El mozo se acercó, servilleta al hombro; tenía una cara tostada,

amilitarada, que reñía con los escarpines de charol y el pelo atusado

con bandolina, librea que el público impone a sus servidores en tales

lugares. Hacíale aún más marcial ancha cicatriz, que naciendo en la guía

izquierda del bigote, iba a perderse en el cuello. Miraba el mozo

fijamente a Artegui, con ojos muy abiertos; hasta que dando un grito, o

más bien una especie de alegre latido perruno, exclamó:

--¡Él o el diablo en su figura! ¡Señorito Ignacio! ¡¡Dichosos los

ojos!!...

--¿Tú por aquí, Sardiola?--murmuró reposadamente Artegui. Almorzaremos

bien, porque pondrás cuidado en servirnos.

--Pues sí, señorito, yo por aquí... _Después_--dijo recalcando la frase

y bajando la voz--, como todo lo mío lo encontré arrasado... la casa

hecha cenizas, y el campo perdido... me di a ganar la vida como pude....

Y usted, señorito.... ¿Sigue usted a Francia?

--A Francia voy; pero con tu charla nos vamos a quedar sin comer.

--No faltaría más....

Sardiola dirigió a uno de sus compañeros de servilleta algunas palabras

en eúskaro, erizadas de _zetas, kas_ y _tes_. Fueron al punto servidos

Artegui y Lucía, mientras el mozo se apoyaba en el respaldo de la silla

del primero.

--¡Con que a Francia! ¿Y la señora doña Armanda? ¿Se conserva bien?

--No muy bien...--contestó Ignacio, nublado más que de costumbre el

ceño--. Padece mucho.... Cuando la dejé estaba, sin embargo, más

aliviada.

--Con su vuelta de usted se pone buena del todo.

Y mirando a Lucía y dándose una razonable puñada en la frente, gritó de

pronto Sardiola:

--Cuanto más, que.... ¡Bobo de mi!; pues claro que va a sanar la señora

doña Armanda, cuando vea la alegría que se le entra por las puertas. ¡Ay

qué gusto verle a usted casado, señorito! ¡Y con tan linda muchacha!

¡Para bien sea!

--Majadero--dijo Ignacio, bronco y desapacible--; esta señora no es mi

mujer.

--Pues es lástima--contestó el vasco, mientras Lucía le miraba

risueña--. Harían ustedes una pareja, que ya, ya.... Ni escogidos. Sólo

que la señorita....

--Acabe usted--suplicó Lucía, divertida hasta lo sumo y ocupada en

quitar a una mandarina su cubierta de papel de seda.

--¿Lo digo, señorito Ignacio?

Artegui se encogió de hombros. Sardiola, creyéndose autorizado, se

explayó.

--La señorita tiene cara de estar de buen humor siempre... y usted..,

¡Usted siempre está así, como si le hubiesen dado cañazo! En eso no

emparejarían ustedes bien.

Soltó Lucía la carcajada y miró a Artegui, que sonreía complaciente, lo

cual aún la animó a reír más. El almuerzo prosiguió en el mismo tono

cordial, alegrado por la charla de Sardiola, por el infantil regocijo de

Lucía. Hasta la misma puerta del departamento les siguió el mozo cuando

se volvieron a su coche; y a ser Lucía dueña de los brazos de Artegui,

los hubiera echado al cuello de Sardiola, a tiempo que éste repetía,

entornados los ojos y en el tono con que se reza, si se reza de veras:

--La Virgen de Begoña vaya con usted, señorito..., que encuentre usted

bien a doña Armanda.... Mándeme usted como si fuese un perro, un perro

suyo.... Mire usted, que estoy aquí....

--Bien, bien--dijo Artegui, vuelto ya a su displicente reserva.

Rompió el tren a andar, y quedose Sardiola de pie en el andén, agitando

la servilleta en señal de despedida, sin mudar de actitud hasta que el

humo de la chimenea se borró en el horizonte. Lucía miraba a Artegui, y

hervíanle las preguntas en los labios.

--Mucho le quiere a usted ese pobre hombre--murmuró al fin.

--He tenido la desgracia de hacerle un favor--contestó Ignacio--, y

desde entonces....

--¡Oiga! ¿A eso llama usted desgracia? Pues muy desgraciado está usted

siendo desde esta mañana, porque me hizo usted cien favores ya.

Sonriose Artegui de nuevo y miró a la niña.

--No consiste la desgracia--dijo--en hacer el favor, sino en que se lo

agradezcan a uno tanto.

--Pues yo también padezco del achaque de Sardiola.... ¡y a mucha

honra!--declaró Lucía--; ¡ya verá usted!

--¡Bah!... ¡Sólo falta que también me salgan agradecidos sin

causa!--respondió Artegui en el mismo tono festivo--. Pase aun cuando

hay algún motivo, como con ese infeliz de Sardiola....

--¿Qué hizo usted por él?--preguntó Lucía, incapaz de sellar sus labios

preguntones.

--Poca cosa: curarle una herida, bastante grave.

--¿Aquella cicatriz que tiene que le cruza la mandíbula?

--Justamente.

--¿Es usted médico?

--De afición.... Y por casualidad.

Calló Artegui, y no osó inquirir más Lucía. El calor iba en aumento, más

pegajoso cada vez. Parecía el día de otoño sofocante jornada estival, y

el polvillo del carbón, disuelto en la candente atmósfera, ahogaba.

Intrincábase el país, haciéndose cada vez más montañoso y quebrado. De

cuando en cuando penetraban en un túnel, y entonces la obscuridad, el

crujido fuerte del tren, un aire húmedo de subterráneo, colándose en el

departamento, consolaban algo de la tórrida temperatura.

Lucía se abanicaba con un periódico dispuesto por Artegui en forma de

concha, y leves gotitas transparentes de sudor salpicaban su rosada

nuca, sus sienes y su barbilla: de cuando en cuando las embebía con el

pañuelo: los mechones del cabello, lacios, se pegaban a su frente.

Desabrochose el cuello almidonado, se quitó la corbata, que la

estrangulaba, y se recostó, dando indicios de gran desmadejamiento, en

la esquina. A fin de refrescar un poco el interior, corrió Artegui las

cortinillas todas ante los bajos vidrios, y una luz vaga y misteriosa,

azulada, un sereno ambiente, formaban allí, algo de gruta submarina,

añadiendo a la ilusión el ruido del tren, no muy distinto del mugir del

Océano. Insensible al cálido día, Artegui levantaba la cortina un poco,

se asomaba, miraba el país, los robledales, la sierra, los valles

profundos. Una vez acertó a ver pintoresca romería. Fue rápido y fugaz

el cuadro, pero no tanto que no distinguiese a la gente siguiendo el

sendero angosto, escapulario al cuello, a pie o en carretas de bueyes,

cubiertos con boina roja o azul los hombres, las mujeres tocadas con

pañolitos blancos. Parecía el desfile la bajada de los pastores en un

Nacimiento; el sol claro, alumbrando plenamente las figuras, les daba la

crudeza de tonos de muñecos de barro pintado. Artegui llamó a Lucía, que

alzando la cortina a su vez, echó el cuerpo fuera, hasta que una

revuelta del camino y la rapidez del tren borraron el cuadro.

Acontecía que los pícaros de los túneles se solazaban en taparles adrede

los mejores puntos de vista de la ruta. Que aparecía un otero, risueño,

un grupo de frondosos árboles, una amena vega, ¡paf! el túnel. Y se

quedaban inmóviles al vidrio, sin osar hablar, ni moverse, cual si de

pronto entrasen en una iglesia. Algo familiarizada Lucía ya con el

calor, interesábanle mucho los accidentes de paisaje que a uno y otro

lado del tren se extendían. Le agradaron las fábricas de fósforos,

altas, enyesadas, limpias, con su gran letrero en la frente; y en

Hernani batió palmas al divisar a la izquierda un magnífico parque

inglés, con sus macizos de flores resaltando sobre el verde césped, y

sus coníferas elegantes, de ramaje simétrico y péndulo. En Pasajes, tras

de la monotonía fatigosa de las montañas reposaron al fin los ojos,

viendo extenderse el mar azul, un tanto rizado, mientras los buques,

fondeados en la bahía, se columpiaban con oscilación imperceptible, y

una brisa marina, acre y salitrosa, estremecía las cortinillas de

tafetán del coche, aventando el sudor de la frente de los cansados

viajeros. Lucía se quedó embobada ante el Océano, nunca de ella visto

hasta entonces, y cuando el túnel--de sopetón y sin pedir

permiso--cubrió el espectáculo con negro velo, permaneció de codos en la

ventanilla, absorta, las pupilas dilatadas, entreabiertos de admiración

los labios.

A medida que corrían las horas y la jornada avanzaba iba Artegui

perdiendo un poco de su estatuaria frialdad, y cada vez más

comunicativo, explicaba a Lucía las vistas de aquel panorama móvil.

Escuchaba la niña con el género de atención que tanto agrada y cautiva a

los profesores: la del discípulo entusiasta y sumiso a la vez. Artegui

era elocuente, cuando a hablar se resolvía; detallaba las costumbres del

país, contaba pormenores de los pueblecitos, hasta de los caseríos

entrevistos al paso. A su voz, respondían unas pupilas fijas y atentas,

un rostro que escuchaba todo él, mudando de expresión según el narrador

quería. Fue de suerte, que al bajarse en Irún y oír las primeras sílabas

pronunciadas en idioma extraño, Lucía murmuró como con pena:

--¿Pero qué? ¿Hemos llegado ya?

--A Francia, casi--respondió Artegui--; pero aún nos falta un trecho

regular hasta Bayona. Aquí se registran los equipajes: es la aduana de

Irún. No nos molestarán mucho: los que vienen de Francia a España, son

víctimas de los carabineros, de nosotros, que vamos de España a Francia,

nadie supone que llevemos contrabando, ni ropa nueva....

--Pues yo si la llevo--exclamó Lucía--. Mis galas.... ¿Ve usted aquel

mundo grande que han puesto sobre el mostrador? Es el mío... y aquel

otro, el de Miranda... y la sombrera....

--Déme usted el talón y las llaves para que registren.

--¿Cómo? ¿El recibo dice usted y las llaves? ¡Si todo lo llevaba consigo

Miranda! No tengo nada de eso.

--En tal caso, está usted sin equipaje. Tendrá que quedarse aquí hasta

que su marido de usted lo recoja.

Lucía miró a Artegui, el rostro un tanto compungido, y casi

instantáneamente soltó la risa.

--¡Sin equipaje!--repitió.

Y redoblaba el arpegio de sus carcajadas, pareciéndole donosísimo

incidente el de quedarse sin equipaje alguno. Hallábase, pues, como una

criatura que se pierde en la calle, y a la cual recogen por caridad

hasta averiguar su domicilio. Aventura completa. Niña como era Lucía,

así pudo tomarla a llanto como a risa; tomola a risa, porque estaba

alegre, y hasta Hendaya no cesó la ráfaga de buen humor que regocijaba

el departamento. En Hendaya prolongó la comida aquel instante de

cordialidad perfecta. El elegante comedor de la estación de Hendaya,

alhajado con el gusto y esmero especial que despliegan los franceses

para obsequiar, atraer y exprimir al parroquiano, convidaba a la

intimidad, con sus altos y discretos cortinajes de colores mortecinos su

revestimiento de madera obscura, su enorme chimenea de bronce y mármol,

su aparador espléndido, que dominaba una pareja de anchos y barrigudos

tibores japoneses, rameados de plantas y aves exóticas; fulgurante de

argentería Ruolz, y cargado con montones de vajillas de china opaca.

Artegui y Lucía eligieron una mesa chica para dos cubiertos, donde

podían hablarse frente a frente, en voz baja, por no lanzar el sonido

duro y corto de las sílabas españolas entre la sinfonía confusa y ligada

de inflexiones francesas que se elevaba de la conversación general en la

mesa grande. Hacia Artegui de maestresala y copero, nombraba los platos,

escanciaba y trinchaba, previniendo los caprichos pueriles de Lucía,

descascarando las almendras, mondando las manzanas y sumergiendo en el

bol de cristal tallado lleno de agua, las rubias uvas. En su semblante

animado parecía haberse descorrido un velo de niebla y sus movimientos,

aunque llenos de calma y aplomo, no eran tan cansados y yertos como

antes.

Al subir ellos al tren, caía la tarde y el sol descendía con la rapidez

propia de los crepúsculos del otoño. Cerraron las ventanillas de un

lado, y los rayos del Poniente vinieron a reflejarse un instante en el

techo del departamento, retirándose después como niños que acaban de

hacer alguna jugarreta. Las montañas se ennegrecían, los celajes más

remotos eran de color de brasa; luego se apagaban unos tras otros como

una rosa de fuego que fuese soltando sus pétalos encendidos. Languideció

la conversación entre Artegui y Lucía, y ambos se quedaron silenciosos y

mustios, él con su acostumbrado aspecto de fatiga, ella sumida en

profundo recogimiento, dominada por la melancolía del anochecer. Crecía

la sombra, y de uno de los vagones, venciendo el ruido de la lenta

marcha del tren, brotaba un coro apasionado y triste en lengua extraña,

un zortzico, entonado a plena voz, por multitud de jóvenes vacos, que,

juntos, iban a Bayona. A veces una cascada de notas irónicas y risueñas

cortaba el canto, después la estrofa volvía, tierna, honda, cual un

gemido, elevándose hasta los cielos, negros ya como la tinta. Lucía

escuchaba, y el convoy, despacioso, hacía el bajo, sosteniendo con su

trepidación grave, las voces de los cantores.

La llegada a Bayona sorprendió a Artegui y Lucía como el despertar de

prolongado sueño. Artegui retiró aprisa su mano de la asilla del vidrio,

donde la apoyaba, y la niña miró atónita a su alrededor. Notó que hacía

fresco, y abrochó su cuello y anudó su corbata. Hombres con boina, mozas

con el pañolito atado tras del moño, una marea de viajeros de diversa

catadura y condición social, se empujaba, se codeaba y bullía en la

ancha estación. Artegui dio el brazo a su compañera por no perderla en

aquel remolino.

--¿Había elegido su marido de usted algún hotel en Bayona?--le preguntó.

--Me parece...--murmuró Lucía recordando--que le oí hablar de una fonda

de San Esteban. Me fijé porque yo tengo de ese santo una estampa muy

bonita en mi libro de misa.

--Saint Etienne--dijo Artegui al cochero del ómnibus que, desde el

pescante, vuelta la cabeza, aguardaba la orden.

Arrancaron los caballos a su pesado trote percherón, y fueron rodando

por las calles bien enlosadas, hasta detenerse ante un portal estrecho,

con sus tiestos de plantas raquíticas, su escalerilla de mármol y sus

claros faroles de gas.

Una mujer alta, rubia, limpia, de gorra planchada y encañonada, acudió

solícita a la puerta, apresurándose a dar el maletín de Artegui a un

mozo.

--Los señores querrán una habitación--murmuró en francés con su voz

melosa y complaciente.

--Dos--contestó Artegui lacónico.

--Dos--repitió ella en español, si bien con acento transpirenaico--. ¿Y

las _quierren los señoress cuntas_?

--Independientes del todo.

--_Tout a fait_... _Serrán_ servidos.

La dueña llamó a una camarera, no menos que ella pulcra y servicial, y

tomando ésta dos llaves de la tabla numerada en que colgaban todas las

del hotel, echó delante por las escaleras enceradas, y la siguieron

Artegui y Lucía.

En el tercer piso se detuvo, no sin algún sobrealiento, y abriendo las

puertas de dos gabinetes contiguos, pero independientes, encendió con

pajuelas las bujías colocadas, sobre la chimenea, y fuese. Artegui y

Lucía permanecieron unos segundos callados, de pie, en la puerta de las

habitaciones. Al fin pronunció él:

--Es natural que quiera usted lavarse y quitarse el polvo, y descansar

un rato. La dejo a usted. Llame usted a la camarera, si necesita algo;

aquí todas hablan su poco de español.

--Hasta luego--contestó mecánicamente ella.

Así que el batir de la puerta hubo anunciado a Lucía que estaba sola del

todo, y que sus ojos se fijaron en la habitación desconocida, mal

alumbrada por las bujías, desvaneciósele la especie de mareo del viaje;

recordó su cuartico de León, sencillo, pero primoroso como una taza de

plata, con su pila, sus santos, sus matas de reseda, su costurero y su

armario de cedro, monumental y atestado de ropa limpia. Vinósele también

a la memoria su padre, Carmela, Rosarito, todo el dulce pasado. Sintiose

entonces triste, muy triste; la asaltaron miedos y terrores

indefinibles, pero fortísimos; pareciole su situación extraña y

peligrosa, preñado de amenazas el presente, obscuro el porvenir. Dejose

caer en una butaca y clavó en las luces la mirada fija y vacía de los

que se absorben en penosa meditación.

-V-

Sería pasada una hora, o quizás hora y media, cuando oyó Lucía herir con

los nudillos a la puerta de su cuarto, y abriendo, se halló cara a cara

con su compañero y protector, que en los blancos puños y en no sé qué

leves modificaciones del traje, daba testimonio de haber ejercido ese

detenido aseo, que es uno de los sacramentos de nuestro siglo. Entró, y

sin sentarse, tendió a Lucía un portamonedas, amorcillado de puro

relleno.

--Aquí tiene usted--dijo--dinero suficiente para cuanto pueda

ocurrírsele, hasta la llegada de su marido. Como estos días suelen los

trenes sufrir mucho retraso, creo que no vendrá hasta la madrugada; pero

de todas suertes, aunque no llegase en diez días o en un mes, le alcanza

a usted para esperar.

Mirábale Lucía cual si no comprendiese, y no alargaba la mano para tomar

el portamonedas. Él se lo introdujo en el hueco del puño.

--Yo tengo que salir ahora a unos asuntos.... Después cogeré el primer

tren que salga. Adiós, señora--añadió ceremoniosamente: y dio dos pasos

hacia la puerta.

Entonces ya la niña, comprendiendo, y descolorida y turbada, le asió de

la manga de la americana, exclamando:

¿Pero qué... cómo? ¿Qué quiere decir eso del tren?

--Lo natural, señora--pronunció con su ademán cansado el viajero--. Que

sigo mi ruta; que voy a París.

--¡Y me deja usted así... sola! ¡Sola aquí, en Francia!--gimió Lucía con

el mayor desconsuelo del mundo.

--Señora... esto no es ningún desierto, ni corre usted el riesgo menor,

tiene usted dinero, es lo único que hace falta en tierra francesa;

estará usted muy bien servida y atendida, yo se lo fío....

--Pero.... ¡Jesús, sola, sola!--repetía ella sin soltar la manga de

Artegui.

--Dentro de breves horas estará aquí su marido de usted.

--¿Y si no viene?

--¿Por qué no ha de venir? ¿De dónde saca usted que no vendrá?

--Yo no digo eso--balbució Lucía--; sólo digo que si tardase....

--En fin--murmuró Artegui--, yo tengo también mis ocupaciones.... Es

fuerza que me vaya.

No contestó Lucía cosa alguna; antes le soltó, y desplomándose otra vez

en el sillón, ocultó el rostro entre ambas manos. Artegui se llegó a

ella, y vio que su seno se alzaba a intervalos desiguales, como si

sollozara. Entre sus dedos saltaban gotitas de agua, cual saltan de la

esponja al comprimirla.

--Alce usted esa cara--mandó Artegui.

Lucía enderezó el rostro sofocado y húmedo, y a pesar suyo, sonriose al

hacerlo.

--Es usted una niña--pronunció él en grave tono--, una niña que no tiene

obligación de saber lo que acontece en el mundo. Yo, que lo he visto...

más de lo que quisiera, sería imperdonable en no desengañarla. El mundo

es un conjunto de ojos, oídos y bocas, que se cierran para lo bueno y se

abren para lo malo gustosísimas. Mi compañía le hace a usted ahora más

daño que provecho. Si su marido de usted no tiene un criterio

excepcional--y no hay razón para que lo tenga--, maldita la gracia que

le hará encontrarla a usted tan acompañada.

--¡Ay, Dios mío! ¿Y por qué? ¿Qué sería de mí si no le hubiese hallado a

usted tan a tiempo? Puede que el bárbaro del empleado me metiese en la

cárcel. Yo no sé lo que hará el señor de Miranda; pero lo que es el

pobre papá... besaría en donde usted pisa. Estoy segura de ello.

Y Lucía, con un movimiento de apasionada y popular gratitud, hizo ademán

de inclinarse ante Artegui.

--Un marido no es un padre...--contestó éste--. Lo racional, lo sensato,

señora, es que me vaya. Ya telegrafié a Miranda de Ebro para que, en el

caso de hallarse allí su esposo, le digan que está usted aquí en Bayona

esperándole. Pero de fijo estará en camino.

--Márchese usted, pues.

Y Lucía volvió a Artegui la espalda, reclinándose en la ventana de

codos.

Permaneció Artegui un rato indeciso, de pie en mitad de la estancia,

mirando a la niña, que sin duda se estaba sorbiendo las lágrimas

silenciosamente. Al fin se acercó a ella, y hablándole casi al oído:

--Después de todo--murmuró--, no hay para qué se apure usted tanto.

¡Guarde usted sus lágrimas, que si vive, tiempo y ocasión tendrán de

correr!

Bajando aún más su voz timbrada, añadió:

--Me quedo.

Volviose Lucía con la rapidez de un muñeco de resorte, y batiendo

palmas, gritó como una loca:

--Muchas gracias, muchas gracias, señor de Artegui. ¡Ay!, ¿pero se queda

usted de veras? Estoy fuera de mí de contenta. ¡Qué gusto, Dios mío!

Pero...--dijo de pronto reflexionando--, ¿puede usted quedarse? ¿No le

cuesta ningún sacrificio? ¿No le molesta?

--No--respondió Artegui con faz sombría.

--Aquella señora... aquella Doña Armanda que le aguarda a usted en

París.... ¿le necesitará también?

--Es mi madre--pronunció Artegui.

Y la respuesta pareció a Lucía satisfactoria, aun cuando realmente no

resolviese la duda que acababa de expresar.

Artegui, entretanto, rodando un sillón hasta tocar con la mesa, se

sentó, y acodándose sobre el tapiz, escondió el rostro entre las manos,

meditabundo. Lucía, desde el hueco de la ventana, observaba sus

movimientos. Cuando vio que eran corridos hasta diez minutos sin que

Artegui diese indicios de menearse ni de hablar, fuese aproximando

quedito, y con voz tímida y pedigüeña, balbuceó:

--Señor de Artegui....

Alzó él el rostro. El velo de niebla cubría otra vez sus facciones.

¿Qué quiere usted?--dijo broncamente.

--¿Qué tiene usted? Me parece que se ha quedado usted así..., muy

cabizbajo y muy triste... supongo que será por... lo de antes.... Mire

usted, si ha de estar usted tan afligido... creo que prefiero que usted

se vaya, sí, señor.

No estoy afligido, estoy... como suelo. ¡Ah!, como usted apenas me

conoce, le cogerá de nuevo mi modo de ser.

Y viendo a Lucía que permanecía de pie y con aire contrito, le señaló el

otro sillón. Trájolo Lucía arrastrando hasta ponerlo frente al de

Artegui, y tomó asiento.

--Hable usted de algo--prosiguió Artegui--; hablemos.... Necesitamos

distraernos, charlar... como esta tarde.

--¡Ah!, ¡esta tarde estaba usted de tan buen humor!

--¿Y usted?

--El calor me agobiaba. Nuestra casa de León es muy fresca: yo soy mucho

más sensible al calor que al frío.

--Habrá usted tomado con gusto el lavatorio y las palanganas.... Parece

que se revive, al lavarse después de un viaje.

--Sí, pero...--Lucía se interrumpió--. Me faltaba una cosa muy esencial.

--¿Qué cosa? Colonia, de fijo.... ¡yo me olvidé de traerla a usted mi

neceser!

--No, señor... el baúl, donde viene la ropa blanca.... No pude mudarme.

Artegui se levantó.

--¿Por qué no lo dijo usted antes?, ¡justamente estamos en el pueblo

donde se equipan las novias españolas! Vuelvo pronto.

--Pero.... ¿adónde va usted?

--A traerla a usted un par de mudas.... Debe usted de estar en un potro

con esa ropa.

--¡Señor de Artegui, por Dios!, yo abuso de usted; aguarde....

--¿Por qué no se viene usted conmigo a elegirlas?

Y Artegui presentó a Lucía su toca.

Los escrúpulos de la niña se volaron como un bando de asustadas

codornices, y algo vergonzosa, pero más contenta, se colgó del brazo de

Artegui prontamente.

--Veremos las calles, ¿verdad?--exclamó entusiasmada.

Y al bajar despacio los encerados y resbaladizos escalones, dijo con un

resto de encogimiento y meticulosidad provinciana:

--Por supuesto, señor de Artegui, que mi marido le abonará a usted todos

estos gastos....

Un viaje de novios · 第 5 / 16 段