
del Veloz Club, del Veloz Club, y estaba abonado con nosotros, con los
muchachos, a ése, vamos... a Apolo, a Apolo.
--Me felicito--exclamó Artegui sin menguar un ápice en seriedad--. Pues,
señora--siguió volviéndose a Lucía--, ya tiene usted aquí lo que tanto
le hubiera convenido encontrar dos días hace: un amigo de su esposo, que
con harta más razón, motivo y derecho que yo, puede servirla de rodrigón
hasta que el señor Miranda aparezca.
A esta inesperada salida, Gonzalvo sonrió inclinándose cortésmente, como
hombre de mundo acostumbrado a todo género de situaciones; pero Lucía,
con el rostro atónito, encendido aún, se echó atrás, en ademán de
rehusar la nueva escolta que se le brindaba.
Interrumpió la escena muda el camarero, entrando y presentando a Artegui
en una bandejilla un sobre azul, que encerraba un telegrama. No era
dable en Artegui palidecer, y, sin embargo, visiblemente se tornaron aún
más descoloridos sus pómulos al leer, roto el sobre, lo que el parte
decía. Nubláronse sus ojos, y por instinto buscó el apoyo de la
chimenea, en cuya tableta de mármol se recostó. A este punto, Lucía,
vuelta ya de su asombro primero, se lanzaba a él, y poniéndole las dos
manos en los brazos, le suplicaba ansiosamente:
--Don Ignacio, Don Ignacio... no me deje usted así.... Para lo que falta
ya.... ¿qué trabajo le cuesta a usted quedarse? Yo no conozco a este
señor... en mi vida le he visto....
Artegui oía maquinalmente, como oyen los catalépticos. Al fin se desató
su lengua. Miró a Lucía sorprendido, cual si la viese por primera vez, y
con voz debilitada pronunció:
--Me voy a París ahora mismo.... Mi madre se muere.
Sintió ella en el cráneo otro golpe de maza, y quedose sin voz, sin
aliento, sin pulsos. Cuando pudo exclamar:
--Pero... su madre de usted.... ¡Dios mío, qué desgracia tan
grande!--estaba Artegui ya en la puerta, sin oír las ceceosas ofertas de
servicio que le prodigaba Gonzalvo.