Artegui, sonriendo, la sostuvo mejor en el brazo, y diéronse a andar por

Bayona tan cordiales como si en toda su vida otra cosa hubiesen hecho.

La noche era digna del día: en el cielo de aterciopelado azul

centelleaban claras y vivas las estrellas; el gas de las innumerables

tiendas con que Bayona explota la vanidad de los españoles pudientes y

trashumantes, ponía a las obscuras manzanas de casas un collar de luz, y

en los escaparates se lucían, con todos los tonos de la escala

cromática, telas ricas, porcelanas y bronces caprichosos, opulentas

joyas. Caminaba la pareja silenciosa, a paso igual y rítmico, midiendo

Artegui su andar largo y varonil por el paso más corto de Lucía. En las

calles la gente circulaba de prisa, animada, como el que va a algo que

le interesa: no con esa lentitud de los españoles que se pasean por

tomar el aire y matar el tiempo. Ante los cafés, las mesas al aire libre

tenían mucho parroquiano, porque la templada atmósfera lo consentía; y

bajo la claridad fuerte de los reverberos bullían los mozos sirviendo

cerveza, café o bavaresa de chocolate, y el humo de los cigarros, y el

crujir de los periódicos que desdoblaban, y las conversaciones, y el

sonido seco de las fichas del dominó dando contra el mármol, llenaban de

vida aquel trozo de acera. De pronto Artegui, al volver una esquina, se

metió en una tienda no muy ancha, cuyo escaparate ocupaban casi por

entero dos luengos peinadores salpicados de cascadas de encaje y lazos

de cinta azul el uno, rosa el otro. Dentro, era una exhibición de

cuantos objetos componen el tocado íntimo del niño y la mujer. Las

camisas presentaban coquetonamente el adornado escote, ocultando la lisa

falda; los pantalones estiraban, simétricas y unidas, una y otra pierna;

las chambras tendían los brazos, las batas inclinaban el cuerpo con

graciosa laxitud.

El blanco suave y ebúrneo de las puntillas contrastaba con el candor de

yeso del madapolán. Alguna cofia de mañana, colocada sobre un pie de

palo torneado, lanzaba un toque de colores vivos, de seda y oro, entre

las alburas que cubrían aquel recinto como una capa de nieve.

Hablaba español la dueña de la tienda, semejante en esto a la mayoría de

los comerciantes de Bayona; y al pedirle Lucía dos juegos de ropa

blanca, aprovechó sus conocimientos en la lengua de Cervantes para

tratar de embarcarla en más compras. Tomando a Lucía y a Artegui por

recién casados, se puso lisonjera, insinuante, pesadísima, y se empeñó

en enseñarles un equipo completo, barato, de lo más distinguido; echó

sobre el mostrador brazadas de prendas, una marea de randas, de

bordados, de cintas y de batista. No contenta con lo cual, y viendo que

Lucía, semianegada en olas de lino, hacía signos negativos con cabeza y

manos, tocó otro resorte y trajo enormes cajas de cartón, que,

destapadas, mostraron encerrar gorritas microscópicas, pañales de

franela festoneados menudamente, capas de merino y de piqué, faldones

inverosímilmente largos, y otras menudencias que arrebataron a Lucía la

sangre al rostro.

Artegui puso fin al ataque pagando los juegos elegidos y dando las señas

del hotel para que se enviasen.

Libres ya, salieron; pero Lucía, enamorada de la hermosura y sosiego de

la noche, se mostró deseosa de prolongar algo más el paseo.

Volvieron a cruzar ante los iluminados cafés, bordearon el teatro y

tomaron hacia el puente, a tales horas casi solitario. Las luces de la

ciudad se reflejaban trémulas en el dormido seno del Adour.

--¡Cómo brillan las estrellas!--exclamó Lucía.

Y tirando repentinamente del brazo a Artegui para que se detuviese:

--¿Cuál es--preguntó--aquella que brilla tanto?

--Se llama Júpiter. Es un planeta de nuestro sistema.

--¡Qué bonita y qué resplandeciente! Algunas parece que tienen frío, que

tiemblan al brillar, y otras se están quietas, como si nos mirasen.

--Son, en efecto, las estrellas fijas.... ¿Ve usted esa faja de luz que

cruza el cielo?

--¿Eso que parece una cinta de gasa de plata, muy ancha?

--Es la Vía Láctea: un conjunto de estrellas, tantas en número, que la

imaginación no puede concebirlas siquiera. Nuestro sol es una hormiga de

ese hormiguero, una de esas estrellas.

--¿El sol... es una estrella?--interrogó asombrada la niña.

--Una estrella fija. Nosotros damos vueltas en torno de ella como locos.

--¡Ay, qué gusto es saber todo esto! En el colegio no nos enseñan ni

jota de esas cosas, y se reía de mí Doña Romualda cuando le dije que iba

a preguntarle al Padre Urtazu (que siempre está mirando al cielo con un

catalejo muy largo) lo que son las estrellas y el sol y la luna.

Artegui torció a la derecha, siguiendo el malecón, mientras explicaba a

Lucía esas nociones elementales astronómicas, que parecen novela

celeste, cuento fantástico escrito con letras de lumbre sobre hojas de

zafiro. La niña, embelesada, miraba tan pronto a su acompañante, como al

firmamento apacible. Sobre todo, la magnitud y cantidad de los astros la

confundía.

--¡Qué grande es el cielo! Santo Dios de bondad; si así es el material,

el visible, ¡cómo será el Empíreo, donde están la Virgen, los ángeles y

los santos!

Artegui sacudió la cabeza, e inclinándose hacia Lucía, murmuró:

--¿Qué le parece a usted del aspecto de esas estrellas? Cualquiera diría

que están tristes. ¿No es verdad que su centellear las hace muy

semejantes a una pupila que vierte lágrimas?

--No están tristes--respondió Lucía--; están pensativas, que es cosa muy

diferente. Meditan ¡y no les falta en qué! sin ir más lejos, en Dios,

que las crió.

--¡Meditar! Lo mismo meditan ellas que ese puente o esos barcos. El

_privilegio_ de la meditación--Artegui subrayó amargamente la palabra

_privilegio_--está reservado al hombre, rey de los seres. Y si en esas

estrellas existen--como no puede menos--hombres dotados de todas las

inmunidades y franquicias humanas ¡esos sí que meditarán!

--¿Usted cree que habrá hombres en esos luceros? ¿Serán como nosotros,

señor de Artegui? ¿Comerán? ¿Beberán? ¿Andarán?

--Lo ignoro. Una sola cosa puedo asegurarle a usted de ellos; pero esa,

con pleno conocimiento y entera certeza.

--¿Cuál?--interrogó la niña curiosamente, mirando, a la vaga luz de los

astros, el rostro descolorido de Artegui.

--Que sufrirán como nosotros sufrimos--contestó él.

--¿Cómo lo sabe usted?--murmuró ella impresionada por aquel hondo

acento--. Pues a mí se me figura que en las estrellas, que son tan

bonitas y lucen tanto, no ha de haber penas, ni riñas, ni muertes, como

acá.... ¡Si allí debe de ser la gloria!--afirmó alzando la mano, para

señalar al refulgente globo de Júpiter.

--El dolor es la ley universal, aquí como allí--dijo Artegui, mirando

fijamente al Adour, que corría, negro y silencioso, a sus pies.

Poco más departieron, hasta volverse al hotel. Hay conversaciones que

despiertan pensamientos profundos y tras de las cuales pega mejor el

silencio que palabras frívolas. Lucía, quebrantados los huesos, sin

saber por qué, se afianzaba fuertemente en el brazo de Artegui, y él

andaba despacio, con su aire de indiferencia. Las últimas frases del

diálogo fueron casi desapacibles, casi hostiles.

--¿A qué hora llega el tren de mañana?--preguntó Lucía de pronto.

--El primero, a las cinco o cosa así.

La voz de Artegui era seca y dura.

--¿Iremos a esperarlo, a ver si viene el señor de Miranda?

--Irá usted si gusta, señora; en cuanto a mí, permítame usted que me

niegue.

Tan agrio era el tono de la respuesta, que Lucía se quedó sin saber qué

decir.

--Van mozos del hotel--añadió Artegui--con usted, o sin usted, a esperar

a los trenes. No necesita darse el madrugón... a no ser que su ternura

conyugal sea tan viva....

Lucía bajó la frente y se le encendió la faz, como si un hierro hecho

ascua le aproximasen. Al entrar en el hotel, la dueña se acercó a ellos;

su sonrisa, avivada por la curiosidad, era aún más complaciente y

obsequiosa que antes. Les explicó que había olvidado un requisito:

preguntar el nombre del señor y de la señora y su país, para apuntarlo

en la lista de viajeros.

--Ignacio Artegui, madame de Miranda, españoles--declaró Artegui.

--Si el señor tuviese una tarjeta--osó decir la hostelera.

Artegui entregó el pedazo de cartulina, y la fondista se deshizo en

cortesías y cumplimientos, cual si implorase perdón por aquella fórmula.

--Hará usted--ordenó Ignacio--que al esperar mañana al tren de España,

pregunten por _monsieur_ Aurelio Miranda.... ¡no se olvide usted! que le

digan que _madame_ está aquí en este hotel, sin novedad, y que le

aguarda.... ¿Entendido?

--_Parfait_--contestó la francesa.

Diéronse las buenas noches Lucía y Artegui en el umbral de sus

respectivos cuartos. Lucía, al desnudarse, vio sobre la mesa los

paquetes de sus compras de ropa blanca. Se mudó con delicia, y acostose

creyendo dormir como una bienaventurada, a semejanza de la noche

anterior. Mas no gozó de tan regalado reposo, sino de un sueño inquieto

y desigual. Acaso la novedad del lecho, su propia blandura, hicieron en

Lucía el efecto que suelen hacer en las personas habituadas a la vida

monástica, de quienes se puede decir con paradójica exactitud que la

comodidad les incomoda.

-VI-

Al despertar a Lucía con un bol de café con leche, diole la camarera,

por primer noticia, la de que _monsieur_ Miranda no había venido en el

tren de España. Saltó del lecho, y se vistió en un decir Jesús, tratando

de reanudar sus dispersos recuerdos, y mirando la habitación con la

sorpresa que suelen los que, no habiendo viajado nunca, amanecen en

lugar desacostumbrado y nuevo. Miró al reloj de sobremesa: eran las

ocho. Salió al pasillo, y tecleó suaves golpecitos en la puerta del

cuarto de Artegui.

Estaba éste en mangas de camisa, terminando sus operaciones de tocador,

y al oír que llamaban, enjugose aprisa manos y rostro, se echó por los

hombros la americana y fue a abrir.

--Don Ignacio... buenos días. ¿Estorbo?

--No por cierto. Entre usted, si gusta.

--¿Está usted vestido ya?

--O poco menos.

--¿Sabe usted que no vino el señor de Miranda?

--Ya me lo han advertido.

--¿Qué me dice usted de eso? ¿No es una cosa muy rara?

Ignacio no contestó. Comenzaba, en efecto, a parecerle algo y aun algos

extraña la conducta de aquel recién casado, que así abandonaba a su

mujer la noche de novios, dejándola en un vagón de ferrocarril. Por

fuerza algún incidente desagradable, imprevisto, había ocurrido al

Miranda incógnito, cuyo destino, por singular caso, influía así en el

suyo de cuarenta y ocho horas acá.

--Voy--dijo--a telegrafiar a todas partes, a las principales estaciones

de la línea, a Alsasua, a.... ¿quiere usted que telegrafíe a León, a su

padre de usted?

--¡Dios nos libre!--exclamó Lucía--; capaz es de tomar el tren para

venir a buscarme, y de ahogarse en el camino con el asma... y con el

disgusto. No, no.

--De todas suertes, voy a dar los pasos..

Y Artegui embutió los brazos en los de su americana, y echó mano al

sombrero.

--¿Va usted a salir?--preguntó Lucía.

--¿Quiere usted algo más?

--¿Sabe usted... sabe usted que ayer era sábado y que hoy es domingo?

--Así suele suceder todas las semanas--contestó Artegui con afable

burla.

--No me entiende usted.

--Pues explíquese. ¿Qué se le ocurre?

--¿Qué se me ha de ocurrir sino ir a misa como todo el mundo?

--¡Ah!--exclamó Artegui. Y después añadió--: Pues es cierto. Y quiere

usted....

--Que usted me acompañe. No he de ir sola a misa, me parece.

Sonriose Artegui una vez más, y la niña reparó cuán de perlas caía la

sonrisa en aquel rostro, apagado y tétrico de ordinario. Era como la

aurora cuando pinta de rosa los pardos montes; como el rayo del sol

cuando rasga los crespones de un día brumoso. Vivían los ojos, vivían

las mejillas sumidas y pálidas, renacía la juventud en aquel semblante

marchito por tribulaciones misteriosas, y empañado por perpetuos celajes

obscuros.

--Debía usted estar siempre risueño, Don Ignacio--exclamó Lucía--.

Aunque--añadió reflexionando--del otro modo se parece usted más a usted.

Artegui, risueño y solícito, le ofreció el brazo, pero ella no quiso

cogerse. Al llegar a la calle anduvo muy callada, con los ojos bajos,

echando de menos la protectora sombra del negro velo de su manto de

encaje, que le cubría las mejillas, dándole tan modesto porte, cuando en

León cruzaba bajo las bóvedas medio derruidas y llenas de andamiaje de

la catedral. La de Bayona le pareció linda como un dije de filigrana;

pero no pudo oír en ella tan devotamente la misa: se lo estorbaba la

pulcritud esmerada del templo, semejante a caja primorosa; los colores

vivos de las figuras neobizantinas pintadas sobre oro en el crucero, o

la novedad de aquel coro descubierto, de aquel tabernáculo aislado y sin

retablo, el moverse de los reclinatorios, el circular de las

alquiladoras de sillas. Parecíale estar en un templo de culto diverso

del que ella profesaba. Una Virgen blanca, con filetes de oro en el

manto, que presentaba el divino infante en una de las capillas de la

nave, la tranquilizó algo. Allí rezó buena porción de salves, deshojó

las rosas sangrientas del rosario, los místicos lirios de la letanía.

Salió del templo con ligero paso y alegre corazón. Lo primero que vio a

la puerta fue a Artegui, contemplando con interés la gótica forma de la

portada.

--Ya he puesto cantidad de telegramas a las diversas estaciones,

señora--dijo descubriéndose cortésmente al verla--. En especial a la más

importante, Miranda de Ebro. Me he tomado la libertad de firmar con su

nombre de usted.

--Gracias... pero ¿qué? ¿no oyó usted misa? exclamó la niña mirándole

atenta al rostro.

--No, señora. Vengo, como le he dicho a usted, de la oficina de

telégrafos--contestó él evasivamente.

--Pues dese usted prisa si quiere alcanzarla. En este mismísimo instante

salía el sacerdote revestido....

Contrajose levemente la faz de Artegui.

--No oigo misa--repuso entre grave y chancero--. A menos que usted

manifestase formal empeño... en cuyo caso....

--¡No oír misa!--pronunció la niña, y veló sus pupilas el asombro, y

turbose toda--. ¿Y por qué no oye usted misa? ¿No es usted cristiano?

--Supongamos que no lo fuese--balbució él muy quedo, como reo que

confiesa su crimen ante el juez, y meneando melancólicamente la cabeza.

--¡Pues qué es usted.... Dios mío!

Y Lucía cruzó acongojada las manos.

--Lo que el Padre Urtazu llamaría... un incrédulo.

¡Ah!--gritó ella con ímpetu--. El Padre Urtazu diría que son unos

malvados los incrédulos todos.

--Pudiera añadir el Padre Urtazu que todavía son más infelices.

--Es verdad--replicó Lucía trémula aún, como arbusto sacudido por el

cierzo--. Es verdad: todavía más infelices. El Padre Urtazu no diría, de

seguro, otra cosa. ¡Y tan infelices como son! ¡Madre mía del Rosario!

Inclinó la niña la pensativa frente, y quedose anodada, aturdida por el

golpe repentino. El sentimiento religioso, dormido hasta entonces, con

todos los demás, en el fondo de su alma plácida y serena, despertábase

potente al impensado choque. Iban mezcladas dos sensaciones: de punzante

lástima la una, de terror y repulsión la otra. Quería apartarse

espantada de Artegui, y aun se derretían de compasión sus entrañas sólo

al mirarlo. La gente salía de misa; vertía el pórtico ondas y ondas

humanas, y Lucía, en pie, no acertaba a separarse de aquella catedral,

erguida y blanca como una mártir cristiana en el circo. Le presentó

Artegui en silencio el brazo, y ella, dudosa al pronto, aceptó por fin,

caminando ambos automáticamente en dirección al hotel. La mañana, un

tanto encapotada, prometía temperatura menos cálida y más grata que la

de la víspera. Corría regalado fresquecillo, y tras del celaje brumoso

adivinábase la sonrisa del sol, como suele columbrarse el amor al través

del enojo.

--Está usted triste, Lucia--dijo Artegui a la niña afectuosamente.

--Un poco, Don Ignacio--y Lucía arrancó del pecho doliente suspiro--. Y

usted tiene la culpa--añadió en blando son de amenaza.

--¿Yo?

--Usted, sí. ¿Por qué dice usted esas tonterías que no pueden ser?

--¿Que no pueden ser?

--Sí, señor. ¿Cómo es posible que no sea usted cristiano? Vamos, que no

dice usted lo que siente.

--¿Qué le importa a usted eso, Lucía?--exclamó él, llamándola segunda

vez por su nombre--. ¿Es usted acaso el Padre Urtazu? ¿Soy yo alguien

que a usted le interese o le importe? ¿Le han de pedir a usted cuenta de

mi alma en algún tribunal? ¡Niña!, eso a usted no le va ni le viene.

--¡No que no! ¡Vaya, Don Ignacio, que hoy está usted de lo más... de lo

más desatinado! ¡Que no me ha de importar a mí que usted se condene o se

salve, que usted sea cristiano o judío!

--Judío... lo que es judío no lo soy--respondió Artegui, tratando de dar

al diálogo giro festivo.

--Es lo mismo... renegar de Cristo es ser judío en suma.

--Dejémonos de eso, Lucía; no quiero verla a usted con ese gesto; ¡se

pone usted fea!--dijo en tono desahogado él, aludiendo por vez primera a

las condiciones físicas de Lucía--. ¿Qué desea usted ahora? ¿Quiere

usted que la lleve a ver alguna curiosidad de este pueblo? ¿El hospital?

¿Los fuertes?

Hablaba afable cual nunca, y Lucía se aplacó, como las crespas olas al

cubrirlas capa de aceite.

--¿No podríamos salir a dar una vuelta por el campo? Me muero por los

árboles.

Artegui torció hacia el teatro, ante cuyo pórtico aguardaban dos o tres

cochecillos de los llamados cestos. Hizo breve seña al más próximo, y el

auriga vasco, alzando su fusta, halagó con ella el anca de las tarbesas

jaquitas, que, la cerviz enhiesta, se prepararon a arrancar. Saltó

Lucía, recostándose en el ligero vehículo, y Artegui se acomodó a su

lado, ordenando:

--Camino de Biarritz.

Salió el carruaje veloz como un dardo, y Lucía cerró los ojos, gozando

en no pensar, en sentir las rápidas caricias del viento, que echaba

atrás las puntas de su corbata, los undívagos mechones de su cabellera.

Pintoresco y ameno, el camino merecía, no obstante, una mirada. Eran

cultivadas tierras, casas de placer con picudos techos, parques ingleses

de fresco césped y menuda grama, amarillenta ya, como de otoño. Al

divisar torcida vereda que, desviándose de la carretera, culebreaba por

entre los sembrados, detuvo Artegui con un grito al cochero, y dio a

Lucía la mano para que descendiese. Buscó el vasco el abrigo de unas

tapias donde parar sin riesgo el sudoroso tronco, y Artegui y Lucía se

internaron a pie siguiendo el senderito, ella delante, recobrada su

alegría infantil, su gozar inocente en el cansancio del cuerpo. La

cautivaba todo, las flores del trébol, que salpicaban de una lluvia de

pintas carmesíes el verdinegro campo; las manzanillas tardías y los

acianos pálidos en las lindes, las digitales que cogía risueña

haciéndolas estallar con las dos manos, los rizados airones del apio,

las acogolladas coles, puestas en fila, separada cada fila por un surco,

semejante a una trinchera. La tierra, de puro labrada, abonada,

removida, tenía no sé qué aspecto de decrepitud. Sus poderosos flancos

parecían gemir, sudando una humedad viscosa y tibia, mientras en los

linderos incultos, al borde del caminillo, quedaban aún rincones

vírgenes, donde a placer crecían las bellas superfluidades campestres,

las gramineas vaporosas, las florecillas multicolores, los agudos

cardos.

No cabiendo juntos por la angosta senda, iban Lucia y Artegui uno tras

otro, si bien Artegui a veces se echaba a campo traviesa, sin gran

respeto de la ajena propiedad. Detuvo al fin la niña su indisciplinada

carrera al pie de espesos mimbrales, que, creciendo al borde de un

pantano, sombreaban pendiente ribazo muy mullido de hierba, y desde el

cual se oteaba todo el paisaje recorrido. Dejáronse caer en el natural

diván, y vieron tenderse ante ellos la vega, como remendada de varios

colores, según eran los de las verduras que en cada heredad se

cultivaban. En la blanca cinta de la carretera distinguieron un punto

negro: el cesto con las jacas. No picaba el sol; su luz se cernía por un

velo de nubes, y la campiña tenía tonos mates, verdes glaucos,

amarilleces areniscas, lejanías delicadamente cenicientas, suaves

matices que se copiaban en la ciénaga tranquila.

--Esto es muy hermoso, Don Ignacio--dijo Lucía por decir algo, pues

pesaba sobre su alma el silencio, la soledad profunda del lugar--. ¿No

le gusta a usted?

--Sí que me gusta--contestó Artegui distraídamente.

--Bien que a usted parece que no le gusta nada.... Siempre está usted

como cansado... es decir, cansado no, es más bien triste. Mire

usted--siguió la niña, asiendo de un flexible mimbre y divirtiéndose en

coronarse con la obediente rama--, ¡a que no es usted capaz de creer que

su tristeza se me va pegando, y que también yo me hallo así... no sé

cómo, preocupada, vamos! Diera... lo que no sé por verle contento y...

natural, como son todos los hombres. Usted no tiene el mirar ni la cara

como los demás, Don Ignacio.

--Pues viceversa--respondió él--; a mí se me comunica su alegría de

usted, y a veces aún gasto mejor humor del que usted misma gastaría.

También el júbilo es contagioso.

Díjolo atrayendo a sí otra rama de mimbre que descortezó con las uñas,

arrojando las tiras de película tierna al pantano, y mirando fijamente

los círculos que en el agua abrían al caer.

--Claro está que sí--afirmó Lucía--. Y si usted quisiera ser franco, si

usted se decidiese a... confiarme lo que así le aflige, vería cómo en un

santiamén le disipaba yo esa sombra que tiene en la cara. No sé por qué

se me figura que tanta seriedad, tanto ceño, tanto caimiento de animo,

no nace de que usted sea desdichado de veras, sino allá de.... ¡qué sé

yo!, de niñerías, de ideas sin ton ni son que le bullen a usted en los

cascos. ¿A que acerté?

--Tan plenamente--exclamó Artegui soltando la rama de mimbre y asiendo

la mano de la niña--, que ahora me confirmo en creer que los seres puros

poseen cierta presciencia, cierta intuición maravillosa y singularísima,

negada a los que conocemos, en cambio, el triste misterio del vivir.

Lucía, seria e inmutada, miraba a su compañero de viaje.

--¡Lo ve usted!--acertó a pronunciar por fin, buscando en los ángulos de

su boca la sonrisa, y hallándola a duras penas--. De modo que ya pasaron

todas esas ideas sin fundamento, que son como los castillos de naipes

que me hacía padre siendo yo chiquita; soplaba, y, ¡patatás!, al suelo.

--En eso yerra usted, hija--dijo Artegui soltándole la mano con uno de

sus lánguidos movimientos de autómata--. Es lo contrario lo que sucede.

Cuando nace y se engendra la tristeza de alguna causa, puede desaparecer

si la causa cesa; pero si la tristeza brota espontáneamente como esas

malas hierbas y esos juncos que usted ve al borde del pantano; si está

en nosotros; si forma la esencia de nuestro ser mismo; si no se

encuentra aquí ni allí solamente, sino en todas partes; si ninguna cosa

de la tierra alcanza a darle alivio, entonces... créame usted, niña, el

enfermo está desahuciado. No hay esperanza.

Hablaba sonriente, pero era su sonrisa semejante a la luz que alumbra un

nicho.

--Pero, sepamos...--interrogó Lucía a pesar suyo con angustiosa y febril

curiosidad--. ¿Pesa sobre usted alguna desdicha? ¿Alguna pena grande?

--Ninguna de las que el mundo llama tales.

--¿Tiene usted familia... que le quiera?

--Mi madre me adora.... ¡y si no fuese por ella!--declaró Artegui

abandonándose, como mal de su grado, a la dulce corriente de la

confianza.

--¿Y su padre de usted?

--Murió años ha. Era vascongado, emigrado carlista, hombre de grande

energía, de muchos ánimos: internáronle en Francia, viose pobre y solo,

trabajó como se había batido... como un león, hasta llegar a poder

establecer una vasta agencia de comercio, enriquecerse, adquirir en

París casa propia, y casarse con mi madre, que es de una familia

distinguida de Bretaña, legitimista también. No tuvieron más hijo que

yo: me adoraron, sin descuidar mi educación ni excederse en mimos y

locuras; estudié, vi mundo; dije que quería viajar, y me abrió mi madre

su bolsa anchamente; tuve, hombre ya, algún capricho, muchos caprichos,

y se cumplieron. He visto los Estados Unidos y el Oriente, sin hablar de

Europa; paso los inviernos en París, y los veranos suelo visitar España;

mi salud es buena y no soy viejo. Ya ve usted que soy lo que suele la

gente denominar... un mimado de la fortuna, un hombre feliz.

--Es cierto--dijo Lucía--; pero ¡quién sabe si por eso mismo estará

usted así! He oído decir que para que el pan sepa bien hay que ganarlo:

verdad que yo no lo gano, y hasta ahora no me amargó.

--Tiempo hubo--murmuró Artegui como respondiéndose a sí mismo--en que

creí provenía mi indiferencia de la seguridad de mi vida, y en que deseé

deberme a mí mismo, a mí solo, el subsistir. Dos años rehusé los

auxilios de mis padres, y, entrando en calidad de socio industrial en

una gran empresa, dime a trabajar con ardor. Gané más de lo necesario;

me seguía, como rendida amante, la suerte; pero aquella especulación sin

tregua ni entrañas me provocaba náuseas, y quise probar alguna labor en

que entendimiento y cuerpo fuesen unidos, y en que la ganancia no

alcanzase más que a no dejarme morir de hambre. Estudié la medicina, y,

aprovechando la guerra que a la sazón ardía en el Norte de España, vine

al cuartel de Don Carlos. El nombre de mi padre me abrió todas las

puertas y me dediqué a ejercer en los hospitales....

--¿Fue entonces cuando curó usted a Sardiola?

--Exactamente. Tenía el pobre diablo un metrallazo horrible: partida la

mejilla, interesada la mandíbula, y desangrándose a más andar por la

arteria. Una cura difícil, pero afortunadísima. Muchas hice entonces, y

fue aquel el tiempo en que menos me acosó el cansancio moral. Pero en

cambio....

Artegui se detuvo, temeroso de proseguir.

--Diga usted, diga usted--interrogó Lucía ansiosamente.

--¡Para qué, señora! ¿para qué? Ni sé por qué le he contado a usted ya

tantas cosas ridículas, y para usted, probablemente, ininteligibles...

como son los sueños del demente para los cuerdos.

Un viaje de novios · 第 6 / 16 段